Pico y Placa Medellín
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Diego Agudelo Gómez (Crítico de series)
En las imágenes de la Tierra tomadas desde el espacio, el planeta se ve como una imponente esfera azul que flota en una negrura infinita. Desde que inició la exploración espacial, los ojos que hemos lanzado al espacio, de telescopios, satélites y astronautas, han construido un catálogo colosal de retratos tomados desde una estación espacial, desde la luna, desde la órbita más alejada desde la que se pueden captar los resplandores de esta roca maravillosa en la que vivimos. Y lo que tiene de maravillosa, también lo tiene de extraña, violenta y salvaje. ¿Cómo es posible que hubiera surgido la vida en un planeta de convulsiones permanentes e incesantes cataclismos? Esta es la pregunta que intenta responder la serie documental Una extraña roca, disponible en Netflix y narrada con entusiasmo efervescente por el actor Will Smith.
El punto de vista de la serie es reflexivo, vivencial, concentrado en las historias que han tenido lugar desde el principio de los tiempos en la superficie terrestre. Para lograr un tono místico, cercano y atinadamente científico, el hilo conductor de cada episodio es el testimonio de ocho astronautas que, en distintas épocas, han pasado una temporada en el espacio. En la estrecha soledad de las estaciones que orbitan la Tierra, a través de ventanas circulares, pequeñas escotillas y cascos de recubrimiento aurífero, los hombres y mujeres que han viajado más allá de la estratósfera tienen incontables horas para observar la cadena de fenómenos que le inyectan vida al planeta y para reflexionar sobre aquellos asuntos que mantienen en marcha el desarrollo científico.
En sus narraciones dibujan un arco narrativo que empieza cuando nada había empezado, cuando las fuerzas del universo estaban apenas preparando el escenario para que los elementos correctos se juntaran y dieran origen a un planeta que fue recibiendo de las estrellas el polvo seminal que engendraría la vida.
La producción de la serie es ambiciosa pero nunca pierde sentido poético. Los testimonios de los viajeros espaciales se intercalan con historias cotidianas que involucran a bomberos, paleontólogos, deportistas, aldeanos, escaladores, biólogos, entre otras personas que simplemente se maravillan con el hecho de existir. Sumadas a este elenco, distintas especies animales pavonean sus asombrosas ventajas evolutivas ante la cámara, que además las busca en los escenarios que parecen entramadas elaboraciones oníricas. A través del documental saltamos desde la estación espacial MIR, donde un astronauta lucha para sofocar un poderoso incendio; hasta el fondo del océano, donde fumarolas de gas candente acogen la vida de bacterias que ayudan a comprender cómo se encendió por primera vez, hace millones de años, la primera chispa vital.
Seguir con rigor el orden de los capítulos es importante, pues están encadenados secuencialmente. Empiezan con la extrañeza que provoca pensar cuán solos estamos en el universo y van desembocando hacia las inquietudes que titilan en el pensamiento de la humanidad, por ejemplo la pregunta sobre nuestro origen, la angustia que nos causa la extinción personal y la comprensión del ciclo de vida y muerte que nos rodea, el cual permite la renovación continua de nuestro hogar, incluso a pesar de nosotros mismos.
Las imágenes que logra la serie son alucinantes: conforman un bombardeo de color, formas y movimiento que toca directamente las emociones. Nada menos se esperaría de Darren Aronofsky, director de cine que oficia como productor en esta serie. Aunque no esté detrás de cámaras, las imágenes tienen su firma: la composición visual es exuberante y frenética, pero persiste la humildad en el modo de acercarse a la naturaleza y los misterios del cosmos. Es fácil imaginar a los artistas que crearon esta serie inclinados con reverencia ante un universo que todavía alberga infinidad de secretos en su insondable oscuridad.