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Como hace mucho tiempo. Star Wars: el despertar de la fuerza, de J.J. Abrams
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 20 de diciembre de 2015

Como hace mucho tiempo. Star Wars: el despertar de la fuerza, de J.J. Abrams

Si le hacemos caso a lo que cuenta Peter Biskind en “Easy riders, raging bulls”, cuando se hizo la función privada para los ejecutivos del estudio que producía “Star wars”, George Lucas y la editora de la cinta, que además era su esposa, Marcia Griffin, supieron que la película iba a funcionar en taquilla porque todos se pusieron de pie, vitoreando con los brazos en alto en el momento en que aparecía el Halcón Milenario para ayudarle a Luke Skywalker. Del mismo modo, uno sabe hoy, casi cuarenta años después, que el público saldrá contento después de ver la nueva “Star wars: el despertar de la fuerza”, por la alegría de las exclamaciones cuando algo similar ocurre y vemos a un Harrison Ford, canoso y envejecido, pero todavía con el carisma intacto, robándose el show.

No es casual que ocurran estos episodios mientras vemos el nuevo capítulo de la saga. J.J. Abrams, un director muy talentoso a la hora de narrar con fluidez, ha tomado todas las cosas que funcionaban bien en la primera trilogía (el villano enmascarado, el problema entre padres e hijos, el héroe que se da cuenta de su propio poder por casualidad, el robot tierno, las trepidantes secuencias de combate aéreo) y astutamente, con la ayuda de un guión armado como un menú de degustación, las va dejando regadas, una por aquí, otra por allá, haciéndonos creer que vemos algo nuevo cuando en realidad su meta es otra: reclutarnos para la continuación de la historia mítica repasando sus “grandes éxitos”; inyectarnos de nuevo la fe que aquella trilogía de precuelas hecha por el mismo Lucas, nos había hecho perder.

El hombre se sale con la suya, claro, porque toma muchas buenas decisiones. No se excede con los efectos especiales generados por computador y recupera esa sensación artesanal que brinda la construcción de escenarios reales o de modelos a escala. Escoge con pinzas a los actores nuevos y con casi todos obtiene estupendos resultados, sobre todo con Daisy Ridley, quien con su personaje de Rey (tampoco la elección del nombre es dejada al azar: para superar a una princesa, se necesitaba un rey), la chatarrera aguerrida de talentos ocultos, y junto a Finn, el soldado del imperio arrepentido de ser cómplice de masacres, llevan sobre sus hombros la nueva (¿la vieja?) historia.

Sin embargo, lo que para el fanático puede ser una ventaja, para la película vista objetivamente, es una carga. Está Abrams tan concentrado en crear vínculos con el pasado, que se queda sin nada nuevo por decir. Hasta repite viejos errores y por el afán de que nadie se confunda con el recorrido de los héroes, termina resolviendo todo con mucha simpleza, casi con desgano intelectual: que el arma sea la misma, pero más grande. Por fortuna para él, muchos no se dan cuenta, pues realmente asisten para volver a un lugar del que no se habían marchado.

No hay nada malo con ser fiel a los orígenes. Pero Abrams se ha tomada muy a pecho aquello de “pasar la antorcha”. Y las antorchas no son, o no deberían ser, sables de luz.

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