Pico y Placa Medellín
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En 1994, Jaime López, más conocido como Jimmy Jazz, andaba con una guitarra de dos cuerdas para todas partes. Con ella fue armando, frase por frase, una canción que terminaría convirtiéndose en una especie de retrato de los jóvenes que por esos años no encontraban un lugar cómodo en Medellín.
La canción se llamó La carrera y nació, entre otras cosas, después de que Jimmy leyera El extranjero, de Albert Camus. Una frase del libro se le quedó dando vueltas: “Que me reciban con gritos de odio”. No hacía falta mucho más. La vida alrededor ya estaba poniendo el resto.
G.P. llevaba más de veinte años haciendo punk desde las calles, los barrios y la escena underground. En 1995 publicó De: G.P. Para: la Sociedad, un disco que parecía una dedicatoria, pero también una confrontación. Allí estaban la familia, la violencia, la pobreza, la vida de los jóvenes y el rechazo que despertaban quienes habían decidido vestirse, pensar y vivir de otra manera.
“Literalmente, nos perseguía la ley, los metaleros, las familias, los pillos y hasta las mamás de nuestros amigos porque no ‘calábamos’”, contaría Jimmy Jazz. De ahí salió el nombre de la canción.
Y la letra no daba muchas vueltas. “Yo aquí me voy a quedar”. No era una petición de aceptación. Era casi un desafío: tú me odias, yo te odio, sigamos corriendo.
Eso también estaba en Pecados capitales, otro de los discos de la banda. En “La envidia”, G.P. hablaba de esa competencia absurda entre unos y otros: los rockeros contra los punks, los punks contra los metaleros y, al final, la gente “normal” contra todos los que parecían salirse de la fila.
Ahí está buena parte de la historia de una Medellín de los años noventa. Una ciudad que estaba acostumbrándose a sobrevivir a la violencia, mientras sus jóvenes también buscaban cómo sobrevivir a los prejuicios. Para muchos, aquellos muchachos de pelo largo, botas, chaquetas y guitarras eran un problema antes de que siquiera hubieran dicho algo.
G.P. convirtió esa persecución en canciones. Y muchos jóvenes encontraron allí una manera de contar lo que les estaba pasando. “Yo crecí con ese álbum”, decían algunos años después. La sociedad, en cambio, nunca pareció enterarse de que aquellos discos también estaban hablándole a ella.
Quizás porque G.P. nunca quiso reconciliarse. Lo suyo, como dijo Jimmy, era un lamento, no un proceso de reconciliación.
Treinta y dos años después, “La carrera” sigue teniendo algo de aquella Medellín. Porque algunas ciudades cambian de ropa, pero conservan ciertas maneras de mirar al que no calza.
Y G.P. todavía está ahí, corriendo.
Que la carrera continúe.