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El peso de las líneas

Crecimos viendo un mundo al revés, donde los territorios del norte se expanden de forma masiva y soberbia, mientras el Sur Global se encoge en la periferia de la geografía y del poder político.

hace 49 minutos
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  • El peso de las líneas

Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

Vivimos en un planeta diseñado por la mirada ajena. Durante siglos, la manera en que nos imaginamos el espacio geográfico ha estado mediada por un engaño sutil, una ilusión trazada en 1569 por el cartógrafo flamenco (hoy diríamos belga) Gerardus Mercator. Aquel mapa, pensado originalmente para guiar a los marineros a través de las rutas marítimas coloniales, terminó fijándose en las paredes de nuestras escuelas y en nuestras mentes como una verdad absoluta. Crecimos viendo un mundo al revés, donde los territorios del norte se expanden de forma masiva y soberbia, mientras el Sur Global se encoge en la periferia de la geografía y del poder político.

Para enfrentar este sesgo nació la proyección Equal Earth, un modelo matemático que plasma los continentes respetando su tamaño y proporción real sin deformar sus siluetas naturales. La histórica votación del viernes pasado en la Asamblea General de la ONU, que aprobó con 164 votos a favor una resolución para adoptar institucionalmente esta herramienta, no responde a un simple capricho de académicos, cartógrafos o geógrafos nostálgicos. Como bien lo señaló Robert Dussey, ministro de Asuntos Exteriores de Togo, en su contundente comunicado oficial ante el foro internacional: “Un mapa nunca es neutral”. Detrás de la aparente inocencia técnica de los trazos que sitúan las fronteras nacionales se esconde una narrativa política profunda, un sesgo implacable que achica, minimiza e invisibiliza a regiones enteras.

Por eso resultó vital la propuesta ciudadana e institucional detrás de la campaña global #CorrectTheMap, que logró reunir más de 11000 firmas antes de que la propuesta llegara al pleno de la Asamblea. No se trata de discutir aquí sobre formas caprichosas ni atacar la validez de otras civilizaciones. Simplemente se está recurriendo a la evidencia estricta de la ciencia para desmantelar lo que se ha denominado como “colonialismo cartográfico”. Es inaceptable que en pleno siglo XXI se siga educando a las nuevas generaciones con un gráfico escolar donde la gélida Groenlandia parece tener la misma dimensión que todo el continente africano, cuando en la realidad geográfica la masa terrestre de África es catorce veces mayor y posee la capacidad de albergar en su superficie a Estados Unidos, China, la India y casi toda Europa Occidental juntas.

El voto disidente de Estados Unidos en la ONU demuestra que la representación exacta del espacio sigue incomodando en los centros tradicionales del poder global. Sin embargo, este cambio es irreversible. Togo ya ha anunciado que será la primera nación en modificar sus propios libros de texto de geografía para las aulas escolares de su territorio. Esta puede ser una invitación abierta para que los ministerios de educación latinoamericanos, los grandes medios de comunicación y las corporaciones tecnológicas encargadas de la localización y los sistemas de posicionamiento global se atrevan finalmente a cambiar su mirada.

Aunque modificar los mapas impresos o virtuales no altera mágicamente las heridas socioeconómicas del pasado, corregir una representación falsa no es un simple asunto de tintas y fronteras. Es empezar a mirarnos con el tamaño real de nuestros propios sueños.

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