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Principio de Brandolini

Petro perderá su “tercera vuelta” ante el Consejo de Estado, pero esa derrota no será un problema, sino su materia prima.

hace 1 hora
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  • Principio de Brandolini

Por Juan Mario Giraldo - @juanmgiraldor

En el año 2013 el programador italiano Alberto Brandolini escribió en internet una frase que se convertiría en máxima filosófica de la esfera intelectual: “the amount of energy needed to refute bullshit is an order of magnitude bigger than to produce it”. El principio de Brandolini, también conocido como principio de asimetría de la estupidez, establece que la cantidad de energía y tiempo necesarios para refutar información falsa o disparates es desproporcionadamente mayor que la requerida para producirlos.

Llevado al terreno de la política colombiana, el principio cobra una vigencia alarmante. La izquierda socialista entendió que una mentira no necesita ser sólida: basta con que sea escandalosa, repetible y emocionalmente rentable. Producirla toma segundos; desmontarla exige documentos, expertos, contexto y una paciencia que la mentira nunca tuvo que aportar. Cuando aparece la explicación, el disparate ya recorrió el país, encontró militantes y adquirió la dignidad inmerecida de una “versión alternativa”.

Para quienes asumen el reto de señalar los extravíos de la opinión pública, este principio recuerda lo desigual que es la batalla contra la desinformación. Una labor en especial compleja con Petro quien se ha comportado en el poder como una bestia antidemocrática recostándose contra los barrotes de la jaula institucional a ver cuál cede y por dónde se puede salir. Esa inclinación a romper el orden constitucional podía anticiparse por sus ideales marxistas, su pasado laboral o por el método simple de las tías uribistas de atisbar similitudes con el progresismo venezolano. Pero ya no necesitamos inferencias pues luego del papelón con la constituyente y de desconocer los resultados electorales, intentar tumbar la posesión del presidente electo mediante el uso político de la justicia demuestra que este no fue un gobierno de izquierda, sino un intento de dictadura que falló.

Petro perderá su “tercera vuelta” ante el Consejo de Estado, pero esa derrota no será un problema, sino su materia prima. Podrá victimizarse sin demostrar el fraude; bastará señalar que “no lo dejaron” demostrarlo e invertirá la carga de la prueba poniendo el principio de Brandolini a su favor. De la Espriella será ilegítimo y él un héroe perseguido. El fallo adverso se convertirá en la evidencia definitiva de la conspiración, dándole narrativa para “estallidos sociales” y un ímpetu renovado para que el Pacto Histórico intente recuperar el poder en las elecciones del 2030. Un embate socialista que no puede cogernos sin las lecciones aprendidas.

Es curioso que en un conflicto de visiones quienes deberían ser los más agudos en el diagnóstico de la naturaleza autoritaria del presidente hoy se refugian en los matices, las falsas equivalencias y los llamados a la moderación. Intelectuales, centristas y profesores parecen más preocupados por la vehemencia de quienes señalan el incendio que por las intenciones del pirómano. ¿No son ellos, supuestamente, los sabios de la tribu? La inteligencia política no consiste únicamente en describir catástrofes cuando suceden, sino en anticiparlas o como dicen los paisas “verlas venir”. Una élite intelectual incapaz de anticipar una amenaza -o demasiado cobarde para nombrarla- no es apta para guiar a la sociedad. Derrotar electoralmente al petrismo fue apenas el primer paso; derrotarlo culturalmente es la verdadera batalla.

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