Los árboles también son casas

Por: Simón Vargas Arciniegas

Colegio Colombo Francés

Grado Octavo

Tallerista: Lina Argüello

Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana

Universidad de San Buenaventura

 

El comienzo del alba se impone en todo su esplendor; y como aquella molesta pero necesaria alarma que solemos escuchar por la mañana, suena el canto de las aves. Él, se levanta, sale de su acogedora casa y, al inhalar, percibe el rocío de la mañana, ese característico olor que sabe que indica: “Hoy será un gran día”. Entonces, exhala. Se viste, primero abotona la camisa con una precisión increíble y se pone su pantalón ligeramente sucio; por tierra y pigmentos de frutas y verduras. Luego se pone sus botas y aquel sombrero que ha llevado por años, ese fiel amigo que por mucho tiempo lo ha protegido del sol. Es hora de salir de la casa, hace mucho frío, pero el instinto promete que habrá calor más tarde.

Emiro Arciniegas, se encuentra en su tan amada finca, con sus hijos que están dentro de la casa, y sus nietos quienes lo acompañan en su travesía de recoger y cultivar aguacates. Él atiende a los niños con una gran paciencia y tranquilidad, les explica paso a paso lo que va a hacer y sigue la magia… Toma entre sus manos una ‘bajadora’ que en un momento usará para los aguacates de su árbol preferido y se dirige hacia el espacio donde se encuentra dicho árbol. Antes de cualquier cosa, en una inmensa forma de respeto, se dispone a hablar con él, a pedirle permiso para tomar sus frutos, a decirle cuán bello e importante y lo maravillosos y exquisitos que van a ser sus frutos…

Ya en este punto, Emiro, con todo el cariño, toma la herramienta y en plena muestra de suavidad, baja uno por uno los hermosos y únicos frutos que provee este extraordinario árbol, agarra uno de esos aguacates y lo acaricia entre sus delicadas, cansadas pero acogedoras manos, que emanan amor, mientras viene a su mente una palabra fugaz, la cual pronuncia en voz alta: ‘Mantequilla’. Va a ser un aguacate delicioso, ‘mantequilludo’, como suelen decir. 

Siente alegría y orgullo al saber que todo es resultado de su esfuerzo y dedicación. Es un trabajo que parece sencillo, pero nadie se percata del esfuerzo que llevó todo el proceso de cosechar esos aguacates, el simple hecho que por más de una década Emiro estuvo teniendo bajo su cuidado a ese árbol que, por muy lento que pareciera su crecimiento, llegó a lo que en un principio se quería, y no solo cultivó aguacates sino cientos de historias, y todo gracias a que Emiro, un campesino entregado a lo que ama, colocó sobre ese suelo, una pepa de aguacate. Él como muchas personas siguen cultivando y resguardando la naturaleza, pues a fin de cuentas somos parte de ella. Es nuestra familia. 

Emiro Arciniegas fue un campesino toda su vida, aprovechó cada instante que pudo para cultivar y trabajar la tierra. Esta rutina la repitió periódicamente, por varios años, a veces solo o a veces acompañado, dejando ese espacio impregnado de amor, hasta su último aliento. El 8 de julio de 2019 partió de este mundo, tranquilo, sabiendo que había cumplido con su propósito, que desde un principio había sido proteger el lugar que le dio la vida, la Tierra.  Las cenizas de Emiro yacen bajo ese mismo árbol que cuidó de él, tal como Emiro una vez lo hizo. Hace muy poco tiempo ese aguacate empezó a perder fuerzas y también partió, no sin antes cumplir un propósito: ser la Casa de Emiro. 

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