La gente vio cómo sus casas se desvanecían ante el peso y el calor de la lava. Pudieron oler, de cerca, el azufre y sentir en sus pieles descubiertas las cenizas aún ardientes. Escucharon la madera traquear y romperse y no tuvieron más remedio que dejar atrás todo lo que por años habían construido. No hubo dios, humano o fuerza que pudiera detener las lenguas del volcán que se arrastraban, rápidas, por las montañas de la isla, y no hubo más remedio que alejarse.
Pasaron 85 días antes de que parara la erupción del volcán Cumbre Vieja en la isla canaria La Palma. Fueron 1.345 casas que desaparecieron bajo la lava y 7.000 personas afectadas que tuvieron que abandonarlo todo. Pero no es la única historia de un volcán este año. A principios de este mes, el Semeru, en Indonesia, entró de nuevo en erupción en una actividad que se ha repetido desde diciembre de 2020 y que esta vez dejó columnas de cenizas de hasta dos kilómetros de altura, según el Centro de Vulcanología y Mitigación de Riesgos...