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Viejas lecciones urgentes. “El árbol mágico”, de Ben Gregor

hace 2 horas
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El Colombiano

Desde hace ya bastante tiempo no hay en nuestra cartelera comercial películas que no sean de animación, verdadera y completamente infantiles. Tal vez porque algunos productores saben que los niños pequeños van a cine de la mano de sus padres y porque otros quieren imitar esa combinación mágica de las películas de Pixar, las películas para niños son en realidad para todos: hay humor negro, tramas complejizadas y referencias a la cultura pop y a otras películas que un niño de siete años jamás podría haber visto.

Por eso hay que darle una feliz bienvenida a “El árbol mágico”, una producción que adapta una serie de libros infantiles escritos en las décadas del treinta y del cuarenta del siglo pasado por la reconocida escritora británica Enid Blyton. Aunque cuenta en su reparto con intérpretes como Andrew Garfield y Claire Foy, que encarnan al matrimonio Thompson, que se instala en el campo yendo tras un sueño común de juventud después de que ella pierda el trabajo por creer en la ética, en realidad lo que le importa a la película es hablar de los niños, representados por los tres hijos Thompson, y de la necesidad imperiosa de que conserven su imaginación y la creencia en la dimensión mágica de la existencia.

Igual que pasaba en la última entrega de “Toy Story” hay una primera parte, añadida en la adaptación de la novela original a estos tiempos realizada por el guionista Simon Farnaby, que se preocupa por el excesivo contacto de la infancia con la tecnología. No sólo la desgracia de la familia es causada por una nevera con IA con la voz de Judy Dench, sino que los niños no aguantan ni cinco minutos en un lugar donde no haya wi-fi, y sufren síndrome de abstinencia cuando no tienen a mano sus tabletas y consolas. Después de este necesario sermón, la trama se centrará en sus aventuras, liderados por Fran, la menor, en el árbol más frondoso de un bosque encantado, donde hay hadas (le queda muy bien el rol a Nicola Coughlan) y elfos y mundos de golosinas.

La paradoja de “El árbol mágico” es que justo su gran cualidad es también su principal defecto: aunque es cierto que los papás podrían dejar solos a sus niños en la sala de cine sin ningún temor (hasta la villana que presenta Rebecca Ferguson está despojada de toda sensualidad y maldad escabrosa) y que los decorados poco digitales que ha diseñado Alexandra Walker recuerdan más bien a las memorables escenografías de los parques de diversiones, la película a veces se pasa de ingenua, con algunos personajes que ni siquiera cumplen con el cometido de ser un buen chiste, y ciertas resoluciones a conflictos que incluso un niño de estos tiempos encontrará gratuitas y demasiado fáciles como para ser creíbles.

No deja de ser meritorio, sin embargo, que una película sea coherente con su propio planteamiento ético: los padres deberían procurar que sus hijos tengan infancias más soñadoras y simples, donde haya más espacio para la fantasía que para la tecnología y donde no sea un problema insufrible la ausencia de wi-fi.

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