Se volvieron virales como una promesa para bajar de peso, pero detrás de los llamados péptidos hay medicamentos con mecanismos de acción, indicaciones, efectos secundarios y riesgos que no caben en un video de redes sociales. La evidencia científica respalda algunos de estos tratamientos para pacientes específicos, mientras médicos y organismos internacionales advierten sobre el uso de productos no regulados y la necesidad de seguimiento profesional. La pregunta, entonces, no es solamente si funcionan, sino para quién, cómo y bajo qué condiciones.
Hay que ir por partes. Durante años, la conversación sobre obesidad estuvo dominada por una idea sencilla: comer menos y hacer más ejercicio. Pero la aparición de los medicamentos que actúan sobre las hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad está obligando a la medicina a replantear esa explicación.
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Los agonistas del receptor GLP-1, como la semaglutida y la liraglutida, y otros medicamentos que actúan sobre más de una vía metabólica, han cambiado el tratamiento de la obesidad y por eso ya no se habla únicamente de perder kilos, sino también de reducir el riesgo cardiovascular, proteger órganos y tratar la obesidad como una enfermedad crónica que requiere seguimiento médico.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó en diciembre de 2025 sus primeras directrices sobre el uso de terapias GLP-1 para tratar la obesidad. La entidad reconoce que estos medicamentos pueden producir pérdida de peso y mejorar parámetros metabólicos y otros resultados clínicos, aunque recomienda su uso dentro de un tratamiento integral que incluya alimentación saludable, actividad física y acompañamiento profesional.
La recomendación es condicional, entre otras razones, porque todavía existen interrogantes sobre su seguridad y eficacia a largo plazo, el mantenimiento de los resultados después de suspenderlos, el costo y la capacidad de los sistemas de salud para garantizar un acceso adecuado.
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Para Karen Palacios, endocrinóloga colombiana especializada en obesidad y diabetes, este cambio también supone dejar atrás uno de los mayores obstáculos para tratar la enfermedad: el estigma.
La especialista sostiene que la obesidad todavía suele interpretarse como una decisión individual y que esa percepción puede terminar convirtiéndose en un problema clínico. Cuando una persona interioriza la idea de que su peso es consecuencia exclusivamente de falta de voluntad, aparece lo que en medicina se conoce como sesgo internalizado de peso.
El problema no es solamente psicológico. Según Palacios, ese sesgo puede influir en la relación de los pacientes con el sistema sanitario y está asociado con la reganancia de peso. También puede aparecer en el entorno familiar, laboral y social.
“Yo siento que la raíz del sesgo de peso es el desconocimiento; cuando una persona con obesidad asume que tiene un defecto o un problema, eso se llama sesgo internalizado de peso y existen escalas en medicina para medirlo. Los pacientes que tienen este sesgo presentan un factor psicosocial asociado con la reganancia de peso”, explica.
Por eso, dice, el mensaje no debería reducirse a “coma menos” o “ponga de su parte”. La obesidad tiene una fisiopatología compleja y el tratamiento debe responder a ella. No se trata solamente del número de la balanza.
Uno de los principales puntos de discusión alrededor de la definición de la obesidad es el papel que ocupa el Índice de Masa Corporal (IMC), una fórmula que relaciona el peso y la estatura de una persona. Tradicionalmente, un IMC entre 25 y 29,9 se considera sobrepeso y uno igual o superior a 30, obesidad. Sin embargo, cada vez más especialistas cuestionan que este indicador sea suficiente para establecer por sí solo si una persona tiene obesidad, pues no distingue entre los kilos correspondientes a grasa corporal y los que provienen de masa muscular. Una persona con mucha masa muscular, por ejemplo, puede tener un IMC elevado sin que esto signifique necesariamente un exceso de grasa.
La discusión ha llevado a expertos a plantear que el diagnóstico debe ir más allá de una operación matemática. La composición corporal, la distribución de la grasa y la presencia de alteraciones metabólicas o enfermedades asociadas pueden ofrecer una imagen más completa del estado de salud de un paciente. De hecho, expertos internacionales recomiendan considerar, además del IMC, el porcentaje de grasa corporal y otros criterios para identificar los signos y efectos de la obesidad. El reto está en que medir estos indicadores requiere equipos especializados y mayor formación del personal sanitario, lo que hace más complejo aplicar un diagnóstico que no dependa únicamente de una cifra.
Ahora, uno de los conceptos que Palacios, que también es internista, considera necesario incorporar a la conversación es el de adiposopatía: una alteración del tejido adiposo que puede generar consecuencias metabólicas incluso cuando una persona no necesariamente presenta un peso que, a simple vista, parezca elevado. “Puedo ser delgada, pero tener un tejido graso que no está funcionando adecuadamente y, por lo tanto, estar enferma”, explica.
Desde esa perspectiva, la medicina hoy sugiere que la oportunidad de intervenir no debería llegar cuando aparecen las complicaciones más graves. La endocrinóloga antioqueña utiliza como ejemplo la progresión del síndrome cardiorrenal-hepatometabólico. No es lo mismo tratar a una persona en una fase temprana que a alguien que ya presenta falla renal, falla cardíaca o ha sufrido un infarto después de años de enfermedad. “Es mejor tratar temprano que tratar tarde”, resume.
La idea coincide con el cambio de enfoque que ha experimentado el tratamiento de la obesidad: intervenir sobre el riesgo metabólico antes de que aparezca el daño irreversible.
¿Qué son los GLP-1?
La semaglutida, un agonista del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) disponible, fue desarrollada inicialmente dentro del campo de la diabetes tipo 2, pero su utilización en obesidad ha ampliado el alcance de estos medicamentos. Los GLP-1 imitan la acción de una hormona que participa en la regulación de la glucosa y el apetito. Entre sus efectos está estimular la liberación de insulina cuando la glucosa está elevada, disminuir la secreción de glucagón y aumentar la sensación de saciedad. La evidencia clínica también ha ido más allá de la pérdida de peso.
En el ensayo SELECT, que incluyó a más de 17.000 personas con sobrepeso u obesidad y enfermedad cardiovascular establecida, pero sin diabetes, la semaglutida redujo en 20 % el riesgo relativo de muerte cardiovascular, infarto no fatal o accidente cerebrovascular no fatal frente a placebo durante un seguimiento medio de casi tres años.
Por eso Palacios considera que hablar únicamente de “controlar el azúcar” se queda corto. “No es lo mismo un paciente que tiene controlado el azúcar que un paciente que, además de tener controlado el azúcar, mejora su peso, no progresa en su falla renal y adicionalmente no se muere”, afirma.
La OMS también reconoce beneficios cardiovasculares y renales asociados con algunos medicamentos de esta familia y, en 2025, incorporó determinados agonistas GLP-1 a su Lista de Medicamentos Esenciales para grupos de alto riesgo con diabetes tipo 2.
Sin embargo, la popularidad de los GLP-1 también ha producido una reacción paralela: pacientes que buscan estos tratamientos fuera de los canales médicos y productos que se comercializan en internet o redes sociales sin las mismas garantías de calidad, trazabilidad y control que tienen los medicamentos aprobados.
Aquí Palacios hace una distinción fundamental. “El problema de estos péptidos no regulados no es si sirven o no. Pueden servir. El problema es un tema de seguridad. Eso se lo venden en una jeringa o en un tarrito donde usted no tiene un lote, no tiene trazabilidad y no tiene a quién tocarle la puerta en caso de que ocurra un efecto colateral”, advierte.
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Un medicamento aprobado tiene una cadena de fabricación, distribución y vigilancia que permite conocer su origen y hacer seguimiento ante posibles efectos adversos. Pero un producto de procedencia desconocida puede no ofrecer esas garantías.
La advertencia no es exclusiva de la especialista. La OMS ha alertado sobre la proliferación de productos falsificados y de calidad inferior asociada con la creciente demanda de terapias GLP-1 y señala que su uso debe estar acompañado de distribución regulada y prescripción por profesionales de la salud. ¿Por qué?
Porque los medicamentos no están exentos de efectos adversos. En el caso de la semaglutida, los problemas gastrointestinales se encuentran entre los más frecuentes: náuseas, vómito, diarrea, estreñimiento y dolor abdominal aparecen entre las reacciones reportadas.
Palacios explica que estos síntomas pueden aparecer especialmente durante la fase inicial y que la titulación gradual de la dosis busca facilitar la adaptación al medicamento, aunque no le ocurre al 100 % de los pacientes. Por eso, insiste, el tratamiento no debería entenderse como una inyección aislada para bajar de peso.
“La alimentación tiene que ser de porciones pequeñas, con buena fibra y buena hidratación. Tiene que haber un acompañamiento nutricional adecuado”, señala.
La ficha oficial de semaglutida también contempla advertencias específicas, entre ellas pancreatitis, enfermedad de la vesícula biliar, lesión renal aguda asociada con deshidratación y reacciones gastrointestinales graves. Además, existen contraindicaciones concretas, por lo que no se trata de un medicamento que pueda utilizarse indistintamente en cualquier persona.
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La revolución terapéutica tiene una contradicción adicional: mientras la evidencia científica aumenta, el acceso sigue siendo una barrera.
Palacios cuenta que en su práctica ha encontrado pacientes para quienes el medicamento está indicado, pero que enfrentan dificultades para obtenerlo. Para ella, esa situación también refleja un sesgo del sistema de salud: si un paciente tiene hipertensión y requiere tratamiento, se considera normal que reciba un medicamento; cuando se trata de obesidad, todavía persisten obstáculos que no deberían existir si se reconoce que se está frente a una enfermedad crónica.
La OMS también identifica el costo y la preparación insuficiente de los sistemas de salud como algunos de los desafíos para ampliar el acceso a estos tratamientos. Y aquí hay que hacer varias claridades.
Los medicamentos basados en GLP-1 no son una moda pasajera. La evidencia acumulada ha demostrado que pueden producir pérdida de peso y, en determinados grupos de pacientes, reducir riesgos cardiovasculares y mejorar resultados metabólicos. Pero precisamente porque funcionan, la demanda ha crecido y con ella también el mercado de productos no regulados.
El límite, para Palacios, debería estar claro porque no se trata de perseguir una cifra en la balanza a cualquier precio. “Estas moléculas son lindas, cambian vidas, pero tienen que utilizarse de manera responsable y respaldadas por estudios clínicos y por temas de seguridad”, dice.
Esa frase resume el desafío que enfrenta ahora la conversación pública sobre los llamados “péptidos”, que es precisamente pasar de la promesa de resultados rápidos a un debate más riguroso sobre indicaciones, evidencia, riesgos, seguimiento médico y calidad del producto.
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Bloque de preguntas y respuestas:
- ¿Qué son los péptidos para bajar de peso y cómo funcionan?
- Los llamados péptidos para bajar de peso incluyen medicamentos que actúan sobre hormonas relacionadas con el hambre y la saciedad. Entre ellos están los agonistas GLP-1, como la semaglutida y la liraglutida, que ayudan a regular la glucosa, aumentar la sensación de saciedad y reducir la ingesta de alimentos.
- ¿La semaglutida realmente sirve para bajar de peso?
- Sí. La evidencia clínica muestra que la semaglutida puede producir una pérdida significativa de peso en personas con obesidad o sobrepeso que cumplen criterios médicos para recibir el tratamiento. Sus beneficios también pueden incluir mejoras metabólicas y cardiovasculares en determinados pacientes.
- ¿Los medicamentos GLP-1 son seguros para bajar de peso?
- Los medicamentos GLP-1 pueden ser seguros cuando están aprobados, indicados por un profesional y utilizados con seguimiento médico. Pueden producir efectos secundarios, especialmente gastrointestinales, y tienen contraindicaciones y advertencias que deben ser evaluadas antes de iniciar el tratamiento.
- ¿Es peligroso comprar péptidos para adelgazar por internet o redes sociales?
- Sí puede representar un riesgo. Los productos de procedencia desconocida pueden no tener trazabilidad, control de calidad ni garantías sobre su composición. La OMS ha advertido sobre medicamentos falsificados o de calidad inferior relacionados con la creciente demanda de terapias GLP-1.