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Problemas de “El Bronx” de Medellín casi se extienden a Plaza Botero

Grave situación con habitantes de calle, basuras y drogadicción se ha extendido por la Avenida de Greiff, llegando al Museo de Antioquia. ¿Qué dicen las autoridades?

  • Algunos habitantes de calle usan la avenida para drogarse, otros para separar reciclaje con el cual se rebuscan unos pesos, mientras que unos más han decidido volverla su hogar permanente. Al fondo, el Museo de Antioquia. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Algunos habitantes de calle usan la avenida para drogarse, otros para separar reciclaje con el cual se rebuscan unos pesos, mientras que unos más han decidido volverla su hogar permanente. Al fondo, el Museo de Antioquia. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
  • Funcionarios ed Inclusión Social tratan de convencer a los habitantes de calle para que inicien procesos de rehabilitación. Por lo general son ignorados.. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Funcionarios ed Inclusión Social tratan de convencer a los habitantes de calle para que inicien procesos de rehabilitación. Por lo general son ignorados.. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
  • Un habitante de calle improvisa una cama y un cobertor con bolsas plásticas. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Un habitante de calle improvisa una cama y un cobertor con bolsas plásticas. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
  • Operarios el área de ornato de la ciudad tratan de limpiar las zonas verdes en la zona. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Operarios el área de ornato de la ciudad tratan de limpiar las zonas verdes en la zona. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
  • Hasta escaparates como este se ven tirados en la zona. ¿Quién pagó para que terminara en plena vía?. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Hasta escaparates como este se ven tirados en la zona. ¿Quién pagó para que terminara en plena vía?. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
  • Un habitante de calle en la zona aledaña a la Plaza de Botero. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
    Un habitante de calle en la zona aledaña a la Plaza de Botero. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
hace 2 horas
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Hace unos días, un “influenciador” lanzó en redes una pregunta sencilla pero provocadora: ¿qué lugar de Medellín no recomendarían visitar y por qué? La mayoría respondió con el discurso habitual: que la ciudad no tiene zonas feas, que todo es bonito, agradable, “instagrameable”, lo que sea que eso signifique.

Sin embargo, entre los comentarios apareció uno que rompió esa narrativa idealizada: “Los alrededores del Parque de Botero”. La frase, breve pero concisa, empezó a sumar apoyos hasta convertirse en una opinión repetida por muchos, señalando el sector como uno de los puntos críticos de ciudad.

Experiencias relacionadas con malos olores, basuras, presencia de habitantes de calle y percepción de inseguridad comenzaron a respaldar la elección, dejando en claro que la crisis que vive el sector sigue sin resolverse y que, peor aún, las “fronteras” del mal llamado Bronx ya están tocando a la Plaza Botero, uno de los sitios más emblemáticos y turísticos.

Ante las reiteradas quejas de lectores, hoy hay que hacer una nueva incursión en este territorio para constatar si El Bronx está ampliando sus fronteras. Y para hacerlo no solo requiere fortaleza mental para soportar y entender con humanidad el drama que hay que ver allí, para poder narrarlo sin filtros; sino también un olfato a prueba de todo para aguantar los efluvios de una zona donde solo los más valientes o desarraigados caminan o se mueven con sus vehículos con las ventanillas abajo.


La realidad en Greiff

La Plaza Botero, gracias a la presencia constante de gestores de seguridad y agentes de Policía, funciona como una especie de burbuja. Allí todavía se percibe orden y limpieza, una frontera frágil pero visible. Sin embargo, basta caminar unos metros para que ese límite se diluya y comience a verse lo que padece esa tierra de nadie que es la Avenida de Greiff hasta la Minorista: basuras regadas, personas consumiendo sustancias y un ambiente pesado que golpea de inmediato los sentidos.

En las escalinatas del gastrobar El Social, a plena mañana, ya hay “chirrincheros” que empiezan a embriagarse con bebidas improvisadas. Más adelante, en la esquina del Museo, sobre Cundinamarca con Greiff, un reguero de basura se acumula bajo una de las ventanas marcadas con los logos de la entidad. Si uno se pone sarcástico, podría decir que no se sabe si es incultura ciudadana o algún “performance de arte moderno”. Y apenas arrancamos...

En las jardineras laterales del Museo se observan manchas de cal y un olor que no deja muchas dudas sobre lo que intentan cubrir. En el mismo cruce, un grupo de habitantes de calle permanece junto a los muros del parqueadero del museo. Allí coinciden también funcionarios de la Secretaría de Salud, que los atienden, y personal de Inclusión Social, que intenta convencerlos de asistir a un Centro Día o iniciar procesos de rehabilitación. Pero sus esfuerzos son estériles pues ninguno acepta irse con ellos.

Funcionarios ed Inclusión Social tratan de convencer a los habitantes de calle para que inicien procesos de rehabilitación. Por lo general son ignorados.. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
Funcionarios ed Inclusión Social tratan de convencer a los habitantes de calle para que inicien procesos de rehabilitación. Por lo general son ignorados.. Foto: Julio César Herrera Echeverri.



Algunos “duermen” en la acera, con ojos desorbitados; otros permanecen inmóviles, con la mirada perdida, sumidos en el consumo de drogas. También hay otros, muy limpios y arreglados, que parecen alertas, vigilantes de cada movimiento alrededor, causando una tensión constante.

El paseillo de horrores se extiende incluso en la Plazuela de Zea. Allí la vieja estatua del prócer Francisco Antonio Zea extiende una mano lastimera, como harto de ver lo que hay allí y pidiendo que lo bajen para irse a su casa. Pero la diestra de la estatua está “mocha” de sus dedos, como si los hubiera perdido en una pelea a puñal, tan habituales en la zona. Una estampa igual de lastimera presentan las dos efigies femeninas que lo flanquean. Ambas tienen los rostros y las narices despicadas, quedando en una mueca como si hubieran consumido demasiada droga por sus fosas nasales, toda una... ¿alegoría?... de la decadencia de la zona. Francamente mejor suerte se merece el narigón prócer.

Ese día, la plazoleta parece dividida en dos: en un extremo, los habitantes de calle; en el otro, un grupo de aseadoras que limpia con paciencia un espacio que, probablemente, volverá a ensuciarse en pocas horas. La escena se repite una y otra vez: esfuerzos constantes frente a una realidad que parece inamovible.

En el parque se levanta una ceiba imponente. Pero sus raíces muestran señales de quemaduras, producto de fogatas improvisadas que algunos encienden para quemar cables y extraer cobre. Un olor denso a quemado, irrita la garganta y aumenta la sensación de sed que deja el recorrido.

Más adelante, un hombre descansa dentro de una maleta abierta; otro convierte una bolsa plástica en colchón y cobija. Las imágenes son duras. Imposible en una ciudad como esta no hacer el símil con los embolsados registrados en las noticias de crónicas rojas.

Un habitante de calle improvisa una cama y un cobertor con bolsas plásticas. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
Un habitante de calle improvisa una cama y un cobertor con bolsas plásticas. Foto: Julio César Herrera Echeverri.



Si pocos se atreven a recorrer estas calles, menos aún son los que, viviendo allí todos los días, se animan a denunciar. Algunos comerciantes que aún resisten observan desde sus puertas con gestos de resignación. Uno intuye que quieren hablar, pero el temor pesa pues hay ojos y oídos atentos a todo lo que ocurre, y no todos tienen buenas intenciones, pues a muchos les conviene que las cosas sigan como están en esta zona de la ciudad. La sensación de ser vigilado es constante.

Limpieza infinita

Decir que no hay presencia institucional sería injusto. En distintos puntos se observan trabajadores de ornato limpiando corredores y ciclorrutas. Una joven funcionaria coordina el grupo mientras los contratistas cumplen su labor con respeto. La limpieza, sin embargo, parece temporal. Todos saben que en cuestión de horas, si no de minutos, la basura regresará.

Aunque no faltan episodios de tensión, la mayoría de habitantes de calle se aparta sin líos mientras se realizan estas labores. “¡Vea padre que nosotros mantenemos la basura en un lado, nosotros no andamos ensuciando por ahí!”, comentó una de las habitantes de calle, mostrando el montículo de basura que tenía listo para que los de ornato se lo llevaran.

Operarios el área de ornato de la ciudad tratan de limpiar las zonas verdes en la zona. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
Operarios el área de ornato de la ciudad tratan de limpiar las zonas verdes en la zona. Foto: Julio César Herrera Echeverri.



En una pared cercana, un grafiti en colores vivos proclama: “Ser habitante de calle es resistir”. Justo enfrente queda el Colegio San Benito. La frase cobra otro sentido al pensar en los niños y jóvenes que estudian en medio de este entorno complejo. Para ellos, asistir a clases también debe ser una forma de resistencia cotidiana.

Metros recuperados

Para ahondar en la respuesta, este diario consultó a la Alcaldía de Medellín y su Gerencia del Centro. Desde la oficialidad se indicó que se han realizado 36 intervenciones en la Plazuela de Zea para tratar de mejorar el estado del lugar.

En estas jornadas se han limpiado y arreglado más de 135.700 metros cuadrados de espacio público. De esa cifra, se han barrido 60.680 metros, lavado 16.000 metros de zonas duras, limpiado 43.799 metros de áreas verdes y hecho mantenimiento a 7.656 metros de jardines. La idea ha sido mantener presencia permanente en el sector y evitar que el deterioro avance. También se han limpiado 610 metros cuadrados de muros con grafitis no autorizados, cortado maleza en 3.480 metros y sembrado 769 plantas y árboles para darle un mejor aspecto al lugar.

Hasta escaparates como este se ven tirados en la zona. ¿Quién pagó para que terminara en plena vía?. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
Hasta escaparates como este se ven tirados en la zona. ¿Quién pagó para que terminara en plena vía?. Foto: Julio César Herrera Echeverri.



En cuanto a basuras, las cifras también son altas: se han recogido 367 metros cúbicos de residuos comunes, 122 de escombros y 248 de objetos grandes como muebles o colchones abandonados que muy seguramente alguien pagó para que terminaran allí.

Durante 2025, además, se han desmontado 355 cambuches, compactado más de 100 kilos de residuos y realizado 22 jornadas de sensibilización con vendedores formales e informales para recordarles la importancia de usar adecuadamente el espacio público.

Según explicó Juliana Coral, gerente del Centro y Territorios Estratégicos, desde su equipo se trabaja junto a varias dependencias para identificar los puntos más críticos del sector y atender las situaciones más urgentes, con el objetivo de mejorar el espacio público y reducir las problemáticas que allí se presentan. Según la Gerencia, estas acciones hacen parte de la estrategia Mi M2, que busca recordar que el cuidado de la ciudad no depende solo de la Alcaldía, sino también del compromiso diario de los ciudadanos.

Este diario también consultó con la Secretaría de Seguridad y la Policía Metropolitana sobre las plazas de vicio y los operativos que están realizando ante la obvia presencia de bandas criminales y de expendedores de droga en la zona, pero al cierre de esta edición no se había emitido una respuesta desde ambas entidades.

Un habitante de calle en la zona aledaña a la Plaza de Botero. Foto: Julio César Herrera Echeverri.
Un habitante de calle en la zona aledaña a la Plaza de Botero. Foto: Julio César Herrera Echeverri.



El recorrido termina en la Avenida Ferrocarril. Allí el espacio se abre, corre el aire y la pesadez parece disiparse por un momento. Pero la sensación que deja la caminata persiste: el problema no ha desaparecido, solo se ha desplazado.

La zona de Greiff enfrenta un desafío profundo. Hay esfuerzos oficiales constantes, que deben resaltarse. Sin embargo, la magnitud de la problemática exige soluciones más estructurales, pues entre la burbuja de orden de la Plaza Botero y la realidad que comienza a pocos pasos, se evidencia una fractura que sigue esperando respuestas de fondo.

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