Sucker punch, de Zack Snyder

Chicas guerreras y nada más

Por: Íñigo Montoya

Si uno lee la sinopsis de esta película, puede resultar una idea atractiva e interesante. Hay un hospital mental, un burdel-prisión, batallas en guerras de distintas épocas, mucho rock, realidades paralelas, mundos imaginarios… Pero no, en realidad, se pasa de “interesante”, pues ya la mera enumeración de elementos tan disímiles la hacen una historia excesiva, por no decir disparatada.

Y efectivamente, toda esa historia de la chica metida en un hospital mental, pero que imagina que está en un burdel, pero que se transporta a guerrear en audaces batallas con sus sensuales compañeras, es una acumulación de recursos gratuitos y giros forzados con la única intención de soportar las secuencias de acción, llenas de efectismo y visualidad, que más parecen el intro de un video juego.

Y no es que esté en contra del cine de acción, pero es que a esta cinta se le pasa la mano al subordinar todo a la glamurización de la acción. Pareciera que solo le interesa acomodar el relato de la forma más fácil para que dé lugar a ubicar a las cinco chicas sensuales, bien armadas y ejecutando las más inverosímiles y audaces acciones, que poco tienen de tensionantes porque todo se les da muy fácil.

Es cierto que como es una película a la que tanto le interesa la concepción visual (su director es el mismo de 300 y de Watchmen), tiene un acabado muy atractivo, unas imágenes impactantes y momentos de verdadera brillantez visual, pero todo se queda en el exhibicionismo.

Es que ni siquiera la buena música que acompaña las secuencias de acción termina por convencer, pues todas son muy buenas y hasta conocidas canciones de rock, pero ninguna de ellas en su versión original. Se escucha durante la película canciones de Pixis, Björk, Eurythmics, The Beatles, Jefferson Airplane… pero cantadas por otros, maldita gracia.

Matrimonio por contrato: La familia como un gran comercial

Por: Íñigo Montoya

A partir de un interesante planteamiento argumental, esta película pretende criticar el consumismo en el mundo moderno, y en especial en sociedades como la estadounidense. En medio de eso, tiene de todo un poco, un humor sutil, dramas picantes, reflexiones sobre la identidad y sobre el amor.

Se trata de una familia (que no solo un matrimonio, como lo propone su torpe rebautizo en Colombia) que es contratada para parecer perfecta y con esto vender su estilo de vida, un estilo de vida que solo es posible gracias a sus cada vez más sofisticadas y novedosas posesiones materiales. De manera que querer ser como ellos es tener lo que ellos tienen.

El planteamiento de entrada ya es atractivo y, si se piensa realmente en sus implicaciones, muy impactante y preocupante. De hecho, la película sugiere que esto realmente ocurre y no solo en Estados Unidos. Lo preocupante está en esa diferencia entre el ser y el tener, pues confundir lo uno con lo otro es una forma de deshumanización, de cambios de valores, lo cual es tan común en las sociedades consumistas, que en realidad lo son todas, solo que no todas pueden permitírselo.

Cuando esta visión materialista de la vida que sustenta a esta falsa familia empieza, inevitablemente, a ser invadida por lo que realmente es y quiere cada quien, es decir, cuando las emociones empiezan a “pervertir” los negocios, entonces la trama de esta cinta da un giro mucho más interesante y empieza a explorar con mayor profundidad, no solo a sus personajes sino lo que ellos representan.

Con la tragedia final, que trae consigo la rebelión frente al sistema de uno de los personajes, la película se muestra clara y contundente en la argumentación de su tesis, confrontando con esto dos valores universales: el amor y el dinero. Un eterno dilema que divide al mundo en tres grupos: los del dinero, los del amor y los que, según las circunstancias, dudan en su decisión.

Por todo esto, The Joneses (como es su título original), es una sorpresa de la cartelera, pues resultó una película inteligente y con una seria crítica acerca de la sociedad contemporánea, una crítica que sabe desarrollar y cuestionar con eficacia.

Marte necesita mamás, de Robert Zemeckis

Los fracasos de un director prometedor

Por: Íñigo Montoya



Hasta hace una década el nombre de Robert Zemeckis se perfilaba como el más prometedor de la industria de Hollywood. Se hablaba de él como el sucesor de Spielberg, por su capacidad de hacer películas de gran éxito, con historias bien contadas y una cierta calidad cinematográfica: la saga de Volver al Futuro, Quién engañó a Roger Rabbit, La muerte le sienta bien, Forrest Gump, Contacto, Náufrago, entre otras.

Sin embargo, en la última década, su empeño con la animación digital por vía de la técnica del capture motion (filma primero a los actores y luego los convierte en animación 3D), solo le ha significado unos irregulares resultados, tanto en la taquilla como en la calidad cinematográfica.

Ha hecho cuatro películas con esta técnica: El expreso polar, Beowulf, Los fantasmas de Scrooge y Marte necesita mamás. Esta última ha sido su mayor descalabro, sobre todo en lo comercial, pues las expectativas eran muy altas y la respuesta fue tan pobre que le cancelaron su próximo proyecto, una nueva versión del Submarino amarillo.

Y efectivamente, esta nueva cinta infantil si bien presenta un planteamiento argumental con cierta originalidad (un niño tiene que rescatar a su madre raptada por marcianos que la usan para criar a sus propios niños), termina siendo desarrollado de forma muy convencional y predecible, aunque sin llegar a ser tediosa o malograda.

Igualmente, la concepción visual es atractiva, pero todo el trabajo en que se ha puesto Zemeckis con su “nueva técnica” no se diferencia demasiado de las otras películas de animación, pues su ambición es lograr el mayor realismo posible en las expresiones y movimientos de los personajes, y si bien tiene mayores avances que la animación convencional, la diferencia no es suficiente como para que por sí sola ya tenga un atractivo superior a las demás.

No es que sea una mala película, al contrario, tiene todos los elementos de una bien lograda película infantil de animación, pero teniendo en cuenta las ambiciones, inversión y expectativas de la cinta, así como el nombre de su director, el hecho de que el resultado sea solo una película más del montón es lo que pone en evidencia su fracaso como producto industrial y cinematográfico.

Invasión del mundo: Batalla – Los Angeles

Bala, explosión, muerto, avance, más bala

Por: Íñigo Montoya

Es muy significativo, y también un poco sorprendente, que la película más taquillera del momento, tanto en Colombia como en Estados Unidos, sea una película extrema, es decir, una cinta que, al parecer, sería solo del gusto de una franja del público, la que gusta del cine de acción más simple y descerebrado.

Porque este filme de ciencia ficción no es otra cosa que un largo tiroteo de casi dos horas. Además, una historia, como suele suceder con el cine más comercial, muchas veces contada, desde El día de la independencia (Ememrich) hasta La guerra de los mundos (Spielberg): una invasión extraterrestre en la que no hay más interlocución con los alienígenas que la violencia y el deseo de exterminio total.

La cinta enfatiza su intención de ser contada solo desde este punto de vista, el de la acción y la violencia, cuando los protagonistas son todos soldados, apenas sazonados un poco con algunos civiles que solo están allí para hacerles más dura su labor.

La película cuenta, como es necesario por cuestiones de ritmo y atención del espectador, con algunas escenas de “descanso”, en las que con la delicadeza de un fusil plantean unas emociones y sentimientos, pero por lo demás, es todo plomo y destrucción mientras van de un punto A a un punto B, es decir, tal cual como un video juego.

A pesar de todo lo dicho, si el espectador no tiene un prejuicio serio por este tipo de cine, es una cinta que se deja ver, porque hay que reconocer que tiene su poder hipnótico en la medida en que sabe usar sus recursos para sostener la atención -y tensión- este simplísimo esquema: bala, explosión, muerto, avance, más bala

Rango: Un western animado para adultos

Por: Íñigo Montoya

Aunque el cine de animación casi siempre es dirigido al público infantil, también es una técnica usada para hacer películas complejas en su construcción y orientadas a los adultos (El gato Fritz, Ghost in the Shell, Heavy metal, Final fantasy…). Pero entre estos dos extremos hay unas “indecisas” que son planteadas como lo uno y terminan siendo lo otro, como ocurre con esta cinta.

Rango es un camaleón que cae de su cómoda urna de cristal a la mitad del desierto. Llega a un moribundo pueblo típico de las películas del oeste y les hace creer que es un sanguinario asesino. Hasta aquí todo muy bien, una película ligera, ingeniosa y divertida que tenía toda la atención y risas de mi sobrina de seis años, quien estaba en la butaca de al lado. Pero lo que sigue a continuación es un western a la manera clásica, con toda la gravedad y complejidad que exige este género.

Aunque a los dos minutos ya se empieza a sospechar la dirección que podría tomar esta cinta, cuando el camaleón cae en el parabrisas de los personajes de Miedo y asco en Las Vegas, aquella delirante y drogadicta película de Terry Gilliam protagonizada por Johnny Depp (quien, justamente, hace la voz de Rango). Este guiño cinéfilo (como la aparición de Clint Eastwood más adelante y otros tantos más) ya empieza a contradecir lo que podría ser solo una película infantil.

Y efectivamente. Si bien a la historia general quieren darle un trasfondo ecológico, como está de moda ahora con el cine para niños, en esencia se trata de un western duro y directo que apela a todos los tics y esquemas del género. La trama sobre la escasez del agua se hace cada vez más compleja, en la medida en que nuevos personajes y subtramas se suman a la historia, mientras que el conflicto interno del personaje se transforma en un asunto existencial y filosófico.

Para ajustar, los personajes grotescos y oscuros cobran más protagonismo, mientras que la violencia y la intensidad de las secuencias se hacen más pesadas, tan pesadas como el sueño profundo en el que se encontraba ya mi sobrina y el niño parlanchín de dos filas más adelante. Para la mitad de la película, entonces, ya estábamos ante un western con todos sus componentes y el tono de gravedad correspondiente.

Ahora que ya estábamos conscientes de que se trataba de una película para adultos, y la mayoría de infantes habían sido excluidos del espectáculo, se podía ver que el principal problema de la cinta era que, precisamente, se tomó muy en serio los esquemas de las películas de vaqueros.

Y es que quien haya visto las suficientes películas del género, o incluso historias sobre falsos héroes en quien una comunidad deposita sus esperanzas, se dará cuenta de que Rango no le ofrece nada nuevo, todo lo contrario, termina siendo una cinta harto predecible.

Pero a pesar de que uno ya sabe qué va a pasar, e incluso cómo va a terminar, no es una película tediosa, pues su originalidad y atractivo está en los detalles: en los diálogos ingeniosos, en la concepción visual de la animación, en ese sucio y desgastado universo que recrean y en los guiños cinéfilos. Por todo eso vale la pena ver esta película, eso sí, sin niños, porque se aburrirán con la densidad y complejidad de una historia que de ninguna forma es para ellos.

Biutiful, de Alejandro González Iñárritu

Bella la película, burda la historia

Por: Íñigo Montoya

Nunca he sido un gran fanático de este director mejicano, y menos cuando se juntaba con el guionista Guillermo Arriaga para hacer sus revolturas en la estructura narrativa, muchas veces sin necesidad, como en 21 gramos. Sin embargo, no se les puede negar la intensidad dramática que lograban, la solidez de sus personajes y muchas poderosas imágenes.

Luego de Amores perros, 21 gramos y Babel, llegó el inevitable divorcio. En la separación de bienes salieron bien librados, así lo demostró Arriaga con su película Fuego y González Iñárritu con esta nueva y celebrada y nominada cinta. Pareciera que no se hicieran mucha falta. Además porque se evidenció lo parecidos que son en la concepción y realización de sus historias.

Biutiful es una pieza de gran fuerza e impacto. Es un relato que sabe conectar muy bien con las emociones del espectador a partir de la concepción de un personaje sólido e intenso, que además está respaldado por la siempre consistente interpretación de Javier Barden.

Así mismo, la atmósfera de angustia y opresión que se respira durante todo el metraje es construida con minuciosidad y potencia. La marginalidad toma un protagonismo que no sucumbe a la pornomiseria ni a recursos tramposos para quebrar las emociones del espectador, para sacarle una lágrima fácil.

No obstante, si bien el material argumental y dramático es tratado con respeto, inteligencia y sensibilidad, el problema en realidad es de lo que está hecho. Es decir, si bien no hay trucos ni facilismos en el tratamiento de la historia, es lo que la compone la razón para sospechar. Porque es muy fácil hacer un duro drama con la siguiente lista de temas: protagonista con cáncer y dos niños, madre alcohólica, problemas con la policía, precariedad económica e inmigrantes ilegales.

Ni Arriga ni Iñárritu saben de mesura en la composición de sus historias, ni juntos ni separados. Y si bien sus películas finalmente resultan significativas en lo que plantean y afortunadas en su construcción, la materia prima que usan es casi siempre excesiva sin razón y burda en su concepción.

El cisne negro, de Darren Aronofsky

Viaje a los demonios internos

Por: Íñigo Montoya


Son ambiguas las sensaciones que produce el cine de este director. Por un lado, puede causar admiración su talento y precisión para crear sentimientos y emociones con sus imágenes, pero por otro, esas mismas imágenes, y la forma como son presentadas para causar tales efectos, casi nunca tienen la virtud de la sutileza y tienden a ser obvias y estruendosas.

En una película como Requiem por un sueño (2000), por ejemplo, es mucho más evidente su tendencia al efectismo y a sacudir al espectador con burdos recursos, aunque muy llamativos técnicamente. Lo contrario ocurre con una cinta como El luchador (2008), en la que Aronofsky se desprende de toda la parafernalia en lo visual y en el montaje para crear un crudo y honesto relato sobre la vida de un perdedor.

Con El cisne negro hay un poco de lo uno y lo otro. En principio, se presenta como un intenso drama sicológico que nos transporta a los demonios internos de una bailarina. El permanente tono de tensión y angustia que el relato y la interpretación de Natalie Portman mantienen, actúa de forma directa sobre el público y le transmite con gran eficacia las sensaciones de su protagonista.

No obstante, esas sensaciones que se experimentan junto con el personaje son producto de manejos tramposos del relato y efectismos en los recursos del cine. Las falsas imágenes, el énfasis de la música, las alucinaciones, las pesadillas, los juegos con el montaje y otras tantas artimañas visuales y narrativas son usadas para manipular toscamente las emociones del espectador.

Que en la película hay una gran talento para causar unos intensos efectos, eso nadie lo pone en duda, pero que lo hace apelando al efectismo y al facilismo en el uso de recursos, es algo que no se puede pasar por alto. Y es que en una película en la que el espectador nunca sabe si lo que está viendo está sucediendo realmente o no, y debe esperar a que el relato se lo confirme o desmienta, es una película que impone una lógica arbitraria que manipula gratuitamente para causar un efecto fácil.

La premisa de fondo del filme, es decir, el proceso de desmoronamiento y autodestrucción de la bailarina, está perfectamente planteada y desarrollada, además de finalizar de forma redonda y contundente, pero para llegar a eso el director juega a ser un dios manipulador y manosea sin respeto las emociones y la inteligencia del espectador.

Amigos con derechos, de Ivan Reitman

Abajo el romanticismo

Por: Íñigo Montoya


Las comedias románticas siempre están protagonizadas por una pareja joven y bonita, que además tiene éxito profesional o está en camino de tenerlo, y cuando se conocen empiezan una errática sucesión de actitudes y situaciones –que es lo que produce el humor- hasta terminar con el infaltable final feliz.

Todas las películas del género tienen estos elementos y esta no tenía por qué ser la excepción. Sin embargo, como siempre, la cuestión está en las capacidades del guionista y el director para encontrar la química para que funcione el esquema con sus leves variaciones.

La variación esencial en esta cinta, protagonizada con buen carisma por Natalie Portman y Ashton Kutcher, es que le dan un original giro a otro de los elementos esenciales de toda historia de amor, esto es, el romanticismo. Porque, justamente, lo que propone la premisa de la película es que se pueda dar una relación entre una pareja sin que haya afecto y emociones de por medio.

En otras palabras, la historia le da más importancia al sexo y las relaciones sin compromiso que al amor mismo. Por esta razón el filme puede explorar nuevas posibilidades en la trama y en la construcción de los personajes. Además, con esta premisa reviste el relato de un aire de cinismo e incorrección política que la hace un tanto más original y atractiva, sobre todo si se compara con la mayoría de las cintas del género, que tienden a ser melosas e ingenuas.

La película está dirigida por Iván Reitman, uno de los principales productores de Hollywood desde los años setenta y director de exitosas cintas como Los cazafantasmas o Junior. En la última década prácticamente había dejado de dirigir, pero con esta película demuestra que aún conoce los gustos del público y que conserva el buen sentido de la comedia.

127 HOURS, de Danny Boyle

Por: Xtian Romero – cineparadumis.blogspot.com

Hacer adaptaciones en el cine es una cuestión de cojones y de ingenio para poder estar a la altura, como ocurre con la adaptación de libros, pero tal vez, más difícil aún, es la tarea de adaptar un hecho de la vida real, más cuando es un hecho tan famoso y reciente en donde todos conocemos hasta el más mínimo detalle.

¿Cómo empieza? (un joven y solitario aventurero en el desierto del gran cañón), ¿el conflicto?, (se queda atrapado por una piedra que le aplasta el brazo en un acantilado, solo, sin nadie que lo ayude),¿ y cómo termina?, (se corta el brazo para sobrevivir). ¿Cómo diablos nos van a mantener enganchados con esta historia, si ya todos nos la sabemos? Lo que importa no es el cuento, sino cómo lo cuentes.

Arranca con una división de la pantalla en tres partes donde se muestra el agite de la civilización, ciudades, edificios, montones de personas en la calle, para llegar al personaje que será el protagonista de la historia, que empaca todos sus corotos y se lanza a la aventura.

Una buena manera de arrancar la película, ver rodeado a nuestro protagonista de millones de personas en su propio hábitat, el mundo urbano, para acrecentar después su drama en un desierto donde estará completamente solo y tendrá que enfrentarse a sí mismo para sobrevivir.

La historia sigue con un ritmo trepidante, acompañado de una excelente banda sonora y los planos que aprovechan el bello paisaje desértico hasta que de repente, no hemos ni terminado de conocer el personaje, ¡pum!, una piedra se le interpone en su camino y lo deja atrapado.

De nuevo el ingenio de Boyle como storyteller sale a flote y se traduce en un montaje dinámico, casi videoclipero (que a muchos les puede chocar) para mantenernos enganchados todo el tiempo sin dar tiempo a respirar, además de unos movimientos de cámara que a pesar de jugar en un espacio tan reducido, no dejan caer la historia, y así, en medio de ese ritmo caótico, valiéndose de flashbacks nos seguirá presentando el personaje: su vida, sus miedos, sus sueños, sus frustraciones, lo que finalmente es, lo que lo llena de valor para decir “¡Hey, no me puedo dejar morir aquí!” y acto seguido, en una secuencia impactante, tal vez en este caso creo que debió dejar un poco más a la imaginación y no haber sido tan gore, se corta su brazo valiéndose de una navaja desafilada.

Ojo, que no todo se lo dejamos al bueno de Boyle, también se tiene que aplaudir el trabajo de James Franco, pues se echa la responsabilidad de encarnar este personaje, llevarlo en un proceso de transformación tremendo y de sostener todo un metraje a sus hombros, no todo el ritmo narrativo tendría su fuerza sin las cualidades actorales de Franco.

No puedo decir que es un peliculón perfecto, hay cositas que chocan, que me incomodaron un poco, como lo que ya dije anteriormente, su tal vez excesivo morbo en la cortada del brazo, (esto es una opinión muy personal, tal vez soy muy sensible) y la publicidad de bebidas refrescantes, como Gatorade durante todo el metraje, que son descaradamente tirados en tu cara.

Aunque la disfruté mucho no me pareció nominable al Oscar a mejor película, y prefiero no entrar en discusión respecto al tema, ni tampoco la considero el mejor trabajo de Danny Boyle, he visto cosas mejores en su filmografía pero, eso sí, hay que ir a verla, y seguro que en pantalla gigante será un muy buen espectáculo visual.

Aunque no respondo por estómagos sensibles como el mío, pero tranquilos, que igual esa secuencia sólo dura tres minutos, se pueden tapar los ojos en ese corto lapso de tiempo, y pues vale la pena aguantar ese breve momento tan explícito, pues el final, dejará con un muy buen sabor de boca, porque es una verdadera historia de vida, de esperanza y de lucha.

2001: Odisea espacial, de Stanley Kubrick

Una obra maestra revisitada

Por: José Manuel Vélez (temor-temblor.blogspot.com)


La primera vez que vi este film quizá rondaba entre los 16 y 17 años de edad, para entonces no vi más que un aburrido largometraje de secuencias incomprensibles y un bombardeo de imágenes ejecutadas de forma lenta y sin sentido, esperaba ver algo grafico, violento y de alguna forma grotesco como paso ante mí La naranja mecánica (1971).

En definitiva, los filmes no se ven de la misma forma en algunas estepas de nuestra existencia. En algún momento podemos ver de gran trascendencia un largometraje y luego podemos reírnos de nuestro anterior juicio, y viceversa.  Eso es 2001: A Space Odyssey (1968), el ciclo, el cambio, la evolución, la búsqueda y la infinita transformación tanto de la materia como del pensamiento.

Anoche, luego 4 o 5 años, la vi de nuevo, pero esta vez fue algo sencillamente inteligible, una claridad de asombro, solo me queda un regocijo eufórico. Es una película, por supuesto, para aquellos que disfrutan los mensajes entre líneas y diversas posibilidades de interpretación.

Pero, finalmente, se trata de un esbozo general de una idea, un atisbo a esa eterna duda sobre el hombre y su existencia. Aunque la película no deja de ser pura ciencia ficción, se vale de elementos profundamente filosóficos que giran en torno a un análisis ontológico.

Además de lo inconmensurable que puede llegar a ser el estado del hombre y sus límites, nos ofrece cuatro segmentos visuales, los cuales se traducen en unos estados de evolución del hombre, aunque resulta siendo ficción, luego que corre el primero de estos. No obstante, se ejemplifica en forma de posibilidades los tres siguientes (Están divididos en forma de capítulos).

¿Hasta dónde puede llegar el hombre luego de ese momento álgido en el cual la interacción con su entrono fue consiente? ¿Cuál es el límite de la búsqueda de respuestas? ¡La muerte! Eso se demuestra en los cuatro capítulos.

Además, la película está acompañada por una estética visual bastante buena y limpia, algo similar a  La naranja mecánica. Y qué decir del acompañamiento musical, tan impactantes escenas acompañadas por Strauss son esos momentos de sonidos repetitivos y saturando incluso la misma imagen, como también largos periodos de vacío y silencio.

De esta película solo puedo decir que no puede ser menos que una obra maestra. En definitiva  Contacto, de Robert Zemeckis, o Viaje a Marte, de Brian De Palma, se quedan en pañales, eso a pesar de ser películas realizadas dos décadas después y con todo el elemento y el factor tecnología a su favor.