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Falta fondo
Crítico

Gustavo Arango

Publicado el 09 de mayo de 2016

Falta fondo

La reflexión sobre la Feria del Libro de Bogotá se ha polarizado en torno a la sorpresa que a muchos les produjo la avalancha de muchachos que buscaban el libro y una firma de un youtuber. Parece que no hubiera ocurrido nada más. Hasta el mismo Vallejo, el cuentachistes, se vio opacado por el vigor juvenil y sin silencios de un fenómeno que los más viejos aún no conseguimos comprender. Se habla de éxitos resonantes y de bajas preocupantes en las ventas. Todavía no se menciona la tragedia verdadera: la paulatina y ya casi total desaparición de los libros de fondo.

Los libros de fondo son aquellos que a pesar de decenios y de siglos no dejan de venderse. Se venden poco, pero se venden. Su fuerza está en los lectores con criterio, aquellos que ven más allá de las luminarias de la publicidad y de la moda, porque saben que el tiempo es el que da el veredicto final. Pensé en la desaparición de los libros de fondo cuando me dio por buscar en los nueve pabellones de la Feria una buena edición de Pedro Páramo. Casi no lo consigo. Lo mismo ocurrió cuando quise ayudar a una señora de cabello corto a buscar un libro de Schopenhauer que un hijo suyo le había encargado.

El mercado de los libros en Colombia lo dominan dos grupos editoriales: el Penguin-Random House y el Planeta. Los demás –independientes, regionales, universitarios– sólo son soñadores que contribuyen al decorado. En esas grandes ligas la inversión es enorme. Los tirajes, faraónicos. La presencia en los medios, avasallante. De manera que no hay que culpar a la gente si termina por creer que lo único que vale en materia literaria es lo que publican esas editoriales.

Los amantes del fútbol recordarán que hace varias décadas hubo en Colombia un equipo que se dedicó a comprar los mejores jugadores para sentarlos en la banca, y así evitar que otros equipos contaran con su talento. Esa misma estrategia puede apreciarse en los grupos que dominan nuestra industria editorial. Si uno entra al pabellón de Penguin-Random House encuentra que bajo ese prestigioso nombre hoy convive una multitud de sellos que nacieron y crecieron separados. Los lectores de edades avanzadas recordarán que Taurus, Grijalbo, Aguilar, Sudamericana, Lumen, Plaza y Janés o Alfaguara, eran prueba de una rica y variada oferta literaria. Ahora todos esos sellos agonizan encadenados como galeotes –obligados a sacrificar sus propios fondos– bajo el ala de un monstruo gigante y rapaz que está dispuesto a hacer añicos el mercado de los libros. Para esa personificación de la avaricia importan las novedades y las ventas millonarias. Todo lo que no sea multitudinario se descarta. Su estrategia es usar medios masivos (y cautivos) para decirles a los lectores de criterio frágil lo que tienen que comprar. El resultado es un gusto uniforme que consume los ripios insípidos de escritores esclavos.

La buena noticia es que la literatura verdadera, aquella que es libertad, sinceridad y rebeldía, no dejará de brotar en los rincones más insospechados (casi siempre lejos de los reflectores), y que quienes la buscan con paciencia y agudeza no dejarán de encontrarla.

A principios de este año, el director del premio literario del papel higiénico dio la explicación no pedida para el hecho de que la mayoría de los finalistas pertenecieran a las grandes editoriales. Dijo –con altanería–que qué culpa tenía él de que la editorial que publica sus libros sea la que procura publicar a los mejores escritores del país. Heráclito decía que las opiniones de los hombres son juegos de niños. Variaciones recientes de esa idea son expresiones del tipo: “Al que le gusta le sabe” y “Entre gustos no hay disgustos”. Un bien inflado globo capitalino decía hace poco que libro es libro. Porque –como decía Machado– “También la verdad se inventa”, quizá nunca sabremos qué es aquello elusivo que distingue a una obra maestra de un mediocre simulacro. Pero una cosa sí es cierta: decir que la buena literatura sobreabunda allí donde está la plata es un cínico y perfecto disparate.

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