Desafío, de Edward Zwick

Otra de judíos matando nazis

Por: Iñigo Montoya

Después de ver tantos judíos masacrados en masa y como animales sistemáticamente en el cine, resulta una experiencia diferente ver historias en las que, si bien siguen siendo víctimas, no están por completo indefensos. Aunque tampoco este relato se trata de una historia tan complaciente como la última de Tarantino, Bastardos sin gloria, en la que se regodea asesinando y torturando nazis con su escuadrón vengador.

De entrada la historia se hace un poco reveladora, pues se trata de una variante que muy poco ha sido contada, y es la resistencia que en ciertas partes de Europa pudieron sostener los judíos durante la segunda guerra mundial, en este caso los judíos de Bielorrusia, que se escaparon al bosque y lograron crear allí una comunidad y hasta luchar contra sus perseguidores. (Hay también una mini serie, titulada Insurrección -Uprising-, dirigida por Jon Avnet en 2001, sobre la resistencia judía en el ghetto de Varsovia.)

La película de Zwick es un bien logrado cuadro de la conformación de una precaria sociedad sometida a críticas circunstancias. Los conceptos de supervivencia, resistencia armada y manejo del poder por vía de la fuerza y el liderazgo, son los que sostienen un relato que está plantado de eficaces secuencias de acción que mantienen el buen ritmo de la narración.

Pero sobre todo es una película en que, sobre ese asunto de fondo de la dignidad con que deciden asumir ese duro trance los judíos de Bielorrusia, la mueve el conflicto entre las distintas fuerzas que se confrontan a al hora de crear esa nueva sociedad en el bosque. Las dos vertientes que siempre afloran en estos casos se pueden ver aquí: organizar a la gente en función de la fuerza y, en este caso, la venganza, y por otro lado, el humanismo y la razón como los principios por los que se deben regir todos, aún en esas circunstancias extremas.

Sin ser una obra maestra y a mitad de camino entre cine de acción y drama reflexivo sobre esta circunstancia histórica, este filme consigue contarnos una historia que conocemos muy bien, pero desde un punto de vista distinto y con buen pulso para hacer un relato entretenido.

Los fantasmas de Scrooge, de Robert Zemeckis

El mismo cuento con distinta técnica

Por: Iñigo Montoya

Los dedos de manos y pies no alcanzan para contar las versiones cinematográficas que se han hecho del clásico libro de Charles Dickens. Tal vez sea por eso que otra versión más requería de una novedad que marcara la diferencia. En esta ocasión la técnica viene al rescate. La técnica, esa maravilla del cine que permite la creación sin límites, pero que también puede imponerse a sus inventores y desfigurar su humanidad o todo aquello humano que quieran expresar.

Desde sus dos anteriores películas (El expreso polar y Beowulf) Zemeckis anda embelesado con la técnica del motion-capture, que no es otra cosa la lógica del viejo rotoscopio adaptada a la era digital, es decir, grabar con una cámara a los actores y buena parte de la puesta en escena, para luego darles un acabado como si se tratara de imagen digital. Y para complementar, está en versión 3D (la de las gafas), que potencia aún más el valor del filme, pero por vía de la tecnología.

La cuestión es preguntarse si la película como una adaptación más de un conocido cuento se sostendría sola, o si únicamente resulta atractiva por la tecnología que la soporta, el motion-capture y el 3D. Si es así, entonces la verdadera esencia del cine se pierde por completo aquí, esto es, el arte de contar historias que nos trasmitan ideas y sentimientos, que nos emocionen y hablen honestamente de la naturaleza humana. El despliegue técnico y las decisiones estéticas no pueden ser razón suficiente para ver una película, menos para que siga existiendo el cine.

Dejen de quererme, de Jean Becker

Mona vestida de seda

Por: Iñigo Montoya

Hace unos meses pudimos ver una bella película de este director francés, Conversaciones con mi jardinero. Esta nueva cinta de entrada impone el brío y el deleite de un espíritu libre que por fin rompe con un sistema que lo subyuga. Muchas historias han comenzado así, con el personaje que da un grito de independencia y como primer gesto liberador renuncia al trabajo.

Luego de este planteamiento vemos al hombre arremeter sistemáticamente contra lo establecido, contra ese acomodado modo de vida aburguesado y superfluo que sustenta la felicidad en la seguridad material, pero un modo de vida, en últimas, tremendamente alienante y aséptico. Es cierto que tanta subversión resulta un poco desconcertante, pero todo sea por el placer de, al menos cada tanto, escupir en la cara del sistema. De manera que el comportamiento de este hombre realmente nos pone a pensar y a cuestionar una serie de aspectos de la vida moderna.

Pero se trata de una película con “chiste final”, con “sorpresa” (por lo que se aconseja que sólo siga leyendo si ya se la vio o si nunca se la va a ver), es decir, al final de la cinta se devela algo que transforma por completo la película. Esto ocurre con muchas historias, en especial los thrillers (la mayoría de filmes de M. Night Shyamalan, por ejemplo), pero esa sorpresa final es a veces la razón de ser del relato y potencia todo lo ya visto.

Sin embargo, con esta película ocurre justo lo contrario, que en los últimos tres minutos nos damos cuenta de que este hombre ha asumido esa actitud contra el mundo y sus seres queridos porque tiene cáncer, de manera que se viene abajo todo ese espíritu de irreverencia y subversión que había sido el fundamente del relato durante hora y media. Y la historia y el personaje que se nos había mostrado como impetuosamente revulsivos, ahora sólo son pura sensiblería, pues el hombre se comportaba así para que sus seres queridos no sufrieran por su condición.

En conclusión, otra blanda historia de emociones fáciles que se disfraza de grito liberador pero que termina siendo puro efectismo emocional y concesión para el público dulzón.

2012, de Roland Emmerich

El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar…

Por: Iñigo Montoya

Este director alemán ya es sinónimo de megaproducción y de cine de catástrofe, dos categorías que están siempre asociadas con el cine más esquemático y de más alto rendimiento económico. Godzilla, El día de la independencia, El patriota, 10.000 y El día después de mañana son sus últimas producciones que lo corroboran. Para contar sus ganancias por película se necesitan nueve cifras, para hacer una crítica profunda es suficiente sólo un par de párrafos y para entenderlas  apenas es justo un coeficiente intelectual básico.

Glauber Rocha decía que para hacer una película sólo necesitaba una idea en la cabeza y una cámara en la mano. Emmerich precisa un kit completo de efectos y el mismo empolvado esquema de siempre. Así se pudo ver en esta nueva cinta, en la que cambia al monstruo radioactivo, la invasión alienígena o el desorden climático por una catástrofe en la corteza terrestre causada por una inusual actividad solar. Lo demás es pura destrucción y grandilocuencia apocalíptica.

Personajes, claro que los hay, pero también son viñetas reutilizadas provenientes del esquema aplicado antes. Está el héroe-ciudadano promedio, el magnate patán, el científico humanista, el burócrata inescrupuloso, el loco, el presidente negro, el tonto novio de la ex esposa, etc. Todos machos desesperados por sobrevivir y salvar a sus crías, y que se reúnen solos para tomar decisiones.

Entretenida, sólo por momentos, en especial cuando se hace el esfuerzo de olvidarse que se está viendo más de lo mismo. Incluso que eso que se está viendo lo acaba de ver unos minutos antes en la misma película, pues la mayoría de secuencias de acción simplemente se reducen a los protagonistas huyendo mientras, apenas a unos centímetros detrás de  ellos, se desmorona el mundo.

París 36, de Christophe Barratier

Acordeón, torre Eiffel y camiseta a rayas

Por: Iñigo Montoya

Los tres elementos del título son algunos de los lugares comunes que nunca perdonan las películas que visitan a la Ciudad Luz como un lugar común de cine. Esta película, por supuesto, los tiene. Así como tiene adicionalmente una larga retahíla de otros lugares comunes que sacan de un cajón todas esas cintas que quieren contar historias evocadoras sobre un lugar evocador y en una época evocadora.

Hace un par de años pasó por la cartelera una película inglesa casi idéntica, Mrs. Henderson presenta. Porque además el argumento se muestra como otro lugar común: el entrañable teatro que está a punto de cerrar por problemas económicos, pero que es rescatado por el amor y el empeño de sus propios artistas y empleados, quienes luchan por sobrevivir en medio de un ambiente enturbiado por cuestiones políticas.

Con tantas recurrencias en sus elementos, inevitablemente se hace una película extremadamente predecible y amañada en la forma en que busca crear sensaciones en el espectador, especialmente emocionar y conmover: separando al padre de su hijo, matando a un personaje querido, construyendo un amor imposible, creando repentinos y fantásticos éxitos, en fin, puro chantillí cinematográfico, blanco y blando, subido y meloso.

El lector, de Stephen Daldry

La nazi que me amó

Por: Iñigo Montoya

Distintos sabores pegados al paladar deja esta película. Distintas ideas de lo que nos quería decir dan vueltas en la cabeza. Eso es bueno para el cine. Lo primero que hay que decir es que resultó inevitable no empezar a verla con muy buena disposición por lo que significaban los nombres detrás de ella, en especial su director, a quien le debemos dos películas a las que seguramente de cuando en cuando volveremos a recurrir: Billy Elliot y Las horas. Claro, también está Kate Winslet, quien siempre sabe escoger muy bien sus proyectos.

Empieza con una de esas historias que todos los hombres, secretamente, disfrutamos en honor a nuestras fantasías adolescentes: la relación entre un joven y una mujer mayor, una relación casi estrictamente sexual. Ésta es la primera de las tres partes en que se divide la película. Es un poco extraño ver un relato donde luego de media hora no presente ningún conflicto, escasa evolución de personajes y sólo un tanto la construcción de la relación. Aún así, la forma en que está contado permite ser atractivo y crea cierta expectativa por el futuro de la pareja.

La segunda parte es un juicio en el que el contexto histórico de la Alemania de los años cincuenta cobra protagonismo, así como las reflexiones de tipo moral a partir de la relación  que tienen los personajes. Y la tercera es un estado más avanzado de esa relación, cuando ya los personajes prácticamente son otros, pero unidos por el pasado y, si bien ya no por el sexo o la atracción, sí por un secreto que los une más que cualquier contacto físico.

Tal vez sea esta articulación en tres partes tan distintas y casi independientes lo que causa cierta desorientación con el filme, pero esto es fundamental en ese sentimiento de incertidumbre e interés por los personajes que cruza todo el filme. No es una obra maestra, ni una historia que con contundencia nos plantee unas ideas, pero es innegable la fuerza que por momentos consigue con sus personajes y las circunstancias que atraviesan su relación, así como lo momentos realmente emotivos, tristes y hasta inquietantes que su director es capaz de construir con los recursos del cine.

Arràstrame al infierno, de Sam Raimi

De maldiciones y fluidos

Por: Iñigo Montoya

Si se promocionara esta película como la del director de la exitosa saga de El hombre araña, cualquiera creería que es una película más del horror convencional de Hollywood. Pero si se tiene en cuenta el tipo de cine con el que empezó su carrera este realizador norteamericano, las expectativas cambiarían de forma radical.

Y efectivamente, Raimi no decepciona con esta cinta que bebe de las viscosas fuentes del cine de horror de la serie B, ese cine que se hace con dos pesos y muchos litros de sangre, y que aún así, produce películas de culto que los fanáticos repiten una y otra vez. La opera prima de este director, The evil dead (1983) tiene todas estas características.

Con esta nueva película, Raimi vuelve a sus raíces, presentándonos una trepidante película de horror llena de dinamismo y cargada de todas esas emociones básicas pero efectivas del cine de horror de serie B: la tensión, el miedo, el susto efectista, la truculencia de la acción y lo repugnante de los fluidos y las mutilaciones.

La historia es tan simple como lo puede ser la idea de un personaje al que le cae una maldición y trata de librarse de ella. Pero es en la puesta en escena ingeniosa y con oficio que este director, aún a partir de los más conocidos recursos del género, consigue una película que sorprende y seguramente gustará a los fanáticos de este tipo de cine.

Pero hay que aclarar que no sólo es cine de horror, con el miedo y los sustos de todas las otras películas, además, para poder disfrutar y aguantar esta cinta, hay que tener un estómago fuerte, porque también puede ser una experiencia repugnante.

Identidad sustituta, de Jonathan Mostow

Otra de robots

Por: Iñigo Montoya


En esta película se puede ver a Bruce Willis y Jonathan Mostow, dos exitosos hombres del cine de acción. Aunque poco de ello hay en esta película, pues le apostaron a un thriller de ciencia ficción en el que ponen al día la vieja discusión del género sobre la rivalidad entre el hombre y las máquinas (a propósito del tema, Mostow fue el responsable del fiasco de Terminador 3).

Pero en esta cinta pretendían ser más profundos que en muchas de sus otras películas. En ella los humanos han dejado de tener contacto con el mundo, pues la tecnología ya les permite cumplir todos sus roles sociales por medio de robots que los sustituyen. Con todas las posibilidades que tiene este planteamiento para reflexionar sobre la vida moderna, la película se decide por una trama policiaca, en la que simplemente hay que atrapar al culpable detrás de unos atentados.

Sin embargo, la película durante casi todo el tiempo es muy atractiva y envolvente, pero justamente por la razón que termina decepcionando, y es que siempre tiene al espectador atento a eso tan importante que va a suceder en aquella ciudad poblada en sus calles por robots y con todos sus propietarios apoltronados en sus casas. Pero eso tan importante que promete nunca sucede, sólo una leve sorpresa al final sobre la identidad del “villano”.

Tal vez finalmente al película se quiera poner seria con la moraleja, que tiene que ver con la pérdida de identidad y de la experiencia vital en la medida en que nuestro contacto con el mundo sea más a través de sustitutos tecnológicos (cosa que está ahora en primera línea de debate con todo el asunto de las redes sociales virtuales), pero en últimas todo el filme termina siendo simplemente un thriller policiaco apuntalado en la lógica de la ciencia ficción, igualito a tantos que hemos visto, pero menos emocionante.

Rescate del metro 123, de Tony Scott

Otra película de secuestros

Por: Iñigo Montoya

Ésta no es una película cualquiera de acción. Es una película de uno de los directores que más éxito ha tenido haciendo thrillers de acción, el inglés Tony Scott (hermano menor de Ridley). Un director que realmente tiene un buen sentido de lo que es el cine comercial y que, en algunos casos, ha conseguido cintas de un buen nivel a pesar de todas las concesiones que sabemos se tiene que hacer en este tipo de cine.

Películas suyas son: Déjà vu, Hombre en llamas, Enemigo público, Marea roja, Un romance de violencia (tal vez la mejor, algo en lo que ayudó el guión de Tarantino) y ese clásico del cine crispeta para adolescentes que es Top Gun. Salvo ésta última, las mencionadas son sin duda películas que, con sus limitaciones de cine comercial, tienen buenas cualidades, mínimo la de ser productos de entretenimiento sólidamente construidos y con cierto grado de originalidad.

Esta nueva película no podría decirse que califica para ponerla en este grupo de “cintas comerciales de calidad”. Es predecible de principio a fin y comete el primer y más grande error del cine comercial: apelar a arquetipos y, para ajustar, usar actores que una y otra vez han interpretado esos arquetipos. ¡Qué bueno es cuando se puede ver Denzel Washington o a John Travolta en uno de esos papeles en que no son ellos! Por ejemplo, a Travolta en A love song for Bobby Long y a Washington en El huracán.

En definitiva, es una típica película de “secuestro y rescate” en la que, también típicamente, el héroe es un hombre común y corriente (justo el arquetipo de siempre de Washington). Los momentos de tensión, los personajes sacrificables (uno de ellos es negro, por supuesto), el superficial trasfondo ético y político, los giros de último minuto y un en fin que nunca tiene fin. Sólo una película para comer crispetas y salvar un mal día.

La cruda verdad, de Robert Luketic

El amor definido por los hombres

Por: Iñigo Montoya

Todas las comedias románticas están hechas de lo mismo, eso es bien sabido. De no ser así, no pertenecerían a ese género. Y lo mismo es: el encuentro de una pareja, la guerra de los sexos, el humor y el final feliz. En unas funciona y en otras no tanto. En el caso de esta nueva cinta en general la fórmula es bien aplicada y el espectador puede pasar un rato divertido con una historia inteligente y con chispa.

La propuesta de este filme, con lo que quiere marcar la diferencia con las demás comedias románticas, tiene que ver sobre todo con la forma directa y hasta cínica en que dice “lo que los hombres quieren”. Es ese cinismo el que no permite que esas verdades violenten a la audiencia femenina –que es el principal público de este género-, porque lo que se ponen de manifiesto es para que de verdad las mujeres no le quieran volver a hablar a los hombres.

Sin embargo, por más que los hombres en principio tengan claro lo primero que miran, lo que más les gusta y lo  que siempre buscan en una mujer, finalmente pueden terminar vulnerados por esas variables del amor que pertenecen al reino de lo inexplicable. Es por eso que, aunque inicialmente parece que los hombres “tienen el poder”, este filme, a su manera, deja claro que todo poder tiene su talón de Aquiles.

En medio de toda esta premisa con su desarrollo, hay una serie de situaciones divertidas y diálogos ingeniosos que hacen de ésta una cinta un buen exponente del género. Una película que sabe sostener al espectador con sus dos principales armas: el humor y lo que pueda decir acerca de las relaciones entre ellos y ellas, un tema en el que nunca nadie, ni hombre ni mujer, tendrá la última palabra.