La pontífice, de Sönke Wortmann

O de cómo agradar al público

Por: Íñigo Montoya


Más que en datos históricos confirmados, la premisa de esta película está fundada en una leyenda medieval que contaba la historia de una mujer que, haciéndose pasar por hombre, llegó a la más alta posición de la Iglesia Católica. El relato hace un recorrido por toda su vida, así como las cualidades y azares que hicieron posible conseguir esto.

De entrada resulta una película muy atractiva, tanto por el misterioso encanto de la época que recrea (siglo IX) como por la inmediata identificación que el espectador tiene con la protagonista. Esta identificación tiene que ver con el rechazo que producen los dogmas católicos de la época frente al papel de la mujer, no solo socialmente sino ante el conocimiento.

Por eso, la posibilidad de que al menos una mujer pudiera trasgredir todo ese rígido esquema es una promesa para el espectador. Pero cumplir esa promesa implica complacer al público, lo cual no tiene nada de malo si se hace con solidez y coherencia. No obstante, esta película se excede en esas complacencias, pues pone toda su trama, personajes y soluciones argumentales al servicio de ello, sin importar si se antoja gratuito o forzado, como efectivamente ocurre en muchas ocasiones. Solo habría que contar las grandes coincidencias que amarran la historia para darse cuenta de eso.

El punto es que, si bien es una cinta muy entretenida y atractiva por todo lo que pasa, gran parte del material está puesto allí, justamente, para que “funcione con el público”. Es por eso que ni siquiera se abstuvieron de inventarse una historia de amor, como es requisito de todo relato populista. De manera que de de la cinta solo queda sus valores de superproducción y lo atractivo de la leyenda que le dio origen, porque por lo demás es puro cine efectista y complaciente dramática y emocionalmente.

El cine de Luis Alberto Restrepo

El Placer de la Guerra

Por: Sebastian Betancur Ochoa


“Errare humanum est”, cita la clásica expresión latina en la que se deja por sentado que el ser humano, por su naturaleza, es susceptible de cometer errores y es inevitable tratar de impedir que esto pase. Entre los errores que ha cometido y seguirá cometiendo el hombre, está la guerra. Esa lucha implacable y despiadada por el poder, el territorio o por el simple hecho de demostrar superioridad, ha hecho de la historia una gran sucesión de errores y tropiezos en la evolución del ser humano.

Sin embargo, estos han sido enormemente productivos para los artistas que hacen de ella una fuente de inspiración tanto para reflexionar sobre ella como para criticarla en todos sus aspectos. Desde los realizadores norteamericanos utilizando su Guerra Civil, la invasión a Vietnam o la más desgastada ya, Segunda Guerra Mundial; pasando por los españoles que no ignoran la represión de la dictadura franquista y su misma guerra civil, un país como Colombia, cuya historia ha ido de caída en caída, no podía ignorar, a través de sus expresiones artísticas, todo este conflicto que ha acompañado a su población desde hace más de medio siglo.

Luis Alberto Restrepo es uno de esos individuos capaces de analizar y criticar el conflicto que se ha vivido en el país, y presentarlo, utilizando los recursos y la narrativa cinematográfica, para mostrar realidades que casi siempre son ignoradas por los medios que se encargan de delimitar qué y cuánta información recibe la sociedad en general. Pero aun así, éste no lo hace de manera amarillista ni sensacionalista, sino que involucra otros aspectos de la psicología del ser humano que afronta todo este tipo de conflictos y los presenta a través de personajes muy bien construidos que llevan la trama a una faceta que llega a desligarse del asunto guerrerista y se centra en una cuestión más rica en detalles narrativos e ideológicos.

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En un mundo mejor, de Sussane Bier

Por una ética frente a la venganza

Por: Oswaldo Osorio


En un mundo mejor no habría venganza, esto por mencionar, inicialmente, lo que bien podría ser la idea de fondo de esta película, así como por poner en una frase su título original (Venganza) y el usado fuera de su natal Dinamarca. Tampoco habría armas, divorcios, mundos de tercera, bullys, cáncer o idiotas que quieren arreglar todo a los puños. Aunque la lista sería casi interminable, son estos aspectos los que toma como ejemplos la cinta que se ganara el Oscar como mejor película extranjera.

La directora danesa Sussane Bier, muy cercana al movimiento Dogma 95, después de su aventura en Hollywood, vuelve al territorio que conoce, esto es, fuertes dramas, cruzados por la muerte, crisis familiares y una predilección por contrastar sus historias en la desarrollada y civilizada Dinamarca con la precariedad de vida en el Tercer Mundo. Pero todos estos tópicos siempre planteados en función de unos cuestionamientos éticos esenciales.

En este caso se trata de la ética de la venganza, pero no a la manera de Park Chan-Wook o Tarantino, sino más alejada del artificio de los géneros cinematográficos y más cerca de las vivencias personales de los protagonistas, aunque también es cierto que la decisión que toma el médico frente al “gran hombre” obedece a un caso extremo.

El asunto se plantea de una forma más compleja cuando se trata de enseñar, en el caso de un padre a un hijo, lo innecesario de la venganza, o cuando el acto vengador parece a todas luces necesario y justiciero. De ahí que esa ética que se tiene tan clara, ya sea de un lado o de otro, es decir, de los que están a favor y en contra de la venganza, se hace más confusa en sus contornos y, por eso, los personajes y el planteamiento del filme se definen mucho mejor con cada decisión que estos toman al respecto.

En medio de ese gran tema de fondo, están las relaciones afectivas en primer plano. Desde el amor y la comprensión hasta el resentimiento y el desprecio. Son dos familias con problemas, ya por la presencia de la muerte o de la infidelidad, que protagonizan tanto fuertes como sutiles confrontaciones, eso sin tener que apelar demasiado a los golpes de efecto dramáticos que se le habían visto a esta directora en sus dos películas anteriores (Hermanos, 2005 y Después de la boda, 2007) y, en general, a muchas de las cintas del movimiento Dogma 85.

Aunque no se trata por completo de una película de este movimiento, la base de su propuesta narrativa y visual sí parten de él: fotografía sin afeites, mucha cámara al hombro, ambientación naturalista y casi nada de música. Pero lo importante es que hay una gran eficacia para dar cuenta de las ideas que quiere desarrollar, anteponiendo el natural desenvolvimiento del drama ante los artificios de la imagen, y aún así, en la película hubo margen para la estilización, sobre todo en el aprovechamiento de la luz naturales y en la concepción de los encuadres.

Tal vez, hacia el final, tiene un problema, y es que la cantidad de personajes con equivalente protagonismo, llevó a que la historia tuviera al menos cuatro grandes conflictos, por esta razón, desde el momento en que se soluciona el primero, hasta que se resuelve el último y después se atan los cabos finales, el relato se alarga demasiado, pero aún así termina siendo una película con fuerza dramática y honda en sus implicaciones.

Súper 8, de J.J Abrahams

Por: Xtian Romero – cineparadumis.blogspot.com

Steven Spielberg es ese hombre que, ya canoso, se niega a crecer. Es ese hombre que demostró en los setentas y ochentas, tanto como director y productor, que el cine de entretenimiento sí podía ser de calidad. Y aunque en su extendidísima carrera ha tenido algunos desaciertos que le han valido sus buenos enemigos, aún hoy sigue luchando por seguir su senda y es, indiscutiblemente, de esos personajes al que el cine le debe mucho.

No es de extrañar que J.J Abrahams, creador de la laureada y espectacular serie Lost, además de ser el director de la película Star Trek, que sirvió como precuela a esa famosa y clásica serie, resultando ser una excelente space opera que jugó con todos los clichés del género para ser un blockbuster de calidad, se una con esta vaca sagrada para hacer todo un homenaje al cine que lo vio crecer.

Con el solo título y la época en que se sitúa, ya empieza a oler a nostalgia, y desde el mismo momento que arranca, los recuerdos empiezan a llegar poco a poco a la memoria del espectador, quien durante todo el metraje se sentirá de nuevo como un niño con una sonrisa estampada en la cara, logrando transportar a esas viejas épocas a cualquiera, contrario a lo que pasa en otras cintas actuales, como Capitán América.

A lo muy ochentas, en un pueblo tranquilo, una pandilla de niños que se empecinan en realizar una película de zombies, son testigos de un terrible accidente de un tren de la fuerza aérea norteamericana, el cual lleva un secreto en su interior que desatará una serie de sucesos extraños y aterradores en el pueblo y ellos, tienen una prueba contundente, la cinta de cine que graban, viéndose envueltos en una aventura que, si bien bebe de todos los tópicos y clichés, lo hace de buena manera, y cuenta una historia entretenida y hasta divertida que se sostiene con buen ritmo durante el visionado, y aunque parece que se fuese a caer en el final, la última escena, llena de simbolismo, la deja bien parada y con un buen sabor de boca.

Cada elemento en la cinta tiene su razón de ser como homenaje, haciéndolo honestamente y de frente, porque a medida que se va construyendo la historia no se podrá dejar de pensar en E.T, Los Goonies, Cuenta conmigo, Encuentros cercanos del tercer Tipo e, inclusive, en lo que significó el mismo George Romero para el cine de terror con sus zombies, en uno de los puntos más ingeniosos del film, la película que estos chicos desean hacer. (Atentos al final de la cinta, recuerden que siempre hay que terminar los créditos, uno nunca sabe que sorpresa deparan).

Que la pandilla de niños es típica y clichésuda con el gordito gracioso, el niño vomitón, el adicto a las explosiones y la chica ruda (¿Estos cagones no lo hicieron de puta madre?); que tiene algunos giros predecibles y la historia queda con varios huecos que se debieron haber resuelto; que se desaprovechó el extraterrestre para generar más empatía con él y que funcionara como el E.T súper evolucionado que pretendía ser y un sin número de bla bla bla; se le perdonan con todo gusto, pues no le pueden quitar algo que tiene esta cinta de las que carecen las mega producciones actuales, MAGIA.

Magia porque no se olvida de sus personajes y a pesar de estar apelando a la ciencia ficción, tiene en cuenta algo de lo que se olvidan las películas de este género frecuentemente: los dramas humanos, y ante todo, tal vez lo más importante, que es una cinta donde se respira auténtico amor por el cine.

9º Festival de Cine Colombiano de Medellín

El cine nacional, un joven y viejo saludable

Por: Oswaldo Osorio

El cine colombiano tiene casi noventa años, eso si contamos desde la realización del primer largometraje de ficción (María, 1922). No obstante, podría decirse que en la actualidad atraviesa por una etapa de juventud, eso como resultado del impulso que le ha dado la Lay de Cine desde hace ya siete años. Tampoco se puede decir que empezó otra vez desde cero, sino más bien que es un cine reencarnado, el cual conjuga elementos del pasado y del presente.

En esta nueva versión del Festival de Cine Colombiano de Medellín se podrá ver esa combinación de elementos. Son quince películas de una rica diversidad en sus temáticas y tratamientos, también en la intención, la calidad y la factura. Hay coproducciones como Rabia, Contracorriente y Del amor y otros demonios; cine intimista como Karen llora en un bus; y películas que buscaron conectarse con el gran público como Sin tetas no hay paraíso, El paseo o El jefe.

Naturalmente, y como es necesario, hay otras cintas que reflejan la realidad del país en sus distintas problemáticas y con acercamientos diferentes, desde la sutileza y emotividad de Los colores de la montaña, pasando por la dureza y realismo de La sociedad del semáforo, hasta la vocación reflexiva y crítica de Retratos en un mar de mentiras.

El caso es que se trata de una cinematografía hoy por hoy vital y prometedora, con películas tanto para el beneplácito del público, como para ser consentidas por la crítica o premiadas en festivales, incluso películas “todoterreno” que tienen la capacidad de llegar a esas tres instancias. También, y no menos importante, es una cinematografía más madura, tanto en los aspectos técnicos como en el eficaz conocimiento de los procesos de producción. Es decir, todo está dado para que el público se decida a apoyarla definitivamente, que es lo que más le hace falta.

Un festival dedicado por entero a esta cinematografía, justamente, busca esa apropiación por parte del público. Con un evento de estas características, se pretende dar a conocer mejor este cine a los espectadores y disuadirlos de sus prejuicios para con nuestro cine. Por eso, además de esas quince películas, se mirará al pasado con un homenaje al pionero de la animación en el país, el maestro Fernando Laverde, y se realizará una muestra sobre el rico periodo de realización de mediometrajes de Focine.

Para completar esta vocación formativa, como siempre, el Festival tiene una nutrida programación académica, esta vez dedicada a la dirección de fotografía. El evento está planteado en forma de seminario y contará con la presencia de los más importantes cinematografistas del país, a quienes acompañarán cuatro invitados internacionales, encabezados por el reconocido guionista y director mejicano Guillermo Arriaga (Amores perros, Babel, Fuego).

Se trata, pues, de toda una semana dedicada al cine nacional estrenado durante el último año, más un repaso a ciertos momentos de su pasado y una importante reflexión académica en torno a la fotografía en el cine. Una oferta completa y al alcance de un público que cada vez tiene menos reparos para con el cine nacional, gracias en parte a eventos como este.


Saluda al diablo de mi parte, de Felipe Orozco

Voy, lo mato y vuelvo… y más

Por: Oswaldo Osorio


Uno de los esquemas argumentales más básicos, y al tiempo más intensos, son las historias de venganza. Son relatos de, como se dice, “voy, lo mato y vuelvo”. Esta película es de venganza. Y si bien alcanza la intensidad propia del esquema, no es tan básica como podría pensarse, pues propone unas implicaciones en su trama y unas reflexiones sobre los móviles de la venganza que la convierten en una cinta inquietante y con fuerza, porque además toca uno de los temas más polémicos del país.

Pero no es una película estrictamente sobre la realidad colombiana. Y es que lo que más les interesa a los hermanos Juan Felipe y Carlos esteban Orozco, director y guionista respectivamente, es hacer cine de género. Ya habían incursionado en el cine de horror con Al final del espectro (2006). Ahora se la juegan con un thriller cargado de violencia y tensión.

Y aunque el cine de género descansa sobre unos recursos argumentales y narrativos conocidos y recurrentes, además del thriller ser el más popular y frecuente de los géneros cinematográficos, esta película consigue no ser predecible ni esquemática, aun manteniendo la familiaridad con este tipo de cine. La naturaleza de sus personajes, donde prácticamente se pierden las diferencias morales entre protagonista y antagonistas, más los ingeniosos giros de la trama, lo hacen un thriller original e impactante.

El cine de género siempre es sinónimo de industria, y una de las exigencias de esta es el empaque, la buena factura. En ese aspecto los realizadores también fueron muy cuidadosos, porque se trata de una cinta de buen nivel en cuanto a su producción, sin que necesariamente parezca una película costosa, lo cual es un mérito mayor. Desde las interpretaciones, pasando por la concepción visual, hasta –aunque en menor medida- las secuencias de acción, se evidencia un profesionalismo a la hora de plantear y materializar toda la película.

Pero habría que retomar el aspecto del tema para definir mejor los alcances de este filme. Porque si bien su interés está en desarrollar un sólido thriller, con la venganza como su base, sus realizadores tienen la inteligencia y determinación de proponer como origen de esta venganza los procesos de desmovilización en el país, así como el debate de fondo sobre la impunidad de los victimarios frente al reclamo de justicia por parte de las víctimas.

Sin perder de vista en ningún momento el thriller de venganza, el relato empieza y termina poniendo sobre la mesa los argumentos de las dos partes, aunque podría decirse que, con todo lo visto a lo largo de la historia, los realizadores dejan en claro cuáles son las consecuencias de la ley del talión. Eso sin echar discursos ni emitir opiniones ideológicas explícitas. Les bastó enmarcar acertadamente en el contexto nacional ese cine que les gusta hacer: cine de género que parecen conocer bien, y más específicamente, un thriller original en su planteamiento, visceral en su desarrollo  y de sobresaliente factura.

Medianoche en París, de Woody Allen

Todo tiempo pasado fue mejor

Por: Oswaldo Osorio


“Amo París cada momento, cada momento del año. Amo París porque mi amor está aquí.” Así termina la popular canción de Cole Porter. Pero según esta película, el amor de Woody Allen, más que por una mujer, es por la ciudad misma. Porque esta cinta es una carta de amor, del aún lúcido y genial director neoyorkino, a la Ciudad Luz y a su tradición como centro e inspiración del arte y la vanguardia.

Tal vez esta sea la más intelectual de su ya intelectual obra. Esto al punto de exigir, para su más pleno disfrute, conocer toda la movida artística e intelectual que se diera en esa ciudad durante la década del veinte. Scott Fitzgerald, Hemingway, Dalí, Gertrude Stein, Picasso, Buñuel, Man Ray, T.S. Elliot, y hasta el mismo Cole Porter, y sus respectivas obras, son los referentes que conforman la mitad de  sus escenas y determinan muchos de los giros del argumento.

La premisa de la historia apunta hacia aquel lugar común que dice que todo tiempo pasado fue mejor. Y esa idea parece tener argumentos de mayor peso cuando se aplica al arte. Esa conjunción de genios en el París de los veinte no puede verse como menos que una edad de oro del arte. Pero lo sería más el París de la Bella Época, y más aún la Florencia del Renacimiento. Al punto de pensar que el arte está en decadencia, que se acabaron los momentos de grandeza de la humanidad. Esa grandeza ahora parece estar solo en la ciencia y la tecnología.

Por otra parte, de nuevo Allen recurre a la lógica fantástica para crear una doble realidad. Un recurso óptimo para reflexionar sobre nuestro mundo, nuestro tiempo y la identidad personal. El paso de una realidad a otra del protagonista le da la posibilidad de comparar y contrastar, porque una realidad, la ideal, revela las carencias y desperfectos de la otra, la real. Tal experiencia, por supuesto, cambia su perspectiva del mundo, de su arte y del amor.

Estas comparaciones que puede hacer el protagonista resulta el argumento perfecto para que el director, nuevamente, se ensañe contra la estupidez del estadounidense medio, contra su moralismo, mal gusto y superficialidad, esto frente a los valores casi contrarios de Europa, en especial de Francia, y más si es la del pasado. El contraste entre el pasado y el presente, y entre un país y el otro, es la mejor forma para el director dejar claros sus planteamientos.

Pero, luego de lo dicho aquí, no se debe pensar que se trata de una cinta cerebral y aburrida. Esta reflexión sobre temas artísticos e intelectuales está cruzada por el amor, de no ser así estaría vacía, carecería de sentido. Las dudas y dilemas sobre el amor, el enamoramiento y el romanticismo se hacen presentes en medio de un relato vivaz y divertido, además cargado con la belleza de una ciudad (y su luz) que está pensada como la verdadera protagonista de la historia.

París, el amor, el arte y Woody Allen. De esta ecuación no podía resultar sino una cinta encantadora y estimulante, así como una lúcida y reveladora reflexión sobre esos tópicos, pero sin caer en la exposición rígida y pomposa de un filme intelectualoide. Por eso, no es solo cine, es una pequeña y deliciosa obra maestra.

Bright star, de Jane Campion

El romanticismo revelado por una musa

Por: Oswaldo Osorio


“Sólo el amor insatisfecho puede ser romántico”, dice un personaje de una de las últimas películas de Woody Allen. Esta cinta es la historia de un amor insatisfecho, pero también un retrato del más puro romanticismo, así como el esbozo a trazos gruesos de uno de los cultores de este movimiento literario, el poeta John Keats. Pero sobre todo, es la particular visión de una mujer sobre estos tópicos: el amor insatisfecho, el romanticismo y el célebre poeta.

La directora neozelandesa Jane Campion (El Piano, Humo sagrado, En carne viva) bien pudo hacer una “biografía de artista” como esas que tanto hace el cine, pero prefirió apostarle a su universo y a su estilo, esto es, su predilección por el explorar la naturaleza femenina y hacerlo con sutileza en la construcción de sus personajes y a partir de imágenes estimulantes y, a veces, provocadoras.

Es por eso que el punto de vista del relato está planteado desde Fanny Brawne, quien fuera vecina y prometida del poeta los últimos dos años de su corta vida. A Keats lo vemos en un segundo plano, en las palabras de sus cartas y en los ojos enamorados de esta joven mujer. Porque todo en el relato está en función de ella y esto es lo que permite hacer la diferencia con otras películas que podrían ser similares.

Liberada para su época (principios del siglo XIX) y todo un mar de emociones y contradicciones, aún así Fanny se destaca como una mujer de carácter, a veces ingenua, otras perspicaz, y siempre vulnerable a las pasiones, tal como lo dicta el espíritu romántico, en el que los sentimientos y sus veleidades son la lógica que mueve a los individuos, más si están el amor y la poesía de por medio, como en este caso.

En tal sentido, esta no podía ser más que una película ungida en todos sus aspectos por la ilusión romántica. En su pareja protagónica, en las dificultades para que su amor fuera más completo y en la poesía que salpica el relato, ya sea en forma de misivas o en los versos de este poeta. Incluso las imágenes le hacen el juego a este romanticismo, al imponerse la belleza de la naturaleza, el color de las flores, los distintos ambientes de las estaciones y, en general, un evocador paisaje bucólico.

Pero es sobre todo la sutileza y contención del relato lo que puede llevar al espectador a experimentar un sosegado placer con este filme. Es fácil aquí entender el amor y la belleza, pero también la melancolía y el vacío ante la ausencia del otro. Porque toda la narración evita sobresaltos y apasionamientos melosos, induciendo a sintonizarse con el ideal romántico de la época y el fuerte sentimiento de sus protagonistas.

La poesía, el célebre poeta y la época misma, se rinden en esta película ante las sabias decisiones de una directora que sabe mirar el mundo a través de los ojos de las mujeres, que entiende cuándo tiene que ser sutil, trasgresora o apasionada, y que nos brinda una bella historia, tanto en lo visual y como en el espíritu que le da vida.