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Atentado Utoya de Erik Poppe: crítica de Samuel Castro
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 21 de julio de 2019

Realismo trágico en Atentado Utoya de Erik Poppe

Una tragedia aterradora como la de los atentados ocurridos en Noruega el 22 de julio de 2011, en los que murieron 69 personas y al menos 110 quedaron heridas, suele ser en estos tiempos de crueldades gratuitas, tentación irresistible para ese subgénero del cine que pretende “mostrarnos los hechos como realmente ocurrieron”. Tenemos acceso a partir de esta semana, a dos películas sobre el mismo acontecimiento: “22 de julio”, de Paul Greengrass, que se puede ver en Netflix, y esta “Atentado Utoya”, de Erik Poppe, recién llegada a la cartelera colombiana. Y aunque a este texto le ocupa la segunda, vale la pena contrastarla en algún momento con la primera para demostrar una vez más que en el cine, “la forma también es fondo”, que es lo mismo que decir que aquello que parece una simple decisión estética en realidad puede ser la posición ideológica y ética que defiende una película.

“Nunca podrás entender... sólo escúchame”, nos dice, mirándonos a los ojos, Kaja, el personaje ficticio que encarna con extraordinaria suficiencia la actriz Andrea Berntzen al comienzo de todo, antes de acercarse a unos amigos, preguntando por su hermana. Kaja estaba hablando con su mamá por teléfono pero la percepción no nos engaña, es Poppe quien aprovecha para hacer una declaración de intenciones: no pretendamos entender, a esto no fue a lo que vinimos.

Con los otros muchachos Kaja habla de la explosión ocurrida en el centro de Oslo hace una hora larga y hace conjeturas sobre si fue un ataque terrorista o no. De repente se oyen detonaciones lejanas y algunos jóvenes aparecen corriendo desde el bosque. A partir de ahí, sólo sentiremos: las explosiones, que sonaban como misiles (porque así suenan en verdad los disparos cuando estás cerca); la confusión de esos jóvenes, que no entienden qué pasa; la angustia cuando comprenden que sus amigos, tirados en el piso, están muertos; la feroz y jadeante carrera de los que sólo pretenden sobrevivir. Filmada en un plano secuencia (no hay cortes de edición) para intensificar la sensación de realidad, “Atentado Utoya” consigue dos cosas: por un lado, convertir en emociones lo que a veces son sólo datos (“ni siquiera supe tu nombre”, le dice Kaya a una de las víctimas, de nuevo hablando en nombre de todos los que terminamos viendo los números de muertes vilolentas como simples números) pero por el otro, termina convirtiéndose en algo parecido a una atracción de parque de diversiones, a un “simulador de masacre”. Puede que sea cierto que la decisión de no mostrar al asaltante lo invisibiliza, pero a lo mejor desnudar su imbecilidad, como intenta hacerlo “22 de julio” en el juicio posterior, sea una mejor estrategia.

Ver “Atentado Utoya” es una experiencia incómoda, no tanto por la violencia (que al final no es tan gráfica) sino por esa sensación de que estamos espiando un acto íntimo, la vida privada de alguien cercano. Pero a lo mejor esa incomodidad sea justamente lo que necesitamos: que la muerte de otros recupere su capacidad de conmovernos.

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