Colombia atraviesa una aceleración en la caída de sus nacimientos. Así lo confirmaron las recientes cifras del Dane, con apenas 433.678 nacimientos registrados en 2025, el dato más baja en una década, que representó una contracción de 4,5% frente a 2024.
Este desplome también se vive de manera pronunciada en Antioquia, donde hubo 51.254 nacimientos en el último año, un retroceso del 1,8% frente al 2024, pero 11,6% frente a 2023 y 43% frente a los niveles de 2008.
Más allá de los indicadores del Dane, este fenómeno es el reflejo de millones de decisiones individuales marcadas por la búsqueda de autonomía femenina, la calidad de vida, el costo de vida, los cambios culturales y la reconfiguración del proyecto de vida moderno. En medio de esta realidad, emergen los testimonios de Lizeth y Galahad, Daniela y Román, y María Teresa, tres historias que se entrelazan para explicar por qué, en la Colombia de hoy, las cunas se quedan vacías.
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“Con uno es suficiente, la situación no da para más”: el testimonio de una pareja que decidió no tener más hijos
Lizeth Prada y Galahad Garrido se miran, asienten casi al mismo tiempo y responden: “con Lucas es suficiente. No habrá un segundo hijo”. La pareja está a cargo de su propio emprendimiento (Crumblybga), en medio de la incertidumbre económica, y su historia hace parte de la tendencia que los colombianos están teniendo cada vez menos hijos.
La tasa de fecundidad del país en los últimos años pasó de 1,7 hijos por mujer a 1 hijo, situándose por debajo del umbral de reemplazo generacional que es de 2,1. En algunas ciudades, especialmente en capitales como Medellín, Bucaramanga y Bogotá, el indicador es todavía más bajo, se ubica en 0,8. Lizeth y Galahad son parte de esa estadística. “En la balanza siempre tiene que entrar el tema económico”, dice Lizeth.
Para esta pareja de emprendedores, tener a su hijo, Lucas, fue una decisión deseada, pero no planeada para ese momento, hace año y medio. “Fue un niño amado, lo hablamos, pero cuando llegó no teníamos una estabilidad económica y fue difícil al principio”, recuerda Galahad. La llegada de un hijo sin red de seguridad financiera los obligó a reorganizarlo todo.
Hoy, con algo más de estabilidad por su emprendimiento, reconocen que la situación se volvió más llevadera. Pero la idea de tener un segundo hijo no está en sus planes. “Si pensáramos en tener otro hijo, diríamos que no. Para nadie es un secreto que la situación económica y laboral en Colombia está muy difícil”.
La economía explica mucho, pero no todo para los dos. Lizeth lo pone sobre la mesa al decir que “siento que las personas no están dispuestas a asumir una responsabilidad tan grande”.
Los dos coinciden en que tener un hijo hoy compite con más opciones que antes no estaban al alcance de tanta gente como viajar, estudiar, construir una identidad propia, vivir sin los amarres que implica velar por otro ser humano. “Cuando se es papá, esa libertad del ser individual pasa a un segundo plano... Tener un hijo es una responsabilidad gigante para darle una buena educación, un buen futuro”, dice ella.
Además, Lizeth va más lejos cuando habla del papel de las mujeres. “El papel femenino ha sido fundamental en la autonomía que se le ha brindado para decidir si quiere tener un hijo o no, porque sobre la mujer recae toda la responsabilidad de gestarlo y cuidarlo”.
Pero Lizeth aclara que lo anterior no se reduce al fenómeno a la autonomía femenina. “La postergación de los hijos es más un conjunto de presiones económicas, sociales y culturales que se están viviendo ahora... Con un hijo ya entiendo por qué las personas lo piensan tanto, un bebé amerita mucho gasto, tiempo, y dedicación”.
Galahad, por su parte, habla del futuro con preocupación al decir que “en 20 o 30 años la mayor parte de población serán personas mayores. Será un mundo envejecido y tendrá que cambiar su economía, sus políticas, su cultura”. Esto es lo que las proyecciones de Naciones Unidas, del Banco Mundial y del mismo Dane confirman, que Colombia tendrá en 2050 una pirámide poblacional invertida, es decir, más viejos que jóvenes, más pensiones que cotizantes, más carga para el sistema de salud que capacidad de respuesta.
“Las decisiones van a ser cada vez más conscientes e individuales”, agrega Galahad. “Se va a priorizar el bienestar como ser individual”.
Antes de cerrar la conversación, Lizeth recuerda una frase de su mamá que resume todo lo que pasa: “El mundo se va a quedar lleno de viejitos, perros y robots”.
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“Sé que quiero ser mamá, pero todavía no”: la historia de la pareja que aplazó ser padres
Daniela Puentes y Román Suárez se conocieron en los últimos semestres del pregrado. Llevan 15 años juntos, tienen empleos estables, arrendaron un apartamento en Medellín, viajan, ahorran, van al cine. Quieren ser padres, pero todavía no. Su historia resume por qué Colombia tiene cada vez menos bebés.
La conversación sobre los hijos estuvo siempre sobre la mesa, pero nunca fue urgente. “Nunca fue un no, solo fue un pues todavía no es el momento”, dice Daniela. Esa frase, dicha en la sala de su apartamento, confirma los datos del Dane, la fecundidad en 2025 cayó a su nivel más bajo en una década, con una reducción de 1,7 nacimientos por cada 1.000 mujeres frente a 2024. Y el fenómeno se concentra en las ciudades más grandes y en las generaciones con más educación.
Hace cuatro años, la pareja tuvo lo que Román describe como “una conversación de punto de quiebre”. Decidieron que sí querían hijos, pero que antes necesitaban terminar las maestrías, buscar mejores empleos y comprar vivienda. “Queríamos cumplir esas metas antes... Para poder dedicarle el tiempo y los recursos que soñamos darle a un hijo”, dice él.
Esto hace parte de una tendencia que los demógrafos denomiman el aplazamiento deliberado de la maternidad y la paternidad entre millennials, la generación nacida entre 1981 y 1996, que viven en ciudades con acceso a educación superior.
Medellín es cara. Eso Daniela y Román lo saben de primera mano, un arriendo de un apartamento de dos habitaciones en un sector que ellos mismos califican como “no tan exclusivo” cuesta por lo menos $1.500.000 mensual. “Probablemente más, creo que estoy minimizando el precio”, admite Daniela.
Ese dato no es anecdótico, es uno de los factores económicos detrás de la caída en la natalidad. Cuando el grueso del ingreso se va en vivienda, transporte y alimentación, el cálculo de traer un hijo al mundo se vuelve una hoja de Excel de la que difícilmente se sale en verde, cuentan Román y Daniela.
La pareja busca, según sus propias palabras, poder pagarle a su hijo medicina prepagada, darle educación privada, ahorrar para la universidad y un buen espacio en el apartamentos. Metas que suenan razonables pero que, en una ciudad como Medellín con los precios actuales, exigen años de preparación financiera. “Con un salario mínimo, o incluso con dos, es muy difícil pensar en tener un hijo”, dice Daniela.
Agrega que, en un país donde casi la mitad de los trabajadores está en la informalidad, esa dificultad no es individual sino estructural. No es un defecto de carácter de quienes deciden esperar. Es el resultado de una economía que no ha resuelto el acceso a vivienda, salud y educación de calidad.
Hay otro factor que Román nombra como ‘desacostumbrarse’, es decir, cuando uno lleva años llegando bien a fin de mes, ahorrando un poco, dándose gustos, la perspectiva de reorganizar todo eso por cuenta de un bebé genera tensión. “Las prioridades cambian. Y uno ya sabe lo que cuesta todo”.
A esto se suma otra condición, las decisiones de la mujer. Daniela es feminista, lo dice sin rodeos y explica por qué eso tiene todo que ver con cuándo va a tener hijos. La ley colombiana otorga a la madre una licencia de maternidad de 18 semanas. Al padre, apenas dos. Esa asimetría legal, dice Daniela, reproduce en el hogar una desigualdad que el mercado laboral se encarga de ampliar. “Por ley ya se sabe que será la mamá la que se queda... Eso tiene consecuencias prácticas para una mujer con ambiciones profesionales”. Esto se llama, según economistas y laboralistas, penalización por maternidad.
Hay algo más que Daniela identifica como un origen del aplazamiento de la maternidad, se refiere a la educación sexual con la que creció. “A uno le inculcaron ese terror por quedar embarazada a temprana edad”, recuerda. La adolescencia entera estuvo marcada por el mensaje de que un embarazo era lo peor que podía pasarle a una mujer joven. Ese chip, dice, no desaparece de un día para otro. “Por muchísimos años uno no piensa en eso”.
Daniela y Román en la charla entienden lo que está en juego cuando una generación entera aplaza la maternidad. Lo han leído en noticias, lo han visto en indicadores, lo han escuchado en pódcasts. Y lo sienten, más cerca de lo que parece, en sus propias familias y círculos sociales. “Los niños de la familia no están en Colombia”, cuenta Daniela. Cuando se reúnen, todos son adultos. El ambiente es distinto al de las familias con niños pequeños.
En medio del debate, Román menciona tres aspectos que la sociedad debe analizar: el futuro del sistema pensional y laboral por menos jóvenes entrando al mercado laboral y más adultos mayores viviendo más tiempo; la innovación por cada generación trae consigo formas nuevas de resolver problemas viejos, porque menos relevo generacional significa menos energía creativa entrando al sistema productivo; y el tercero es territorial. Román señala que los conjuntos residenciales construidos hace 30 años, donde los hijos ya se fueron y solo quedan los padres de la tercera edad. Ese fenómeno, si se mira en pueblos y municipios pequeños, explica en parte por qué Colombia tiene veredas que se están quedando sin habitantes.
¿Qué tendría que cambiar? Daniela responde: “Si una persona llega a fin de mes a ras, no va a pensar en tener un hijo. Y la culpa no es de esa persona”. La culpa, según ella, es de cómo el país está construido, sobre la informalidad laboral, el acceso restringido a la salud, la educación sin presupuesto, la cultura diezmada, y la vivienda inaccesible.
Y de ahí su conclusión, Daniela afirma que si mejora la calidad de vida de las familias colombianas, si el Estado resuelve lo que le corresponde resolver, habrá más familias dispuestas a tener hijos. “No porque alguien las obligue, sino porque las condiciones lo harán posible”.
Daniela tiene hoy más 30 años y no quiere llegar a los 40 sin hijos. Lo tiene “muy claro”, dice. En dos años se imagina como madre. Román también se imagina como padre. La decisión ya está tomada en la pareja.
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“No tengo esa vocación”, dice emprendedora que eligió no ser mamá
María Teresa Pimiento dice que nunca jugó a la familia. Mientras otras niñas organizaban casitas imaginarias con muñecas, ella montaba restaurantes y tiendas. Cuenta que creció en el campo rodeada de mujeres que tomaban decisiones, y hoy, a sus más de 30 años, dirige Materile, su negocio de repostería en San Pedro de los Milagros.
Afirma que no tiene hijos y tampoco los quiere. Y esa decisión, que antes habría necesitado justificación o disculpa, la cuenta con una convicción que viene desde su adolescencia. Su historia es el retrato de cómo Colombia tiene cada vez menos bebés, y detrás de esa caída hay mujeres como María Teresa que decidieron que la maternidad no forma parte de su proyecto de vida.
El país pasó de tener familias con cinco o más hijos, como la abuela de María Teresa, a hogares que, cuando tienen hijos, los tienen tarde y pocos. Lo que antes era un accidente, o una “bendición de Dios”, como lo describe María Teresa cuando habla de su abuela, hoy es una elección.
María Teresa dice que conoció niñas que no sabían cómo funcionaba su propio cuerpo reproductivo. “No sabían qué significaba quedar embarazada”, recuerda al mencionar también la ausencia de educación sexual y cómo los hogares rurales se llenaban de hijos que se recibían como designio divino.
“Ahora la gente habla de más de eso”, dice María Teresa. Para ella, la caída en los nacimientos no es una crisis, es la consecuencia de que las mujeres por fin tienen información y opciones. “Ahora se están teniendo los hijos que se quieren tener”.
La historia de María Teresa explica por qué su decisión no le costó angustia. Sus papás se separaron cuando era pequeña. En la casa quedaron su mamá y sus tres hermanas. Nadie esperaba que un hombre llegara a resolver nada. Las decisiones difíciles, las buenas y las malas, las tomaban ellas. “Para mí nunca fue un problema lo que diga mi pareja, porque nunca tuve esa imagen”, cuenta.
Creció en un matriarcado funcional que le enseñó, sin discursos, que la autonomía no se pide, se ejerce. Eso la hizo llegar a sus relaciones con una condición no negociable, quien esté con ella debe entender que los hijos no están en sus planes. Su pareja actual ya tiene sus propios hijos y se hizo la vasectomía. El asunto, dice ella, nunca fue un problema.
Por otro lado, su empresa crece, tiene empleados, le exiige capacitaciones, viajes, dedicación y venta, por eso, asegura que pasó de preparar postres en casa a tener un local con todas las exigencias legales que eso implica. “Como emprendedora voy a tener el tiempo como yo lo disponga, pero realmente es mucho más el tiempo que gastas trabajando, produciendo, pensando en estrategias de ventas”, explica.
Si tuviera hijos en este momento, dice sin titubear, estaría “agotada física y mentalmente”. No sería tiempo de calidad para nadie, ni para el negocio ni para el hijo. Incluso reconocer que hay mujeres que emprenden y maternan al mismo tiempo, y que el emprendimiento tiene al menos una ventaja sobre el empleo formal, la flexibilidad de cerrar una semana si hay vacaciones escolares. Pero esa flexibilidad tiene un costo económico, si no produce, no gana, porque el colchón del salario fijo no existe.
Hay un factor en el debate demográfico que pocas veces se nombra, cuenta ella, la independencia económica de la mujer cambia la ecuación de la maternidad. Es decir, una mujer que genera sus propios ingresos, que tiene empleados a cargo y que construye patrimonio tiene más que perder, o más que reorganizar, cuando decide tener un hijo.
Por eso, María Teresa sostiene que cada vez pasa más tiempo en su negocio, por eso, renunciar a ese ritmo o dividir su atención no encaja con este momento. “Si en algún momento cambiara de opinión, sería mucho más adelante, cuando tenga estabilidad... Aunque no creo que cambie”.
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