“Por más despierto que uno sea, papá, si lo cogen en la hora boba, da cachete y lo encalambran con un billetico de 100 mil falso”.
Es José Albeiro Rivera Ruiz, un paisa repaisa, heredero de un ingenio de culebrero que ilumina su locuacidad surtida de parlache.
Esta fue su reacción al recibir el billete de 100 mil pesos por la venta de una pantaloneta de 12.000 pesos, en la acera de Ayacucho, entre Cundinamarca y Cúcuta. El comentario que emitió, como preámbulo al procedimiento —dictado por la intuición y, más que nada, por la experiencia de decenas de años en las calles de Medellín— aplicado para reconocer la originalidad de ese billete aparecido el día anterior, el jueves 31 de marzo, y que tenía por primera vez en su mano y ante sus ojos.
“Lo peor es que uno no sabe cuándo llega esa hora boba. Al rato se lleva las manos a la cabeza y dice: ‘cuándo, por Dios, me metieron en este baile’. Y llórela”.
A diferencia de Rubiela Martínez, una vendedora de frutas picadas dispuestas en vasitos y de paqueticos de maní confitado, situada en la misma acera, unos treinta metros al occidente, quien dijo: “no mijo, si viene con ese billete, se me pierde la venta. Si a veces me da lidia devolver de un billetico de 10 mil...”. Y de Francisco Javier Martínez, quien vende arequipe sin marca con cucharita de madera y pulpas de tamarindo, y también maní, en la misma cuadra, quien aseguró: “no, esos billetes no llegan aquí. Si yo vendiera todo lo que traigo, no sumaría 30 o 40 mil pesos, ¿qué voy a hacer con ese billete?”. A diferencia de ellos, repito, José Albeiro no deja de hacer una venta por no devolver.
Al saber que en algunos lugares del Centro, hay vendedores que han fijado un letrero en su negocio en el que advierten: «No se reciben billetes de 100 mil pesos», él dijo que debería fijar otro en el que indique que sí los recibe. Por que plata es plata. La idea, como venía diciendo, es que no lo vayan a encalambrar a uno con un billete falso.
“No creer que uno se las sabe todas en eso de conocer los billetes. Nacimos engañados, vivimos engañados y morimos engañados. Hasta esos científicos de la Nasa que mucho saben, se mueren a oscuras como vinieron. Todos vivimos a oscuras y morimos a oscuras”.
La palmera
Catherine y Naidí venden perfumes. Los envasan en frascos pequeños, a vendedores que se aglomeran ante su mostrador. La primera de ellas ha visto los espacios de televisión y ha leído cuanto aparece en la prensa sobre el billete nuevo.
Por eso, aunque es primera vez que lo sostenía y veía, no le causó sorpresa. Lo examinó con interés científico.
Le mira el peinado a Carlos Lleras Restrepo, porque alrededor de este debe haber no-sé-qué marcas de agua que se mueven junto a sí-sé-qué remolino que se le forma a quien fuera Presidente de Colombia entre 1966 y 1970.
Percibió el movimiento en la flor de sietecueros que aparece en el anverso, la cual da la impresión de que el papel tiene un hueco y adentro está la tal flor movediza; lo volteó para comprobar que, en efecto tenía una cinta de seguridad y se detuvo a observar las palmeras del Valle de Cocora, en el Quindío.
Por su parte, Naidí, quien, a propósito de palmeras, el suyo es el nombre de una palmera originaria del norte de Suramérica, la cual, en Colombia, crece en el Magdalena Medio y el Pacífico, dijo que no lo recibiría si no lo revisaban primero en la máquina de Paola.
Caminó, seguida por el cliente, hasta un pasaje comercial donde Paola, una mujer trigueña, de cabellos negros y voz apacible, que vende ropa interior femenina.
La dependiente no tardó en hallar su máquina de luz ultravioleta en el entrepaño de los brasieres para adolescentes. La conectó y descargó en la vitrina.
Al tomar el billete en sus manos, señaló que era más delgado que el de los de 50 mil y de 20 mil. Y la textura, más lisa que la de estas dos denominaciones.
“¡Qué tal que te vinieran a comprar una tanguita de cinco mil con un billete como este!”, comentó Naidí.
La otra metió el papel moneda bajo la luz. Y, con Naidí, fue descubriendo las líneas – son espigas–, la cifra –100– en una esquina, las letras –BRC–, como hechas de luz y que habitan dentro del billete.
“No hay, problema: está bueno”, sentenció la dueña de la máquina.
Pacho Zapata
“¿Qué va a llevar? —preguntó Francisco Zapata, un vendedor estacionario de la esquina de Cúcuta con Ayacucho–. Candados, a tres mil; tijeritas, a mil; cortauñas...”
El cliente echó mano a unas tijeras y a una batería cuadrada de 9 voltios, de dos mil pesos y pagó con el billete del sietecueros. Y esperó 97 mil pesos de devuelta.
Francisco miró el billete y sonrió: “Ah, es de los nuevos –y sin dudar un segundo, añadió–: espere lo cambio. Y se fue por ahí, a buscar quién, entre los negocios de establecimiento, se lo cambiaba.
El cliente esperó parado frente a esa organizada chaza. Pasó su vista por mangos de olla a presión, destornilladores, correas para pantalón, alicates, peines, enchufes, extensiones eléctricas... Una miscelánea de la cual, por un momento, se sintió el encargado, el responsable.
No faltó la anciana que se detuvo a preguntarle cuánto costaba un par de calcetines, de los blancos, que colgaba en el costado derecho, y él le contestó que no sabía, que mejor esperara a que Pacho Zapata, el vendedor, regresara. “No tarda –le informó–. Está allí cambiando un billete”.
Al volver, entregando el resto, Francisco dijo: “¿Misterio? ¿Ah y por qué? Si ya salieron, hay que usarlos”.
Después de despachar a la mujer, tuvo tiempo de contarle que comenzó a vender en esa calle hace casi veinte años. ¿Los mismos productos? No. Al principio ofrecía medias de hilo, de lana y de seda, solamente, pero no le daba. Como no era sordo, escuchó consejos de otros comerciantes en el sentido en que le fuera “dando la vuelta” al negocio, incluyendo mercancías diversas. “Y ahí voy”.
¿A qué vinimos, pues?
De igual pensamiento son Luis Duque y Silvana Carvajal Valencia, quienes atienden sus negocios en la esquina de Colombia con Cúcuta.
Él —“diez años en este punto, pero 30 en la cuadra”— tiene un kiosco en el que vende paraguas; cintas aislante, de enmascarar y de embalar; tijeras; espejos; tubinos de hilo; cortauñas; encendedores de gas; pegante; memorias fotográficas, y llamadas telefónicas. “¿Ah, y entonces? A qué vinimos, pues? Si me quedo diciéndole a todo el mundo que no tengo devuelta, que no tengo devuelta, se me va el día y me quedo sin vender. Soy capaz de devolver 49.800 para cobrar una llamada de 200 pesos con un billete de 50 mil, si me toca”.
Silvana, por su parte, cajera de la repostería Pan Panes, risueña y pelirroja, dijo que no tiene ningún temor en recibir los nuevos billetes.
Que lo mismo sucedió hace años, con el de 50 mil y, antes, con el de 20 mil: la gente prevenida con ellos, que no y no los recibía, que qué susto que le metieran uno malo, pero vea, se fueron metiendo los billetes, se fueron metiendo, y ya nadie piensa en eso ni hay problemas con ellos.
“En más de diez años que llevo en este puesto no me han llegado a meter un billete falso de ninguna denominación; ni uno”.
Para revisarlos, no cuenta con máquina de luz ultravioleta. No. Le basta con tocarlos, explicó, con sentir en sus dedos la textura, el relieve de las líneas, de los números, de la cara del personaje... Ver con sus ojos bien atentos las marcas de agua y, a contraluz, las figuras que a simple vista permanecen ocultas.
No solo pierde el que juega
José Albeiro Rivera Ruiz, el locuaz vendedor de pantalonetas de Ayacucho, dijo que no hay que timbrarse tanto, pero eso sí, hay que tener las antenas bien puestas.
“Los ricos viven de los pobres porque los pobres, en campos y ciudades, trabajan para ellos. Si un rico tiene unos perros cazadores en su finca, pero los mantiene llenos, se le aperezan y no cazan; pero si los mantiene con hambre, ellos se revientan por entre los matorrales y algo levantan. Por eso a los ricos les da tanta lidia ceder alguna ventaja para los de abajo, como cuando van a ponerse de acuerdo para subir el tal salario mínimo”.
Por tal razón, cree que los pobres poco verán los billeticos de Lleras. Los ricos, sí. Pero no todo es malo, reconoció. La ventaja de estos billetes es que los comerciantes de todos los niveles, cuando vayan a surtir, llevan, por decir algo, un milloncito de pesos, en 10 billeticos no más, que se los mete uno en cualquier parte.
“Hay que estar atentos. Porque, no crea, primero salen los billetes falsos, que los buenos. O, por lo menos, al mismo tiempo. Y cuando lo encalambren a uno con uno de 100 mil falso, piensa: no solo se pierde bebiendo, jugando o vagabundeando”.