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Meditación sobre la democracia

El poder, por naturaleza o por desnaturalización, tiende a perpetuarse, a ser vitalicio. Hasta Bolívar cayó en este embeleco. En los imperios, en las monarquías, en las dinastías, en las repúblicas, en las mismas empresas privadas.

15 de julio de 2023
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  • Meditación sobre la democracia

Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com

Una forma de preparase para una jornada electoral, aunque no sea una elección presidencial, como es el caso de la que avecina, es por supuesto hablar de democracia, reflexionar sobre ella. Tal vez contribuya a afinar la propia conciencia democrática, tal vez ayude a otros a purificar conductas de cara a ejercer el derecho al sufragio. Como sea, me parece que se justifica intentar una meditación sobre la democracia. Puede que no sirva de mucho, pero seguramente alguno se tomará la molestia de pensarlo.

Empecemos. Perpetuarse es la gran tentación de quien detenta el poder. Sea que llegue a él por una elección popular y aspire y haga todo lo que pueda para ser reelegido (o mantenerse en el poder por interpuestas personas), sea que haya sido nombrado para un cargo por méritos o por un señalamiento a dedo. O también que llegue al trono (al poder) por el camino de la sucesión o haya sido impuesto por un avatar de la historia. O, para decirlo también, pues de todo hay en la viña del Señor, que esté tan apegado al poder que aureolado de mesianismo quiere seguir mandando tras bambalinas.

Querer quedarse en el poder es, en el fondo, el origen todas las tiranías (llámense monarquías, dictaduras o caudillismos) que se agazapan en las democracias. En todas las democracias, valga decirlo. Porque las excepciones, si las hay, simplemente comprueban la regla.

Dicho de otro modo: las monarquías, las dictaduras y los caudillismos, las hegemonías en general, se disfrazan casi siempre de democracia. Así garantizan la permanencia en el poder absoluto de una persona o de un partido y, de paso, exorcizan, con el agua bendita de las constituciones amañadas, los reclamos de justicia de los pueblos.

Pero como no hay tiranía que dure cien años ni pueblo que la resista (a Dios gracias), la historia demuestra que tarde o temprano revienta en pedazos la impostura de un poder hegemónico disfrazado de democracia. Uno a uno van cayendo, como fichas de dominó, reyes, jeques, emperadores, dictadores o presidentes con ansias faraónicas de poder.

Un análisis en este sentido parece adecuado y no lejano para nosotros. Los latinoamericanos nos ufanamos de haber recuperado la vocación democrática tras el contagioso sarampión de las dictaduras militares. Pero a la vuelta de los años, con todo y estar avalados los gobiernos por elecciones libres y apoyados en constituciones hechas, deshechas, rehechas y contrahechas al amaño de los gobernantes de turno, hemos recaído en el presidencialismo caudillista de siempre. Que es, ni más ni menos, una tiranía oculta.

Los caudillismos populistas, por más bendecidos que estén por las urnas, son contagiosos. Por eso, la mejor manera de prevenirlos es auscultar sus síntomas incipientes. El primero de los cuales es querer garantizar una perpetuación en el poder, ya sea por una reelección o por una interpuesta persona al frente de un gobierno.

El poder, por naturaleza o por desnaturalización, tiende a perpetuarse, a ser vitalicio. Hasta Bolívar cayó en este embeleco. En los imperios, en las monarquías, en las dinastías, en las repúblicas, en las mismas empresas privadas. Hasta en el papado romano. También, por supuesto, y con mayor virulencia, en las revoluciones (de izquierda o de derecha) que conquistan el poder por las armas.

Contra ese monstruo del poder absoluto y hegemónico, se yergue, endeble, la democracia. A la que los tiranos suelen utilizar de antifaz. Valga decirlo a tiempo. Y advertir que cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

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