Antioquia

El peso de Antioquia en las elecciones: pone hasta 18% de los votos del presidente

Hasta uno de cada cinco votos con los que se eligió presidente este siglo salió del departamento. Pero ese peso no es constante: con Duque (2018) subió al 18%; con Santos (2014) y Petro (2022) bajó al 8%.

Hago parte del área Metro, equipo que cubre Medellín y Antioquia. Interesado en las transformaciones urbanas y la infraestructura. Siempre en búsqueda de una historia. Abogado y periodista, magíster en escrituras creativas.

hace 2 horas

Aunque tiene 13% del censo electoral, Antioquia ha llegado a ponerle hasta una quinta parte de los votos al presidente. El aporte del departamento a los mandatarios electos oscila entre el 8% y el 18% en las dos vueltas. Cuando el candidato es de derecha y sintoniza con el electorado antioqueño, el departamento se moviliza y puede representar uno de cada cinco votos. Cuando el candidato es de izquierda o rompe con el uribismo, Antioquia se replegó y su peso cayó a la mitad.

El dato más revelador es la tendencia: en las tres elecciones ganadas por candidatos de derecha o centroderecha —Álvaro Uribe 2002 y 2006, Juan Manuel Santos 2010 e Iván Duque 2018—, Antioquia aportó entre el 14,9% y el 18% de la votación total.

En las dos restantes —Santos 2014 y Gustavo Petro 2022—, ese aporte cayó al rango del 8% al 8,9%. Justo en esas dos elecciones la votación mayoritaria del departamento fue por candidatos que no ganaron. En 2014, cuando el uribismo le dio la espalda a Santos, el electorado paisa se fue con Óscar Iván Zuluaga que sacó 665.160 votos en primera vuelta (39,65%) y 1.139.007 (57,86%) en segunda.

En 2022, Federico Gutiérrez logró el 49% de la votación en Antioquia en primera vuelta (1.385.565), pero como no pasó a segunda, la derecha se reacomodó y apostó todas sus fichas por Rodolfo Hernández que logró 1.831.000 votos en el departamento, el 66% de la votación regional.

Las elecciones con más apoyos

Los dos mejores resultados de Antioquia como aportante de votos presidenciales ocurrieron bajo el uribismo. En 2002, Álvaro Uribe obtuvo 933.161 votos en el departamento, el 15,9% de su votación nacional de 5,8 millones.

En 2006 esa cifra subió a 1.108.085 votos, el 14,9% de sus 7,4 millones nacionales. En ambos casos, casi uno de cada seis votos del presidente venía de su tierra natal. El fenómeno no era solo afecto regional, sino una maquinaria electoral que funcionaba con una eficiencia que ningún candidato posterior ha igualado desde Antioquia.

La trayectoria de Juan Manuel Santos ilustra mejor que ninguna otra la relación entre Antioquia y el candidato de turno. En 2010, cuando aún era leído como heredero del uribismo, el departamento le aportó 860.424 votos en primera vuelta —el 12,6% de sus 6,8 millones nacionales— y 1.227.089 en segunda, el 13,5% de 9 millones. Cifras sólidas, coherentes con un electorado que lo percibía como propio.

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Cuatro años después, cuando Santos tenía el proceso de paz como bandera, Antioquia le dio la espalda. En la primera vuelta de 2014 obtuvo en el departamento apenas 286.742 votos, el 8,6% de sus 3,3 millones nacionales, su peor resultado proporcional en la región.

En segunda vuelta recuperó algo de terreno —704.585 votos, el 8,9% de 7,8 millones— pero la señal ya estaba dada: la mayoría del electorado en Antioquia no apoyaba la negociación con las Farc.

La elección de 2018 produjo los números más altos de este siglo. Iván Duque obtuvo en Antioquia 1.375.965 votos en primera vuelta —el 18% de sus 7,6 millones nacionales, la proporción más alta registrada por cualquier candidato en el período— y 1.850.996 en segunda, el 17,8% de casi 10,4 millones. Casi uno de cada cinco votos de Duque venía de Antioquia. El departamento fue su principal motor electoral.

Así le ha ido a la izquierda

La izquierda tardó 20 años en construir en Antioquia lo que la derecha tenía desde siempre: una base electoral estable y creciente. El recorrido no fue lineal —tuvo picos, caídas y un salto final que cambió la lectura del mapa—. En 2002 la izquierda no llegaba al 5%. En 2022, un tercio del electorado antioqueño votó por Gustavo Petro en segunda vuelta.

Ese resultado —942.005 votos, el 33% del total departamental— fue el mejor de la izquierda en Antioquia desde 2002, aunque en términos proporcionales al total nacional representó apenas el 8,3% de los 11,2 millones que llevaron a Petro a la presidencia: la contribución más baja de todos los presidentes electos en este siglo. La paradoja resume bien la relación entre Antioquia y la izquierda: creció mucho, pero desde un piso muy bajo y en un territorio que sigue votando mayoritariamente en su contra.

El crecimiento, además, no fue gradual sino por saltos. Subió con Carlos Gaviria en 2006, se desplomó con Petro en 2010, repuntó con Clara López en 2014 y dio el salto definitivo con Petro en 2018 y 2022. El patrón indica que el candidato importa tanto como la coyuntura: la izquierda antioqueña se moviliza cuando tiene una figura que conecta con el electorado urbano y se repliega cuando no la tiene. Prueba de ello es que el Pacto logró el 73% de sus votos en Antioquia en las legislativas de marzo en los centros urbanos del Valle de Aburrá y el Oriente cercano.

El otro factor que explica el crecimiento es la segunda vuelta. En 2018 Petro casi triplicó en Antioquia su resultado de primera vuelta. En 2022 lo incrementó en un 38%. Existe un electorado que en primera vuelta se abstiene o vota por candidatos de centro y que en segunda vuelta, ante la disyuntiva binaria, migra hacia la izquierda.

Antioquia sigue siendo terreno hostil para la izquierda —Petro perdió en el departamento por más de 30 puntos en 2022 —, pero ya no es territorio vedado, porque al menos una parte del electorado es una base que no existía hace 20 años.

¿Qué podría pasar hoy?

Para Néstor Julián Restrepo, profesor de la Universidad Eafit y doctor en comunicación política, el mapa electoral antioqueño en esta primera vuelta tiene una certeza y una incógnita. La certeza es el petrismo: los entre 350.000 y 400.000 votos que el Pacto Histórico tiene consolidados en el departamento —los mismos que sacó en las legislativas de marzo pasado— irán a Iván Cepeda sin mayor variación. Ese bloque, dice Restrepo, no se mueve.

La incógnita está en la derecha y es más compleja de lo que las encuestas sugieren. El analista identifica una fractura entre el uribismo que respalda a Paloma Valencia y el que migró hacia Abelardo De la Espriella, y advierte que esa división tiene un componente que los sondeos no capturan bien: el voto vergonzante. Según Restrepo, hay un segmento del electorado antioqueño que en público dice que votará por Paloma pero que en el cubículo marcará a De la Espriella.

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Esa dinámica, explica, responde a un desplazamiento ideológico silencioso. Una parte del uribismo tradicional se siente más cómoda con De la Espriella que con Valencia y lo hace sin anunciarlo.

Según el profesor y magíster en Ciencia Política y Sociología, Felipe Murillo, la importancia del voto de Antioquia quedó de nuevo en evidencia en estas elecciones al consolidarse como el segundo bastión electoral más relevante del país. El analista destaca que el Pacto Histórico ha logrado ganar terreno en un departamento que antes le era esquivo, dándole sentido a la premisa que dijo Gustavo Petro en 2022 de que “si Antioquia cambia, Colombia cambia”, un factor que será determinante tanto en primera como en segunda vuelta.

Por otro lado, al analizar cómo se dividirá la votación del departamento hoy, las tabulaciones de Murillo sugieren un escenario similar al de las elecciones de 2022 y las pasadas legislativas. En este panorama, la mayor votación se la llevaría De la Espriella, seguido por Paloma, mientras que el Pacto ocuparía el tercer lugar y Fajardo quedaría en la cuarta posición.

Juan Carlos Escobar, docente del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, sostiene que la campaña actual se asemeja más a una segunda vuelta que a una primera debido a la fuerte apelación al voto útil por parte de las candidaturas. Según el analista, esta estrategia jugará un papel crucial en Antioquia, donde se anticipa que la opción de la derecha más radical obtenga mejores resultados que la de Paloma Valencia. Al plantear los comicios de este domingo con una narrativa de urgencia máxima —como si no hubiera un mañana—, este ambiente de polarización anticipada terminaría favoreciendo la candidatura de Abelardo de la Espriella.

Por otro lado, el quid de la definición electoral en el departamento radica, según Escobar, en el enorme peso demográfico del Valle de Aburrá, un histórico bastión de la derecha que concentra el mayor porcentaje de electores en Antioquia. Aunque la izquierda y el Pacto Histórico registran guarismos importantes en regiones como Urabá, el Bajo Cauca y algunos municipios del norte, el potencial de votantes en estas zonas es notablemente menor. Al final, será este desequilibrio geográfico y cuantitativo el que termine de inclinar la balanza en el territorio antioqueño.

Las tres prioridades que deberá atender el nuevo gobierno en Antioquia

Cuatro años de fractura con el gobierno Petro dejaron una lista larga de proyectos sin avanzar. El mayor reto de la dirigencia antioqueña y la nueva bancada en el Congreso, sin importar quién gane las elecciones, es que esa lista de prioridades llegue al plan de desarrollo 2026-2030 del próximo presidente.

En la ruta crítica de obras frenadas está la modernización del aeropuerto José María Córdova, que sigue a la espera de una segunda pista y una nueva terminal, ante la saturación que tiene por el crecimiento sostenido de sus pasajeros: fueron 14,5 millones en 2025, pero su capacidad es solo para 11 millones. A pesar de que se tenía estipulado que la resolución del plan maestro para la segunda pista estuviera aprobada antes de finalizar 2025, no hay respuestas sobre su urgente ampliación que costaría más de $22 billones y que depende en exclusividad del Gobierno Nacional.

En infraestructura, la red de autopistas 4G sigue incompleta en cuatro puntos críticos: dos intercambios viales en la salida al Suroeste, un doble túnel para superar el derrumbe en La Sinifaná y una doble calzada para empalmar con Pacífico 1. No son obras menores: sin ellas queda interrumpido el corredor que conecta el suroccidente del país y el Eje Cafetero con Urabá. La situación es más llamativa si se tiene en cuenta que la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín ya asumieron $850.000 millones en inversiones pendientes para salvar el Túnel del Toyo de convertirse en un elefante blanco. Aunque el esfuerzo fiscal de la región está hecho, los tramos siguen sin cerrarse porque obedecen a la voluntad del Ejecutivo.

Otro punto necesario es desempolvar la concesión 5G para construir una autopista de última generación que recupere la trocha en la que se convirtió la Medellín-Bogotá por la inoperancia del Invías.

El frente más crítico es la seguridad. El departamento tiene cuatro focos de conflicto armado y un mapa criminal cada vez más fragmentado, con 51 estructuras que se disputan rutas de drogas, control territorial y minería ilegal. El Clan del Golfo creció en 53% su presencia en Antioquia (está en 66 municipio con 14.000 integrantes); mientras que las Disidencias pasaron de tener 400 personas en 2018 a 3.500 en la actualidad, con influencia en 19 municipios. A estas estructuras se suman el ELN y las bandas del Valle de Aburrá que extendieron su control hacia otras zonas rurales y municipios del país para multiplicar ingresos.

A estos actores se suman facciones locales que han resistido el paso del tiempo y mantienen control sobre territorios específicos. El resultado es un mapa de violencia que se expande: el Norte, el Nordeste, el Suroeste y el Oriente antioqueño son hoy escenarios de ataques, amenazas y desplazamientos que empujan al alza las cifras de homicidios y desplazamientos forzados.

Al igual que el resto del país, la crisis sanitaria parece no tocar fondo en Antioquia, donde 3,3 millones de personas pertenecen a EPS intervenidas que adeudan más de $4 billones a la red hospitalaria.

El colapso financiero de las EPS intervenidas —entre ellas Nueva EPS— está arrastrando consigo a la red hospitalaria pública y privada de Antioquia. Los pagos a proveedores se demoran, los medicamentos escasean y las urgencias operan al límite. La crisis del aseguramiento se convirtió en crisis de atención.

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La deuda se traduce en barreras concretas de atención: casi la mitad de la población del departamento enfrenta obstáculos para acceder a los servicios de salud.

En legislativas surgió Nuevo ‘bipartidismo’

Las elecciones legislativas ratificaron un nuevo “bipartidismo” en Antioquia, dominado por el Centro Democrático y el Pacto Histórico. Ambas colectividades crecieron un 75% respecto a 2022, polarizando el voto programático gracias a posturas ideológicas claras y listas cerradas que funcionaron como efectivos atajos cognitivos.

El Centro Democrático duplicó su caudal alcanzando un récord de 742.000 votos, mientras que la izquierda avanzó hacia las zonas urbanas del Valle de Aburrá y el Oriente.

En contraste, el antiguo poder de los partidos Liberal y Conservador tocó fondo al pasar de once curules en 2010 a solo cuatro en conjunto, un desplome que desdibujó por completo al centro político.