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A la memoria de Arnulfo Briceño
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 30 de junio de 2021

A la memoria de Arnulfo Briceño

Nuestra historia como país es injusta con la memoria, ahora, imagínense lo que sucede con nuestra música. La memoria sonora de Colombia es perversa por no decir nula. Tenemos un margen de recuerdo tan corto que incluso el término clásico se reduce a unos cuantos años.

Por eso este espacio ha sido generoso con la memoria, con los recuerdos que han hecho a este país brillar por su sonido, por artistas, compositores e intérpretes que han dejado la piel, los oídos y el corazón en sus instrumentos y en sus canciones.

Ahora, sI les menciono el nombre de Arnulfo Briceño Contreras, quizá no recuerden a nadie, pero si están en alguna festividad colombiana y de fondo empieza a sonar un ritmo de pasaje joropo con una oda a las llanuras del meta, quizá se les haga muy familiar:

Ay mi llanura/

Embrujo verde donde el azul del cielo/

Se confunde con tu suelo/

En la inmensa lejanía.

Arnulfo fue hijo de un carpintero llamado Pedro José Briceño y de una ama de casa, Isolina Contreras, y desde niño le llamó la atención la música. En alguna oportunidad, observando a un hombre en la calle tocar la guitarra por monedas, entendió que ese sonido y la forma de interpretarlo era lo que quería hacer en la vida. Al tiempo se ganó su propia guitarra gracias a un concurso musical que organizó una emisora en Villa Sucre, Norte de Santander.

Cuando Arnulfo solo tenía 12 años conoció al monstruo del acordeón, Alfredo Gutierrez, y con él formó el grupo Los pequeños vallenatos al lado de otros músicos como Ernesto Hernánez, Victor Gutierrez, Adonai Diaz y Gustavo Amaya. Juntos viajaron por la región, ofrecieron conciertos y también tuvieron la oportunidad de estar en Venezuela, donde cobraban diez centavos de Bolívar por interpretar las mismas tres canciones. Y gracias a eso, su música los llevó a otros teatros, a emisoras no solo en Colombia sino también en el país vecino.

Y así se empezó a configurar la vida de un músico fundamental para contar nuestro país, un músico que no solo fue el dueño de un himno tan importante como Ay mi llanura –adoptado como el himno del Departamento del Meta–, sino de otros éxitos como Hato Canaguay, Canto llano, Amo, Quinceañea, A quién engañas abuelo, Misa en Sol mayor o Flor maría, esta última vetada en 1972 por la presidencia de Colombia en el mandato de Misael Pastrana Borrero por narrar en su letra la historia de una mujer joven que prefirió correr hacia el desfiladero, arrojarse a la cañada y en consecuencia morir para no ser ultrajada ante un intento de violación por cuenta de un oficial primero.

Además del increíble desempeño de Arnulfo como compositor, gracias a sus estudios de Derecho en la Universidad Libre de Colombia, se convirtió en un férreo defensor de los derechos de los músicos. Libró una batalla de muchos años, desde 1973 cuando culminó su carrera como abogado y presentó su tesis de grado “Los derechos del artista en Colombia”, en la que de manera valiente expuso las problemáticas legales de los artistas y los robos que ejercían abiertamente con los derechos de autor y el no pago de las regalías.

Arnulfo era bueno en lo que hacía, componiendo, dirigiendo, tocando en vivo y manejando de manera virtuosa el tiempo, el ritmo y la sonoridad en sus relatos que, de a poco y con buena letra, se convirtieron en crónicas sonoras y comprometidas con una generación fundamental para la construcción de nuestra música colombiana.

Un accidente aéreo el 11 de junio de 1989 terminó con su vida con tan solo 50 años, cuando el avión Twin Otter de la Empresa Aerotaca HK 24-86, en el que viajaba con otros cinco ocupantes se estrelló contra un cerro a 25 kilómetros de Tame, Arauca. Sin embargo y a pesar de su silencio, sus canciones siguen resonando como el más hermoso y comprometido recuerdo sonoro. Gracias por tu vida y tus canciones, Arnulfo.

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