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Un rinconcito de Brasil paisa para viejos amigos

  • Antonio Murillo, fundador de 95 años, en la casa en la que crió a sus seis hijos y en la que vio alumbrar al primer poste de energía. Al fondo, las calles del barrio Brasilia. FOTO Julio C. Herrera
    Antonio Murillo, fundador de 95 años, en la casa en la que crió a sus seis hijos y en la que vio alumbrar al primer poste de energía. Al fondo, las calles del barrio Brasilia. FOTO Julio C. Herrera
Por Daniela Jiménez González | Publicado el 01 de noviembre de 2018
Infografía
Un rinconcito de Brasil paisa para viejos amigos

El primer rastro de luz que conoció Brasilia de manera oficial se encendió, en la década de 1960, en un poste de energía que aún existe frente a la casa del veterano Antonio Murillo. Ese mismo día subió hasta el barrio la primera ruta de buses y sus habitantes lloraron de alegría por la llegada del bombillo y de los vehículos. Antes, en esta zona, el agua se recolectaba a través de mangueras y la electricidad era traída con alambres hechizos a dos cuadras de distancia.

Así lo recuerda Antonio, que con 95 años fue uno de los fundadores de este sector ubicado en la comuna 4 (Aranjuez), nororiente de Medellín, entre las calles 79 y 85 y las carreras 49 y 50D.

Sus habitantes comentan que, en sus comienzos, Brasilia era un asentamiento informal, nacido en terrenos que fueron loteados y puestos a la venta con previa planificación.

Dice entonces el jubilado que los primeros pobladores llegaron en 1950 a lo que “eran mangas, potreros o rastrojos” y crearon un Centro Cívico para suplir al barrio de todas las necesidades que tenía.

Pero la vida no era fácil: Murillo conserva un recorte de prensa de la época en el que El Correo, diario extinto, tituló: “Brasilia continúa como barrio ‘pirata’, carece de todos los servicios públicos”.

Sin embargo, añade Antonio, con cuatro reinados y tablados emprendieron la tarea de recolección de dinero. Entre 1960 y 1970, “con fiestas de día y de noche”, la junta liderada por el Centro Cívico llevó hasta Brasilia la luz, el agua y el alcantarillado.

De Brasil trajeron el nombre

Cansados de no tener nombre, de ser el barrio “pirata”, los integrantes del Centro Cívico se reunieron para bautizar al sector. Con pocas ideas, solo tenían claro que no querían nombres de santos o de políticos, y menos en un periodo en el que avivaba la discordia y la violencia partidista en el país.

“Yo había escuchado el nombre de Brasilia de José Aníbal Cuervo, quien era el cónsul de Colombia en Brasil. Me parecía bonito, lo propuse a los compañeros de la junta y lo aprobaron”, indica Murillo.

Cuando inauguraron la cancha sintética de fútbol del barrio, donde hoy los niños aún disputan partidos de fútbol, el cónsul Cuervo visitó el barrio y sus habitantes supieron que el gobierno brasileño quería apoyarlos.

“El presidente de ese entonces se llamaba Juscelino Kubitschek y, por medio de su esposa, nos brindó un dinero para construir dos escuelas”.

Pero el nombre es la única semejanza que tiene Brasilia con la capital del mismo apelativo a kilómetros de distancia, cuya población está dividida hoy en dos bandos luego de las elecciones presidenciales, mientras su homónima paisa vive días de calma.

Antonio reconoce que le encantaría que en el barrio todos los locales hicieran honor a la ciudad brasileña.

Gladys Murillo, su hija, creció en Brasilia junto a seis hermanos y dice que ese siempre fue uno de los deseos y curiosidades de su padre: incluso tuvo una carnicería llamada Porto Alegre, ya cerrada.

El barrio “elegante”

“Este es el barrio más elegante”, dice María Betty Giraldo, habitante de Brasilia desde hace 45 años, cuando menciona que el sector es como un oasis en el que tienen todo a la mano.

Destaca la “calle de los colegios” con cuatro instituciones educativas, siendo Alvernia y Nuestra Señora de Lourdes las más antiguas.

Pero la Plaza de Mercado de Campo Valdés, en la calle 80 con la carrera 50, es la insignia de Brasilia. Inaugurada en 1969, fue una de las primeras plazas nacientes cuando desapareció la plaza de Cisneros, corazón económico de la Medellín del siglo XIX y de la mitad del siglo XX.

Diego Ramírez, vicepresidente de la Junta de Acción Comunal, dice que el amor por el trabajo comunitario lo heredó de su abuelo, Leoncio Prado, quien llegó a Brasilia en 1975 como fundador.

De niño, Diego disputó partidos de fútbol en las calles y lomas empinadas del sector y relata que el barrio supo cómo sobreponerse a la violencia del narcotráfico y a las fronteras invisibles de la décadas de los 80.

Sigue siendo un barrio pequeño, comenta Ramírez, en el que todos los vecinos se conocen como viejos amigos.

Fabio Linder Perea, presidente de la Junta de Acción Comunal, coincide con Diego y puntualiza en que lo mejor de Brasilia es la buena convivencia. El único calvario, añade Perea, quizás sea la congestión vehicular que están teniendo en la zona, a propósito del crecimiento urbano.

Gladys Murillo indica que la transformación es evidente y que cuando era pequeña había apenas tres casas en las esquinas, en donde ahora está completamente urbanizado, e incluso, ahora se erige un edificio de 36 pisos. “Ese debe ser uno de los más altos de Medellín”, dice.

En Brasilia no ocurre lo que sí sucede en otros sectores de la ciudad, cuyos habitantes desconocen el nombre del barrio. La comunidad lo tiene bien referenciado, por su sonoridad o por cariño, y hasta Gladys ha escuchado a su padre corregir, en reiteradas ocasiones, a los taxistas que lo confunden: “No, no es Campo Valdés. Es Brasilia”.

Contexto de la Noticia

Daniela Jiménez González

Periodista del Área Metro. Me interesa la memoria histórica, los temas culturales y los relatos que sean un punto de encuentro con la ciudad en la que vivo, las personas que la habitan y las historias que reservan.

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