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El cuentazo de la deconstrucción

Mbappé tuvo razón: el racismo de una persona no representa la grandeza de un pueblo, pero la impunidad con la que esa persona se cobija en su edad y en falsas disculpas sí retrata la crisis de representación que padecemos.

hace 1 hora
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  • El cuentazo de la deconstrucción

Por Lina María Múnera Gutiérrez. - muneralina66@gmail.com

Hay un momento en el que el cinismo político deja de ser una estrategia de supervivencia institucional para convertirse en una burla descarada a la inteligencia colectiva. Lo sucedido tras el cruce mundialista entre Paraguay y Francia trasciende los noventa minutos de juego y las pasiones del fútbol para instalarse en el lodazal de la degradación verbal y la capitulación ética.

Cuando la senadora paraguaya Celeste Amarilla decidió volcar su frustración deportiva mediante un torrente de insultos racistas hacia el futbolista Kylian Mbappé, no solo cruzó la línea de la decencia que se le exige a cualquier ciudadano, sino que dinamitó la dignidad que conlleva su investidura. Pero si el insulto inicial fue un despliegue de violencia explícita, la coreografía de sus justificaciones posteriores constituye un monumento al absurdo y un agravio doble.

Pretender escudarse en el documento de identidad para validar el prejuicio es el primer síntoma de un cinismo ramplón. Afirmar ante los micrófonos que sus sesenta y dos años justifican el racismo, bajo el argumento de haber crecido en una sociedad donde semejantes comentarios eran moneda corriente, es un insulto a su propia generación y a la memoria de quienes, desde esas mismas épocas, lucharon por erradicar la discriminación. La edad madura debería ser sinónimo de discernimiento y templanza, no un salvoconducto biológico para la intolerancia. Culpar al entorno histórico o a la herencia social es el recurso facilista del cobarde que se niega a asumir la autoría de sus propias palabras. La sociedad no escribió ese mensaje, lo escribió una funcionaria pública con pleno uso de sus facultades.

Sin embargo, el verdadero clímax de la desfachatez llega cuando la legisladora instrumentaliza un concepto tan complejo y necesario como la “deconstrucción”. Al declarar livianamente que se está deconstruyendo y pedir “paciencia” mientras realiza el esfuerzo, despoja al término de toda su carga transformadora y lo reduce a una burla. La deconstrucción no es un casco para amortiguar el impacto de un error ni una sala de espera donde se puede seguir siendo racista mientras se tramita la culpa. Utilizar la jerga del progresismo para maquillar el odio no es un acto de contrición; es añadir burla al insulto, una pirueta retórica para eludir la sanción social y legal.

Para colmo de males, el delirio de esta señora se completa con la amenaza de denunciar a la víctima por violencia de género tras haber sido calificada de “despreciable”, y con la bravuconada barata de recordar el encarcelamiento de Ronaldinho, cuando suelta esa perla de “no te metas con los paraguayos: Ronaldinho estuvo preso aquí“. La suya es una muestra perfecta de instrumentalización de las causas justas para encubrir la miseria propia.

Mbappé tuvo razón: el racismo de una persona no representa la grandeza de un pueblo, pero la impunidad con la que esa persona se cobija en su edad y en falsas disculpas sí retrata la crisis de representación que padecemos. No hay deconstrucción posible allí donde no hay, primero, un sentido de vergüenza sincera.

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