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Hermano Lobo, “Diecisiete” de Daniel Sánchez Arévalo
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 20 de octubre de 2019

Hermano Lobo, “Diecisiete” de Daniel Sánchez Arévalo

“Cuando fuimos hermanos”, dice Ismael pensando en voz alta, recordando una época en que su hermano menor, Héctor, que está sentado frente a él, no era un dolor de cabeza. Y lo dice con nostalgia, claro, porque Diecisiete (estrenada esta semana en Netflix) cuenta, sobre todo, uno de esos reencuentros que tenemos con amigos o con familiares cercanos cuando la vida nos ha quitado la cercanía de todos los días y al volvernos a ver somos otros, porque hemos tenido hijos, o conseguido trabajos o pasado un par de años en un centro de reclusión juvenil, como sucede en la película; pero también somos los mismos, porque seguimos teniendo idénticos los defectos y las mañas de siempre y el sentido del humor de toda la vida.

Daniel Sánchez Arévalo consigue, como lo ha hecho ya varias veces en su carrera (es el mismo director de AzulOscuroCasiNegro y Gordos), crear una historia de personajes particulares, entrañables por su singularidad, con las resonancias universales justas para generar identificación en su público, que se ve reflejado en ese muchachito huraño y obsesivo, peleado con un mundo que no se porta muy bien con las personas como él, que se salen de la norma. O que se descubre a sí mismo en el hermano mayor, cansado de cargar con una responsabilidad que no pidió y que a duras penas le deja tiempo para ir en búsqueda de su propia felicidad. Imperfectos y medio jodidos, como casi todos.

Apela acá Sánchez Arévalo a lo que en manos de un director y guionista menos seguro de su escritura habrían sido puros golpes bajos y chantajes emocionales: una mascota con la que nos encariñamos, que nos quitan de repente; un perro viejo y cojo, que se quiere subir a la cama por las noches; una abuela que desde el derrame que la postró solo sabe decir una palabra y a quien sus nietos le prometieron que llevarían a morir en su pueblo natal. Cada uno de estos elementos, como ya dije, podrían haber convertido a Diecisiete en una melosería lacrimógena insufrible, pero la fortuna de contar con unos diálogos bien puestos, una fotografía tan luminosa y cálida como la música que acompaña la trama, y con dos actores perfectamente creíbles en su relación de hermanos que no se soportan, permite que la historia de amor fraternal camine sin apenas sobresaltos por las rutas de la comedia dramática y por los paisajes de Cantabria. Queremos acompañarlos en ese viaje, porque nosotros mismos lo hemos vivido: tampoco hemos sabido decirle muy bien a ese amigo de los chistes pesados, o a ese pariente que te saca canas, que los seguiremos queriendo por siempre, que los cambios de la vida no han dañado la esencia de un amor genuino. Los buenos guiones son esos que nos hacen creer que los escribimos nosotros en la cabeza antes de que ocurran frente a nuestros ojos.

En la misma escena de Diecisiete que mencionamos al principio, Ismael le recuerda a Héctor que él fue su perro, cuando niños, para que se tranquilizara mientras imitaba a un gozque. Tal vez sea lo mejor que podemos hacer por quienes amamos: ser sus perros fieles.

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