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Ya te leí, don Upo; ahora, qué libro leo
Crítico

Gustavo Arango

Publicado el 29 de octubre de 2015

Ya te leí, don Upo; ahora, qué libro leo

Parece haber consenso en que don Upo –Alfonso Upegui Orozco (1909-1972)– ha sido el mejor titulador que ha pasado por las páginas de este diario. La prueba es que, después de medio siglo, hay gente que recuerda algunos de sus títulos. También sería posible comprobar que ha sido uno de los escritores más brillantes de este diario de altibajos estilísticos y morales. Esta familia desavenida que llamamos Antioquia tendrá que estarle eternamente agradecida a Francisco Velásquez por rescatar a su Miguel de Cervantes con el libro Ya te maté bien mío; ahora, qué será de mi vida sin ti: Crónicas judiciales de don Upo (Ediciones Unaula).

Después de darle a este muchacho Francisco el reconocimiento que merece debemos proceder a regañarlo. Primero, por aplazar el disfrute de las historias de don Upo con un prólogo lleno de información interesante, pero amigo de transcripciones no todas urgentes. El estudio es admirable y nos revela que un genio como el de don Upo no surgió de la nada. Yo habría puesto el estudio al final, como los extras de los videodiscos, para que el lector lo busque y los disfrute después de haberse dado un banquete con la prosa de don Upo: una selección de entre las casi seis mil crónicas judiciales que publicó entre 1943 y 1972. El otro regaño es por la decisión de organizar las columnas por temas, impidiendo de ese modo que la vida fluyera, variada y sorprendente, como suele fluir cuando de insucesos se trata. Al final de la primera sección un lector desprevenido puede creer que don Upo se la pasó haciendo chistes sobre corazones enamorados y acuchillados, cuando en realidad fue un agudo observador de todas las facetas de la condición humana.

El formato de los títulos lo dictaba el periodismo de ocho columnas que se hacía en esos tiempos. Había que decir todo en pocas palabras y en dos líneas. Don Upo dominó ese arte a la perfección: “De feroz puñalada chuzó ese corazón que tanto amó”; “Le dio muerte a La Muerte; va quince años al presidio”; “Dejaron que se motilara y le dieron café con veneno”. “Los pobres no valen un carajo; ¡lo que vale es la plata, mijo!”; “Nuestro señor me dio ánimos; y le pegué tres machetazos”; “Listos para repeler la chusma; y los chusmeros eran ellos” (cualquier parecido, Odulfo).

La selección incluida en la antología es afortunada y tuvo el honesto criterio de basarse en “la impresión causada” en el compilador. Los textos de don Upo son ágiles, impactantes, inteligentes; muestran un gran respeto por el idioma. Algunos podrían figurar en antologías literarias. Es de suponer que muchos tuvieron un efecto notable en la sociedad de su tiempo: que hubo vidas marcadas para siempre por esa celebridad negativa, que hubo tribunales repletos.

El estilo de don Upo tiene detalles fascinantes: su admiración por Cervantes, sus chistes con Odulfo, –el amigo lento de entendederas que no atinaba a descifrar sus figuras retóricas–, su empleo de un lenguaje marcadamente literario: “el fígaro trabajo del varón” (para referirse a un peluquero), “sus más dulces ternuras y sus más tiernas dulzuras”; “los fragantes calabozos de Andes”. En sus textos se revelan entre líneas los rasgos de ese caldo de cultivo donde se gestó el mundo en que vivimos: lo fácil que resultaba para un hombre en aquel tiempo salirse con la suya si asesinaba a su pareja; los pobres siempre llevando la peor parte; la gente matando a cuchillo o envenenando. Pero también es posible observar una cierta nobleza, ya perdida, en aquellos que salían de la escena de los hechos a entregarse a las autoridades y confesar su crimen.

En tiempos enfermos como los nuestros, que admiran y dan poder a los delincuentes, conviene volver a leer la sana prosa de don Upo para recordar que la maldad es hija de la ignorancia y que cualquier clase de criminal es una pobre criatura a la que sólo es posible ver con una sonrisa llena de lástima.

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