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La astilla que fuimos todos. “Pinocho” de Guillermo del Toro y Mark Gustafson
Crítico

Samuel Castro

Publicado

La astilla que fuimos todos. “Pinocho” de Guillermo del Toro y Mark Gustafson

samuel castro

Miembro de la Online Film Critics Society
Twitter: @samuelescritor

En un momento de nuestra vida todos nos convertimos en monstruos. De un día para otro, nos acostamos siendo unos niños tiernos y modositos y nos despertamos convertidos en horribles insectos o en criaturas de madera que no paran de saltar, gritar e importunar. O al menos eso sienten nuestros padres, que no saben de dónde vienen esa rebeldía, ni ese impulso por desobedecer, ni las mentiras que empezamos a decir para que nos permitan ir donde queremos, hacer lo que deseamos, ser lo que nos dé la gana.

El relato original de Pinocho, que publicó por entregas en un periódico italiano Carlo Collodi entre 1882 y 1883, no se refería a un niño pequeño desobediente, como nos hizo creer la versión que produjo Disney en 1940. Collodi había encontrado una metáfora perfecta, con esa voz de la conciencia tan pequeña que parecía un grillo hablando dentro de un tronco hueco, para describir a esos jóvenes que fuimos, que no nos hallamos en un cuerpo que parece prestado ni escuchamos consejos. Guillermo del Toro, cada vez más sabio y más seguro de sí mismo y de los comentarios sobre la sociedad que quiere hacer a través de su arte, le añade un par de temas magníficos al argumento original: el afán de estos adolescentes de ser unas estrellas sin mucho esfuerzo (por supuesto que Pinocho habría sido youtuber o tiktokero, de haber vivido en nuestra época); la responsabilidad que tenemos como sociedad de mandar a estos muchachos a guerras sin sentido (porque todos a los 18 años deberíamos sentirnos conciudadanos de la juventud y no pensar en bandos enemigos) y una idea que es la más conmovedora de esta versión: en la adolescencia creemos que no vamos a morirnos nunca. Por eso actuamos así, con esa irresponsabilidad que nos puso más de una vez a caminar por la cornisa. Y por eso sólo podemos decir que somos adultos cuando entendemos que algún día, tal vez mañana, será el último.

Del Toro, que codirige la película con Mark Gustafson, se une con The Jim Henson Company (la compañía fundada por aquel genio de las marionetas que creó los Muppets) para hacer una animación intencional y bellamente imperfecta, justamente porque de eso va la película: de recordar que nadie tiene el destino que soñaba, que nos pueden ocurrir desgracias, que no se escoge cómo serán nuestros parientes, porque la vida es así, deshilachada y mal cosida. Todos los personajes son criaturas que podemos ubicar en el universo cinematográfico del mexicano (las hadas azules, que son más bien espíritus de la naturaleza, están claramente conectados con el fauno del laberinto) y, sin embargo, se sienten tremendamente originales, distintas a Pixar y a Disney o a los minions de Ilumination. Tan originales como la música de Alexandre Desplat, una magnífica colección de melodías que remiten a Italia y de canciones sin moralejas fáciles, pero brillantes como una tarde soleada.

Del Toro vuelve a decirnos en esta versión de Pinocho, que los monstruos somos todos. O que lo fuimos. Y que si algo tiene de bueno la muerte, es que nos hace apreciar mejor este ratico que llamamos vida.

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