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Para un dios, otro dios: El corazón de la bestia, de David Ayer

28 de septiembre de 2026
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  • Para un dios, otro dios: El corazón de la bestia, de David Ayer

El Colombiano

Cuarenta años de carrera actoral después, Brad Pitt todavía puede sorprendernos con un gesto que no recordamos haberle visto nunca o, como en este caso, que al menos no le habíamos oído. Es la risa estrepitosa, infantil, llamarada sonora, que James Belmont, su personaje en El corazón de la bestia, suelta cuando descubre que su amigo Odín, la criatura que más ha querido en su existencia, ese pastor alemán con el que fue y volvió de la guerra, logra recuperarse después de un accidente que pudo costarles la vida a ambos. Esa risa conmovedora es la medida sentimental de una película que es un thriller de supervivencia contra los elementos pero que también es, para fortuna de los espectadores, una historia de amor.

Un amor que superará todas las barreras que se le pongan enfrente, pues desde que Belmont y Odín aterrizan en las inmensidades boscosas de Alaska (que en realidad es Nueva Zelanda, pero eso es parte de la magia del cine) y conversan con un viejo minero que encarna con la verosimilitud de siempre J. K. Simmons, lo único que le pasa a esta pareja con la piel cruzada por las cicatrices, son cosas malas. Lo bueno es que están filmadas con oficio y con las riendas apretadas por David Ayer, un director que hace mucho merecía algo más que las películas de acción mediocre con Jason Statham a las que lo condenó ese fracaso mayúsculo que fue Suicide Squad hace 10 años. Ayer sabe, por ejemplo, cuándo acercar la cámara para que la actuación sólo esté en los ojos, tanto de Belmont como de Odín, y por eso le salen tan trepidantes algunas secuencias, como las del oso o la de los lobos, a pesar de ciertos descuidos en las imágenes generadas por computador.

El título de la película es intencionalmente ambiguo, porque la bestia puede ser cualquiera de los dos, el humano o el perro. Son bestias de guerra ambos, que han caído y han sufrido por cumplir con su deber, y que sólo se tienen el uno al otro. Los veremos enfrentar el terreno en unos planos generales magníficamente fotografiados por Mauro Fiore que nos hacen sentir ese cansancio ante la inmensidad cuando calculan lo que les falta para volver a algún lugar civilizado. La épica de la empresa está reforzada con la partitura enérgica y pertinente de Jared Michael Fry, que sólo patina al final, cuando decide agregarle azúcar a una escena que ya era suficientemente triste como para necesitar añadirle una línea musical lacrimógena, primero en piano y luego en violín. Por fortuna el error musical se enmienda un par de minutos después con una versión áspera y desnuda de Stand by me que canta Stephen Wilson Jr. y que nos acaricia el alma en el momento justo, cuando lo que queda es la incertidumbre ante un futuro incompleto.

No hay tantas opciones posibles en una película de humano y perro. Pero el final es lo de menos cuando el viaje lo compartimos con dos dioses: ese Odín peludo, que se lanza por su amo a las aguas de un río bravo, y ese dios del cine que es Brad Pitt, un hermoso perro viejo que todavía es capaz de presentarnos trucos nuevos.

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