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Un arte gozoso, Nueva ola francesa de Richard Linklater

hace 1 hora
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  • Un arte gozoso, Nueva ola francesa de Richard Linklater
  • Un arte gozoso, Nueva ola francesa de Richard Linklater

Si un hipotético espectador de la cartelera colombiana no supiera nada acerca de la Nueva ola francesa, aquel movimiento que transformó el cine francés primero y luego impregnó con su energía gran parte del cine mundial, y por eso no encontrara motivos para ver la película en blanco y negro que se llama como aquel movimiento y que se estrenó el jueves pasado en el país, entonces debería mirar el nombre de su director, Richard Linklater, y recordar que el texano es en la actualidad uno de los mejores directores del cine estadounidense, al que hace rato deberíamos llamar “maestro”.

Porque lo que filma Linklater es una carta de amor, tan cinéfila y erudita, como ágil y chispeante. No a una película, sino más bien al espíritu de aventura irresponsable y osadía que animó la realización de todas aquellas historias que convirtieron a los críticos de cine que hacían la revista Cahiers du Cinema en los directores más relevantes de su generación. Aunque parece un anecdotario de la filmación de Sin aliento, es fácil ver que lo que anima a Linklater es la sintonía personal con ese espíritu que no se rendía ante nada. ¿Que ninguno en la revista tenía la formación necesaria? No importa. ¿Qué una película por encargo no era lo ideal para su novel director, Jean-Luc Godard? Por supuesto que no, pero el mismo Linklater ha hecho películas así y las ha convertido, a punta de talento, en parte de su obra (piensen en School of rock, por ejemplo). ¿Qué había que filmar saltándose las reglas y con medios precarios? Díganselo al tipo que se gastó 12 años de su vida para hacer Boyhood.

Linklater filma con los modos narrativos del documental (por eso nos presenta a todos los personajes con créditos y mirando a la cámara) y el mismo pulso eléctrico con el que alguien nos cuenta la historia de una rumba, sin pausas, sin pudor, seleccionando lo mejor de una empresa que parecía destinada al fracaso y que triunfó porque todos los involucrados, a su manera, amaban el cine. Por eso nos muestra la discusión entre Jean-Paul Belmondo y su representante por no hacer una película en la que ganara mejor en lugar de aquella historia descabellada de un ladrón y asesino que es traicionado, o a la pobre Jean Seberg, que detesta los modos bruscos y la pedantería impenitente de Godard, hasta que, como los demás, termina siendo parte de ese animal de mil cabezas que es un equipo de filmación. Recordando el nacimiento de uno, Richard Linklater comenta con mordacidad lo irreal que es hablar de cine de autor en un arte que, más que cualquier otro, es colectivo.

Los cinéfilos enciclopédicos seguro percibirán detalles como que Linklater usa para filmar el viaje de Godard a Cannes el mismo encuadre que Godard usó para el viaje en carro de Michel Poiccard. Un espectador casual, en cambio, disfrutará con la inquietud jubilosa de un equipo que no sabía lo que hacía, pero que se divertía filmando. Porque el arte, nos dice Linklater, no tiene que ver con los resultados en taquilla, sino con el gozo que nos produce hacerlo. Un gozo que es como una ola que revienta en la orilla de nuestra playa.

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