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Tu amigo el cine. “Había una vez en... Hollywood”, de Quentin Tarantino
Crítico

Samuel Castro

Publicado el 19 de agosto de 2019

Tu amigo el cine. “Había una vez en... Hollywood”, de Quentin Tarantino

Una de las costumbres de Donald Draper en “Mad Men” era olvidarse de todo, en aquellos días difíciles de la vida, metiéndose a un cine a ver lo que estuvieran dando, no importaba qué. El cine era su consuelo, su escape, su inspiración. Draper, que simboliza en muchos sentidos el ideal estadounidense de una generación, no tiene amigos. En la penumbra de la sala, no los necesita. Puede sonarle raro a los jóvenes de hoy, pero tanto para la generación de Draper, como para la siguiente, la de Quentin Tarantino, el cine y la televisión fueron los amigos que jamás se cansaban de nosotros. Tal vez por esta razón es que el director de “Pulp fiction” ha dedicado toda su carrera a convencer a sus seguidores de que al final no importa si vemos una película ridícula y ochentera de artes marciales o un western italiano de bajo presupuesto; siempre estaremos mejor en las películas que en la vida real.

“Había una vez en... Hollywood” es, entonces, una carta de amor a la fábrica de los sueños que lo acompañaron durante su juventud. Y por esta misma razón, tiene todo lo bonito de una carta de amor (las descripciones detalladas, la mirada llena de asombro, la sensibilidad a flor de piel) y también sus defectos (esa tendencia a irse por las ramas, la constante mención de detalles que no vienen al caso pero que le importan al autor); aunque como cualquier carta de amor bien escrita, nos conmueve al punto de que pasadas unas horas, esas imperfecciones que percibimos en el papel cuando las leíamos, han desaparecido dejando en la memoria sólo lo brillante: las mejores frases, los versos bien escogidos.

Entre lo mejor de la carta se encuentra la magnífica selección de canciones que conforman su banda sonora, impecable en el espíritu que contagian a las escenas más simples; el asombroso diseño de producción, capaz de recrear lo luminoso y lo temible de una época, y las actuaciones de Leonardo DiCaprio y Brad Pitt que en el cenit de sus carreras, nos ofrecen esa falsa sensación de que actuar es facilísimo, tan común en las estrellas de cine de antes.

Lo que dice Tarantino al contarnos tres días en las vidas de Sharon Tate (no vean la película sin saber quién fue ella); de Rick Dalton, un actor de prestigio menguante, talentoso cuando se lo propone; y de Cliff Booth, el doble de riesgo y amigo más cercano de Dalton, convertido en su chofer y su mandadero, es que ama todo del cine. Tanto eso que llamamos “el mundo de las estrellas”, con su glamur y su belleza inaccesible, que goza mirándose al espejo, igual que Tate cuando va a ver una película en la que actúa, como lo que hay detrás del telón: los trabajos mal pagos, los guiones de medio pelo, el negocio salvaje. Lo que nos dice es que todo hace parte de un mismo universo. Un universo en que la realidad no tiene cabida, o más bien un mundo donde la realidad es exactamente lo que directores como él quieran crear y creer. Donde los amigos te salvan la vida (y no hay mejor amigo que el cine mismo) y las historias acaban siempre como deberían.

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