Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Samuel Castro
Miembro de la
Online Film Critics
Society
Twitter:
@samuelescritor
Los críticos de cine tenemos deberes, al menos los que también creemos en eso que uno llamaría la ética del oficio. Por ejemplo, no se puede escribir de una película que uno no vio, o que no vio hasta el final o en la que se quedó dormido, por mucho que Carlos Boyero en sus columnas del diario El País de España les haya hecho creer lo contrario. Esa indignación tipo “me paré de mi asiento para salir de la sala dando un portazo”, o “con los alientos de mi último bostezo maldigo esta película” puede que sea divertida de leer, pero ni la neurosis ni la mala educación o la pereza son argumentos.
La empleada, de Paul Feig, es una buena prueba para esos reseñadores de medio tiempo, porque es en su tramo final, cuando ya no hay trampas de guion por descubrir ni le interesa a la película engañarnos con el tono —pasaremos por el drama de telenovela de mediodía al romance cursi con escenas softporn en menos de 40 minutos— cuando por fin La empleada encuentra su principal objetivo y su verdadera cualidad: hacer sufrir al villano o la villana de la historia (no vamos a dañar esa sorpresa por más anunciada y adivinable que sea) para que todos en el público vitoreemos sin pudor. “Eso”, “así”, “dale”, van a ser pequeños gritos contenidos que alcanzarán a escuchar en la sala. Y en estos tiempos en que necesitamos desahogarnos y que a los malos los castiguen en lugar de ponerlos a dirigir países, ese mecanismo de desahogo público no es algo despreciable.
Rebecca Sonnenshine, guionista de series tan interesantes como The boys y Archive 81, adapta la novela éxito de ventas de Freida McFadden, que cuenta cómo Millie Calloway, una muchacha que está buscando desesperadamente salir de su mala situación económica, encuentra trabajo como empleada doméstica bajo las órdenes de Nina Winchester, en una casa que le ofrece lo que no tiene: comida, un techo, y una habitación propia, a pesar de que parezca más bien un ático de convento. A Nina y a Millie las interpretan Amanda Seyfried y Sydney Sweeney, que como casi todas las actrices exitosas son también productoras ejecutivas en estas cintas que les permiten encarnar a personajes interesantes y protagónicos, y donde el marido es justamente el tipo de personajes que Hollywood le dio durante mucho tiempo a las mujeres: un adorno agradable a la vista, entretenimiento visual para el sexo opuesto.
Habría que señalar que es mucho más interesante en cuanto a exploración actoral lo que hace Seyfried que lo que presenta Sweeney, a pesar incluso de los cabos sueltos que dejará un guion que irá jugando con Millie y con los espectadores sin que le importe la lógica. Feig, que tiene estilo y ritmo, sabe usar los clichés de los subgéneros al punto de rozar la comedia, para luego permitirnos esa venganza justiciera que salva a la película de una mediocridad a la que parecía condenada, aunque sin resolver cosas básicas como una banda sonora que no sea una playlist. Pero eso sólo lo sabrán quienes lleguen hasta el final. Es decir, esos críticos que no se crean superiores al arte que dicen amar.