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Lo que yo veo, como un observador sin todo el contexto y queriendo que gane la democracia, es un acuerdo inestable: concesiones petroleras de esa magnitud son acuerdos políticos disfrazados de contratos.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
Donald Trump quiere ser el presidente más trascendental de la historia de Estados Unidos, y no la tiene fácil: el costo de vida sigue pesando, su popularidad no está en su mejor momento y las legislativas de noviembre podrían serle desfavorables. Aun así, insiste en demostrar que él gana todo, mientras Medio Oriente sigue caótico, se encarece la gasolina y, con ella, se le enreda el panorama. En medio de eso, para Trump, la democracia y los viejos ideales son secundarios.
Marco Rubio quiere ser presidente. Y parece convencido de que parte de su camino —además de una convicción que probablemente viene de sus orígenes— pasa por que Estados Unidos se reafirme en su vecindario, empezando por acabar con los regímenes de izquierda de América Latina: primero Cuba, luego Venezuela, donde el 3 de enero lo dejó cerca. Lo que haga como secretario de Estado en la región definirá en gran medida su futuro como candidato republicano y su relación con Trump. Y América Latina es, por primera vez, prioridad de política exterior y doméstica: con un voto hispano cada vez más influyente, el siguiente presidente dependerá de ellos.
Delcy Rodríguez y el chavismo que sobrevivió a la captura de Maduro quieren seguir en el poder. Su estrategia es “hacerse los muertos”: aguantar la respiración bajo el agua con la mínima esperanza de salir adelante, aunque implique la subyugación total a Trump y Estados Unidos. Si se hacen los bobos y entregan todo sin condiciones, con tiempo suficiente, de pronto lo logran.
María Corina Machado quiere ser presidenta. Pero nadie sabe cuánto tardará el acuerdo que lleve a elecciones, ni si les conviene a los demás: a Delcy, con seguridad no. A Rubio, de pronto sí. Con Trump hay menos certeza: parece feliz con la obediencia y deferencia de Delcy. Millones de venezolanos quieren que no les pasen por encima. Otros, poco interesados en el protocolo, quieren vivir tranquilos y que el país se normalice. Otros quieren seguir enchufados. No es asunto homogéneo.
El acuerdo de esta semana pone a todos en posiciones arriesgadas: Estados Unidos se queda con el 35% de NABEP, la compañía de Alejandro Betancourt —un bolichico enriquecido durante el chavismo—, que recibirá 17 campos con 65.000 millones de barriles. Le da oxígeno a Delcy, le permite a Trump celebrar una victoria, y deja abiertas preguntas sobre la verdadera voluntad de una transición a la democracia.
Con ese tablero en mente, es difícil lo que vendrá. Unos dirán que es un despojo obsceno y una victoria pírrica. Otros, la señal necesaria para que vuelva la inversión y que se normalice la economía del país. Lo que yo veo, como un observador cualquiera sin todo el contexto y todavía queriendo que gane la democracia, es un acuerdo inestable: concesiones petroleras de esa magnitud son acuerdos políticos disfrazados de contratos. Basta recordar a Lázaro Cárdenas expropiando de un plumazo a las petroleras en 1938, o a Mossadegh nacionalizando el petróleo iraní en 1951 para terminar derrocado dos años después.
Y la propia Venezuela es un catálogo de vaivenes: de las concesiones a dedo de Juan Vicente Gómez al fifty-fifty de los años cuarenta, de ahí a la nacionalización y a PDVSA, y de ahí a la PDVSA que el chavismo convirtió en caja menor. ¿Sobreviviría este acuerdo a un gobierno democrático, o a que Estados Unidos suelte el acelerador?
Un gobierno venezolano elegido podrá verlo como el negocio de un régimen ilegítimo, y Estados Unidos ni siquiera necesitará el argumento: con otro presidente, simplemente podrá romperlo.
Es una movida agresiva, pero si al gambito no le sigue un jaque de verdad, quién sabe qué quedará del tablero...