Hace tres días que Fernando Pérez, pescador y baharequero de La Isla, en Tarazá (Bajo Cauca antioqueño), no se mete al río. A sus 29 años “el sordo”, como lo llama su familia, hace un esfuerzo por superar la vergüenza y admitir que por primera que vez siente miedo de las aguas del Cauca, de las que ha sacado el sustento toda su vida.
Hasta el pasado viernes cruzaba el río sin mayor esfuerzo. “Era un hilito chiquito de agua. Yo aproveché para baharequear, porque siempre habían dicho que iba a haber una avalancha pero nunca pasaba nada... Hasta el sábado”.
El muchacho se refiere a la creciente del río que destruyó una veintena de casas en el vecino poblado de Puerto Valdivia y que arrancó por lo menos 60 matas de plátano de su familia. Según registros oficiales, el caudal del río pasó de 2.300 metros cúbicos por segundo a más de 6.000.
Su suegra, Rosa Elena Jaramillo, cuenta que desde esa noche duerme “con un ojo abierto”, pues teme tener que volver a salir corriendo con sus hijos y animales (cerdos y pollos) en medio de la noche y volver a amanecer a la intemperie. “Eso es lo que a uno le duele: si todo el mundo dice que esto puede volver a pasar, ¿por qué no hay albergues habilitados para cuando tengamos que salir de la casa?”
Muy cerca de La Isla, en el corregimiento de El Doce, Iván Reyes y Ramiro López hacen cuentas de lo que perdieron: el agua se llevó una mula del primero y dañó los estanques de cachama del segundo. Ambos tienen que andar en moto para poder cruzar a la vereda Barro Blanco, porque la fuerza de la corriente levantó y dañó parte de la estructura del único puente de la zona. Y toda la comunidad, además, sigue sin acueducto.
Hasta ayer ninguno de ellos había podido dormir más de cuatro horas, y ambos estaban a la espera de que funcionarios de la alcaldía, la gobernación o EPM los visitaran para ofrecerles soluciones.
Una extraña noche en Puerto Valdivia
Los habitantes de la vereda El Pescado pasaron toda la tarde del domingo -y la del lunes también- lavando los enseres que pudieron recuperar. Yuliana Cardona, la única vecina que perdió completamente su casa, contó que el agua subió hasta el barrio e inundó casi todas las casas.
Desde entonces el único tranquilo en el barrio es Pedro Julio Rúa, un pescador que a sus 96 años dijo que prefería morir en su casa que salir desplazado. Su hija Berta Inés narró que el día de la creciente fue necesaria la presencia del Ejército para sacar al abuelo de la casa en la que vive con su gato, un perro y varias gallinas.
“Desde el sábado esto es una procesión. Por la mañana todos para las casas y por la tarde todos a los estaderos porque nadie quiere dormir abajo”, dijo María de los Santos, la otra hija de don Pedro Julio.
Ya en el casco urbano del corregimiento, el hotel Portal del Norte se volvió, en la noche del domingo, en un retrato de lo que dejó la emergencia.
Las empleadas de aseo y cocina no pudieron llegar a trabajar porque el agua las dejó sin casas; el dueño, Jaime Vergara, estaba de viaje mientras sus vecinas decían en voz baja que había salido del pueblo por temor al río.
Y en la puerta del hospedaje se agolpaban decenas de personas que querían alquilar un cuarto.
Yesenia Ríos fue una de ellas. Aunque vive a menos de 10 minutos del hotel dijo que no quería pasar la noche en su casa y amanecer inundada, por eso prefería pagar para dormir más segura. Como ella llegaron varias familias más y a las 8 de la noche el lugar estaba copado.
A cinco minutos de allí, en el coliseo, unas 250 personas -de las 600 evacuadas el pasado sábado- escuchaban al alcalde Jonas Henao con su promesa de una nueva vivienda en seis meses. “Si no les cumplo vayan a mi despacho”, dijo.
La comunidad hablaba en voz baja. “Es la primera vez que nos vemos en esta situación. Nosotros solo nos habíamos unido y reunido con las autoridades para hacer paros y bloqueo de vías”, reveló Teresa Jaramillo, líder comunitaria.
A las 8:30 de la noche los damnificados comieron un sancocho con arroz, preparado en ollas comunitarias y una dotación de colchoneta con sábanas. Muchos pasaron la noche allí, en medio del torrencial aguacero que empezó a caer a las 8:00 p.m. y se prolongó hasta la madrugada.
Al día siguiente, antes de las 7:00 de la mañana, todos buscaron motos para volver a sus predios: Aunque no había casa sabían que debían quedarse allí para recibir a los funcionarios de EPM que los censarían para incluirlos en el plan de ayudas.
Mientras tanto el sector de La Iglesia amaneció alumbrado solo por las lámparas de los funcionarios de EPM que trabajaron para restablecer el servicio eléctrico, dañado tras la caída del puente peatonal el sábado.
En todo Puerto Valdivia lo que no ha cambiado desde la creciente es el miedo. Casi todas las conversaciones siguen girando en torno al proyecto Hidroituango y la posibilidad de que el nivel del río vuelva a subir.
EPM confirmó que no tiene control de la situación y admitió que la creciente del sábado podría repetirse.
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