Escuchar al otro como principio de escritura

Por: Sonia Amparo Guerrero Cabrera

Universidad de San Buenaventura

Docente investigador Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana Facultad de Educación Universidad de San Buenaventura

A la hora de narrar la realidad los retos no son pocos, pues implica no solo reconocerse en un contexto sino ser capaz de cuestionarse, y escuchar al otro, por eso los ejercicios de escritura que publicamos  a continuación representan una oportunidad para comprender mejor las situaciones que recrean, y muy relevante, son un aporte en el reconocimiento del territorio en el que vivimos: se identifican problemáticas, se confrontan estereotipos y se exploran temas y sentimientos que son importantes para la vida de los autores.

Teniendo en cuenta que los textos pertenecen a jóvenes, y como dice Barbero (2000) necesitamos oír sus voces, los estudiantes de la Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad de San Buenaventura, dentro de la asignatura Periodismo y literatura, fueron convocados a escribir historias no ficcionales cercanas a su realidad. Así, entrevistaron personas que despiertan su interés, y se buscó explorar qué las hace lo que son, no solo en aras de reforzar una percepción positiva sino también en la profundización de aquello con lo que discrepaban.

También elaboraron crónicas a partir de una premisa importante desde la asignatura y para Prensa Escuela: contar para tener en cuenta al otro, es decir contribuir con un escrito que dé voz a una narración que contribuye a comprender la cotidianidad colombiana, para señalar aquello que necesita un cambio, una transformación y una apreciación.

De esta manera, invitamos a adentrarse en estas narraciones y perspectivas juveniles, ojalá resuenen en sus pensamientos y acciones.

Martín-Barbero, J. (2000). Retos culturales: de la comunicación a la educación. Nueva sociedad, 169, 33-43.

DESDE LA VENTANA

Por Yesica Marcela Taborda Marín

Estudiante Universidad de San Buenaventura Licenciatura en Lengua Castellana y Humanidades

Estudiante Universidad de San Buenaventura
Licenciatura en Lengua Castellana y Humanidades

Era domingo en la mañana, el silencio habitaba en mi hogar, los pájaros recién cantaban y yo me disponía a levantarme de la cama aún tibia. Tocaron la puerta y me apresuré hacia la ventana, desde allí pude observar como descendía de un taxi, en medio de la calle vacía, un hombre robusto, blanco, de cabeza lampiña, que cubría la mitad de su rostro con un tapabocas que lo protegía de un virus maléfico. Traía varios paquetes que cogió sin mayor esfuerzo, miró hacia arriba y me saludó con sus ojos cafés y tiernos, en ese momento logré descifrar quién era y mi corazón se llenó de alegría por completo.

Intercambiamos pocas palabras, porque una nube gris se alistaba sobre nuestras cabezas para deleitarnos con su magna lluvia. — ¿Cómo sigues del Lupus? ¿Todavía te duelen las manos? — me preguntó. —Un poco, duelen más otras cosas. Que bueno poder bajar, pero no puedo— le respondí. —No importa, hay que cuidarnos, ¿sí estás comiendo bien? — señaló acentuando con la cabeza. —Claro, si me descuido tendré que rebotar por las escaleras cuando nos podamos abrazar— sonreí. —Eso está muy bien, por eso te traje algo para que continúes así de linda —me dijo.

Seguidamente, dejó fijos los paquetes con frutas y legumbres en la puerta y me pronunció un te quiero, y, mientras caminaba hacia el paradero, vi como agitaba sus inagotables brazos, testigos de duras batallas y de felices encuentros. Me despedían…una, dos, tres y cuatro veces y yo solo podía sentir que él sonreía por dentro tal como yo lo hacía desde este marco negro. Luego, se abrazó así mismo para reconfortarme desde la lejanía, y al perderse su figura entre los árboles y al no verlo más, mis ojos se rebosaron de lágrimas llenas de amor y mi alma endeble se fortaleció.

Incorporé la mitad de mi cuerpo adentro de la ventana, y me senté en el sofá junto a mis gatas que me miraban con despreocupación. Aproximándose el medio día, observé el cielo, suspiré profundamente y recordé lo afortunada que soy. Era mi padre, mi inquebrantable protector, que me demostraba, una vez más, que su alma y la mía permanecerán juntas más allá de la enfermedad, de la apariencia, de las adversidades y del tiempo. Y fue la ventana el instrumento que utilizó el destino para que él pudiera abrigar mi existencia.

 

UN DÍA EN LA ESCUELA: LLORAR Y CONFRONTARSE

Por: Daniela Valencia Muñoz

Estudiante Universidad de San Buenaventura

Licenciatura en Humanidades y lengua Castellana

Son las 4:30 de la mañana. Es lunes 6 de septiembre de 2021, desde las montañas del Valle de Aburrá, en un sector rural del Norte empiezo este largo trayecto hasta el colegio donde trabajo.

Cada día está lleno de incertidumbres y de las diferentes vicisitudes que el recorrido trae consigo, hecho que me recuerda constantemente que la vida de un maestro parte de las sensaciones y de las realidades que lo circundan. Llego al colegio, es sin duda un lugar de encuentro, de emociones y de realidades que atraviesan mi existencia a diario.

Ahora son las 6:20 de la mañana, he preparado todo para empezar la reflexión. Alguien se acerca, levanto mi rostro, es Luna, siempre es la primera en llegar, me saluda suavemente con una inclinación, no suele hablar mucho, es algo tímida y reservada. Se ubica en su puesto, hoy noto algo extraño en sus ojos, trato de disimular, pero se da cuenta de que la observo y esquiva de inmediato mi mirada, así que decido acercarme, le pregunto si ha dormido bien, me contesta que sí, pero sus ojos se llenan de lágrimas, me acerco a ella, me arrodillo y simplemente, aunque es algo difícil para mí, la abrazo, ella responde y me dice suavemente:

-Mis papás se han separado- y continua con su llanto.

Trato de calmarla un poco, seca sus lágrimas y vuelve hablar:

-Es lo mejor profe, mi papá le pegó a mi mamá y yo lo vi todo, y eso no se hace.

Al verla tan afectada decido enviarla a psicología, pues empiezan a llegar otros compañeros y a preguntar qué ha ocurrido. Me levanto también y me quedo pensando frente a lo ocurrido, en lo que significa reconocer la escuela como un espacio emocional, vivo, un universo de pensamientos diferentes, donde todo parte desde el sentir, desde el comprender una educación no para el mundo de las competencias, sino para el reconocimiento y defensa de la dignidad humana. Sigo cuestionándome, pero  sé que me llevará tiempo comprender lo ocurrido.

Me dirijo a la puerta para esperar a los demás estudiantes, es el grupo de 7°B, son estudiantes entre los 12 y 13 años. Ingresa sin saludar el grupo de María, observo que sus compañeras la rodean en su puesto, me acerco para saber si sucede algo, María está llorando, unas gigantescas lágrimas salen de sus ojos bajan por su rostro y chocan en sus manos, me mira y solo me dice:

-No puedo más, tenía que explotar; La tomo de la mano, salgo con ella del salón y la llevo a un lugar aparte para conversar. Le pregunto qué le sucede y me dice que se ha ido de la casa, su madre la había echado la noche anterior, me repetía que su madre no la quería porque siempre que llegaba del trabajo la trataba mal física y verbalmente; en ese instante informé a las directivas lo que pasaba y la rectora acudió para hablar con ella.

Ese día entendí con mayor claridad que era allí, en la escuela, donde quería estar. Sólo habían pasado 20 minutos desde que empezó la jornada escolar y ese día las lágrimas habían decidido salir del corazón de estas estudiantes.

La noche anterior estructuraba y organizaba mis clases de lengua castellana, pero me sigo preguntando ¿Quién le enseña a uno en la escuela qué hacer con la vida? ¿En qué materia nos indican como pensarnos y luchar contra las frustraciones?  Porque a veces nos sobrevienen determinados acontecimientos que rompen nuestra vivencia del tiempo en dos porciones desiguales, marcando una diferencia entre un antes y un después, entre un pasado y un futuro, instalándonos en un instante que experimentamos como angustia o desazón.

Tratándose de nosotros, seres humanos de una frágil condición, estos acontecimientos resquebrajan nuestra existencia, ellas son tan solo unas niñas y en este preciso instante sienten que su mundo se derrumba. Así empieza un día bastante particular en este espacio que es la escuela.

Nota: Hemos cambiado los nombres y los lugares para preservar la intimidad de las personas descritas en esta narración.

 

ENCUENTROS DE MADRUGADA

PorValentina Areiza Ramírez

Universidad de San Buenaventura

Estudiante de lengua Castellana y Humanidades

Pirry, el perro de mi abuela, intenta decirme algo. Como no convivo todo el tiempo con él, a duras penas puedo descifrar su intención de comunicarse conmigo. Hace un sonido extraño a la vez que araña el ventanal y me mira con los ojos avizores de un centinela, fijos y cargados de marrullería. Creo que quiere salir por la curiosidad que le provoca el estrépito y la jovialidad que proviene de las calles, pero no estoy dispuesta a mitigar su intriga ni a interrumpir la placidez en la que me encuentro. Diez minutos después, varias sombras atraviesan el ventanal que comunica el balcón con la sala de estar ¿Quién podía hacer tanto escándalo a la 1:30 de la mañana? ¡Claro! eran ellos, “los marihuaneros”.

Ruido. Más risas y alegría. Agazapada y con una actitud sigilosa decido vigilar la plaza de vicio que debe prestar sus servicios las 24 horas, y que se encuentra enfrente de la casa de mi abuela. Allí está Fernando, conocido como “El loco” por sus acciones que colindan con la desmesura. También veo un hombre alto con una capucha negra que pareciera ocultar su rostro, y a juzgar por sus facciones, es muy apuesto.

― ¡Vienen los tombos! ―Gritó Moneda, un niño de catorce años con ojos color marrón; rasgados, largas pestañas, nariz mediana, con boca pequeña y una sonrisa angelical que resalta en su rostro.

Todos desaparecieron. Ellos se convierten en maestros del ilusionismo, artífices de los engaños más sinuosos y de los disfraces más elocuentes si se trata de proteger su puesto de trabajo. Luego de unos minutos, reaparecieron como topos escurridizos saliendo de sus madrigueras al sentirse a salvo. Ya son las 2:05 de la madrugada y ellos continúan platicando. También Cristián se ha unido al parche; tiene el pelo corto y erizado. Es delgado y alto con la piel llena de pecas. Por mi parte, sigo observando en compañía de mis hermanas sus ademanes y gestos un tanto exagerados que, tal vez, se deban al efecto de la droga.  No pude evitar regocijarme al escucharlos, lo que causó que ellos se percataran de nuestra presencia.

Fernando, además de fumar se encontraba trabajando. Entre sus recados debía instalar internet (de contrabando) a un vecino. Se acerca a nosotras, ofrece un saludo cordial, y se dispone a encogerse en una posición fetal que le permite trepar un poste de luz con facilidad. Se quitó sus sandalias y plantó la suela de sus pies al poste, seguidamente y sin mayor esfuerzo comenzó a empujar hacia arriba hasta llegar al transformador de electricidad, y mientras él descompone un cableado que riela con la linterna de su celular, emerge una amena conversación.

En medio de nuestra charla, comenzamos a escuchar otras voces. Cristián salió del rincón donde estaba metido, y puso un pie en una porción del piso, después de examinarlo como si fuera necesario pedir permiso para acercarse a nosotras, luego se adelantó Moneda con la misma cautela y, a dos metros de distancia, empezaron a encogerse hasta quedar cómodamente instalados en el suelo. Conversamos por más de dos horas.

― Recuerdo una vez cuando trabajaba en el carro de reciclaje y encontramos un muerto por allá lejos ― Decía Moneda, mientras tomaba una gaseosa. ¿Dónde está su mamá?, le pregunté. ― Yo no sé dónde está mi mamá, debe estar consiguiendo plata, pero no para mí, ella no me quiere, tal vez para mis hermanas…Yo lo que tengo que hacer es conseguir plata para irme porque uno aquí sale sobrando―

― ¡Moneda! ―gritó una voz ronca― necesito que me haga un mandado y le doy la liga. ―

― Como ordene ― respondió ― ¡Ya vengo, no me demoro! ―

Entre tanto, Cristián comenzó a contar de su experiencia en Santo Domingo cuando mató a unos pollos y lo “cascaron”. Eran las 3:15 de la mañana y nuestra conversación transcurría con fluidez, como si nos conociéramos de toda la vida. Con ellos no quería sonar ampulosa o farragosa; la cotidianidad en su presencia se aviva, y las expresiones y palabras que tenemos en común hacen que la plática sea más acogedora, familiar y genuina.

― Pero, ustedes son primos, ¿no se extrañan cuando tienen que separarse? ― Les preguntó mi hermana. Como respuesta ellos movieron la cabeza con cierta ligereza, tal vez con debilidad. Ambos hombres, debo decir niños con vida de hombres, se miraron fijamente en un último intento por conocer el misterio de cada uno, a su manera y en sus terrenos de vida. Era una mirada, quizás, al borde de la otredad, que trataba de desentrañar los vestigios que enarbolaba la bifurcación de sus caminos.

―Llueve―dijo Cristián, mostrando con el dedo la lámpara que permitía ver las pequeñas gotas de lluvia. Contemplamos el cielo como el ensamble de un momento amistoso, y de esta manera, nos despedimos mientras cada uno atravesaba el umbral que nos separaría hasta nuestro próximo encuentro.

 PERSPECTIVA

Por: Érika Marcela Castañeda Castaño.

Estudiante Universidad de San Buenaventura Licenciatura en Lengua Castellana

Estudiante Universidad de San Buenaventura
Licenciatura en Lengua Castellana

 

Domingo, 19 de septiembre 5:00 p.m. La tarde caía, como aviso de que era la hora precisa para tomar un buen café en un amplío solar, donde las plantas, el cantar de los pájaros y el viento generaban un ambiente excepcional y propicio para tener una agradable charla con Gustavo Castaño Castañeda. Un hombre que, a primera impresión, refleja seriedad, carácter y seguridad ―pero también con una inmensurable dulzura ―, de 49 años de edad, casado, profesional universitario, pensionado de las fuerzas militares, independiente y, sobre todo, tranquilo, feliz y orgulloso de la unión de su familia.

Sin lugar a dudas, es un ser con amplias experiencias y conocimientos, de las cuales, me encantaría escuchar y darles a conocer; aunque en esta ocasión, nos enfocamos en su servicio en las fuerzas militares. Por ello, en un primer momento, hablamos de qué lo llevó a ser policía, y él expresaba que su decisión estuvo motivada desde su infancia porque vivía en un sector vulnerable de la ciudad de Medellín. Lo que a muy temprana edad lo hizo sentir deseo por ayudar y aportar para la tranquilidad de las personas.

Desde allí, emprendió el camino para lograr su anhelo; un camino que en su inicio fue difícil, pues tuvo que alejarse de su familia y ser el hijo ausente en las fechas importantes. Aunque, esta situación se tornó como un aprendizaje en su vida y forjó su forma de ser, la base para los próximos 23 años que estuvo en la policía. En este tiempo se desempeñó en el cargo de vigilancia y carabinero, luego ingresó a la sección de investigación criminal (SIJIN), donde estuvo 17 años ejerciendo como investigador y responsable de gestión documental. A su vez, fue coordinador del mismo proceso y auditor en la policía metropolitana del Valle de Aburrá.

Después de escucharlo le pregunto sobre una experiencia positiva en la Policía Nacional. Se acomoda en su silla, mira hacia abajo para recordar y comienza la narración.

“Todas, me parece que fue un aprendizaje muy bonito, lleno de experiencias buenas; de conocer toda clase de personas. Tanto institucionalmente, como en la comunidad. O sea, es una oportunidad muy bonita, porque conocí muchos pueblos y mucha gente, donde pude ayudarles y eso lo hace a uno sentirse bien.”

¿Y sobre las experiencias negativas qué nos puede decir?, le pregunté con un tono de respeto. Y en sus movimientos, pude notar nerviosismo.

“De pronto, el atentado, la emboscada en la que caí en un enfrentamiento con la guerrilla, donde quedé herido. Pero diría que en el momento en el que uno está viviendo la experiencia en la Policía hay situaciones difíciles que de pronto uno las contempla como, digamos, experiencias negativas, pero cuando uno termina la carrera, uno ya mira que todo era un aprendizaje y que era necesario vivir cosas buenas y malas, para ser cada día más íntegro.”

De esa emboscada quedaron  secuelas, pues Gustavo tiene un hueco en la tibia de la pierna izquierda y perdió gran porcentaje de la audición del oído, de ese mismo hemisferio de su cuerpo.  Aunque este episodio no desdibujó su vocación por ayudar, puesto que, siguió con su carrera policial.

¿Cuántos años duró en la policía y cuántos lleva de pensionado?, le pregunté.

En la policía duré 23 años y estoy pensionado desde el año 2014. Es decir, que llevo 7 años pensionado ―Respondió mientras se acomodaba en su silla

―¿Y con qué cargo se pensionó?

Terminé como agente profesional de la policía Nacional.

También conversamos sobre su vida como pensionado en la que resalta la tranquilidad y la felicidad, pues su crecimiento intelectual no paró con su egreso de la Institución. Gustavo es un hombre a quien le apasiona colaborar e incrementar sus conocimientos y por eso decidió hacer su carrera universitaria para ser archivista.

¿Entonces, por qué quiso estudiar otra carrera?

Bueno, estando en la Policía, vi la necesidad de estudiar cuando me asignaron como jefe de gestión documental. Entonces, inicié primero estudiando una técnica en Gestión documental, luego hice una tecnología, luego hice un CAP, que es como otra tecnología –el título es CAP en archivística, luego hice el técnico profesional, y posteriormente inicié con la carrera. La carrera, por la misma situación de la presencialidad en la policía, me tocó hacerla virtual. Es mucho más sacrificio, pero bueno, la terminé.

Era inevitable pensar en el tiempo que Gustavo ha invertido en su formación, por lo que con asombro le pregunté:

-¿Cuánto tiempo duró estudiando?

Miró hacía arriba para recordar y dijo: No, pues yo empecé con ese tema desde el 2002. Empecé a estudiar la técnica, que duró año y medio; el técnico profesional, duró año y dos meses; el tecnólogo duró dos años; el CAP duró dos años; y la carrera, duró cinco. Respondió con seguridad y precisión en las fechas.

¿Actualmente qué piensa de la Policía Nacional?

No, como en todo gremio hay personas buenas y personas malas, ¿cierto? o no personas malas, sino personas que de pronto se dejan influenciar muy fácil de otras personas. Y el policía es un ser humano que está en la calle, que le toca trabajar con todo tipo de personas y el policía no es mago. El policía no sabe quién está al lado de él. Si es una persona mala, si es una persona que tiene malas intenciones, que busca la amistad del policía para tener algún favor. El policía no sabe eso. Entonces, muchas veces, inocentemente se deja influenciar y cuando menos piensa, está metido en unos temas de corrupción, en temas vinculados con bandas; pero, la mayoría de los policías son policías buenos, que les gusta el trabajo que hacen, que disfrutan ayudándole a la gente y que siempre se van por el buen camino.

Y mientras se tocaba la cabeza agregó:

En el caso mío, yo me retiré con 23 años de servicio y con casi 97 felicitaciones, con más de 10 condecoraciones, con una medalla al valor, con 11 menciones honoríficas y ninguna sanción. Entonces, ¿por qué? Porque, así como hay personas que de pronto de dejan influenciar, hay otras personas que conocen los valores, no se dejan influenciar. También tienen su proyecto de vida y piensan mucho en la familia.

Entonces, ¿qué piensa sobre la situación que se vivió hace unos meses con la policía en la que ellos eran atacados y también, algunos están implicados en ataques?

Por primera vez en la entrevista, se rió y manifestó que lo atacaría con mis ideales, pero no fue así. Todo el tiempo estuve dispuesta a escucharlo.

No, eso es un tema complicado, porque hay que escuchar siempre las dos versiones. Y no solo escuchar, hay que conocer las dos versiones, ¿cierto? porque, es que estamos enseñados, este es un medio o un país o una sociedad, en donde por x o y motivo quieren tildar de buenos o malos a un grupo de personas por una persona, lo hacen y generan noticias. Y las personas, que no se toman como ese tiempo para verificar la realidad de las noticias, todo lo toman por cierto.

Entonces, resulta de que, si hay policías que de pronto se vieron involucrados en maltratar personas, y a esos policías, la misma policía que tiene (pues eso no lo sabe la ciudadanía), que tiene unos grupos de control interno, de asuntos internos, de CIPOL (Comisión Internacional para la Observación de la Ley), de SIJIN (unidades Seccionales de Investigación Criminal), que investigan. Entonces ellos se encargan de investigar a estos policías y estos policías si ven que realmente sobrepasaron la fuerza, que sí hicieron daño a la persona sin ningún mérito, entonces las investigaciones dan -si ellos fueran culpables- destitución, y en algunos casos, inclusive, hasta cárcel.

En las palabras de Gustavo se sentía la apropiación y su tono de voz indicaba que quería que esta verdad fuera conocida por las personas. Por lo que añadió:

O sea, esto no queda impune como la gente piensa. La gente piensa que es que el policía hace y deshace y no le pasa nada. No, el policía en este momento está en el ojo del huracán. Ustedes lo pueden ver ¿qué hace el policía en estos momentos? Sale, hay una manifestación y el mandato constitucional le dice que tienen que estar ahí. Párese ahí, y el policía se para ahí. Si le tiran agua, bien. Si le tiran bombas, bien. Si le tiran piedras, bien. Ahí tiene que estar. Pero eso no lo ve la gente. La gente no ve sino, cuando el policía reacciona, porque como es un ser humano, un ser humano que también siente, que también le duele cuando ve que a otros compañeros les disparan, les vuelan un ojo, también se sienten. También tienen sentimientos. Entonces, cuando se llenan de rabia, ahí es cuando la ciudadanía dice: el maltrato de la policía. Pero no miran todo lo que pasa.

Hay que mirar las cifras. Sería muy bueno que la procuraduría, como la personería y la contraloría y la defensoría del pueblo, no solamente atendieran los casos –porque hay que atenderlos, ¿cierto?- , sino que, también se tomaran el trabajo de investigar todos los policías que quedaron agredidos. Porque, no se nos puede olvidar, que el policía es un ser humano, y que detrás del policía hay una familia que depende de él.

En ese instante, recordó un episodio que lo indignó, las facciones de su rostro cambiaron, su cuerpo se puso rígido, y prosiguió a contarlo.

Entonces el policía se para allá. Como el policía que llegaron y unos individuos le dispararon en un ojo. Perdió el ojo, y la gente pues, muerta de la risa. Disfrutando eso que habían hecho contra un policía. ¿Y qué es ese policía? Un padre de familia, de dos niños, y ¿qué pasó? Le dañaron la vida. Entonces, hay que mirar todo eso, porque no miran sino lo que hace el policía, los golpes que da el policía, pero no investigamos y no nos tomamos el tiempo para investigar los golpes que recibe el policía.

Terminó de narrar y tomó un amargo suspiro para proseguir con su respuesta.

Es que el policía no es un robot. No es una persona que no siente, no es una persona sola. El policía es un ser humano que tiene familia, un ser humano que siente, un ser humano que también tiene sueños, que también quiere ayudar a su familia a que progrese y demás, y eso no lo vemos.

Allí finalizó la entrevista, le agradecí al señor Gustavo por su tiempo, sus conocimientos y experiencias. Me despedí y regresé a mi casa; camino que se hizo muy corto, porque mi mente la invadieron los pensamientos sobre lo que acababa de escuchar. Al llegar, revisé mi celular ―como de costumbre― y vi que tenía un mensaje de Castaño Castañeda en el que decía:

Olvidé detallar algunos aspectos de mi formación académica. Soy docente con formación de competencias laborales del SENA, tengo formación como auditor interno, diseñador implementado y evaluador de sistemas de gestión. Además, cuento con tres diplomados en gestión de la información electrónica y digital. También tengo otros cursos.

A lo que agregó que la intención de ello, no era ser modesto, sino mostrarles a las personas, que hay policías que no solo se desempeñan como tal, sino que, hay profesionales, que se preocupan por su formación, por su futuro, por su familia y por profesionalizar el servicio que le ofrecen a la ciudadanía.

 

VESTIGIOS Y REMINISCENCIAS DE UN ESPÍRITU RESILIENTE

 PorValentina Areiza Ramírez

Universidad de San Buenaventura

Estudiante de lengua Castellana y Humanidades

Sobre una montaña llena de pendientes abruptas y tortuosas, y de padres buenos, campesinos, laboriosos y creyentes, nació el 23 de febrero de 1972 mi padre.  José Miguel e Hilda María habían engendrado el hombre más bueno del mundo, llamado AUGUSTO. Él se distinguía entre todos sus hermanos cronológicamente citados: Olga, Elida, Fernando, Mauricio, Darío, Jaime, Alexander e Isabel. Ellos formaron entonces la humilde y numerosa familia Monsalve Mesa, cuya generación fue creciendo hasta multiplicarse como estrellas en un firmamento cada vez más inmenso.

Vivíamos allá en la vereda el Vergel y trabajábamos la agricultura. Mi papá trabajaba, yo qué la iba a trabajar pequeñito. Cultivábamos yuca, plátano, frijol, café y papa. Allí vivimos aproximadamente ocho años, luego nos trasladamos a una vereda llamada el Cedral, perteneciente a San José de la Montaña, que es un pueblo cercano a San Andrés de Cuerquia. Allá vivimos otros cuatro años hasta que cumplí doce. Después, me fui a estudiar a donde mis abuelos a Medellín medio año del segundo grado.

¿Le gustó estudiar en la ciudad? ―Le pregunté ―

¡Noo, no me gustó la ciudad! Mi papá vivía por allá en la vereda, ahí era donde yo debía de estar, solo que no había escuelas cerquita, entonces, nos tenían estudiado donde la abuela. De ahí, a los doce años nos trasladamos a la vereda San Miguel―para mí siempre fue la mejor vereda―perteneciendo ésta a San Andrés de Cuerquia. Ya en San Miguel era que había todo esto: puesto de salud, iglesia y escuela. Aunque la vereda era más lejos del pueblo, había más recursos; estaban las tiendas más cerquita (a media hora o 15 minutos de camino) que en San José y la vereda el Cedral, pues la tienda más cercana era San José de la Montaña que quedaba a dos horas.

Allá en San Miguel, viví más o menos hasta los 34 años que me vine a Medellín. Y allá fue donde ya nos tocó convivir con la guerrilla, después con los paracos y finalmente con la guerrilla, los paracos y el ejército.

Todo antes era muy agradable, la gente toda era trabajadora, se servía siempre de la misma gente, trabajaban cada uno en sus cultivos y en sus labores del hogar, pero cuando la guerrilla empezó a llegar a las casas, a hacer reuniones y así, todo se volvió más complicado. Llegaron a la vereda muy formales, un grupo armado muy formal. Como estaban en la conquista de la gente por allá llegaron como otros habitantes más, y queriendo hacer pues como algo por la vereda, diciendo que ellos iban a hacer algo por la gente que allí habitaba. De este modo, mucha parte de la juventud de esa época (compañeros de uno), se fueron incorporando a la guerrilla. Muchas personas de la vereda se fueron a hacer parte de las FARC, por lo que ellos se enteraron de todos los movimientos de la vereda, sabían más o menos quién tenía platica, quién no, además de saber a quién molestaban, o a quién le pedían favores.

¿Qué edad tenía usted cuando llegaron los primeros grupos armados?

Tenía por ahí 17 años.

Así que fueron ellos quienes influenciaron a los jóvenes, ¿no?

Sí. Para que se fueran con ellos los ilusionaban y les pintaban pajaritos en el aire diciendo que esa vida era muy buena, pero nunca se llevaron a nadie por la fuerza, siempre se los llevaron con argumentos, con la palabra en sí misma.

De esta manera, San Miguel se consolidó como un fortín del grupo de las fuerzas armadas las FARC, apoyando a aquellos hombres que hablaban de un mejor futuro para los campesinos.

Una de las experiencias que me tocó vivir con este grupo armado, fue cuando tuvieron un combate cerquita de la vereda de nosotros, por ahí a una hora de camino. Resulta que tuvieron un enfrentamiento y mandaron por varios a recoger y cargar los heridos que había tenido la guerrilla.

¿Usted cargó algunos heridos?

Sí, así es, me tocó cargarlos. Nunca los conocí, sé que eran guerrilleros, eran combatientes de la guerrilla; lo único que teníamos que hacer era traer los heridos al centro de salud más cercano que hubiera. Los que estaban muertos ellos mismos los enterraban, los civiles no podíamos hacerlo, y los que se pudieran salvar los llevábamos para un centro de salud.

 ¿Y, usted se encontraba con muchos muertos?

No, ninguno de esos grupos dejaba ver sus muertos. A ellos no les conviene que el enemigo se dé cuenta que les dieron de baja, ni al ejército ni a los paramilitares. Y a los civiles que mataban pues ligero ligero la familia recogía el cuerpo.

Ellos también llegaban a las casas y los hogares, pero llegaban de buena manera, ellos no llegaban atacando a nadie.

Y, ¿a qué llegaban?

A pedir cualquier favor, a hacer cualquier comida, o pedir que se la dieran. La gente los recibía bien porque ellos no llegaban imponiendo nada, ellos llegaban formales y pidiendo permiso, ante todo.

***

San Miguel es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida. Fueron los 10 mejores años de 50 que tengo. Recuerdo que un día llegó a mi escuela la guerrilla en horas de la mañana, y dijeron que iban a matar el marrano para hacer la comida, y yo dije: ¡qué bueno!, muy rico. Luego en horas de la tarde, me encontraba en reunión con los padres de familia y llegó uno de los guerrilleros diciéndome que su comandante me necesitaba, y que por favor bajara inmediatamente. Yo pensé que me iban a matar, pero no tenía otra opción, debía bajar. Los papás muy asustados pensaron lo mismo y se quedaron muy preocupados. Cuando llegué a la casa donde el comandante me estaba esperando (que era la casa de uno de mis estudiantes), me dice “profesora siéntese”, al mismo tiempo que me servían un plato de comida hecho con el marrano que habían matado. Me causó gracia, porque al escucharme decir eso optaron por invitarme. Debo decir que con ellos nunca tuve problemas.

Claudia, maestra.

La guerrilla fue el primer grupo armado que se estableció en nuestro territorio. Nos decían siempre que debíamos estar a favor de ellos y no decirle a nadie que estaban por allá, en el pueblo, en ninguna parte. Exactamente, no decir dónde estaban. Debíamos tener precaución porque nos tenían con la amenaza de que al sapo lo matarían. Así fue como comenzaron a matar gente porque se iban a sapiar al ejército o la policía que ellos estaban por allá. Mija y como usted sabe, ellos tienen gente infiltrada.

Para mí, Augusto, ellos parecían una organización que tenía como sus aspiraciones, como la de coger el poder, pero no sé qué poder buscaban, será el del gobierno. La verdad es que en convivencia con ellos todo fue normal, lo único era que quien los sapiara lo mataban. El problema fue cuando entró el ejército atacándolos a ellos y entrando a las casas esculcandonos todo, ahí comenzó la guerra, y uno quedaba en medio de esos enfrentamientos entre el ejército y la guerrilla. Ya cualquier persona era sospechosa para ellos, es decir, que estaba sapiandole al ejército y demás, entonces la guerrilla comenzó a desconfiar de muchas personas de la vereda y el ejército también comenzó a desconfiar, diciendo que todo el mundo era guerrillero, sabiendo que todos no éramos guerrilleros.

A diferencia de las FARC, el ejército llegó imponiéndose, no pedían permiso ni nada y entraban a las casas a buscar, además trataban mal a la gente. Los trataban de guerrilleros, de colaboradores de la guerrilla, entonces ya el ejército se quedaba en la vereda uno o dos días y se iba. Si lo que había se lo podían llevar lo hacían, si podían enredarse un radio se lo robaban, un anillo, o plata, todo eso se lo robaban.

¿El ejército les robaba?

Si, ellos eran muy horribles y cualquier cosa que tuviera valor se la llevaban, en cambio la guerrilla no robaba nada ni se llevaba algo sin permiso, siempre decía “venimos por esto o por aquello”, pero en la vereda nunca se robaron nada. Lo único que hacían era que a quién tuviera bastante ganado pues le pedían como una cuota.

O sea que ustedes a la guerrilla no le tenían miedo, ¿al ejército sí?

Exactamente, cuando la guerrilla empezó a ser combatida por el ejército, fue que se puso todo así y se dio el caos, antes todo era normal con la guerrilla, así que no había miedo ni nada por el estilo. En realidad, para los grupos por este tiempo, éramos unos sapos o traidores solo porque la guerrilla entraba a nuestras casas o incluso por dejar entrar al ejército.

¿Entonces, ustedes ni sabían de qué lado estaban?

Exactamente, era una cosa muy confusa, porque si uno atendía bien a la guerrilla el ejército llegaba a ultrajar a uno. O cuando llegaban los paramilitares, si uno los trataba mal al entrar a la casa lo mataban a uno.

Ah bueno, pero ese ya es otro grupo armado, ¿Cuándo llegaron los paracos, entonces?

Los paracos llegaron como al año de estar la guerrilla por allá, el ejército sí llegó muy ligero. Pero el ejército llegaba y se iba, en cambio los paracos se quedaban ocho o 6 días por ahí cerquita. Ellos llegaron uniformados diciendo que iban a Enfrentarse a la guerrilla y que nosotros debíamos ayudarles, además venían decididos a matar a los colaboradores de la guerrilla, y así fue.

A diferencia de las FARC, el ejército llegó imponiéndose, no pedían permiso ni nada y entraban a las casas a buscar, además trataban mal a la gente. Los trataban de guerrilleros, de colaboradores de la guerrilla, entonces ya el ejército se quedaba en la vereda uno o dos días y se iba. Si lo que había se lo podían llevar lo hacían, si podían enredarse un radio se lo robaban, un anillo, o plata, todo eso se lo robaban.

Entonces, ¿cuál es la diferencia que usted encuentra entre la guerrilla, los paramilitares y el ejército?

Que son tres grupos que operan de diferente manera, pero terminan haciéndole el mismo mal al campesino

Se supone que el ejército nos defiende.

¿Defiende? -suelta una carcajada- Ellos no defienden a nadie, el ejército termina haciendo mal a la persona también por atacar a los otros grupos. La guerrilla llega muy pasivamente, pero al verse atacada por el ejército y los paracos, entonces terminan siendo malos, sin ser ningún beneficio para alguna vereda.

Siempre la gente, cuando no habían entrado estos grupos armados a las veredas, mantenían pendiente de su trabajo, uno que otro ladroncito entraba por allá, o cualquier persona hacía algún daño y la policía entraba lo capturaba y eso era todo. Pero cuando ya fue la guerrilla la que cogió eso, la gente se volvió hasta perezosa para trabajar, porque se iban para la guerrilla, eran ellos incluso quienes empezaron a cuadrar nuestros horarios de trabajo, diciendo que no podíamos hacer muchas horas. Entonces, ya la gente se fue organizando a las leyes de ellos y se volvió más perezosa.

Ya nada era lo mismo, porque ya no eran los patrones quienes mandaban sino los mismos trabajadores guiados por la guerrilla. Antes la gente trabaja mucho y era una vereda muy habitada porque no había esa psicosis de que ya van a entrar los paracos. Al llegar los grupos armados las veredas se comenzaron a desocupar de miedo, porque como ya había entrado la guerrilla y amanecido en ciertas casas, entonces ya los paracos venían y que porque se habían dado cuenta de que la guerrilla había amanecido ahí ya atacaban esa pobre gente, incluso mataban. Y qué más iba a hacer uno pues, si usted no atendía a la guerrilla, pues ellos lo iban a ver como un enemigo.

Debido a esos conflictos que se vivían, a ese suspenso y a esa vida así, la gente se fue viniendo para la ciudad. Yo no lo hice, porque pa dónde pegaba uno, allá había mucha gente que no tenían pa dónde pegar. Había gente que sí tenía familiares y se iban, por ejemplo, el que trabajaba de jornalero se vino, en cambio quienes tenían tierrita―como yo― fueron los más duros para venirse. Pero él que no tenía nada allá se iba viniendo y eso quedaba cada vez más solo y uno se quedaba sin con quién trabajar

Cada segundo que escuchaba a mi padre, era un momento más de zozobra. Era absurdo ver cómo el destino desastroso de su comunidad era labrado por aquellas personas gobernadas por una idea. ¿Qué clase de intromisión mental gobierna sus almas? En definitiva, el valor por la guerra no era más que el preámbulo de la hecatombe que se encontraba próxima a sucederles, o así lo afirmaba la muerte cuando en sus brazos los envolvía a todos sin discriminación alguna.

***

Un día con mi familia fuimos a un restaurante de San Andrés de Cuerquia que años atrás había sido terreno baldío. Recuerdo que después de comer y acercarnos a la autopista que conducía a la civilización, una perplejidad invadió la mirada de mi padre fija en el lívido pavimento. Sentí odio por las personas. Hay en el corazón humano el deseo extraño de destruir la otredad… ¿Sería esta la causa de sus miradas distantes y pensamientos sórdidos, que parecen transportarlo a una dimensión de dolor y sufrimiento que nunca comprendo?

En ese momento mi padre pronunció apenas dos monólogos “Aquí traje el cuerpo de mi hermano cuando lo recogí del río. Aquí, en este preciso lugar, mientras esperaba el carro que vendría a llevárselo”. Y así, en aquel indeleble lugar, las tinieblas de la noche velaron el alma de mi querido tío, al que un pedazo de metal y la furia desmesurada le habían arrebatado la vida para siempre. Entonces vi claro lo que sucedía, se trataba de ideas que caen sobre los individuos y sobre los pueblos como una montaña aplastadora.

Recuerdo que una tarde llegaron los paramilitares y dijeron que estaba prohibido colaborar con la guerrilla. Nos reunieron a todas las personas, desde mujeres hasta niños que encontraban en el camino y en las casas. A toda la vereda la reunieron en la inspección de policía, que quedaba ahí cerquita de la escuela.Nos dijeron que venían a matar a todo sapo colaborador de la guerrilla. También estaban los inspectores, pero no podían hacer nada porque estaban amenazados. Como advertencia le dieron de baja a algunos ese día. Eran conocidos, usted sabe mija que en esas veredas todos somos conocidos.

Ningún grupo armado tocó a una mujer, ni sé llevaron a nadie por la fuerza. pero si mataban, por eso miedo si había de toda la gente. Incluso había muchas personas que no dormían en la casa, dormían en el monte. Ellos del miedo que llegara algún grupo paramilitar a sus hogares, se salían de las casas a dormir en el monte.

Al caer cada noche en San Miguel, con una mangata tenue e inmarcesible, los habitantes premurosos buscan sus refugios.

Ya vimos cómo le afectó todo esto a las personas. Ahora quisiera saber ¿cómo le afectó a usted y a su familia en específico?

Nos afectó en mucho, porque nosotros perdimos un hermano debido a esos grupos armados.

¿Quién lo mató?

La guerrilla, cuando lo relacionaron con el ejército, con que estaba llevando información que no debía. Lo relacionaron porque mi hermano se encontró con el ejército el día que habían asesinado a dos guerrilleros

¿Cómo así?

Alexander tenía un camino por el que comúnmente pasaba, ese era un camino que tenía que pasar todo día que amanecía a llevar una leche; producto de nuestra finca. En uno de tantos días, en una fiesta de la Virgen del Carmen en la vereda, se encontró con el ejército que iba en persecución de la guerrilla, como es común en ellos lo envistieron para preguntarle el paradero de este grupo subversivo. Nadie sabía del paradero, pues ellos no tienen un lugar fijo así que las personas de la vereda no saben exactamente donde están. Mi hermano tampoco sabía, pero dio la casualidad que al ejército seguir su camino se encontró más adelante con unos guerrilleros que encendieron a bala inmediatamente. Por esta razón enredaron al hermano de nosotros. Que él había sido quién había dicho dónde estaba ellos y resulta que no, que no fue así, porque de la guerrilla se había volado un muchacho y se había metido al ejército, y ese fue quien llevó la información de dónde estaba la guerrilla.

El día de la emboscada, el ejército se encontró con muchas personas que ese día había en los caminos por motivo de la fiesta, y a las cuales ultrajó, acorraló y maltrató. También se encontraron con un profesor y el difunto hermano mío en el camino, por ahí a las 7 de la mañana. Y a ellos dos los metieron de sapos y los mataron a todos dos por la emboscada del ejército a la guerrilla. De todas maneras, Alexander tenía un enemigo miliciano que instigó su muerte.

¿Qué es un miliciano?

Un miliciano era un colaborador de la guerrilla.

¿Usted cómo se dio cuenta de que mataron a su hermano?

Porque nunca llegó. Al no llegar se preguntó por él y los vecinos de otra vereda dijeron que lo habían visto pasar por tal parte con la guerrilla y que lo llevaban con varios amarrados, no me imagino cuánto habrá sufrido mi hermano todo el camino. Yo me di cuenta al otro día que lo habían matado mientras esperaba en la casa que él apareciera, lo cual nunca pasó. Era raro porque él nunca se iba de la casa, pues debía ordeñar. Es que él ¡nunca nunca! se iba así sin más. Luego, por la emisora avisaron que habían dos muertos y dijeron la ropa con la que estos iban vestidos, al escuchar la descripción sabía que se trataba de mi hermano, así que ya me fui yo a recogerlo a pie con un primo, con Jair.

En el camino me encontré con muchos milicianos que sabían de la muerte de mi hermano, pero ellos no me decían nada, simplemente saludaban con naturalidad.

Pero no entiendo, ¿por qué el tío quedó metido ahí?

Lo que pasa es que la guerrilla es sabedora de quién camina por un camino y por otro, y precisamente por el que pasaba mi hermano pasó el ejército para matar a los guerrilleros, y a los tres meses fue que mataron a Alex. Un miliciano hablaba mucha paja de que lo iban a matar, pero como era tan hablantinoso nadie le creía nada.

Ya entonces, a dos horas de camino de dónde vivíamos encontré a mi hermano cerca de un río, allí fue donde encontramos el cuerpo muerto y lo subimos.

¿Usted se dio cuenta quien lo mató?

Uno nunca se da cuenta de eso. Ellos hicieron una reunión en la vereda cuando nosotros lo estábamos enterrando para decir que habían matado ese muchacho porque los había sapiado y estaba colaborando con el ejército. Ya habían matado a varios. Todos allá éramos conocidos.

Ligero ligero me vine de allá para donde ustedes, mi familia, más o menos a los 15 días. Pues como yo ya había quedado solo me vine, pero si esto no hubiera pasado probablemente todavía estaría allá, si todo lo que habíamos trabajado en la vida se encontraba en San Miguel.

¿Con quién dejó sus tierras?

A manos de un vecino que la dejó caer, ya no es lo mismo mija, ya no es la misma administración. Ya me fui entonces para Medellín donde estaba la familia, ustedes y su mamá.

Hoy Augusto es un hombre de 49 años. Mi padre, víctima del exilio, del despojo, el desarraigo y con una postura que enarbola un sentimentalismo nostálgico, añora volver a sus tierras, siendo consciente que volver, es continuar habitando los vestigios y las reminiscencias de una comunidad fragmentada y resiliente que ahora ha decidido compartir conmigo.

Papi, ¿y tú no los odias?

No, ya qué más voy a hacer mija. Los seguí saludando normal, porque de nada sirve guardarles rencor, eso nunca me devolverá mi hermano. Igual son cosas que pasan por tantas diferencias, desigualdad y problemas políticos, o por lo menos eso es lo que escuchó en el metro y en la calle. Ahora, solo recuerdo mi tierra que tanto añoro, y a la que espero un día volver.

UN VIAJE AL MÁS ALLÁ

Por: Érika Marcela Castañeda Castaño

Estudiante Universidad de San Buenaventura Licenciatura en Lengua Castellana

Estudiante Universidad de San Buenaventura
Licenciatura en Lengua Castellana

 

Lunes, marzo 16 del año 2020. A las 11:30 de la mañana, el rin rin del teléfono rompe el silencio placentero en el que estaba. Al otro lado, una voz quebradiza, angustiada y pausada por el llanto dice lo que tanto temía escuchar: ―doña Isabel falleció. En ese momento las lágrimas se contagiaron y empecé a recordar a esa casi bisabuela, pues aunque no teníamos lazos sanguíneos que nos emparentaran, existía una bella conexión simbólica, ya que era la abuela de mi papá no biológico.

Como buenos católicos y creyentes quisimos cumplir su petición de ser enterrada en su tierrita, en Buenavista – Córdoba, lo que anunciaba una travesía, puesto que debían preparar su cuerpo en Medellín y luego viajar hasta dicho lugar. Mientras ello sucedía, empacamos en nuestras maletas lo primero que vimos y las palabras de mi papá nos prevenían  para lo que nos esperaba: ―allá es muy diferente a lo que ustedes están acostumbradas. Hay muchísima pobreza, a tal punto de que si quieren ir al baño deben hacer sus necesidades en un hueco que hay en la tierra, en lo que se llama letrina, yo no sé si ustedes aguanten la situación de ese lugar―. A lo cual mi madre y yo respondimos que era una exageración, no imaginábamos tal situación.

 

Siendo las 09:15 de la noche empacamos todo en el carro y nos dirigimos hacia la Funeraria San Vicente para finiquitar detalles de la velación. A las 09:40, arrancamos rumbo a Buenavista. El camino fue largo y peligroso, pues la neblina obstaculizaba la vista, la carretera tenía huecos, piedras y arena que quedaban de los derrumbes, y entre los montes se podían ver escondidos a hombres armados que no sabíamos si era guerrilla o ejército. A eso de las 4:00 de la madrugada, el calor anunciaba que estábamos próximos a nuestro destino, y así fue, porque a las 5:30 a.m. llegamos a la casa donde sería el velorio. Nos recibieron con la luz de los velones, pues aquel día, como en muchos, no había electricidad. Luego, nos ofrecieron un vaso de agua de panela para romper el ayuno y se disculparon por no tener más.

Al terminar, mi papá y yo pedimos un lugar donde descansar y amablemente nos brindaron la mejor habitación que tenían. El cuarto era pequeño, en el suelo había restos de las paredes que empezaban a desprenderse y la cama de varillas rechinaba con cada movimiento. Aun así, tuvimos una siesta casi reparadora que terminó a las 07:00 de la mañana, pues nos despertó la noticia de que el cuerpo había llegado. Ambos nos paramos y fuimos a la pequeña sala para ver dentro del ataúd a nuestra amada Isabel.

El calor acentuaba el olor del formol y se combinaba con el aroma del sudor de nuestro cuerpo. Quisimos ir al baño y nos llevamos la grata sorpresa de que había un viejo inodoro, pero no se podía vaciar, porque allá eso es casi que un pecado, ya que el agua llega a sus casas por 2 horas cada 8 días y la única forma de sobrevivir era recogiéndola en el tanque y usándola solo para ocasiones “importantes”.

Momentos más tarde, mi madre nos llamó para desayunar y, al ver que todos aportaban en algo, quise poner de mi parte y lavar los platos sucios, aunque esa tarea quedó a medias, pues luego de enjabonar solo quedaba remojar los trastes en un tanque con agua, que ya había sido reutilizada muchas veces.

En ese instante empecé a llorar. Lloraba por la pérdida de un ser querido, lloraba por la pobreza, por las casas en precarias condiciones, por los niños que nos perseguían descalzos para pedir dinero. Lloraba por la incredulidad en la que estaba al pensar que lo que mi papá decía era una exageración. Lloraba por Colombia, un país desigual que prefiere pensar que aquel pueblo de Buenavista-Córdoba es un lugar en el más allá.

 

MI PADRE, UN HOMBRE VALIENTE

Por: Yesica Marcela Taborda Marín

Estudiantes Universidad de San Buenaventura Licenciatura en Lengua Castellana y Humanidades

Estudiante Universidad de San Buenaventura
Licenciatura en Lengua Castellana y Humanidades

 

“…nada me ha detenido, siempre sigo luchando y lo seguiré haciendo”

Wilson De Jesús Taborda Taborda, nació en un pueblo llamado Andes en el departamento de Antioquia hace 51 años, dice que es de 1970 y lo menciona mientras entrelaza sus manos sonriendo nerviosamente, tiene cuatro hijos, tres mujeres y un niño pequeño. Se dedica al comercio independiente.

Es lunes del mes de septiembre a las 10:30 de la noche y, aunque agotado de trabajar durante todo el día en su tienda, responde con el positivismo que siempre lo ha caracterizado, pues al preguntarle cómo estaba, su respuesta fue un “excelente” precedido por un agradecimiento a Dios, la figura mística y religiosa que lo ha guiado durante toda su vida.

Comienzo por agradecerle a mi padre por compartir su historia, pues sé de antemano que es terreno muy sensible para él, se lo expreso y luego empiezo a ahondar en la vida que tenía antes del suceso del desplazamiento, y que cambió el curso de nuestra familia y de su vida misma. De inmediato, su cara sonriente denota tristeza, baja la mirada y sus ojos buscan esos recuerdos del pasado.  Una vida tranquila y austera es lo que puede evidenciarse en su narración: “Yo tenía alrededor de 22 años, usted tenía 3 meses de nacida, vivíamos en un pueblo llamado Samaná-Caldas. En el campo la rutina diaria era levantarse a las 5:00 y 6:00 de la mañana a laborar en la finca, compartir con la familia, saludar, tomarse uno un café, salir a ser labores, cultivábamos café y teníamos una finca muy bella”.

De esta forma vivían mis padres recién casados en una pequeña finca cerca al pueblo y aledaña a la de mis abuelos y tíos paternos, con un estilo de vida maravilloso tal como él lo menciona, que se vio opacado por los primeros grupos armados que llegaron al lugar. Por ello le pregunto quiénes fueron y qué hicieron allí estas personas en el municipio, y mi padre manifiesta que las Farc, en primer lugar, tomaron el control de la población, y luego fueron los paramilitares quienes “eran personas que parecían muy sociales y luego se tornaron violentos”, ellos sembraron el terror en este pueblo apacible, y de allí se “empezó una guerra fuerte, empezó a verse todo muy inseguro, con menos paz y tranquilidad, a pesar de que uno no estaba en ninguno de los dos bandos se fue complicando la situación, el estilo de vida ya era muy distinto, muy diferente”, así lo señala.

Wilson de Jesús Taborda

Wilson de Jesús Taborda

 

Al terminar de contestar estas preguntas, suspira y continúa abrazando sus manos mostrándose afligido. Después, le consulto por el día específico en que la guerra tocó la puerta de su vida, por el día que inició una serie de acontecimientos que han edificado al padre, hijo, amigo y esposo de este presente, y por los actores que perpetuaron estos hechos violentos. Es aquí, a partir de estos cuestionamientos, que mi padre se envuelve en un llanto pausado y melancólico que toca las fibras de mi corazón, y me hace darle unos leves golpes en su rodilla para acompañarlo en el relato doloroso próximo a contar.

Prontamente, indica que él tenía varios cultivos fuera de su finca en compañía con unos vecinos, pero que ellos tenían problemas o mejor, unas “rencillas” con la guerrilla, pues eran apoyados por el otro bando, siendo estos los paramilitares. Mi padre, señala que estos “entraron un día y mataron a un inspector del sector, a dos profesores y al papá del señor de la finca. Y ese día, yo iba a ir a recoger un fríjol, y me dijeron que no fuera porque los habían matado. Que no volviera allá, que el fríjol lo tenía que perder y lo perdí”. Pero esto, no le importó a mi padre, ya que para él valía más su propia vida que un cultivo de leguminosa.

Continúa narrando lo que para él es difícil de decir, pero que lo hace de forma ininterrumpida, menciona que recuerda que a las 7:00 de la mañana mataron al señor de la finca, y que él no fue temprano a ese lugar por una paradoja de la vida, por una señal del destino que lo tiene hoy relatando estos hechos. Resulta, que en la finca donde vivía con mi madre no tenían acueducto, y justo ese día no llegó el agua, así que mi padre fue a revisar qué sucedía y se le “pasó el tiempo” así como dice, por eso, no fue a recoger los fríjoles a la finca vecina, y pudo salvarse milagrosamente de estos asesinatos.

Él, comenta con lágrimas que rebosan sus ojos, que seguido de este suceso, “se quedó así la situación tranquila, dizque supuestamente tranquila y ya a los días llegó un señor a mi finca, y me dijo que me fuera porque yo tenía relación con esas personas y que me iban a matar, que lo mejor era que me fuera y me tocó irme”. En este punto, ya no puede contener el llanto, expresa su dolor mediante lágrimas y cuenta lo que para él ha sido lo más difícil por lo que ha tenido que pasar en su vida:

“Me tocó dejar a mi niña de tres meses, a mi esposa y todo lo que tenía, pero Dios me dio fuerzas y llegué a la ciudad, me vine a los cuatro días aproximadamente, no me las pude traer porque no tenía con qué, me vine con las cositas a trabajar a la ciudad, me encontré con unas personas que Dios me puso ahí, me dieron techo, comida, eran los abuelos de mi esposa, me tocaba dormir en el suelo pero ahí tenía comida”

Mi padre sigue relatando los hechos sin cabida alguna para preguntas, me conmueven de nuevo sus reminiscencias que afloran toda su humanidad sensible, toco de nuevo su rodilla y me limito a escucharlo con lágrimas también en mis ojos. Narra lo que pasó en los primeros días que migró del campo a la ciudad, sucesos que pueden servirle de espejo a todos aquellos que desean salir de su lugar de origen para mejores oportunidades y que solo se encuentran con la cara de la adversidad en este campo de cemento.

Manifiesta que los abuelos de mi madre lo paseaban por la ciudad porque él no conocía nada, “yo venía solo a pasear. Al buscar un empleo, salí a buscar a muchas partes, me negaban no me daban trabajo, y me tocó irme a trabajar construcción y yo no sabía, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera para traerme a mi esposa y a mi hija, y con mi primer sueldo llamé al pueblo y cuando eso no había celulares, y llamé al pueblo a darle razón a mi suegro que viniera y me las trajiera”. De esta manera, mi padre dice que nos recogió en la Terminal del Sur y vivimos por un tiempo también donde los abuelos maternos, y después de trabajar muy duro, consiguió una “piececita” en el barrio el Popular, y recuerda que “cuando eso valía  como cinco mil pesos, pero estábamos más tranquilos los tres juntos”.

Seguidamente, le pregunto por su familia, es decir por sus padres y sus hermanos que quedaron en el pueblo en medio de la violencia, y me responde: “Mi familia se quedó por allá, eso fue lo más duro, porque yo quedé preocupado de que no le fueran a hacer nada, nada,  porque ellos no tenían relación con esas personas, y yo sí, porque yo jugaba con los muchachos de allá, yo jugaba fútbol, microfútbol, yo pertenecía a la selección del pueblo, compartíamos en la finca. Pero ellos me prometieron que no les iba a pasar nada y nada les pasó, pero yo me vine con el sueño de luchar y seguir adelante que algún día me los traía y sí”

En efecto, fueron tiempos difíciles los que pasó mi padre entre los años “94 y 95” como indica, días de angustia, de zozobra, y de tristeza por abandonar, en contra de su voluntad, el campo que le proveía no solo su subsistencia sino su felicidad.

En la ciudad de Medellín, pasó por trabajos forzados y mal pagados, y conoció la inestabilidad laboral, el ir de un lado a otro era su procesión de cada día, señala que, “luego cuando estaba en la obra de construcción nos echaron porque no había más trabajo, y yo me vine para la casa y yo dije ¿qué voy a hacer Dios mío, qué voy a hacer?, y luego me encontré una persona que me ayudó en la Central Mayorista y me puse a bultear. Yo descargaba camiones, a las 12:00 de la noche me venía del Popular #1 hasta acá a la Mayorista a trabajar, mi esposa me echaba juguito, me echaba comida y yo ahorraba y ahorraba, y ya tenía un estilo de vida económico diferente”

Sin embargo, y pese a los obstáculos, estos trabajos que encontró en la urbe, le posibilitaron a mi padre mejorar su condición de migrante y poder adquirir una casa propia donde albergarnos, de ahí que diga con orgullo: “Trabajaba duro y me iba bien para sostener a mi familia, me compré un lote que me valió 400.000 mil pesos y ahí empecé a comprar cemento, adobes, piedras y me hice una casa de cuatro alcobas y ya estábamos más tranquilos, mejorando nuestro estilo de vida”.

Luego, le pregunto si recibió en ese momento coyuntural de su vida alguna ayuda del gobierno, y contesta con un tono de mal humor y con un profundo “NO”, “en ningún momento recibí ayuda del gobierno, al contrario, fui rechazado y en muchos lugares muchas personas me insistieron que hiciera esas gestiones y tratara de ir y me cansé, sí toqué puertas, pero vi que iba a ser como una humillación, como una limosna”. Estas, son palabras cargadas de indignación que muestran no solo el descuido por parte del gobierno nacional frente a estas acciones violentas, sino la carente justicia social en nuestro país.

Por otra parte, indago sobre cuál había sido la motivación más grande para superar todas estas adversidades y su resiliencia frente a ellas. Me eriza la piel su respuesta y su infinita fortaleza. “Mi motivación más grande fue usted misma, mi hija, y lo afronté con mucha fe, yo siempre he sido muy dedicado a Dios, siempre Dios me ha protegido, me ha guiado, me ha iluminado y me ha dado fuerzas para seguir adelante, y nada me ha detenido, siempre sigo luchando y lo seguiré haciendo”.

Además, le indico que como él hay más de cinco millones de desplazados en el país, y por esta razón, averiguo sobre el mensaje que él le daría a las personas que pasan o pasaron por este flagelo del desplazamiento, y señala con convicción: “No se apeguen a nada que si tienen que irse y si Dios les da la oportunidad de moverse que se muevan, que donde quiera que vayan, vayan con fe, Dios va a estar ahí, es creer en Dios y creer en ellos mismos, sentir que pueden lograr cualesquier cosa, cualesquier reto que haya en la vida lo podemos enfrentar, no hay ninguna adversidad, que si tú tienes sueños y metas y hay vida y salud, puedes salir adelante”.

En definitiva, después de conocer este pasado cambiante y un poco de su presente, le pregunto sobre cómo ve el futuro, él cómo vislumbra ese tiempo que parecía desvanecerse hace casi tres décadas atrás. De nuevo, responde con su optimismo particular, “de una manera que hay que luchar, que hay que trabajar, que cada día que Dios nos da la oportunidad de un nuevo amanecer eso es un reto, y que esos retos hay que asumirlos y que se puede salir adelante, veo la ciencia creciendo, las personas sanándose, saliendo adelante y buscando nuevas oportunidades…”.Asimismo, ve su futuro “lleno de paz, de tranquilidad, de mucha abundancia”. Resistencia, ímpetu, determinación y fe, son sinónimos de su espíritu sobreviviente.

Finalmente, le consulto el porqué es importante que los niños y jóvenes conozcan su historia de vida, y dice que es porque quiere que sea muy constructivo para ellos, “porque espero que si tienen una familia primero que todo que la valoren, que la respeten, que sientan que está ahí, que esa es la fortaleza de cada ser humano, tener una familia. Y segundo, creer en ellos mismos”.

De lo anterior se resaltan sus valores y principios cultivados en la familia, que lo ha acompañado y guiado en todos los momentos difíciles, y ha sido su mayor soporte para transitar por este camino indescifrable de la vida. También, de nuevo manifiesta que su otra fortaleza es Dios, razón muy personal pero que ha determinado su destino. Es así que, les dice a los niños y jóvenes de estos tiempos también inusuales, que, “sí son capaces, no importa el lugar donde estén, el barrio, la ciudad, el pueblo, el campo o lo que sea, que no sea una disculpa para dejarse llevar por las adversidades”.

De este modo, y limpiando su rostro de las lágrimas que menguaron su relato, finaliza su historia de vida que, si bien ha sido dolorosa, le ha permitido mostrar el devenir de la existencia y las aristas, buenas y malas, que trae consigo este sendero. Es esta la realidad de un país donde se quebrantan constantemente los derechos humanos y se vulnera la vida de aquellos que, como mi padre, se han dedicado a cultivar y proteger la tierra, es la radiografía de una serie de sucesos funestos que él ha podido recorrer con valor, con esfuerzo y resiliencia. Y es mi padre, un ser humano incansable y fiel a las palabras que continuamente le brinda a los demás, “tienen que ser fuertes y valientes”, este siempre ha sido y será su estandarte.

“PRIMERO ESCRIBO PARA COMPLACERME A MÍ, LUEGO A LOS QUE ME LEEN”

Por: Jean Carlos Pérez Rivera

Universidad de San Buenaventura

Estudiante de lengua Castellana y Humanidades

Bienvenidos sean ustedes, lectores ansiosos por las historias, a mi encuentro. Hoy yo seré el conductor de esta narración, en la cual les mostraré el rostro, sin tapujos, de una mujer joven que sueña con escribir grandes cosas.

-Esa ha sido una buena presentación, ¡por fin haces algo bien!

Disculpa, aun no te he presentado, déjame hacerlo. Una chica llamada Dipsy Johana Pérez Rivera de 21 años, estudiante en administración de empresas y residente en la ciudad de Manizales. Ella me rogó, de manera reiterada, que le hiciera una entrevista.

-Vuelves a decir que te rogué que me entrevistaras y aun no me haces ninguna pregunta.

Vale, lo siento. Ella accedió voluntariamente a una charla para hablar sobre ella y su pasión por la escritura para internet. ¿Qué pensará ella de la escritura online? ¿Será una joven talento que se esconde entre las sombras? ¿Su género se ha visto involucrado? Vea todo esto y más en su programa de chismes favorito.

Ahora pasa los comerciales.

- ¿Puedes tomarte esto en serio por una vez? Perdónenlo gente, es un poco tonto. Continúa y deja de hacer el ridículo.

Ok. Johana normalmente es un mujer centrada, callada, reservada y solitaria, por ello no le agrada mucho hablar sobre lo que le gusta y lo que le interesa. No obstante, contra viento y marea, contra el abismo de la incertidumbre…

- ¿Vas a seguir?

Está bien. Hoy ella nos abre su corazón y nos cuenta sobre lo mucho que le gusta escribir.

Dipsy relata, con brillo en sus ojos, cómo la escritura ha sido para ella una forma de expresarse, de sentirse bien y de autosuperarse. No deja de escribir porque esa es la forma en la que una chica tan callada como ella puede hablar y ser social, por una vez, en su vida. Puesto que el no tener casi amigos y el no salir de casa se convirtieron en sus actividades favoritas.

-Oye, no me hagas ver tan mal. Es cierto que no tengo amigos y que tampoco me gusta salir, pero eso no significa que sea un poco asocial, o sea, sí lo soy; pero no porque no tenga amigos.

Luego de saber sus razones para representar tan bello arte, se dispuso a contarnos porqué empezó a escribir y en qué tema se interesó. La señorita comenzó a redactar narraciones principalmente por su amor por la lectura de mangas o cómics japoneses. Se preguntaba día a día si ella podría hacer algo parecido, si su personaje favorito podría tomar otro rumbo o si su libro preferido pudiera tener otro final. Cuando se dio cuenta, se encontraba frente a su teclado escribiendo una historia de fantasía.

-Lo considero fantasía porque escribí a partir de un manga de ficción que me tenía enamorada. En pocas palabras los personajes no eran míos, pero intenté hacer mi propia versión de dicha historia.

O lo que es lo mismo, una ladrona y plagiadora.

- ¡Que no robé nada! Solo fue un Spin Off. Además, siempre dije que era basada en otra obra.

Está bien, está bien. Sigamos queridos lectores, no miren de cerca a esta gata rompe hogares. Su historia continúa cuando se aventuró a subir esa narración a una aplicación para teléfono celular, más conocida como Wattpad. En dicha app se suben todo tipo de escritos, ya sean originales, basados, de pago, gratis, para la familia, de tomate o de cebolla.

-Céntrate, no hablamos de tus gustos de comida.

Olviden esto último, por favor. Ella se dio cuenta que allí estaba su oportunidad por mostrar cómo escribía y cómo podía desarrollar su historia, puesto que podía hacerlo en el género que a ella más le gusta. Aquí entre nosotros, Dipsy es toda una romántica…

- ¿Pero qué clase de patrañas les estás contando? Si ese es el género que menos me gusta. Además, ya hay demasiados clichés parecidos en Wattpad.

Pero tampoco te enojes. Es que no me tienes paciencia. Además, está bien que suelte uno que otro dato interesante, pues, aunque no sean verdad, mantiene a la audiencia concentrada.

-Si vuelves a mentir, dejamos todo aquí.

Bien, continuaré. Luego de todo, nos hizo saber que su género jamás ha sido un impedimento para escribir dentro de la plataforma, pues sus lectores la valoran por su narrativa y esfuerzo, no por si le gusta el maquillaje o los autos de juguete. Partiendo de eso, mencionó que como ser mujer nunca se le fue criticado, menos fue criticada por otras cosas. Puesto que, como ella mismo lo dijo: “Es más fácil escribir para quienes no conoces”.

-También recuérdales que normalmente las chicas solo escriben de cosas románticas, por lo menos en la aplicación. Incluso, han creído que soy hombre en varias ocasiones. ¿Se imaginan?

Claro que sí, con esa fuerza, por poco eres levantador de pesas.

¡Auch! Tampoco era necesario que me golpearas.

Ahora déjame seguir antes de que empiece a llorar. Me pareció interesante que nos contara la forma cómo su pensamiento estaba impreso en sus escritos; la señorita dijo algo que yo no esperaba. Primero, recalca que lo más probable es que no encuentres ni ápice de ella en la arrativa, pero sí en su personaje principal, puesto que se ve así misma en él e intenta representar algunas de sus ideologías y creencias en sus decisiones.

-Al final sí que puedes contar bien.

¡Shhh! Silencio, que se distraen los lectores.

Después de esta interrupción, la joven nos cuenta que primero se interesó por reescribir una obra original porque sentía que ese era el camino más fácil para una principiante como ella. De todos modos, también aclara que desea escribir su propia historia, en la cual representara su propio mundo e imaginación.

-Además, a los fanáticos de la obra les encantó mi reescritura, puesto que recibía halagos sobre cómo la estaba llevando yo.

Claro, por fama todo el mundo cambia. Ja, es mentira, por favor aleja esa piedra de mí. Hmm, prosigamos, por favor, que todo esto se vuelve interesante. Johana nos cuenta que, aunque quiera escribir su propia historia, no le interesa cambiar de plataforma, pues en la aplicación ya tiene bastantes seguidores y se siente cómoda. Sin embargo, ella está más interesada por probar otros temas y alejarse un poco de la reescritura, en otras palabras, desea mostrar su propio mundo de fantasía.

Otro tema muy interesante, en el cual no perdí mi tiempo en preguntarle, fue que si ella se preocupaba por complacer a quienes la leían. La señorita Dipsy, sin siquiera dudarlo un poco, hizo saber que para poder complacer al otro primero inicias contigo mismo.

-Porque primero escribo para complacerme a mí, luego a los que me leen”

Oye, arruinaste mi momento de gloria, yo quería decir la frase. Agregarle suspenso, fuegos artificiales o alguna cosa.

-Pues ya que es mía, la dije yo.

Está bien, pero a cambio la pondré de título, así los lectores tendrán que llegar hasta aquí para comprenderlo. Soy un genio del marketing. Hmmm, disculpen, ¿seguían aquí? ¡Vaya ¡ no lo había notado. Mejor continuamos, ¿no?

Para ir cerrando la conversación y también esta narración, llegamos a la pregunta con la cual se inició todo esto: ¿La gordita se percibirá así misma como una escritora? Antes de que digas algo más y de que te acerques a mi con intenciones asesinas, prometo no volver a llamarte así.

-Me considero escritora en primer lugar porque escribo, pongo de mi imaginación, de mi esfuerzo y de tiempo para escribir para un público que lo consume y lo disfruta. En segunda instancia, siento que llamarme escritora sería un insulto para todos aquellos que viven por el arte y realmente se dedican a ello.

No tiene todo el profesionalismo que necesita, pues le falta odio, pero de todos modos nos cuenta que si sigue como va, probablemente pueda escribir un libro propio y así podrá llamarse escritora con autoridad y convencimiento.

Luego de tomar un poco de agua la señorita nos respondió las últimas preguntas, las cuales se referían a que seguiría escribiendo y que su escritura podría ayudar a alguien más. Muy hermosamente menciona que ella podría ser una inspiración para un aspirante a escritor, pues a ella le pasó lo mismo en su tiempo. También sus historias o sus personajes pueden darte una lección de vida o sacarte del aburrimiento.

-Después de todo, si alguien lee, siento que eso ya es ayudarlo en todos los ámbitos.

Qué buena frase te has sacado. ¡Anótala Mario Hugo! Ah, espera, ese es otro programa. Después de haber hecho toda esta bella entrevista, termino por consultarle a la invitada si volvería a un encuentro así, a lo que orgullosamente respondió que sí, pues se divertía.

Al final se despidió recordándoles a todos lo que nos leen que su hermano era el mejor del mundo y que no habría tenido mejor entrevistador en la existencia.

-Yo nunca dije eso.

Pero ellos no lo saben, solo déjalo así. Ahora ¿Quién tiene hambre?

-Yo tengo un poco, ¿pero que pasará con los lectores y la narración? ¿Los vas a dejar así?

Claro que sí, ellos ya verán que hacen. Además, aun siguen leyendo esto. Despídete tu.

-Gracias por invitarme y lectores, por favor, hagan que mi hermano recapacite. Por favor.

¡Termina El Taller Prensa Escuela 2021!

Sara Montoya García.
Practicante de Comunicaciones El Colombiano.

El pasado viernes 19 de noviembre se llevó a cabo la Clausura de El Taller Prensa Escuela 2021 en la Universidad Pontificia Bolivariana. Allí, los estudiantes y talleristas tuvieron la oportunidad de conversar con el autor adoptado Mauricio García Villegas, y posteriormente, recibir los reconocimientos por haber hecho parte de El Taller 2021 mientras descubríamos la nueva publicación digital de El Taller. Aquí puedes encontrar nuestra galería fotográfica para revivir y rememorar los momentos de la ceremonia.

Fotografías realizadas por Edwin Bustamante, fotógrafo de El Colombiano.