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Juan David Villa

Periodista y editor de textos

Ortografía para todos: ¿Somos vulgares los paisas?

hace 1 hora
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  • Ortografía para todos: ¿Somos vulgares los paisas?

Y con vulgares me refiero a groseros, palabrosos, soeces. Recuerden que aquí usamos el vocablo palabra también para referirnos a aquella expresión que la sociedad entiende como vulgar. “Ay, dijo una palabra. Regáñelo”. La mamá le advierte al niño “No diga palabras. Grosero”. Un especial uso del vocablo palabra. Un uso paisa, de nuestro dialecto. Según la división tradicional, aquí hablamos dialecto antioqueño, el cual está dentro del superdialecto central andino.

Estos catálogos son muy imprecisos, pero es evidente que todos los habitantes del Valle de Aburrá hablamos más o menos igual. Estamos, sin duda, dentro del mismo dialecto, con un acento más que reconocible. Podemos sacar de aquí quizá a los habitantes de algunas zonas rurales. Por ejemplo, don Jaimito, un vecino de una vereda de Santa Elena que pasa por mi casa vendiendo tierra de capote y musgo, tiene un acento propio de la zona rural, el que aquí con cariño llamamos “acento montañero”.

¿Qué tan vulgares somos? Primero, insisto en que aquí usamos estas palabras más para expresar cariño que para ofender. Es decir, dos amigos se encuentran por la calle casualmente después de un par de años sin verse. “Kiubo, marica, ¿usté qué?”. Ese marica está cargado de afecto. El amigo no se va a ofender, pero de ninguna manera.

Me he puesto en la tarea de investigarlo. Según mis cálculos, imprecisos pero confiables, tenemos ocho vulgaridades básicas (uso vulgaridad con el sentido que aquí le damos): chimba, marica, gonorrea, pirobo, malparido, güevón, hijueputa, puta. Dirán ustedes “pero ahí faltan muchas”. No considero aquí palabras débiles como culo, bobo o pendejo, entre muchas otras, porque no tienen el mismo peso semántico. Insultar a alguien con un bobo es mucho más liviano que encararle cualesquiera de las otras ocho. Bobo sería un intento de insulto pulcro y pueril.

Con esas ocho palabras básicas formamos expresiones y otras vulgaridades (todas gruesas), porque la imaginación que nos gastamos para nombrar el mundo con gracia no tiene mesura, y, si las sumamos todas, pasamos de 30.

Así las cosas, por cantidad, la respuesta es sí, somos una sociedad grosera, cuyos hablantes pueden meter una guachada cada cuatro palabras “pulcras”. Muchos hablantes necesitan una vulgaridad por cada enunciado que emiten. Somos guaches...

Ahora bien, la mayoría de las veces, usamos cualquiera de estas 30 y tantas para manifestar cariño, cercanía, confianza, humor... No voy a hacerles un juicio moral sobre la naturaleza de esta costumbre, que muchos llamarán vicio. Y comprendo a quienes se molestan cuando las escuchan y no las dicen ni cuando se machacan un dedo por considerarlas deshonrosas y de mala maña. Estoy hablando de un hecho lingüístico.

¿Y cuál será la raíz de esta generosidad lingüística? ¿Por qué disponemos de tantas palabras “vulgares”? Todas las sociedades, con sus lenguas, han de tener signos para ofender... El insulto es parte de nuestra capacidad creativa. Mas es evidente que nosotros ganamos por cantidad.

Una respuesta corta y sencilla, pero simplista y coja, está en la violencia. Una sociedad violenta expresa la violencia en su discurso, porque la palabra resume el estado del espíritu. Es un hecho que una buena porción de este caudal lingüístico forma parte del parlache, y cierto es que el parlache fue, como el lunfardo argentino, jerga de gañanes, de pillos, de gente que ejercía la violencia como oficio. Pero no es esta la respuesta.

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Juan David Villa

Periodista y editor de textos

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