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El futuro institucional del país no se define con tendencias virtuales. Se decide con el voto consciente en el mundo real.
Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com
Lo que comenzó el lunes pasado para todos los colombianos que residen en el exterior, llega hoy a su clímax con esta jornada de votación en la que más de 41 millones de ciudadanos se enfrentan a la responsabilidad de elegir el rumbo, ese “para dónde vamos”, que a tantos preocupa. Sin embargo, la mayor amenaza en este proceso no radica solo en las profundas contradicciones fiscales o de seguridad que hereda el gobierno saliente. El peligro real se encuentra en cómo los nuevos ingenieros del alma han secuestrado el debate público, convirtiendo la política en un intercambio efímero de odios y falsas verdades.
Georgia, un pequeño país del Cáucaso, es un ejemplo de cómo una sociedad movilizada a favor de la democracia puede perder un país. Como lo afirma el escritor georgiano Lasha Bughadze, “olvidamos los crímenes de los tiranos con mucha facilidad, sobre todo cuando la conciencia desaparece de la política y solo queda el pragmatismo”. En el contexto colombiano, este pragmatismo se disfraza de contenido digital amigable. Vivimos atrapados en una paradoja electoral: nunca hemos tenido tanto acceso a las propuestas de los candidatos y, al mismo tiempo, nunca hemos estado tan desconectados del sentido común colectivo.
Cualquiera que tenga acceso a una red social, la que sea, se ve inundado de videos cortos y alertas diseñadas para explotar el miedo. Frente a esta coalición de fuerzas que se ciernen sobre nuestra atención para que nos rindamos a unos u otros, el voto cívico debería operar como un bastión de la conciencia. Al entregarle nuestra capacidad de análisis a las plataformas digitales, estamos renunciando a la reflexión pausada, el único espacio mental donde nace el voto consciente y la evaluación honesta de los planes de gobierno.
Este ecosistema digital fomenta una peligrosa ilusión de participación social. Dar aprobación virtual a un contenido radicalizado o difundir consignas de extremos ideológicos no equivale a construir país. Como señalaba hace poco el poeta mexicano Aurelio Major: “Nadie más puede hacer lo que nosotros debemos hacer para defender la libertad, y debemos hacerlo porque la libertad no es una abstracción, sino una palabra que significa vida”. La democracia real exige mirar de frente las complejas realidades estructurales de las regiones. Ninguna métrica de red social puede sustituir la madurez cívica que requiere una nación fracturada por la polarización.
Apagar los dispositivos para leer con rigor las propuestas y conversar sin interferencias de las pantallas son decisiones de supervivencia democrática. No se trata de promover un boicot a las campañas modernas ni de añorar un pasado político idílico que jamás existió. Sin embargo, hay que establecer fronteras críticas frente al bombardeo digital para recuperar el control de nuestro juicio político.
Si no aprendemos a desconectarnos del ruido algorítmico, terminaremos atrapados en una espiral populista permanente. Hoy más que nunca debemos rescatar el espíritu del poeta francés Paul Éluard y escribir la palabra libertad en la tarjeta electoral. El futuro institucional del país no se define con tendencias virtuales. Se decide con el voto consciente en el mundo real.