Segunda oportunidad

Segunda oportunidad

Por: Íñigo Montoya

Una regla de las comedias románticas es que sea protagonizada por gente joven y bella. Con esta película de Nancy Mayers (una de las más exitosas escritoras, productoras y directoras de comedias de Hollywood), rompe por segunda vez esta norma. Ya lo había hecho con Alguien tiene que ceder y ahora lo hace con una pareja adulta de divorciados. Aún así, consigue que el sexo y el amor sean atractivos y permite que el espectador se identifique con los personajes y las situaciones.

La premisa del filme está anunciada en el título en español (aunque originalmente se llama It’s complicated). De manera que cuando esta ex pareja vuelve a sentir una atracción mutua, la comedia viene por vía de las peripecias que deben hacer para ocultárselo a sus hijos (ya bastante crecidos) y también al tener que lidiar con un tercero en la relación.

Toda esta situación en la primera mitad de la película propicia unos momentos verdaderamente divertidos, pero lo que ocurre con todas las comedia románticas, que hacia el final pasan por una fase dramática, en esta película esa fase se anticipa y se queda casi hasta el final. Porque como en pocas comedias, ésta de fondo también reflexiona sobre asuntos serios que tienen que ver, más que con las relaciones de pareja, con las relaciones después de los cincuenta años y con la particularidad de ser ex esposos.

La cinta tiene un atractivo adicional, su reparto. Está protagonizada por Alec Baldwin y Meryl Streep (quien por la pócima de la eterna juventud que se tomó en aquella película de Zemeckis, La muerte le sienta bien, parece más joven que su compañero, aún siendo diez años mayor). La pareja funciona muy bien, así como el tercero en cuestión, Steve Martin, que hace bien las veces de complemento, aunque siendo uno de los más importantes cómicos de Hollywood desde hace décadas, su talento fue desperdiciado.

Furia de titanes, de Louis Leterrier

El mito revivido

Por: Íñigo Montoya

El cine fantástico solía recurrir más a los mitos griegos, pero hacía mucho no los revivía, eso a pesar de toda la riqueza argumental y de personajes que contienen. Ahora que lo hace, va a la fija y revisita un mito que ya ha sido probado con el público cinematográfico: la confrontación de Perseo contra Mudusa y el Kraken para salvar a la ciudad de Argos y a la princesa Andrómeda.

La clásica versión de Desmond Davis, realizada en 1981, ya sólo puede ser vista como una curiosidad, pues buena parte del atractivo de este relato descansa en la forma como se pueda materializar ese mundo con sus criaturas fantásticas, y para eso es necesaria la magia del cine, que, vista desde ahora, la de aquel entonces ya no parece tan mágica. Los efectos especiales inevitablemente se antojan envejecidos y torpes, quitándole toda la fuerza que antes creíamos que le daba a esta aventura épica.

Esta nueva versión, naturalmente, cuenta con los últimos efectos que se consiguen con la imagen digital, con la cual ya no hay límite alguno y se puede crear cualquier cosa, desde personas, pasando pos monstruos y criaturas, hasta espacios arquitectónicos y ciudades enteras con todo y su paisaje. En esa medida, no se le puede negar la espectacularidad e imaginación a esta versión, pero cuando se habla de los aspectos tecnológicos de una película antes que de su contenido, el asunto empieza a ser sospechoso.

La película está armada a partir del género de aventuras, en el que los personajes guiados por un héroe hacen una travesía en busca de algo y sorteando peligrosos obstáculos. Este es un esquema que casi siempre se ha prestado para crear sólo entretenimiento, sin darle muchas vueltas a la construcción de sus personajes ni a la improbable complejidad de las ideas.

A continuación, el trailer de cada una de las versiones, que ponen en evidencia el avance de los efectos especiales en el cine:

Contracorriente, de Javier Fuentes León

Una buena historia mal conducida

Por: Íñigo Montoya

La idea de esta película es interesante y hasta transgresora de entrada. Aunque historias sobre homosexualidad son cada vez más corrientes y abiertas en el cine actual, la idiosincrasia latinoamericana todavía no da para tomar este toro por los cuernos. De hecho, la mayoría de las veces la presencia de homosexuales en el cine de la región es para dejar claro que sólo son objeto de marginación, censura o burla.

Esta cinta, para ajustar, sitúa su relato, no en la ciudad, donde esta exclusión y recriminación puede ser menor, sino en un pueblito pesquero del Perú, donde la mentalidad es más cerrada en relación con estos temas y más cercana a guardar la moral católica. Es en este contexto que se da la relación entre dos hombres, uno de los cuales es un pescador que tiene el doble conflicto de aceptar sus preferencias sexuales ante la comunidad y ante sí mismo, en su calidad de hombre de familia.

La película alcanza a reflexionar un poco sobre estos conflictos y crea un inquietante drama a partir de ellos, sin embargo, ese drama durante buena parte del relato se antoja desarticulado y postizo. El tono general se acerca peligrosamente más al melodrama televisivo que al drama serio y evocador que pretende.

Aún así, el desenlace de la película, gracias a un par de giros inesperados que da la historia, hace que en perspectiva se vea como una interesante propuesta en la concepción de sus personajes y en la forma de abordar un tema que sigue siendo tabú en América Latina. Incluso se puede pensar que resulta provocador y trasgresor en este sentido, lástima que la forma en que se condujo el relato no haya correspondido con esta audacia.

Un sueño posible, de John Lee Hancock

De superación sí, pero ñoña no

Por: Íñigo Montoya

Uno se tiene que “ablandar” para hablar de esta película. No es la historia más original, ni la más visceral, ni la más reveladora, pero inevitablemente resulta reconfortante verla, muy a pesar de que a simple vista sea una historia de superación, políticamente correcta y cargada de un ternurismo fácil (incluso es también cristina, si se quiere).

¿Qué tiene de malo todo esto? En realidad nada, es más bien manía de cinéfilo creer que sólo las historias y temas fuertes y trasgresores puedan hacer una buena película; y por otro lado, es mucho más fácil que con este tipo de historias de superación se construyan relatos predecibles, ingenuos y soporíferos.

Pero la verdad es que, aunque esta película lo tenga todo para alinearla dentro de esas historias ñoñas para hacer cine foros con estudiantes de escuelas católicas, está planteada de una manera que permite entender los sentimientos que movieron a estas personas a protagonizarla. Porque la película, además, tiene el plus de estar basada en una historia real, en la que un joven negro, Michael Oher, es acogido por una adinerada y blanca familia que lo apoya para salir adelante en sus estudios y triunfar en el deporte.

Por eso, si en perspectiva parece una película diseñada para emocionar y conmover, también si se mira en detalle se puede ver que está llena de aciertos y que en general es honesta con su historia y sus personajes. Uno alcanza a identificarse con ellos y complacerse con el triunfo de la bondad y las buenas intenciones. Porque ciertamente es una historia complaciente, sin decir que en el peor sentido del término.

Los toques de humor ayudan a esta identificación y los golpes bajos a la emotividad del espectador no son imperdonables ni tantos como para decir que abusaron. Tal vez lo único que molesta es la falta de un conflicto fuerte, pues todo va sucediendo como lo planean y lo quieren sus protagonistas. También molesta que haya dos películas muy recientes (Precious y El solista) en las que, como ésta, personajes negros marginales son salvados por blancos bondadosos o su sistema.

Sandra Bullock, bien, sólo bien. Lo del Oscar es que porque ya le tocaba (porque ése es uno de los criterios de la Academia), pero tiene películas mejores como actriz.

Una noche fuera de serie, de Shawn Levy

Espías por error

Por: Íñigo Montoya

Aprovechando el cuarto de hora de fama en que se encuentran Tina Fay y Steve Carell, los comediantes más populares de Estados Unidos actualmente, esta producción los reúne para beneficiarse de sus cualidades y de la coincidencia de que el humor y personajes que los caracterizan resultan muy compatibles para crear el matrimonio perfecto de personas ordinarias.

Pero como lo dictan las reglas de la comedia, no hay nada mejor para hacer humor que someter a seres ordinarios a situaciones extraordinarias, y eso es lo que ocurre en este filme. Pero sin importar que el planteamiento sea obvio (incluso, con todo y argumento, ya habíamos visto esta película con  Steve Martin y Goldie Hawn: Perdidos en Nueva York), lo relevante es el resultado, y éste fue en general satisfactorio.

Jalonado por sucesivos momentos de humor inteligente, este filme complementa su esquema de comedia con algunas secuencias de acción y, lo más importante, alcanza a reflexionar sobre asuntos relacionados con el matrimonio y cuestionar sardónicamente la sacra institución: la rutina, la pérdida de la libertad, la falta de espontaneidad, etc. Es cine para pasar el rato, pero con un par de chistes inolvidables  y, en general, una propuesta que la saca del saco de tanta comedia tonta y prescindible.

Del amor y otros demonios, de Hilda Hidalgo

La sutileza como debilidad y fortaleza

Por: Íñigo Montoya

La maldición de García Márquez adaptado al cine esta vez tenía posibilidades de ser superada como pocas veces ha ocurrido. Y es que se trataba de una novela escrita, según le dijera el mismo Gabo a la directora, más pensada como un guión. Porque justamente la dificultad de adaptar al nobel está en lo intraducible a imágenes de su poética literaria. Pero si estaba pensada con imágenes y acciones, que es como se escribe un guión, no había pierde.

Y efectivamente, no hubo mucho problema en la visualización general de la historia, pero los problemas surgieron fue, al parecer, de la inexperiencia de su directora. Pasados los primeros diez minutos poco se sabía todavía de qué iba el asunto. Hubo que apelar a la memoria de aquel día lejano en que leímos el libro. La presentación de los personajes, su relación y el contexto de la historia fueron reemplazados por sutiles y sugerentes imágenes, de una cierta belleza, que sólo nos contaban de la historia vagos reflejos, como los trozos de un espejo dispersos en el suelo.

Cuando por fin empieza la historia, la de Sierva María con el cura, que es la esencia del relato, vuelve a hacerse patente la falta de oficio de la directora en la poca fuerza dramática de casi todas las acciones y en general de los personajes. Toda la puesta en escena de la película está muy bien concebida, así como las bellas y sugestivas atmósferas logradas con la fotografía, pero sólo es una tarea bien hecha, una aplicación de los procedimientos para recrear una historia audiovisual, pero sin la intensidad y la verosimilitud que exigían las circunstancias, y mucho menos el espíritu de tragedia romántica de la novela.

No estoy diciendo tampoco que se trate de un desastre de película, porque ciertamente consigue mantener la atención a partir de la creación de atmósferas y una sutileza (su principal virtud) traducida en sus imágenes y en su ritmo lento y casi ensimismado, como su protagonista, pero sin duda es un filme que desperdicia las posibilidades que le brindaba el original, tal vez, paradójicamente, a causa de esa virtud mencionada, pues esa sutileza, con la falta de fuerza dramática y habilidad narrativa, se convierte en debilidad de la puesta en escena, en limitación expresiva y desgano narrativo.

La isla siniestra, de Martin Scorsese

Cine por encargo de un maestro del cine

Por: Íñigo Montoya

El título de este texto sería un argumento suficiente para descartar esta película. Quienes crean que van a ver una película del gran Martin Scorsese se equivocan, porque sólo verán un thriller sicológico escrito y filmado exactamente como dicta el manual. Es decir, si a un conocedor de la obra, los temas, las obsesiones y el estilo visual del director italoamericano le muestran esta película sin decirle que es suya, no sería posible que adivinara quién la hizo.

Así como ocurrió con El aviador (2004), que Scorsese accedió a filmar por solicitud de su nuevo amigo y estrella de cabecera, Leonardo Dicaprio, ésta cinta evidentemente tiene que ser un encargo, tal vez del mismo actor. Es cierto que se trata de un filme con la más alta factura visual y precisión narrativa, pero nada que no pueda hacer cualquier director de la escuela de Hollywood.

Pero el fondo, lo que nos dice la película y las ideas que pone en juego, no trascienden más allá de la típica trama hecha a partir de dos esquemas conocidísimos: por un lado, la pareja de investigadores que llegan a un misterioso lugar, donde todos parecen cómplices, a resolver un crimen, y por el otro, la trama sicológica en la que juegan con el espectador sobre quién está cuerdo y quién no.

El resultado de estos dos esquemas es de lo más decepcionante que se pueda ver en el cine, pues por una parte, todo lo que pasa está envuelto en un misterio que sólo al final de la película es explicado en una sola escena, y por otra parte, (y aquí debería dejar de leer quien aún no la ha visto), casi todo lo que ocurrió no fue verdad o era imaginado porque el protagonista estaba loco.

En definitiva, es lo que se llama una historia “engaña bobos”, una trama sólo para masticar mientras transcurre cada instante, porque en últimas no termina diciendo nada. Se acaba la película y se acaba el engaño. Si fuera una verdadera película de Martin Scorsese, habríamos salido pensando en sus personajes, en lo que les pasó y en las implicaciones morales de todo ello.

El libro de los secretos, de los hermanos Hughes

La palabra de Dios, principio y fin

Por: Íñigo Montoya

Una película post apocalíptica con una original excusa argumental. En un mundo devastado por una guerra nuclear un hombre tiene una misión, proteger un libro para volver a empezar la civilización, mientras otro, el villano por supuesto, busca el libro para dominar el mundo. El libro es la Biblia, que originó la hecatombe y por eso fue erradicada. Sólo queda una, la que carga Dezel Washington.

Por lo demás, es como ver una actualización de Mad Max y tantas otras películas de mugrientos sobrevivientes que se destazan unos a otros por un sorbo de agua, o por puro gusto. Aunque el paisaje y la dinámica de las acciones y personajes se acercan más al western que a la historia post apocalíptica, lo cierto es que, en últimas, se trata sólo de otra película de acción más, con Denzel haciendo el mismo papel de hombre duro de otras tantas producciones.

No es que sea una cinta tediosa ni mal hecha, pero tampoco ofrece nada nuevo ni interesante, es sólo un filme de consumo hecho con elementos harto conocidos. Es como si el guionista y sus directores hubieran ido a una estantería donde se encuentran los ingredientes necesarios para hacer una película y hubieran tomado de aquí y de allá, para luego ensamblarlos justo como indica el libro de Hollywood.

Preciosa, de Lee Daniels

La marginalidad multiplicada (y manipulada)

Por: Íñigo Montoya
La cuota dramática, conmovedora y de compromiso social de la última entrega de los premios Oscar corrió por cuenta de esta película. Es cierto que se trata de una obra seria y sólida, especialmente en sus actuaciones (cuenta con un gran reparto femenino) y con un acabado visual en clave documental, pero tampoco es la obra maestra de la que muchos hablan.
La cinta cuenta la historia de Precious, una adolescente con todos los problemas posibles: pobre, con sobrepeso, abusada sexualmente por su padre, con una hija con síndrome de down, en embarazo, una madre que la maltrata física y sicológicamente, analfabeta, con  SIDA y negra (ella cree que su vida sería más fácil siendo blanca).
Lo que se puede ver con todas estas características de la protagonista es que se trata de una historia que se esfuerza demasiado en crear un personaje digno de lástima, marginal desde múltiples aspectos y, por eso, tremendamente dramático, un personaje con el que forzosamente –o forzadamente- el espectador debe sentir compasión. Y el relato permanentemente está manipulando este sentimiento en el público, lo cual no deja de ser cuestionable, pues no hay lugar para sutilezas.
Es una película que se deja ver, que conmueve, que tiene algunos momentos de gran fuerza e impacto, pero en últimas termina siendo un drama serio disfrazado de historia de superación y liberación, un relato que hace demasiado evidente su intención de tocar al gran público y mandarlo bien blandito para su casa.

Chance, de Abner Benaím

Abajo los ricos

Por: Íñigo Montoya

Una película colombo-panameña realmente parece un bicho raro que produce mucha desconfianza. Y si además está promocionada como una comedia, las sospechas son mayores. Pero a medida que avanzaba el relato, la sospecha es corregida por pequeñas sorpresas y guiños que anuncian que no es una comedia tonta y nada más (aunque algo de eso hay), sino una comedia negra que sabe llevar algunas cosas al extremo.

No se trata tampoco de una gran obra, porque más bien es un filme hecho con los recursos justos, un lenguaje narrativo apenas funcional y una estética más bien plana, pero en el fondo está impulsado por cierto ímpetu e irreverencia en la historia que cuenta y sus personajes.

Ya en el cine hay antecedentes de relatos sobre el personal del servicio que se revela o se toma la casa cuando los patrones no están. El excelente cortometraje de Carlos Mayolo titulado Asunción o la misma Viridiana, de Luis Buñuel, son buenos ejemplos. Pero esta cinta lleva esa situación a un punto de mayor confrontación, incluyendo la violencia y la narración en clave de humor negro.

El personaje de Paquita, interpretado por la colombiana Aída Morales, es la que lleva todo el peso de la trama, una trama muy seria, porque en el fondo el asunto de la película es nada menos que la guerra de clases y la reivindicación de los pobres sobre quienes siempre los han oprimido.

Pero si este personaje y su trasfondo son muy serios, es la dirección que toman las situaciones y la reacción de los demás personajes lo que logra construir un relato cargado de humor negro y hasta truculento, lo cual permite que la película alcance a conectar con el espectador y a salirse por momentos del molde de tanta comedia tonta con la que el cine latinoamericano quiere sostener su inexistente industria.