Pico y Placa Medellín
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El mundo es una inmensa feria, qué duda cabe. Si de maravillas y juegos o de monstruos y casas del terror, dependerá del día, pero estamos de acuerdo en que esa es la sensación que produce este planeta donde todo es música estruendosa y filas para comer, avisos chillones y personajes sospechosos que te quieren de público de sus actos o que intentan quitarte tu dinero con algún truco. Por eso, tal vez, entre todos los posibles homenajes que pudo hacerle Guillermo del Toro al cine negro, aquel subgénero pesimista y canalla que intentaba retratar el estado de ánimo norteamericano justo después de la Segunda Guerra Mundial, volver a adaptar la novela de William Lindsay Gresham, que ya se había llevado al cine en 1947, era lo más indicado. La feria no ha hecho más que agrandarse desde entonces
A una de ellas llega Stanton, huyendo de su propia crueldad y atraído por lo raro, por lo fuera de lo común. Allí encontrará la oportunidad de poner su ingenio al servicio de su ambición, gracias a los trucos que va aprendiendo con el pasar de los meses. No le importarán las advertencias sobre los riesgos que implica creerse sus propias mentiras y mucho menos las personas que pueda herir en el camino. El dinero, piensa Stanton, es el medio y el fin, sobre todo en un mundo como el suyo, donde todos están desesperados para que los vean, por hacerse notar, como se dirá un par de veces a lo largo de la película, en la más clara pista que del Toro y su coguionista, Kim Morgan, siembran en la historia para que entendamos su conexión con la actualidad.
Nadie logra escapar al dolor en el mundo que dibuja Guillermo del Toro en “El callejón de las almas perdidas”. Todos tienen pasados dolorosos, cuentas pendientes y humillaciones por las que buscarán venganza. E incluso los personajes más inocentes, como Molly, la chica de la feria de la que se enamora Stanton, terminarán siendo cómplices. No se culpe a nadie, salvo a la humanidad entera, sugiere cada una de las escenas, espléndidamente compuestas desde lo visual (la bella fotografía de Dan Laustsen le hace justicia a la magnífica dirección de arte de Brandt Gordon), intensamente acompañadas por la música de Nathan Johnson y todavía mejor interpretadas, gracias a un reparto muy cuidadoso en dosificar la desmesura y en sacarle partido a las reglas invisibles del cine negro: Cate Blanchett es la perfecta mujer fatal y Bradley Cooper, el sinvergüenza ideal que engaña para ser engañado, con el encanto suficiente para tenernos de su parte.
Del Toro, defensor de la inocencia y la pureza del “monstruo” a lo largo de su filmografía, firma su película más desoladora, pues esta vez elimina cualquier esperanza. Los monstruos de los que hablamos acá no se distinguen a simple vista. Sólo sabremos que lo son cuando nos hieran, cuando estemos sangrando. Para entonces, tendremos que haber reconocido que en esta feria en la que vivimos, todas las jaulas están abiertas y sólo nos queda intentar ser las fieras que atacan y no las presas con las que otros saciarán su hambre.
El mundo es una inmensa feria, qué duda cabe. Si de maravillas y juegos o de monstruos y casas del terror, dependerá del día, pero estamos de acuerdo en que esa es la sensación que produce este planeta donde todo es música estruendosa y filas para comer, avisos chillones y personajes sospechosos que te quieren de público de sus actos o que intentan quitarte tu dinero con algún truco. Por eso, tal vez, entre todos los posibles homenajes que pudo hacerle Guillermo del Toro al cine negro, aquel subgénero pesimista y canalla que intentaba retratar el estado de ánimo norteamericano justo después de la Segunda Guerra Mundial, volver a adaptar la novela de William Lindsay Gresham, que ya se había llevado al cine en 1947, era lo más indicado. La feria no ha hecho más que agrandarse desde entonces
A una de ellas llega Stanton, huyendo de su propia crueldad y atraído por lo raro, por lo fuera de lo común. Allí encontrará la oportunidad de poner su ingenio al servicio de su ambición, gracias a los trucos que va aprendiendo con el pasar de los meses. No le importarán las advertencias sobre los riesgos que implica creerse sus propias mentiras y mucho menos las personas que pueda herir en el camino. El dinero, piensa Stanton, es el medio y el fin, sobre todo en un mundo como el suyo, donde todos están desesperados para que los vean, por hacerse notar, como se dirá un par de veces a lo largo de la película, en la más clara pista que del Toro y su coguionista, Kim Morgan, siembran en la historia para que entendamos su conexión con la actualidad.
Nadie logra escapar al dolor en el mundo que dibuja Guillermo del Toro en “El callejón de las almas perdidas”. Todos tienen pasados dolorosos, cuentas pendientes y humillaciones por las que buscarán venganza. E incluso los personajes más inocentes, como Molly, la chica de la feria de la que se enamora Stanton, terminarán siendo cómplices. No se culpe a nadie, salvo a la humanidad entera, sugiere cada una de las escenas, espléndidamente compuestas desde lo visual (la bella fotografía de Dan Laustsen le hace justicia a la magnífica dirección de arte de Brandt Gordon), intensamente acompañadas por la música de Nathan Johnson y todavía mejor interpretadas, gracias a un reparto muy cuidadoso en dosificar la desmesura y en sacarle partido a las reglas invisibles del cine negro: Cate Blanchett es la perfecta mujer fatal y Bradley Cooper, el sinvergüenza ideal que engaña para ser engañado, con el encanto suficiente para tenernos de su parte.
Del Toro, defensor de la inocencia y la pureza del “monstruo” a lo largo de su filmografía, firma su película más desoladora, pues esta vez elimina cualquier esperanza. Los monstruos de los que hablamos acá no se distinguen a simple vista. Sólo sabremos que lo son cuando nos hieran, cuando estemos sangrando. Para entonces, tendremos que haber reconocido que en esta feria en la que vivimos, todas las jaulas están abiertas y sólo nos queda intentar ser las fieras que atacan y no las presas con las que otros saciarán su hambre.