Tierra de zombis, de Ruben Fleischer

Reglas para matar zombis

Por: Íñigo Montoya

Las películas de zombis, desde que George A. Romero filmó su partida de nacimiento en 1968, han dado para todo, desde historias de horror, pasando pos chapucerías de la Serie B, hasta hilarantes comedias negras. Este último es el caso de Tierra de zombis, una comedia desenfadada a la que le interesa más crear situaciones y personajes divertidos que construir una sólida historia sobre la mitología zombi.

Por eso el planteamiento es tan simple como efectivo: una película de carretera en la que los personajes van de un lugar a otro matando zombis y creando lazos afectivos entre ellos. Porque en el fondo también habla de las personas y de las actitudes que asumen en esas circunstancias extremas, que si bien por el tono de la película no son dramáticas, aún así afloran aspectos esenciales de la naturaleza humana.

La película cuenta, además, con un guiño cinéfilo que, al mismo tiempo, es un homenaje a un actor muy querido por la cinefilia, Bill Murray, quien aparece interpretándose a sí mismo demostrando el particular sentido del humor con el que ha construido su carrera.

En definitiva, estamos ante una cinta de vacaciones, entretenida y divertida, llena de gags (chistes visuales) y diálogos ingeniosos. Una película especialmente para los fanáticos de este tipo de cine, para los que aprecian el cine de zombis, un poco el mal gusto, el humor entre tonto e inteligente y, por supuesto, a Bill Murray.

Infraganti, de Juan Camilo Pinzón

La risa agazapada y clandestina

Por: Íñigo Montoya

Como los buñuelos y la natilla, como el traído del niño, llega puntual la película decembrina de Dago García, ese productor que es el más nítido ejemplo del cine industrial y de consumo en el país. Muchos reniegan de su cine (incluyendo este artículo, por supuesto), pero en su defensa hay que decir que estas empresas son necesarias para el cine nacional, como industria al menos.

Como todas sus películas, ésta se asegura de tener un gancho fuerte para hilar su argumento y, sobre todo, atraer al público. Ya lo ha hecho con el fútbol, la música popular, el matrimonio, etc. Ahora lo hace con un espacio y lo que él significa: un motel y sus solapados visitantes. A este gancho le engarza otros, la comedia como siempre, los personajes estereotipados, la cultura popular y hasta a Natalia París, quien sin duda será la razón para muchos ir a ver esta cinta.

Para ser una comedia tonta está en general bien armada su historia, esto no parece decir mucho, pero si se le compara con las incoherencias argumentales de películas como La esquina, Las cartas del gordo, Ni tecases ni te embarques o Mi abuelo, mi papá y yo, pues estamos antes un relato decoroso y consecuente.

Que la risa que producen sus situaciones esté siempre agazapada y clandestina, sin dejarse ver casi nunca, así como los clientes de un motel, no es algo de extrañar, porque así han sido las últimas películas de este productor. El sentido del humor de estos filmes casi siempre es demasiado simple y burdo, cuando no populista y de mal gusto. Podría decirse que para un fanático del humor fino e intelectual de los Monty Phyton no podría ser de otra forma, pero la cuestión es que la vi en un teatro lleno y con las mismas escasas risas.

A estas películas decembrinas, diseñadas para el consumo rápido y la taquilla fácil no se le puede exigir que sean obras maestras, pero tampoco es mucho pedir que tengan algo de seso e ingenio, que si toman el camino fácil de los clichés y las fórmulas, pues que no lo hagan tan evidente. Esperemos que así sea en el próximo tutaina.

La teta asustada, de Claudia Llosa

El miedo heredado

Por: Iñigo Montoya

Una de las más sólidas y reveladoras películas latinoamericanas de los últimos años se llama Madeinusa (2007), una cinta que comparte con La teta asustada muchos elementos: su directora, su protagonista (Magali Solier), una mirada sin prejuicios a la cultura popular peruana, un gran sentido estético para crear imágenes y una economía de recursos narrativos para mirar esa realidad.

Se diría entonces que la segunda película de Claudia Llosa es tan buena como su ópera prima, y si le creemos al oso de oro que ganó en el Festival de Cine de Berlín hasta se podría decir que lo es más, pero hay en esta nueva cinta algo que no funciona del todo bien, a pesar de estar hecha con el mismo material que la primera.

La película cuanta la historia (igual que la anterior) de una joven que vive reprimida por una serie de miedos y costumbres de un entorno empobrecido y lleno de ignorancia. Lo que en la primera cinta parte de las creencias religiosas y la superchería, en la segunda es consecuencia de la violencia que aquejó al Perú y que se ensañó con sus mujeres en la época de las confrontaciones internas.

Sin embargo, en La teta asustada la forma como se nos muestra a este personaje, su historia y el mundo marginal en que vive es ya demasiado planificada para causar el mismo efecto de comprensión y sorpresa que causó con Madeinusa pero de forma más honesta y espontánea. El regodeo con lo de la papa en la vagina, el deambular con la madre muerta y el maniqueísmo con que se dibuja a la mujer burguesa a la que sirve, hace denotar el esfuerzo que la directora hizo para crear una historia que conmoviera e impactara. Y claro, funcionó con los europeos.

Planeta 51, de Jorge Blanco

Los alienígenas somos nosotros

Por: Íñigo Montoya

Esta película, que cuenta con la factura de las mejores cintas de animación de Hollywood y que relata la historia de un astronauta que llega a un planeta donde es él quien resulta el alienígena, para sorpresa de todos no es una producción de la meca del cine sino de unos españoles que están al nivel más alto de este tipo de cine.

La premisa de la historia es atractiva desde el principio, pues simplemente se invirtió la situación de muchas películas de ciencia ficción y se obtuvo un resultado novedoso y lleno de posibilidades argumentales.

La cinta no es tampoco “algo fuera de este mundo”, pero alcanza a ser divertida e ingeniosa, sobre todo en la concepción visual de ese planeta que recrea, el cual parte de la estética de formas redondeadas de los años cincuenta. Así mismo, está llena de guiños, homenajes y referentes del cine de ciencia ficción, que son aplicados de forma inteligente y graciosa.

Como ya es la usanza en estas cintas, puede funcionar perfectamente para el público infantil y el adulto, reservando una buena serie de chistes y situaciones que sólo los mayores podrían entender, pero conservando la lógica del cine infantil: la aventura, la diversión, el colorido visual, los valores, personajes arquetipos y la moraleja final.

Sólo molesta un asunto. Y es que después de saber que es una película española y no gringa, se echa de menos una historia y personajes que tuvieran que ver menos con Hollywood. Es cierto que la inversión fue muy grande (60 millones de dólares) y con una historia tipo Hollywood se iba más a la fija, pero también se perdió la oportunidad de hacer una película verdaderamente diferente de lo que ya estamos acostumbrados a ver.

Desafío, de Edward Zwick

Otra de judíos matando nazis

Por: Iñigo Montoya

Después de ver tantos judíos masacrados en masa y como animales sistemáticamente en el cine, resulta una experiencia diferente ver historias en las que, si bien siguen siendo víctimas, no están por completo indefensos. Aunque tampoco este relato se trata de una historia tan complaciente como la última de Tarantino, Bastardos sin gloria, en la que se regodea asesinando y torturando nazis con su escuadrón vengador.

De entrada la historia se hace un poco reveladora, pues se trata de una variante que muy poco ha sido contada, y es la resistencia que en ciertas partes de Europa pudieron sostener los judíos durante la segunda guerra mundial, en este caso los judíos de Bielorrusia, que se escaparon al bosque y lograron crear allí una comunidad y hasta luchar contra sus perseguidores. (Hay también una mini serie, titulada Insurrección -Uprising-, dirigida por Jon Avnet en 2001, sobre la resistencia judía en el ghetto de Varsovia.)

La película de Zwick es un bien logrado cuadro de la conformación de una precaria sociedad sometida a críticas circunstancias. Los conceptos de supervivencia, resistencia armada y manejo del poder por vía de la fuerza y el liderazgo, son los que sostienen un relato que está plantado de eficaces secuencias de acción que mantienen el buen ritmo de la narración.

Pero sobre todo es una película en que, sobre ese asunto de fondo de la dignidad con que deciden asumir ese duro trance los judíos de Bielorrusia, la mueve el conflicto entre las distintas fuerzas que se confrontan a al hora de crear esa nueva sociedad en el bosque. Las dos vertientes que siempre afloran en estos casos se pueden ver aquí: organizar a la gente en función de la fuerza y, en este caso, la venganza, y por otro lado, el humanismo y la razón como los principios por los que se deben regir todos, aún en esas circunstancias extremas.

Sin ser una obra maestra y a mitad de camino entre cine de acción y drama reflexivo sobre esta circunstancia histórica, este filme consigue contarnos una historia que conocemos muy bien, pero desde un punto de vista distinto y con buen pulso para hacer un relato entretenido.

Los fantasmas de Scrooge, de Robert Zemeckis

El mismo cuento con distinta técnica

Por: Iñigo Montoya

Los dedos de manos y pies no alcanzan para contar las versiones cinematográficas que se han hecho del clásico libro de Charles Dickens. Tal vez sea por eso que otra versión más requería de una novedad que marcara la diferencia. En esta ocasión la técnica viene al rescate. La técnica, esa maravilla del cine que permite la creación sin límites, pero que también puede imponerse a sus inventores y desfigurar su humanidad o todo aquello humano que quieran expresar.

Desde sus dos anteriores películas (El expreso polar y Beowulf) Zemeckis anda embelesado con la técnica del motion-capture, que no es otra cosa la lógica del viejo rotoscopio adaptada a la era digital, es decir, grabar con una cámara a los actores y buena parte de la puesta en escena, para luego darles un acabado como si se tratara de imagen digital. Y para complementar, está en versión 3D (la de las gafas), que potencia aún más el valor del filme, pero por vía de la tecnología.

La cuestión es preguntarse si la película como una adaptación más de un conocido cuento se sostendría sola, o si únicamente resulta atractiva por la tecnología que la soporta, el motion-capture y el 3D. Si es así, entonces la verdadera esencia del cine se pierde por completo aquí, esto es, el arte de contar historias que nos trasmitan ideas y sentimientos, que nos emocionen y hablen honestamente de la naturaleza humana. El despliegue técnico y las decisiones estéticas no pueden ser razón suficiente para ver una película, menos para que siga existiendo el cine.

Dejen de quererme, de Jean Becker

Mona vestida de seda

Por: Iñigo Montoya

Hace unos meses pudimos ver una bella película de este director francés, Conversaciones con mi jardinero. Esta nueva cinta de entrada impone el brío y el deleite de un espíritu libre que por fin rompe con un sistema que lo subyuga. Muchas historias han comenzado así, con el personaje que da un grito de independencia y como primer gesto liberador renuncia al trabajo.

Luego de este planteamiento vemos al hombre arremeter sistemáticamente contra lo establecido, contra ese acomodado modo de vida aburguesado y superfluo que sustenta la felicidad en la seguridad material, pero un modo de vida, en últimas, tremendamente alienante y aséptico. Es cierto que tanta subversión resulta un poco desconcertante, pero todo sea por el placer de, al menos cada tanto, escupir en la cara del sistema. De manera que el comportamiento de este hombre realmente nos pone a pensar y a cuestionar una serie de aspectos de la vida moderna.

Pero se trata de una película con “chiste final”, con “sorpresa” (por lo que se aconseja que sólo siga leyendo si ya se la vio o si nunca se la va a ver), es decir, al final de la cinta se devela algo que transforma por completo la película. Esto ocurre con muchas historias, en especial los thrillers (la mayoría de filmes de M. Night Shyamalan, por ejemplo), pero esa sorpresa final es a veces la razón de ser del relato y potencia todo lo ya visto.

Sin embargo, con esta película ocurre justo lo contrario, que en los últimos tres minutos nos damos cuenta de que este hombre ha asumido esa actitud contra el mundo y sus seres queridos porque tiene cáncer, de manera que se viene abajo todo ese espíritu de irreverencia y subversión que había sido el fundamente del relato durante hora y media. Y la historia y el personaje que se nos había mostrado como impetuosamente revulsivos, ahora sólo son pura sensiblería, pues el hombre se comportaba así para que sus seres queridos no sufrieran por su condición.

En conclusión, otra blanda historia de emociones fáciles que se disfraza de grito liberador pero que termina siendo puro efectismo emocional y concesión para el público dulzón.

2012, de Roland Emmerich

El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar…

Por: Iñigo Montoya

Este director alemán ya es sinónimo de megaproducción y de cine de catástrofe, dos categorías que están siempre asociadas con el cine más esquemático y de más alto rendimiento económico. Godzilla, El día de la independencia, El patriota, 10.000 y El día después de mañana son sus últimas producciones que lo corroboran. Para contar sus ganancias por película se necesitan nueve cifras, para hacer una crítica profunda es suficiente sólo un par de párrafos y para entenderlas  apenas es justo un coeficiente intelectual básico.

Glauber Rocha decía que para hacer una película sólo necesitaba una idea en la cabeza y una cámara en la mano. Emmerich precisa un kit completo de efectos y el mismo empolvado esquema de siempre. Así se pudo ver en esta nueva cinta, en la que cambia al monstruo radioactivo, la invasión alienígena o el desorden climático por una catástrofe en la corteza terrestre causada por una inusual actividad solar. Lo demás es pura destrucción y grandilocuencia apocalíptica.

Personajes, claro que los hay, pero también son viñetas reutilizadas provenientes del esquema aplicado antes. Está el héroe-ciudadano promedio, el magnate patán, el científico humanista, el burócrata inescrupuloso, el loco, el presidente negro, el tonto novio de la ex esposa, etc. Todos machos desesperados por sobrevivir y salvar a sus crías, y que se reúnen solos para tomar decisiones.

Entretenida, sólo por momentos, en especial cuando se hace el esfuerzo de olvidarse que se está viendo más de lo mismo. Incluso que eso que se está viendo lo acaba de ver unos minutos antes en la misma película, pues la mayoría de secuencias de acción simplemente se reducen a los protagonistas huyendo mientras, apenas a unos centímetros detrás de  ellos, se desmorona el mundo.

París 36, de Christophe Barratier

Acordeón, torre Eiffel y camiseta a rayas

Por: Iñigo Montoya

Los tres elementos del título son algunos de los lugares comunes que nunca perdonan las películas que visitan a la Ciudad Luz como un lugar común de cine. Esta película, por supuesto, los tiene. Así como tiene adicionalmente una larga retahíla de otros lugares comunes que sacan de un cajón todas esas cintas que quieren contar historias evocadoras sobre un lugar evocador y en una época evocadora.

Hace un par de años pasó por la cartelera una película inglesa casi idéntica, Mrs. Henderson presenta. Porque además el argumento se muestra como otro lugar común: el entrañable teatro que está a punto de cerrar por problemas económicos, pero que es rescatado por el amor y el empeño de sus propios artistas y empleados, quienes luchan por sobrevivir en medio de un ambiente enturbiado por cuestiones políticas.

Con tantas recurrencias en sus elementos, inevitablemente se hace una película extremadamente predecible y amañada en la forma en que busca crear sensaciones en el espectador, especialmente emocionar y conmover: separando al padre de su hijo, matando a un personaje querido, construyendo un amor imposible, creando repentinos y fantásticos éxitos, en fin, puro chantillí cinematográfico, blanco y blando, subido y meloso.

El lector, de Stephen Daldry

La nazi que me amó

Por: Iñigo Montoya

Distintos sabores pegados al paladar deja esta película. Distintas ideas de lo que nos quería decir dan vueltas en la cabeza. Eso es bueno para el cine. Lo primero que hay que decir es que resultó inevitable no empezar a verla con muy buena disposición por lo que significaban los nombres detrás de ella, en especial su director, a quien le debemos dos películas a las que seguramente de cuando en cuando volveremos a recurrir: Billy Elliot y Las horas. Claro, también está Kate Winslet, quien siempre sabe escoger muy bien sus proyectos.

Empieza con una de esas historias que todos los hombres, secretamente, disfrutamos en honor a nuestras fantasías adolescentes: la relación entre un joven y una mujer mayor, una relación casi estrictamente sexual. Ésta es la primera de las tres partes en que se divide la película. Es un poco extraño ver un relato donde luego de media hora no presente ningún conflicto, escasa evolución de personajes y sólo un tanto la construcción de la relación. Aún así, la forma en que está contado permite ser atractivo y crea cierta expectativa por el futuro de la pareja.

La segunda parte es un juicio en el que el contexto histórico de la Alemania de los años cincuenta cobra protagonismo, así como las reflexiones de tipo moral a partir de la relación  que tienen los personajes. Y la tercera es un estado más avanzado de esa relación, cuando ya los personajes prácticamente son otros, pero unidos por el pasado y, si bien ya no por el sexo o la atracción, sí por un secreto que los une más que cualquier contacto físico.

Tal vez sea esta articulación en tres partes tan distintas y casi independientes lo que causa cierta desorientación con el filme, pero esto es fundamental en ese sentimiento de incertidumbre e interés por los personajes que cruza todo el filme. No es una obra maestra, ni una historia que con contundencia nos plantee unas ideas, pero es innegable la fuerza que por momentos consigue con sus personajes y las circunstancias que atraviesan su relación, así como lo momentos realmente emotivos, tristes y hasta inquietantes que su director es capaz de construir con los recursos del cine.