El turista, Florian Henckel von Donnersmarck

Una burla a la inteligencia

Por: Xtian Romero – cineparadumis.blogspot.com

Me estaba resistiendo mucho a escribir algo sobre esta película, era tal el desinfle que motivación no había, además no quería empezar el año con una reseña de esta decepcionante producción, y lo que acrecienta mas este sentimiento, es saber quiénes eran las mentes tras las bambalinas, su director y co-guionista, y pues como mi noble labor es recomendarles buen cine, de hablarles de las películas que mas me gustan, caí en la cuenta que también debería ser la de hablar de las que no han sido de mi agrado, hablar mal de vez en cuando.
Un guion que absurdamente se burla de la inteligencia del espectador, con unos puntos de giro demasiado forzados, demasiado manipuladores y convenientes y un desarrollo argumental lleno de baches e incongruencias, pretendiendo darle un tono thriller al asunto y de repente maquillándolo con toques de humor recurriendo a chistes fáciles, con unas líneas sosas, sin sabor, sin fuerza y muchos clichés cinematográficos, como por ejemplo que metan al protagonista al calabozo donde reposa un ogro que seguro lo hará pasar muy mal. Y que este guion también lo haya firmado el guionista de The usual suspects, un delicioso banquete cinematográfico con uno de los mejores finales que he visto, me desconcierta demasiado.
Pero más desconcertante aun, es que la haya dirigido el mismo que movió la batuta en esa joya fílmica alemana llamada La vida de los otros, ganadora del Oscar en el 2007 a mejor película extranjera. Una puesta en escena básica, simplista, sin espíritu, como si la hubiera dirigido cualquier director de bajo costo gringo. Después de ver su primer film, una cinta tan profunda psicológicamente y tan bien lograda en sus actuaciones queda esperar mucho de este hombre, pero me dejó en una sola pieza al ver esta realización. Tal vez movido por la presión de los estudios norteamericanos, muy seguramente, pero que su talento sea tan desaprovechado, todavía más, espero que se levante de este fracaso y nos vuelva a regalar otra belleza como su opera prima.
Vámonos a sus actuaciones. El gancho de este film definitivamente era esa combinación de estrellas, Jolie-Depp que por supuesto, haría pensar a cualquiera que sería algo bien candente, de hecho este servidor lo pensó, pero lamentablemente, el as bajo la manga, no les funcionó. Depp con sus intentos cómicos no fue capaz de darle vida a un personaje tan mal creado desde la misma escritura del guion; y Jolie, me estresó con su impostada sonrisa de femme fatale durante todo el metraje. Par personajes mal actuados, mal llevados, sin alma, sin que de verdad hagan creíbles sus peripecias y esa supuesta conexión sensual entre ellos dos. No les achaquemos toda la culpa, el conjunto de toda la película es realmente el problema.
¿Qué esto es un remake?, pues sin ver la película original, la francesa El secreto de Anthony Zimmer, estoy completamente seguro que es mil veces mejor, aunque según mis fuentes más confiables, es otra cinta sin ton ni son así que no me interesa pasar mis narices por ahí. Lo único que se puede rescatar de este film es su excelente fotografía que te mostrará majestuosamente dos de las ciudades más hermosas del mundo y su música podría llegar a ser interesante hasta cierto punto, pero se vuelve empalagosa hasta decir no más.

El paseo, de Harold Trompetero

La tarea maluca

Por: Íñigo Montoya

Cada año la misma tarea que hace Dago García al estrenar una película el 25 de diciembre, el cinéfilo colombiano la debe de hacer también al verla. El problema es que cada vez resulta una tarea más tediosa y obligada, porque los tiempos de buenas comedias como La pena máxima o Te busco, ya pasaron. El común denominador en los últimos años ha sido el sentimiento de extrañeza y estupefacción ante lo que este productor, y su director contratado de turno, piensan que es el humor.
El caballito de batalla de la cinta de este año es la road movie, un subgénero que normalmente se presta para  contar historias muy dinámicas y en las que suceden muchas cosas. Pero por dentro de este envoltorio, todo lo de siempre, y de más dudosa calidad cómica, esto es, una familia semi disfuncional pero que también “tiene su corazoncito”, la clase media bogotana como representación del “colombiano común y corriente”, más chistes verbales que visuales (gran error en la comedia cinematográfica) y un humor creado en general a partir de salidas fáciles y populistas.
El hilo conductor, además del viaje, es la verborrea del incomprendido y pusilánime padre de familia, interpretado por Antonio Sanint como si fuera uno de sus números de stand up comedy, cosa que muy pocas veces funciona, sobre todo porque el espectador nunca se identifica cómicamente con él y porque sus chistes casi siempre son clichés o predecibles.
Luego viene sus reforzados giros argumentales, como la reiterada presencia del jefe o el secuestro por la guerrilla zen (!). Es cierto que la comedia puede dar lugar a situaciones absurdas o disparatadas, pero aún así estas deben ser coherentes con una lógica impuesta por la película. Pero no es este el caso y el resultado es todo lo contrario al humor, esto es, el desconcierto y la estupefacción.
Y lo peor llega al final con el final. Un giro meloso y sin ninguna fuerza que deja es aburrido al público que ya está hastiado con ese vaso gigante de crispetas. Entonces todos salimos del teatro y, paradójicamente, una película que no fue hecha para dejarlo pensando a uno, lo pone a pensar, porque es un poco inexplicable esa concepción del humor de quienes, sabemos, conocen la industria, tienen talento y manejan el oficio.
Sin embargo, hay algo que no me deja muy bien parado: que soy uno de los pocos que piensa esto, porque ésta y a sus antecesoras, son películas a las que les va bien en taquilla, y ese –en promedio- medio millón de personas que las ven y se ríen y se carcajean y vuelven al siguiente año y toda la cosa, toda esa gente, seguramente no se pone a pensar en nada de esto.

Tron, de Joseph Kosinski

Tron y la relación con los gamers

Por: José Manuel Vélez

En la mente de todo gamer solo puede haber una gran fantasía: el anhelo y ensueño de fundirse con el gran universo virtual, esa quimera que en el arrobamiento del usuario final y sin moverse de su silla, permite viajar por el infinito e inconmensurable mundo de los bits, las ecuaciones y algoritmos. Una realidad tan maleable y versátil como la mismísima mente de cualquier artista, pero a la vez casi tangible y veraz como cualquier determinación física.
Eso plantea Tron, la nueva película de Disney en formato 3D, o por lo menos es el aspecto que a los gamers puede llevar a conmover. En principio puede parecer una película como todas las demás, con trágicas historias y un drama que a lo mejor no sentiremos muy profundamente. Pero solo es llegar al punto cumbre, donde el “usuario” se introduce en aquel universo sintético, lleno de colorido y de unos aspectos visuales no mas que excelentes en su
representación o recreación, entonces llegará el impacto, el nuevo universo ahora está aquí para salvarnos, cada efecto nos hará recordar el Tron 2.0. que, a pesar de sus desmejoradas gráficas y grandes bugs, es una experiencia memorable.
Quizá el gran punto débil del film sea su contenido, ¿pero acaso hay algún interés en un contenido mas allá de efectos e innovación en lógica visual? Desde el inicio se sabe que es una película para pasar un buen rato, y sobre todo para aquellos que estando acostumbrados al mundo de los videojuegos, saben que muy poco contenido productivo encuentran, por ejemplo, en los entretenidos Postal II o Alpha Protocol (que, por supuesto, más contenido tiene una bolsa de basura). Ya sería otra cosa quizá ver una adaptación milimétrica de Half life 2 o de Fallout 3.
Por eso afirmo que esta película en los gamers puede tener un gran significado, como en alguna medida lo tiene Resident evil o El príncipe de Persia, incluso la mismísima y desvalorada Doom. Quizá la gran diferencia es que Tron es una película sobre un videojuego, que puede que trate de dar un argumento en torno a las realidades y la ficción, algo que no se ha abordado en un videojuego existente, porque las mencionadas anteriormente fueron películas adaptadas de los videojuegos al cine.
Los gamers de cine no saben más que cualquier crispetero como yo, o cualquier otro que se le ponen los pelos de punta con solo ver un enfoque de cámara virtual o la imitación de las cámaras de plataforma de los videojuegos. Tron cuenta con lo que un gamer puede esperar de un film, aunque en ocasiones hace falta más de interacción con ese universo, mas acción quizá, pero eso debilitaría, por ejemplo, la relación de padre e hijo que intentan desarrollar de forma progresiva. Otro aspecto fuerte es el acompañamiento sonoro por parte la banda Daft Punk, una compenetración bastante buena y más aún con el guiño del bar de Sussan, donde aparecen los dos integrantes de dicha banda animando el lugar con su música.
Así pues, Tron puede representar más el ideal común de videojuego, mostrando un juego de estereotipo, el juego conocido por explotar la realidad virtual en su máxima forma, definiendo elementos claramente futuristas y quizá inexplicables a algún juicio lógico, sociedades avanzadas o búsquedas de perfección. Esto es lo que hace grandiosa la idea de que un usuario se enfrente, como humano, ante su propia creación irreal y a su universo. Es el juego que muchas veces nos hace trastabillar entre la realidad real y la realidad virtual cuando pasamos tantas horas intentando superar un nivel.

Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, de David Yates

Lleve la de moda

Por: Iñigo Montoya
La primera razón que se me ocurre para el éxito imparable y en línea de esta saga es un asunto extra cinematográfico, esto es, todo el aparataje publicitario del que viene siempre precedida cada entrega y, como se sabe, la fama trae más fama, sin que necesariamente haya que hacer méritos para tenerla, solo hay que ver a esa gente de la farándula que no hace nada ni tiene ningún talento, sino que son famosos por ser famosos.
El libro tiene el récord de ser el más rápidamente vendido de todos los tiempos: once millones de copias en un día (la marca la tenía el libro anterior de Harry Potter con nueve millones). Es decir, aquí estamos hablando, más que de una película, de un producto de masas que está de moda, hasta el punto que es evidente que su consumo no necesariamente tiene que ver con las características de su contenido, sino con la marca misma.
De no ser por esto, sería otra película más de fantasía protagonizada por jóvenes magos, quienes emprenden una cruzada para recolectar unos poderosos objetos de los que depende la lucha entre el bien y el mal. Toda la película es una seguidilla de conflictos fácilmente planteados y luego fácilmente solucionados, como la pelea entre Harry y Ron, o como cuando son capturados y luego salvados por un ser que sale de la nada.
Tal vez sea una película muy apasionante para quienes crecieron con ella, y por eso la quieren y la apoyan sin importar de qué y cómo está hecha, pero lo cierto es que, si uno no es uno de sus seguidores, encontrará en ella muy poco que sea verdaderamente elaborado o estimulante.

Amor a distancia, de Nanette Burstein

Con todo un país de por medio

Por: Iñigo Montoya

La comedia romántica es el género cinematográfico que ha cambiado menos en más de setenta años. Por eso, aunque muchas pueden ser realmente divertidas y emotivas (Harry y Sally, Sintonía de amor, Realmente amor, Cómo perder a un hombre en diez días…), ciertamente resulta difícil variar el esquema al punto de ser original. No obstante, esta película en cierta forma lo consigue.
Además del esquema argumental del que parten todas (chico encuentra chica) y del final feliz, está el asunto del conflicto, que siempre es la batalla de los sexos, donde ellos ni ellas saben lo que respectivamente quieren y para conseguir algo del otro ocultan algo o engañan. Pero en esta historia no hay nada de eso, sino que el obstáculo a superar es la distancia: ella está en San Francisco y él en Nueva York, es decir, tienen a todo el ancho país en medio de ellos.
Y aunque no hay ni engaños ni ocultamientos, que es lo que siempre permite las situaciones cómicas, esta cinta consigue esas situaciones cómicas con la construcción de sus personajes y el ingenio de su argumento. Y también cumple con la cuota emotiva y romántica, incluso a partir de una reflexión seria sobre ese complicado problema del amor de lejos.
Con una todavía eficaz Drew Barrymore, porque lleva ya bastante reinando en las comedias románticas, y unos cuentos y coloridos personajes secundarios creados con bastante tino, esta película supera el estándar de las cintas de su género, porque mantiene lo atractivo del esquema, pero lo supo innovar para ofrecer un giro diferente.

Cartas a Julieta, de Gary Winick

El segundo plano como protagonista

Por: Iñigo Montoya

Esta cinta tiene todos los elementos de las comedias románticas, salvo por la ausencia de comedia. Tiene el encuentro amoroso de una pareja, la batalla de los sexos y el final feliz. Pero en lugar del humor, esta historia le apuesta al romanticismo, lo cual solo funciona a medias, pues de las dos historias de amor que cuenta, apenas una de ellas logra ser original y seductora.
Pero paradójicamente, la historia que no funciona es la que protagoniza el personaje central. Y es que es difícil sentir mucha simpatía por Sophie (y no es que caiga mal), tampoco por el galán con el que se topa (simplón y sin carisma) y mucho menos con esa relación que van construyendo, la cual cae en el lugar común de la pareja que siente una mutua antipatía y, de repente, se declaran amor eterno.
Sin embargo, es la idea general de la que partió esta película la que se roba el protagonismo. En Verona, Italia, donde Shakespeare desarrolló el drama de Romeo y Juliueta, existe un grupo de mujeres que responden las cartas que dejan los visitantes en un muro de la casa de Julieta. La protagonista termina respondiendo una de esas cartas y avivando un amor interrumpido por cincuenta años.
La búsqueda de este viejo amor es lo que más o menos mantiene a flote este relato harto predecible. El romance que surge de la anciana y su historia resulta mucho más atractivo y encantador que el deslavado amor de la insulsa protagonista y su desganado galán. Ése es el problema de esta cinta, y eso ya es bastante.

Residente vil 4, de Paul S.W. Anderson

La saga se sale de la pantalla

Por: Iñigo Montoya

La adaptación de video juegos al cine es ya una práctica común. Es apenas lógico que las dos más poderosas industrias del entretenimiento unan fuerzas para hacer productos aún más multimillonarios. Incluso ya muchos de los nuevos juegos son concebidos pensando en la adaptación cinematográfica y, así, ambas formas expresivas cada vez están coincidiendo más en su lenguaje.

No cabe duda de que una de las mejores simbiosis entre ambos medios ha sido la saga de Resident evil, aunque es necesario precisar que esta afirmación se aplica especialmente a la primera entrega: ver la película es como estar en el juego. Se trata en general de una historia de zombis pero con la lógica del cine de acción. El esquema es tan simple como efectivo, y así ha funcionado, con mayor o menor fortuna, en las cuatro entregas.

La novedad en esta cuarta parte no podía ser otra que su presentación en 3D, con la tecnología que se está imponiendo en el cine de entretenimiento. Este nuevo aditamento indudablemente hace aún más cercanas las experiencias de ambos medios, la del video juego y del cine. Aunque también es cierto que el 3D está siendo sobrevalorado, empezando por la incomodidad de estar toda la película con las gafas puestas y, aunque la imagen gana en profundidad y agrega ciertos efectos, pierde en nitidez de imagen y color (haga la prueba y quítese las gafas por un momento).

Sin ser un gran fanático ni del juego ni del cine de acción ni del cine de zombis, aún así, es una película que se deja ver, que le provee al espectador lo que le promete, lo que se le puede pedir a este tipo de cine, y más todavía, porque la última promesa antes de la aparición de los créditos, es que habrá una quinta entrega. La espero sin mucho entusiasmo, pero la veré sin falta.

Una nueva saga de fantasía

Por: Iñigo Montoya

Las sagas de cine fantástico están de moda, eso gracias a las nuevas e ilimitadas posibilidades de la imagen digital, y seguramente tendremos de este tipo de cine para mucho tiempo, por lo que es necesario afinar el gusto y el buen criterio para no meter todo en el mismo costal.

Esta primera entrega de El último maestro del aire tiene de entrada dos ventajas que la hacen atractiva. La primera, es que está basada en una exitosa serie animada a la que los seguidores de género le tienen un singular respeto. La segunda, que está dirigida por un reconocido y talentoso director de Hollywood. Aunque es cierto que por primera vez hace un filme de este tipo, aún así M. Night Shyamalan tiene una seguidilla de títulos importantes que respaldan su trabajo: El sexto sentido, Señales, El protegido, La Aldea, La dama en el agua, el final de los tiempos.

Sin ser muy aficionado a este tipo de cine, pues confieso que El Señor de los anillos si apenas me entusiasma, Harry Potter se me antoja a héroe de pacotilla al que todo se lo hacen y Narnia es más de lo mismo con efectos parecidos, pero de todas formas pude ver en esta nueva película un universo con una lógica más atractiva y envolvente.

Es cierto que no se inventaron tampoco nada nuevo. Es la misma receta de coctel: el antiquísimo mito de los cuatro elementos (agua, tierra, fuego y aire), filosofía zen, cultura oriental, artes marciales y el esquema de la nación fuerte que quiere dominar a las demás y crear un imperio. La cuestión es que en realidad es una elección y combinación de elementos que resulta estimulante en términos de la construcción de la trama y los personajes, así como llena de posibilidades en relación con lo visual y con las secuencias de acción.

De acuerdo con los conocedores de la serie de televisión, la película le queda debiendo al público, porque mezcla o resume historias, suprime o limita personajes, pero en realidad esa será la queja siempre en estos casos, porque el cine no tiene la extensión de una serie o de una saga de libros. Por otro lado, preferiría que Shyamalan se dedicara a lo suyo, a las fábulas de misterio y suspenso, pues una película como ésta casi cualquiera de la industria la puede hacer. Aún así, me parece una cinta entretenida y en general bien planteada, que se destaca entre muchas de su género.

Shrek 4, de Mike Mitchell

El ogro que dejó de serlo

Por: Íñigo Montoya

Como se sabe, desde Toy Story las películas infantiles han cambiado sustancialmente. Generalmente son historias ya despojadas de la inocencia y ternurismo que caracterizaba este tipo de cine, para convertirse en relatos más complejos e ingeniosos que también buscan complacer al público adulto. La primera entrega de Shrek (2001) así lo demostró, y tanto el público infantil como el adulto respondieron a la propuesta, sin embargo, las tres secuelas que le siguieron perdieron el rumbo de lo que se podría considerar un cine inteligente y de calidad.

Y es que a partir de la segunda entrega de esta saga, ese universo tan original y divertido que planteaba, el cual se sustentaba en la idea de parodiar el mundo de los cuentos de fantasía, ya deja de ser atractivo y efectivo con el público, pues se hace reiterativo y predecible, pero sobretodo, la construcción de los personajes y las situaciones, adquieren un matiz ordinario y hasta vulgar.  La segunda, pero especialmente la tercera parte, parecen más comedias televisivas de fin de semana creadas para adolescentes, cargadas de chistes de doble sentido o con un humor hecho a golpe de flatulencias y secreciones.

En esta cuarta parte estos problemas se agravan aún más. Con una historia no demasiado ingeniosa, chistes igual de flojos y vulgares, villanos que no tienen el suficiente peso para hacerla interesante y un relato tan predecible que da tedio, resulta siendo una cinta que parece haber abandonado a sus dos públicos iniciales, el infantil y el adulto, para quedarse con el segmento de adolescentes que tal vez crecieron con la película.

Con esto no quiero decir que todos los adolescentes son tontos, pero la masa de ellos sí que lo es, y una película como Shrek 4 es la perfecta excusa para irse al centro comercial con el grupo de amigos, comprar crispetas y reírse con facilidad y haciendo alboroto de todas las sandeces que se ven en esta película.

Lo más paradójico, es que el filme empieza con un planteamiento serio y dirigido más a los adultos, y es la idea de que el matrimonio y los hijos, con toda la responsabilidad que implican, despojan violentamente a todo hombre de su libertad y su identidad. Pero luego vemos que, por supuesto, este asunto solo era una excusa para propiciar una historia de aventuras para gran bicho verde. Al final, quienes nos tomamos en serie el cuestionamiento inicial, presenciamos al patético protagonista que renuncia a todo lo que es a cambio de una vida de rutina y tedio, una vida en la que él ya no es el dueño de si mismo y ya nunca será lo que lo define como ser.

Una exusa para mirar nuestro dolor

Por: Íñigo Montoya

Cuando los extranjeros vienen a hacer películas sobre Colombia, normalmente el resultado son relatos esquemáticos, cargados de estereotipos y  con visiones sesgadas o superficiales de nuestra realidad. Cintas como María llena eres de gracia (Joshua Marston, 2004) o Rosario Tijeras (Emilio Maillé, 2005) buena fe pueden dar de ello. Sin embargo, no es el caso de esta producción alemana, que se muestra más honesta con su propuesta y su mirada a una situación problemática de Colombia, lo cual consigue porque, justamente, sitúa su punto de vista del lado de un ingenuo y sorprendido extranjero.

Este punto de vista es el que permite que el relato se acerque sin prejuicios ni viciado a la violencia de un barrio marginal en la ciudad de Cali. La película consigue hacer un retrato general de la marginalidad y la criminalidad de este sector, pero hasta allí llegan sus alcances, porque en realidad no consigue dar pistas sobre las razones de esta problemática, ni la forma en que funciona, solamente es testigo de las consecuencias superficiales: muerte, crimen organizado relacionado con el micro tráfico de drogas, confrontaciones entre bandas, desplazamiento, etc.

Por lo demás, todo el tiempo asistimos a la mirada ingenua y casi inconsecuente de un médico de origen alemán que hace su pasantía. Toda su relación con los personajes y el conflicto urbano es forzada, tanto narrativa como argumentalmente. Conoce personas de forma gratuita y toma decisiones que no son coherentes con su oficio ni su naturaleza.

Ante esta situación, siempre se presenta de forma irritante e inconexa casi cada acción y cada diálogo, porque lo que hacen es poner en evidencia que el personaje del médico es sólo una excusa para que un director extranjero se sorprenda y trate de entender esta, para él, extrema y exótica problemática. Y peor aún, si bien todo el asunto es muy forzado, resulta que, además, recurre a un esquema muy conocido: el personaje foráneo que llega a una zona de conflicto y se involucra en él por vía de una improbable relación amorosa y los lazos de amistad que establece con jóvenes y niños del lugar.

De manera que si bien se trata de una película con buenas intenciones, que no busca como otras explotar nuestra realidad, el procedimiento para acercarse a ella no es para nada convincente, y por eso todo queda en una suerte de mirada un poco sensacionalista del extranjero que se conmueve con nuestro dolor.