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El que no ladra. “El poder del perro”, de Jane Campion
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 07 de diciembre de 2021

El que no ladra. “El poder del perro”, de Jane Campion

Una viuda toca un piano, en lo que pareciera una cita a su propia obra por parte de Jane Campion, la directora de “El poder del perro”, estrenada hace poco en Netflix. Intenta tocar, mejor, porque el pasaje que trata de superar es difícil y siempre se queda engarzada en las mismas notas. Una silueta pasa detrás de ella, como una exhalación, como una sombra, para subir al piso superior de esa casa amplia y adornada, símbolo de progreso y prosperidad en medio de las planicies agrestes de Montana, donde la viuda ha llegado a vivir hace poco, alterando para siempre la ya tensa convivencia entre los hermanos Burbank, Phil y George, después de casarse con este último. En otros lugares es 1925, pero allí todavía, a pesar de lo que digan los calendarios, es el Viejo Oeste.

La viuda insiste. Quiere corresponder al detalle que ha tenido con ella su marido, George, el hermano más tímido y menos “vaquero” de los Burbank, al llevarle con mucho esfuerzo un piano de cola. Podríamos pensar que a lo mejor la llegada de ese instrumento es el signo de civilización que se necesita para señalar un cambio de época. Pero no. Porque de repente, sin dar la cara, oímos que alguien toca en un banyo, las notas que a ella la mortifican. Y las toca más rápido y mejor y con los bríos de una amenaza. La silueta del piso de arriba le está advirtiendo que su presencia no puede mejorar nada. Es más, que debería irse para que todo vuelva a esa normalidad en la que Phil se burlaba del peso de George y lo trataba con displicencia o con crueldad, según necesitara.

La música de Jonny Greenwood se mueve inquietante, entre escenas, como una cascabel que anuncia su ataque pero sin delatar quién será la víctima. La fotografía de inmensidades que encogen el corazón y donde nadie puede ocultarse, de Ari Wegner, que obliga a la pobre viuda a beber a escondidas en un callejón, se torna cálida cuando Phil, creyendo estar solo, se entrega a sus recuerdos más felices y privados. Descubre que lo han visto y nosotros, el público, pensamos que veremos la trampa que se le tiende a una presa. Pero tal vez sea que no hemos leído bien los signos que Campion riega como pistas. No nos asombramos del talento para leer las nubes de Peter, el hijo de la viuda, que siempre fue el signo de los sabios. Ni le damos importancia a su búsqueda de animales muertos. Tampoco percibimos hasta mucho después de que ocurre, que no se le movió un músculo cuando sacrificó a un conejo con el único propósito de conocer sus entrañas.

Campion nos dice que la comodidad de Peter vistiéndose como se viste y siendo el objeto de las burlas de los vaqueros, no es ingenuidad sino certeza. Fue Peter quién bajó a su padre de donde colgaba. Fue él quien quiso acercarse a Phil después de conocer su secreto. Y entonces, como en un relato sin moraleja, comprendemos que el final del Viejo Oeste no se dio cuando el primer automóvil atropelló a alguien sino cuando la ciencia, el conocimiento, venció a la fuerza. Cuando entendimos lo peligroso que es el perro que no ladra.

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