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Las criaturas

No me preocupan las criaturas porque no tengo, me preocupan las mamás porque son mis amigas y las veo agobiadas; sacando plata, energía y tiempo que no tienen para que sus criaturas no experimenten eso tan importante y necesario en la vida llamado aburrición.

hace 1 hora
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  • Las criaturas

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Las criaturas terminan la jornada escolar y luego van a clase de taekwondo, de robótica, de cup cakes, de mandarín, qué sé yo. Las criaturas rotan a tiempo completo por las respectivas casas de sus respectivos amigos y, en cada una de ellas, hay que programarles actividades para entretenerlos; con la dificultad adicional de que las criaturas de hoy no se contentan precisamente jugando canicas. ¿Cani qué? Canicas. Un juego que consiste en tirarse al suelo a mover unas bolitas de cristal. Las criaturas siguen vivas el fin de semana y ¿adivinen? Toca seguirlas entreteniendo y alimentando. Sus comidas favoritas: el sushi, el ramen, la pizza gourmet de masa madre, en realidad cualquier comida, excepto la que hacen en casa. Las clases de fútbol y teatro, obviamente, son los sábados y domingos en la mañana, vaya casualidad, únicos días de descanso de la mamá. En las tardes van a piñatas y, cuando crecen un poco, a cumpleaños, que es lo mismo pero con regalos más caros. Y, como si nada de lo anterior fuera suficiente, las criaturas salen a vacaciones. Las vacaciones solían ser un período de descanso, ahora no. Ahora las criaturas tienen agendas más ocupadas de que las del gerente del Banco de la República. Van a retiros de fútbol, de aventura, a spas que valen un ojo de la cara. Existen empresas que las llevan a hacer lo que nosotros hacíamos hace años gratis y es buscar una manga donde armar una carpa —léase acampar— aunque hoy lo llaman camping para poder cobrar lo equivalente a un cuarto en el Dorchester.

A mí no me preocupan las criaturas porque no tengo, me preocupan las mamás porque son mis amigas y las veo extremadamente agobiadas; sacando plata, energía y tiempo que no tienen para que sus criaturas no experimenten eso tan importante y necesario en la vida llamado aburrición. También me preocupa el planeta porque las criaturas de hoy crecerán convencidas de que tienen que llenar con algo tangible absolutamente todos los minutos de su tiempo, lo cual me lleva a pensar que si los adultos de hoy agotamos los recursos naturales debido a nuestro consumismo, los de mañana, con tal de no aburrirse, necesitarán al menos otros tres planetas que obviamente no tenemos.

Las dos mejores vacaciones de mi vida tuvieron lugar en una época en la que ni siquiera tenía televisión. Unas las pasé enteras en la casita que me había construido el papá sobre un árbol y que, ahora que lo pienso bien, no era casita sino cuatro tablas unidas, unas con otras, sobre una rama. ¿Qué diablos hacía todo el día ahí encaramada? No tengo ni idea, tan sólo el recuerdo de una felicidad absoluta. Las otras fueron cuando la mamá compró unos binóculos y yo me pasé dos meses ininterrumpidos en un cambuche que armé en el techo de la casa mirando a través de ellos e imaginando lo que ocurría en cada nuevo lugar que iba descubriendo. Cuando me preguntan por qué soy tan imaginativa siempre respondo que porque tuve oportunidad de aburrirme y, sobre todo, tuve demasiado tiempo libre para pensar qué hacer con esa aburrición. La misma que, sinceramente, le deseo a las ocupadas criaturas de hoy.

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