Doce horas antes del vuelo de regreso a Colombia, los agentes de migración me detuvieron en el camino entre Shenzhen y Hong Kong. Iba con un grupo de periodistas y hacedores de videos para redes sociales con los que había sido invitado por Huawei a conocer sus oficinas, sus celulares, su tecnología. Es decir, estábamos allí para ver su poderío. Y era tremendo. El caso fue que me detuvieron junto al periodista Álvaro Dávila, hermano de Vicky Dávila, y nos llevaron al “cuartico”, paso obligado de todos los colombianos por los aeropuertos del mundo, pero esta vez fue extraño y miedoso. En cuestión de segundos desapareció el poco inglés que hablo y recordé a una modelo colombiana que paga cadena perpetua por llevar cocaína al régimen que se inventó Mao Zedong. Imaginé la condena del lenguaje, pensé en los siete mil caracteres del alfabeto chino y temí vivir para siempre comiendo caldos y cositas blandas; en China se comprueba que el mundo del hervido y el vapor puede ser espantoso.
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Cuando un viajero aterriza en Hong Kong y su destino está en la China continental, ingresa a migración en la carretera y no en el aeropuerto, la migración del aeropuerto solo pertenece a Hong Kong, la antigua colonia británica donde los conductores van en el lado derecho del carro y los bares ofrecen una larga variedad de tés y cervezas. El caso es que tras unos veinte minutos de camino hacia el interior, el pasajero se tiene que bajar del carro con el equipaje para pasar por una gran oficina repleta de cámaras y radares y escáneres y rayos equis, jugueticos varios de la histeria. Allí se entrega el pasaporte y el formulario de aduana, se pasan las maletas por el detector de metales. Otra vez al carro y a unos cuantos metros aparece una nueva garita donde otro funcionario fatiga aún más los pasaportes y comprueba ya no se sabe muy bien qué.
Cuando llegué, todo salió muy bien, pero ahora al salir una mujer pálida como la verdad me pregunta que si yo he trabajado en Hong Kong. Se esconde y diez minutos después vuelve con su belleza plena, le dice a Álvaro que hay un problema con la visa. Hacemos chistes. Nos dice que nos bajemos, caminamos y nos miramos. Nos meten a un túnel con innombrables (incontables) cámaras por delante. Vamos al cuartico: un cuadrado oscuro vigilado por un hombre; no tenemos los pasaportes y todos hablan inglés peor que nosotros.
Había salido de Colombia siete días antes repleto de zozobra, un sentimiento que adquirí después de cometer varios errores en mi vida. Siempre que salía de la ciudad me quedaba con la sensación de que descubrirían mi careta, de que el castillo de naipes se podía venir al piso. No a todos nos pasa lo mismo, pero yo me he quedado con este miedo permanente que se exacerba en el avión y me hunde en la melancolía y los arrepentimientos. Mi viaje interno es ese: volver a la semilla de mi pecado. Hay gente que sufre de ansiedad cuando se sube a un avión, se paralizan, tienen ataques de pánico o tiemblan y se persignan ante la menor turbulencia, yo no. Obviamente pienso en el milagro del vuelo, y que todo milagro puede romperse: cada ley física tiene su contradicción; pienso en que el avión puede caer, pero no me paraliza, aunque lo tema. Viajo de Bogotá a París y recuerdo los versos manoseados de Cavafis: “La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la Tierra”.
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Me aburren todas las ciudades, y lo comprobaré nuevamente. No hay en París nada más allá de la torre, los edificios de cinco pisos apiñados como dientes, el capuchino, un panini, un queso. Todo eso se puede ver en un solo día, ¿y luego qué más? Nada. El turismo es una trampa. Nadie escapa. No podemos escapar. Nunca he deseado quedarme más de siete días en ninguna parte. Después de tres noches todo me parece absolutamente aburrido y predecible. Tras dos o tres caminatas como anónimo, en las que reconozco algunas calles, algunos árboles, tomo un par de cafés, ya está todo hecho para mí. Quiero siempre regresar a mi rutina, a mi mundo controlado.
Cuando aterricé en el aeropuerto Charles de Gaulle, en París, sonó una canción que ahondó mi tristeza y sentí necesidad de volver inmediatamente. La canción era Les moulins de mon coeur, de Julieta Armanet. No tengo ni idea qué dice, pero la voz sosa de Amanet me hundió sin misericordia; supe el nombre porque el francés del lado lo escribió en mi celular. La música no necesita que la entendamos, se nos entrega plena con su brujería antigua que nos mueve las entrañas como la luna mueve las mareas: por atracción física. La música conoce mejor nuestras emociones que toda la psicología junta. Y la música también conoce el material del que estamos hechos: días después nada me parecerá más hórrido que la música china con sus vocecitas agudas; no estoy hecho de ese material, pero sí de cualquiera que me invoque a la tristeza honda; me gusta, me ufano de ello. Nada peor que el mito del melancólico genio.
En París estuvimos unas cuantas horas y luego otra vez al avión. El vuelo pasó por Bruselas, Frankfurt, Múnich, Viena, los Montes Cárpatos, Bucarest, el Mar Negro, Trebisonda, las montañas del Cáucaso, Tifilis, Bakú, el Mar Caspio, Nukus, Dasoguz, Taskent, Shymkent, Taraz, Namangán, Bikek, Almaty, Tian Shan, Perfectura de Aksu, Ruogiana, Golmud, Haixi, Chengdu, Bijie y Hong Kong. Ahora todo lo podemos ver en tiempo real. Las pantallitas de los aviones muestran el camino mientras volamos por él y pienso que evitamos Rusia y Ucrania, que de lo contrario el camino sería más fácil, pero la guerra está ahí amenazando con sus bombas. Además del mapa, el avión tiene cámaras en la cola y cerca a las llantas; todos podemos ver, si queremos, ese fondo negro.
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Son las cinco y treinta de la tarde en Hong Kong. Cuando nos bajamos del avión nos recibe el confort del aire acondicionado. Han pasado doce horas de vuelo y trece horas más allá en el tiempo de mi casa, bajarse es como sobrevivir a un viaje a la estratosfera, todos tenemos la cara del tripulante angustiado. La señalética es un gran invento: encontramos los baños, las escaleras, la salida. Hay pocas palabras en inglés. Cuando presentamos los pasaportes en migración nos detectan, nos llevan a una oficina, nos preguntan, decimos Huawei, ellos se sorprenden como si hubiéramos invocado la intervención de algún dios griego: ciego y justo.
Todos en la sala somos colombianos, nos reconocemos, nos preguntamos: ¿De Colombia? Sí. Rápidamente reconozco a tres comerciantes paisas: él con riñonera atravesada en el pecho, tuso, esa amalgama entre barrio y empresario extraño; ellas dos: ya saben las señales. Salimos primero de la oficina. Ya en Hong Kong, en el aeropuerto, pero en Hong Kong nos recibe una mujer china que en español se hace llamar Laura, su español tiene gracia, es cantarino. Nos entrega otro formato de migración y advierte que el paso difícil vendrá luego, cuando vayamos a Shenzhen, que para eso ella está aquí, ella es la enviada de la providencia.
Salimos del aeropuerto y ya el cielo está oscuro y nublado, dice el calendario que estamos en luna llena: no hay luna. El clima me recuerda levemente el vaho de las noches en Quibdó o en Turbo. Nos subimos al carro: una van Toyota. Cada pasajero tiene una botella de agua y un paquete individual de toallas húmedas. No hay música. Entre los primeros descubrimientos que hice de China es que la música no existe, solo escucharé algunas notas agudas en una obrade teatro-musicaldanza.
Saliendo del aeropuerto, y dejando atrás Hong Kong, ciudad que solo advertimos a lo lejos, vemos grandes puentes, grandes avenidas y los conductores conduciendo por el lado izquierdo. Llegamos a migración, nos bajamos de los carros, cruzamos, luego aparece la segunda garita y seguimos. Laura dice: “Todo bien, todo bien”. Una vez en Shenzhen, la vida vuelve a la derecha: los carros van por esa margen y los conductores tienen su silla en el lado izquierdo. Los carros son lujosísimos, en un solo semáforo hay cuatro Teslas, preciosos, y veo restaurantes que ya sabemos: McDonalds, KFC, Dóminos, Starbucks. ¿Dónde está esa idea que dice que China es comunista hacia adentro y capitalista hacia afuera? ¿Dónde están los chinos del cine con su sombrero de agricultor?
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Llegamos al Amber Hotel cuando son las ocho y treinta de la noche de un miércoles. El techo del lobby es de unos tres pisos de altura y cuelgan grandes lámparas que parecen pulpos gigantes cuyos tentáculos no son de carne sino de cristal, me recuerdan por algún motivo Las mil y una noches y ese comercial que daban en los noventa en la televisión nacional: lámparas Baccarat. El personal del hotel no entiende inglés y nosotros no entendemos nada de chino —ni tradicional ni simplificado—. Una persona que habla en inglés nos ayuda.
Alguien que no recuerdo nos entrega sim cards encriptadas que nos permitirán no perder nuestras redes sociales, se sabe que en China tienen su propio mundo virtual. La aplicación WeChat, por ejemplo sirve para chatear, ver fotos de tus amigos, pagar cuentas y hasta recibir el pago de la nómina. Whatsapp es para ellos una versión occidental de su gran tecnología, y cuando digo occidental hay que entenderlo como cuando aquí decimos “mercancía china”.
No hay cena y nos invitan a comprar algo en el 7-Eleven del hotel. Subimos y el pequeño local se abre ante nosotros: condones, lubricantes, Doritos, Cheetos, papas de todos los sabores, sopas de fideos, patas de pollo y muslos de pollo empacados al vacío, carne de cerdo curada y empacada al vacío, sánduches, Coca Cola, 7Up, sodas. Tomo dos sánduches sin saber muy bien qué tienen y voy a la habitación. Una vez pongo la tarjeta en ese dispositivo que activa la red eléctrica se enciende el televisor y es Huawei, aparece mi nombre en la pantalla. Me siento y abro un sánduche de pan sin borde, destapo la Coca Cola en lata. Descargo el traductor de Google y le tomo una foto a los letreros del empaque, dice que es un sánduche de queso con una línea de tocino dulce. Es rico, suave, la Coca Cola sabe igual que en todas partes. Es luna llena, pero no hay luna en el cielo, solo nubes, como si esto se tratara una escena de Dick Tracy.
¿A qué se va a China? ¿A conocer otro mundo? ¿A saber si en otro mundo podemos ser otros?
***
Despierto a las cinco de la mañana, que son las cuatro de la tarde del día anterior en Colombia. Uno no escapa de su vida ni siquiera cuando escapa del tiempo. Hay quienes lo creen, creen que un avatar los puede falsear. Pasan unas horas y bajo a desayunar: sopa de fideos con fondo de carne de cerdo y cebolla china; dumplings de carne y vegetales, fideos fritos, verduras salteadas, jugo de naranja. Todo el restaurante huele a hervido, a masas cocinadas al vapor.
Quiero saber si hay algo que tenga frijol, pero ningún mesero habla inglés y menos español. El frijol es la semilla que más rápido se ha dispersado por el mundo, ¿está en China? ¿La comen en China? Sería como encontrar algo mío.
El día está planeado. Vamos al Campus Xi Cun, de Huawei, que queda en la ciudad cercana de Dongguan, rodeada de cordilleras y grandes campos verdes. Salimos de Shenzhen por túneles larguísimos. La buseta en la que nos transportamos no tiene música, pero sí cinco cámaras interiores.
Nuestro guía se llama Sergio, no sabremos nunca su nombre chino. Mide más o menos un metro con setenta y cinco centímetros y tiene una sonrisa a prueba de turistas insoportables; me dice que le gusta que lo comparen con Doraemon, el personaje del manga japonés que tiene la capacidad de resolver cualquier tipo de problemas. Las gafas redondas hacen que sus
ojos parezcan los de Doraemon. Sergio es un tipo prudente y servicial: no da entrevistas, no quiere salir en fotos, pero habla con desparpajo:
“Las cámaras que tenemos acá no tienen la necesidad de enviar sus imágenes a un servidor, ellas mismas están dotadas con sistemas de inteligencia artificial que les permiten procesar datos”.
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Elementos de la paranoia. Todos hoy somos espiados, escuchados, fotografiados, quizá en China van un paso más adelante.
Llegamos a Xi Cun y es como entrar a una plaza de Europa. Nos explican que en este lugar trabajan unos treinta mil ingenieros quienes piensan, idean y desarrollan todos los productos de Huawei. Un latinoamericano pensará solo en celulares y audífonos, pero en China Huawei lo tiene todo: celulares, relojes, audífonos, elementos de viviendas inteligentes, automóviles, redes de internet, desarrollo de software e inteligencia artificial y un sistema operativo para sus implementos que se conoce como HarmonyOS, que parece dejar desnudo a iOS (de Apple).
Pero lo que impresiona del campus de ciento veintiséis hectáreas es que tiene en su interior la réplica de doce lugares de Europa, entre ellos el
Palacio de Versalles con una biblioteca en su interior cuyos libros parece que no ha abierto nadie, yo mismo tomé algunos y reconocí en ellos el olor fresco de las hojas. Era un lugar precioso con una cúpula ovalada que intrigaba el alma con su ojo.
Recorrimos el lugar en carros que parecían sacados de un campo de golf y en tren —hay siete distintos, diez estaciones, todos eléctricos con la capacidad de una carga de seis segundos por estación para nunca parar—, desde las ventanas se veían grandes lagos artificiales, prados y hasta casas coloridas como de calles de Ámsterdam que recordaban en algo la teatralidad insoportable de las películas de Wes Anderson.
¿Qué se siente no ser entendido? ¿Qué nadie entienda las facciones de tu cara (la burla de Occidente al color, los ojos, es una manera violenta del que no entiende), tu comida, tu lenguaje hablado, tu lenguaje escrito que parece más un arte fino que una letra? ¿Qué pasa si alguien no entiende tu encerramiento, tus ganas de mantener la esencia y no unirte a la danza del lenguaje globalizado y su cultural total? Pienso que este gran campus es una manera de hablar en los códigos de Occidente, de entablar un puente, un mundo común. Pero algo en el corazón de la idea no funciona, porque sabemos que estamos ante la réplica. Como cuando tomamos un producto hecho en China y sabemos que es la copia de un original ideado en América o en Europa.
Almorzamos en el restaurante de otro hotel: persiste el olor a hervido, a vapor caldoso. La sopa de fideos es deliciosa. Sin embargo, la sazón subida en sabores parece no tener fondo. O yo extraño el ajo y la cebolla que lo acompañan todo en Colombia. No veo papas fritas, no veo hamburguesas, no veo perros calientes. Hay arroz, arroz chino que es tan distinto al que conocemos.
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El helado es delicioso, un poco parecido al gelato italiano, pienso en Marco Polo y en la ruta de la seda y en cómo hizo para entenderse con los mongoles. Pienso en Italo Calvino y Las ciudades invisibles, un relato en el que un ficcionado Marco Polo le cuenta a Kublai Kan sobre lugares de Occidente que nunca se habría soñado. Nos hemos comunicado a través de ficciones: con los chinos, pero también en el amor, en la amistad, en el rencor, en la pasión más tremenda. La ficción nos mantiene vivos.
***
Duermo plenamente en las noches, como no duermo en Colombia. Duermo y caigo como muerto. Tres días y no he visto ni el sol ni la luna, las tapa la bruma, una nube densa allá arriba. En China hay miles de bicicletas eléctricas con aspecto de moto que andan por la calle a toda velocidad. Los conductores, suicidas, no apartan la vista de sus celulares mientras conducen, algunos armaron sobre sus cabezas grandes sombrillas. Quiero una bicicleta de esas. Sergio, nuestro guía, me muestra en su celular el Amazon tecnológico chino: hay bicicletas de esas por cien dólares, también hay Play Station 5, celulares, relojes. Todo aparece descrito en chino simplificado: ¿Cómo esta sociedad del futuro, China, mantiene la belleza de un lenguaje enrevesado de siete mil caracteres?
En La historia de tu vida, la novela corta de Ted Chiang, alienígenas llegan a la tierra para entregarnos el regalo de su lenguaje, que tiene una puerta hacia el futuro. Eso es el chino.
Visitamos los laboratorios donde Huawei hace las pruebas para sus aplicaciones y dispositivos deportivos. Hay una piscina que simula olas y profundidades, mesas de ping pong, pantallas que simulan campos de golf, pistas para correr y montar bicicleta, un tablero de baloncesto, una escopeta para probar al tiro. Así van afinando sus tecnologías.
Todo es muy impresionante.
Hablo con Sergio:
—¿Aquí hay bares?
—No, muy poquitos, casi ninguno.
—¿Qué hacen? ¿Cómo se divierten?
—Con los videojuegos, con los computadores.
Me parece un relato hecho, no sé si creerle, pero nunca veré una sola cerveza, solo en el hotel. Desde la buseta que nos transporta veo que no hay carros viejos en las calles y todos adentro están repletos de pantallas, no una, tienen dos y tres. En el transporte público todos tienen la mirada puesta en el celular, nada muy distinto a lo que se ve en el metro de Medellín.
Los chinos son tímidos y pulcros. Antes de cada comida te ponen en la mesa una toalla caliente o paños húmedos: ellos se limpian la cara y las manos. Comen con mucho cuidado y es imposible encontrar caldos de perros o insectos asados; como en el sur de Estados Unidos, son amantes de las ancas de rana. Entre todas las cosas prefieren el pollo y el cerdo y raíces bastante extrañas. Y hay fríjoles.
—Sí, tenemos unos pasteles de fríjoles rojos —me dice
Sergio—; mañana te traigo.
***
Los pasteles son dulces. El dulce me parece artificial, no sé si están endulzados con azúcar o alguna planta que no reconocen mis papilas; el sabor es intenso y no termina de gustarme. ¿De dónde llegan estos frijoles rojos? ¿Quién los trajo?
China es un país importante para Colombia. El año pasado enviamos productos que dejaron 2.469 millones de dólares; pero del otro lado fue más beneficioso, se importaron productos por 13.659 millones de dólares. La inversión de China en Colombia el año pasado fue de 152,5 millones de dólares, y en los últimos 10 años ha sumado 714,8 millones de dólares. ¿Qué les compramos? Esta es una lista: aparatos y material eléctrico de grabación o imagen; reactores nucleares, calderas, máquinas y partes; vehículos, tractores, ciclos, partes y accesorios; manufactura de fundición, de hierro o acero; materias plásticas; productos químicos orgánicos; juguetes, artículos para recreo, deportes; instrumentos y aparatos de óptica, fotografía y cinematrografía.
Estos viajes siempre han existido: empresas foráneas llevan a periodistas a sus sedes para que conozcamos la operatividad y su última pirotecnia; estoy con colegas de Colombia, Perú, Argentina, Chile y México, pero la mayoría son influenciadores tecnológicos.
Mientras los medios pierden periodistas especializados, las redes sociales segmentan usuarios por hobbies y gustos.
Todos son inteligentísimos y conocen los últimos modelos de carros, celulares, computares, relojes, tabletas y sistemas operativos, no se fatigan. Lo saben todo. Son genios y en la calle insoportables: hacen videos y fotos de todo, repiten tomas, maldicen cuando se daña algún enfoque, cuando se atraviesa un colega. Quieren que vayamos a Huaquiangbei.
—¿Qué es eso? —les pregunto a los míos, que son Andres Cardona, de RCN; Álvaro Dávila, de NTN 24; Julián García, conocido como @julitecno; Felipe Lizcano, de @techcetera, y Carolina Correa, de Huawei— todos inteligentísimos, generosos y sabedores infatigables.
—Es el lugar donde se consiguen todas las cosas tecnológicas —dice Julián.
—¿Como Unilago en Bogotá? ¿Cómo Monterrey en Medellín?
—Exactamente.
Huaquiangbei son edificios y edificios de almacenes de tecnología. Hay de todo: versiones originales o piratas de cualquier cosa. Hay cámaras que imprimen fotos, tamagochis, consolas de videojuegos, patinetas, maletas, micrófonos; tiendas oficiales y tiendas truchas. Yo salgo con un Nintendo en una bolsa. ¿Por qué en el fin del mundo hacemos lo mismo que en casa? ¿Por qué no nos liberamos de nosotros mismos?
Sí, Huaquiangbei es Unilago y es Monterrey, somos nosotros y nuestra angustia de llenar la bolsa, de llegar con las manos llenas, de encontrar las respuestas en la compra, en el afuera. El capitalismo nos ha otorgado la sed del producto, la tecnología, la comida nueva, el restaurancito, la fiesta omnívora, el sexo feroz; y cuando te cansas, pues viaja para que seas mejor y encuentres allá también la sed del producto, la tecnología, la comida nueva, el restaurancito, la fiesta omnívora, el sexo feroz.
***
Pasan unos días y nos regresamos. Saliendo de Shenzhen —una ciudad de 18 millones de habitantes que en 1980 era una villa de pescadores pobres y que hoy es el segundo puerto de China, la punta tecnológica de grandes rascacielos— migración me baja del carro con Álvaro Dávila. Nos dejan esperando cerca de media hora en un cuarto frío, no sabemos que puede pasar y yo pienso que no quiero comer pasteles al vapor toda mi vida; ¿cómo es una cárcel sin poder hablar con nadie? ¿Sin entender un libro? La mala prensa de China recorre mi cabeza. Al final nos sueltan, respiramos. Pasamos la tarde en Hong Kong: una ciudad preciosa, de grandes rascacielos, con tranvías de dos pisos como una ciudad de Gran Bretaña, con iglesias en las calles y templos budistas, con taxis rojos Toyota que tienen la silla del conductor a la derecha. China para principiantes, podría ser un buen eslogan en Hong Kong.
Volvemos en vuelo de catorce horas: Honk Kong, Bijie, Chengdu, Haixi, Golmud, Ruoqiang, Perfectura de Aksu, Tian Shan, Almaty, Biskek, Namangán, Taraz, Shymkent, Taskent, Dasoguz, Nukus, Mar Caspio, Bakú, Tiflis, montañas del Cáucaso, Trebisonda, Mar negro, Bucarest, Montes Cárpatos, Viena, Múnich, Frankfurt, Bruselas, París. París – Bogotá. Regreso intacto y pienso en los versos de Cavafis.