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Casta de malditos
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 22 de agosto de 2020

Casta de malditos

Hasta el momento poca oportunidad le había dado a las series colombianas producidas por Netflix. Distrito Salvaje me parecía plagada con los vicios televisivos que a mala hora han cultivado Caracol y RCN. Frontera Verde, sin importar cuántos Ciros Guerra haya detrás, ofrecía un cliché tras otro y los efectos especiales que intentaban mostrar ese mundo espiritual vibrante de la selva reducían el tema a lo pintoresco, como si todo el trasfondo ancestral de lo indígena estuviera contado por Disney. La primera temporada de Narcos no me parece una producción colombiana así las locaciones y algunos actores secundarios fueran cosecha nacional. De modo que he evitado ver series colombianas, sobre todo por el prejuicio que las producciones mencionadas ayudaron a formar como un cayo que me nublaba la visión, cómodamente. Ahora que estrenaron El robo del siglo y que todo el mundo la menciona como un hito, poniéndola por encima de La casa de papel, quise comprobar si era justificado el alboroto.

Todavía no he terminado de ver todos sus episodios pero a la altura del cuarto puedo decir que El robo del siglo es cautivadora, intrigante, divertida. El coro de actores está ofreciendo interpretaciones dramáticas y muy verosímiles que logran generar el efecto que debería ser un mandamiento para las historias de ladrones: despertar simpatía por el diablo.

El crimen real de 1994 fue un duro golpe para la economía nacional. Según el testimonio de uno de los hombres que participó, la mayoría de los asaltantes terminó en la cárcel o asesinada. Los ladrones reales alcanzaron cierto heroísmo subterráneo por el hecho de no haber disparado ni una sola bala. Como los mejores robos, todo fue pura inteligencia, corrupción y sobornos para quedarse con el botín. En esto, el robo real supera a cualquier casa de papel. Esos ladrones de mameluco rojo solo saben disparar, coger y causar explosiones. En cambio, la cofradía de rufianes que fundió la caja fuerte del Banco de la República lo hizo todo en las sombras, fraguando durante ocho meses un plan que varias veces estuvo a punto de fracasar pero que, finalmente, resultó certero. Es curiosa la anécdota real que cuenta uno de los ladrones: el camión en el que iban a sacar el dinero se varó antes de ingresar al banco y dos policías ingenuos ayudaron a empujarlo. La situación se recrea con ironía en la serie pero los guionistas aumentan el suspenso ubicándola al final del robo: cargado con varias toneladas de dinero, el camión falla y toda una tropa de tombos corre para impulsar a los asaltantes en su huída.

Una historia de ladrones que no genere esa confabulación colectiva de la audiencia está condenada al fracaso. El robo del siglo logra ese mérito desde las primeras secuencias, en las cuales los personajes se pasean en pantalla como hombres derrotados pero idealistas, carismáticos y patéticos al mismo tiempo. Los que llevan la batuta de la actuación son Andrés Parra, Christian Tappan y Marcela Benjumea que logran convertir sus rostros en algo nuevo, una tarea que para Parra iba a ser más difícil, teniendo en cuenta su asociación inevitable con la serie en la que encarnó al siempre temible y difícil de olvidar Pablo Escobar.

Todavía no sé qué ocurrirá en la mayoría de los capítulos. Como todas las buenas historias de ladrones, seguramente todo se irá al traste. Por cierto que esto me hace recordar con emoción la última escena de la película The Killing, que en Latinoamérica tradujeron como Casta de malditos: en el aeropuerto, a punto de escapar con el dinero robado en un hipódromo, el protagonista contempla impotente cómo la maleta de dinero se abre y las turbinas de un avión crean un doloroso remolino de billetes que se esparce en el viento. Por la historia oficial sabemos que algunos de los ladrones que saquearon el banco en Valledupar no pudieron disfrutar su riqueza, pero seguramente una fracción de la banda todavía esta gozando de esa bonanza como toda una casta bendecida.

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