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La noche en que Colombia perdió una hora para encarar el apagón, ¿se repetirá la historia en 2026?

En 1992, el país adelantó sus relojes para ahorrar energía. Hoy, los aires de racionamiento traen la medida al debate nacional.

  • La madrugada del 2 de mayo de 1992, Colombia adelantó una hora sus relojes para enfrentar la crisis energética. FOTO: Archivo
    La madrugada del 2 de mayo de 1992, Colombia adelantó una hora sus relojes para enfrentar la crisis energética. FOTO: A rchivo
  • Facsímil de EL COLOMBIANO de mayo de 1992
    Facsímil de EL COLOMBIANO de mayo de 1992
  • Facsímil de El COLOMBIANO de junio de 1992
    Facsímil de El COLOMBIANO de junio de 1992
hace 52 minutos
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A las 12 de la noche del 2 de mayo de 1992 ocurrió algo que nunca antes había sucedido en Colombia. El reloj oficial del país dio un salto repentino y los colombianos pasaron de las 00:00 a la 01:00 de la madrugada. En cuestión de segundos desaparecieron 60 minutos del calendario nacional.

La medida, conocida popularmente como el cambio de hora, fue adoptada por el gobierno del presidente César Gaviria como una respuesta de emergencia a la crisis energética que atravesaba el país. El objetivo era sencillo en teoría: aprovechar mejor la luz solar para reducir el consumo de electricidad.

La escena que dio inicio al experimento tuvo lugar en el Laboratorio de Tiempo y Frecuencia del Instituto Colombiano de Normas Técnicas (Icontec). Allí, el entonces superintendente de Industria y Comercio, Jorge Orlando Montealegre, y el ministro de Comercio Exterior, Juan Manuel Santos, fueron los encargados de adelantar oficialmente los relojes.

El ambiente distaba de ser solemne. Periodistas, técnicos y curiosos se congregaron para presenciar el momento histórico. Algunos de los asistentes compararon la atmósfera con una celebración de Año Nuevo: había expectativa, transmisiones radiales en directo y cuenta regresiva, aunque sin champaña ni las tradicionales doce uvas.

Facsímil de EL COLOMBIANO de mayo de 1992
Facsímil de EL COLOMBIANO de mayo de 1992

Cuando las agujas marcaron la medianoche, bastó presionar dos teclas para que el país entrara en un nuevo horario. Colombia acababa de vivir el día más corto de su historia reciente: una jornada de apenas 23 horas.

Idea importada de Europa

La iniciativa había sido impulsada por Juan Manuel Santos, quien observó el funcionamiento de horarios de verano en varios países europeos. La propuesta consistía en que las actividades cotidianas se desarrollaran con más horas de luz natural y menos tiempo de iluminación artificial.

Sin embargo, la medida no fue aceptada de inmediato dentro del Gobierno. Según relatos de la época, incluso el presidente Gaviria mostró reservas iniciales. Durante cerca de dos semanas, Santos defendió la propuesta ante sus colegas hasta conseguir el respaldo mayoritario del gabinete ministerial.

La decisión terminó convirtiéndose en una de las acciones más llamativas adoptadas para enfrentar la escasez de energía que afectaba al país.

El desconcierto por el cambio de hora

La mañana siguiente dejó escenas de confusión en distintas ciudades. Muchos ciudadanos se resistieron a modificar sus relojes y continuaron guiándose por la hora anterior. El resultado fue una oleada de personas que llegaron demasiado temprano a reuniones, citas médicas o compromisos laborales.

Los relojes públicos tampoco ayudaban. Algunos habían sido ajustados y otros no, por lo que era común encontrar dos horas distintas en una misma calle.

Las anécdotas comenzaron a multiplicarse. Una de las más recordadas ocurrió en un bar cercano al laboratorio donde se realizó el cambio oficial. Allí, un cantante conocido como “Pacho” inició una canción de Joan Manuel Serrat a las 12 de la noche. Cuando terminó su interpretación, el reloj marcaba la 1:05 de la madrugada. Para él habían pasado apenas unos minutos; para el tiempo oficial, más de una hora.

Entre el ahorro y el cansancio

El adelanto de los relojes también despertó inquietudes curiosas. Algunos se preguntaban cómo reaccionarían los animales domésticos y de granja. Entre bromas se decía que los gallos cantarían una hora más tarde y que los burros tendrían que ajustar sus rutinas al nuevo horario nacional.

Más allá de las anécdotas, el cambio tuvo efectos reales sobre la vida cotidiana. Muchas personas debieron levantarse cuando aún estaba oscuro, alterando sus hábitos de sueño. El cansancio y la sensación de que los días rendían menos se convirtieron en comentarios frecuentes durante las primeras semanas.

Facsímil de El COLOMBIANO de junio de 1992
Facsímil de El COLOMBIANO de junio de 1992

A pesar de las incomodidades, las autoridades insistían en que el sacrificio era temporal y contribuiría al ahorro energético en un momento crítico para el sistema eléctrico colombiano.

La promesa oficial era que aquella hora desaparecida no se perdería para siempre. Aproximadamente tres meses después, cuando el país regresara a su horario habitual, los colombianos recuperarían los 60 minutos que habían dejado atrás aquella madrugada de mayo.

Más de tres décadas después, el episodio sigue siendo recordado como una de las decisiones más singulares adoptadas por el Estado colombiano: la noche en que, para ahorrar energía, un país entero decidió adelantar el tiempo.

Volver a adelantar la hora

Ahora, la posibilidad de que Colombia enfrente en los próximos meses un fenómeno de El Niño de gran intensidad ha reabierto el debate sobre las medidas necesarias para garantizar el suministro de energía en el país.

El exministro de Minas y Energía, Amylkar Acosta, advirtió que los principales centros meteorológicos han alertado sobre la llegada de un episodio climático severo que podría extenderse durante varios meses y afectar de manera significativa los aportes hídricos que alimentan el sistema eléctrico nacional.

Acosta recordó que la empresa XM, encargada de la operación y administración del Sistema Interconectado Nacional, ha señalado que en escenarios de hidrología crítica la capacidad de generación podría resultar insuficiente para cubrir toda la demanda.

Frente a este panorama, una de las propuestas consiste en adelantar una hora la jornada nacional, tal como ocurrió durante el apagón de 1992 y 1993 bajo el gobierno de César Gaviria.

La medida implicaría ajustar los horarios laborales y escolares para aprovechar durante más tiempo la luz natural y reducir el uso de iluminación artificial y otros equipos eléctricos durante las horas pico de consumo.

“El objetivo es aprovechar mayormente la luz solar”, sostuvo Acosta, quien considera que esta decisión permitiría generar ahorros importantes de energía precisamente en los momentos del día en los que el sistema enfrenta mayores presiones.

La iniciativa recuerda, inevitablemente, el llamado “horario Gaviria”, implementado hace más de tres décadas en medio de una de las peores crisis energéticas de la historia reciente del país.

Un apagón transformador

El racionamiento de 1992 no solo apagó bombillos y obligó a modificar horarios. También transformó de manera profunda la vida cotidiana de miles de familias en el Valle de Aburrá.

Un sondeo realizado por EL COLOMBIANO en mayo de ese año retrató cómo los cortes de energía alteraron las costumbres, la economía doméstica, la alimentación y hasta las relaciones familiares.

Los resultados mostraron que el impacto fue mucho más allá de las incomodidades temporales. El apagón obligó a los ciudadanos a reorganizar sus rutinas diarias y a desarrollar nuevas estrategias para afrontar la crisis energética.

La transformación más frecuente estuvo relacionada con la alimentación. El 24,1% de los consultados aseguró que los cortes de energía modificaron sus hábitos para comer.

La falta de refrigeración provocaba que los alimentos se dañaran con rapidez, mientras que muchas familias reportaron una disminución tanto en la calidad como en la cantidad de las comidas. Preparar los alimentos también se convirtió en una tarea más compleja y costosa.

Ante la imposibilidad de utilizar electrodomésticos de manera regular, numerosos hogares recurrieron a combustibles como petróleo y gasolina para cocinar. Los encuestados describieron estas alternativas como contaminantes, perjudiciales para la salud y agotadoras debido al tiempo adicional que requerían.

Ganar menos y gastar más

Otro efecto significativo fue el económico. El 18,8% de las personas afirmó que el racionamiento deterioró sus finanzas familiares.

La percepción generalizada era la de “ganar menos y gastar más”. Los hogares tuvieron que asumir costos inesperados en la compra de velas, pilas, petróleo y gas, además de enfrentar gastos adicionales en transporte para los niños y reparaciones de electrodomésticos afectados por las interrupciones del servicio.

Uno de los hallazgos más llamativos fue que, pese a los apagones, el 40,3% de los encuestados aseguró que el valor de sus facturas de servicios públicos aumentó durante ese período.

La crisis energética también alteró los horarios de descanso y trabajo. El 14,8% de los ciudadanos tuvo que modificar sus jornadas laborales, en muchos casos trabajando durante la noche o realizando extensas jornadas continuas para recuperar el tiempo perdido por los cortes de energía. Esta situación generó mayores niveles de cansancio y preocupación por la seguridad en los desplazamientos nocturnos.

A su vez, el 12,8% reportó cambios en la hora de levantarse. Muchas personas comenzaron a madrugar para aprovechar las horas con suministro eléctrico o para adelantar tareas antes de los apagones programados. El resultado fue una sensación generalizada de agotamiento, trastornos del sueño y la percepción de que los días rendían menos.

Protagonista de primer orden

Ante la crisis energética, EPM tuvo que tomar decisiones extraordinarias para administrar la escasez de energía y minimizar el impacto sobre la población y los sectores esenciales. Así lo recordó Carlos Enrique Moreno, quien se desempeñaba como gerente de la entidad durante el apagón.

Según Moreno, las primeras señales de alerta aparecieron meses antes de que se decretaran los racionamientos. Durante reuniones de la entonces Comisión de Energía, expertos del sector advirtieron sobre una reducción acelerada de los caudales de los ríos, fenómeno que hoy se asociaría con un episodio severo de El Niño.

Los ríos se estaban secando de manera dramática. Había afluentes que pasaban de transportar 20 metros cúbicos por segundo a 11, luego a tres y finalmente desaparecían”, recordó. Sin embargo, en ese momento la posibilidad de un apagón era vista con escepticismo debido a que predominaba la idea de que el sistema eléctrico colombiano estaba sobredimensionado.

Cuando la magnitud de la crisis se hizo evidente, el Gobierno Nacional convocó a los principales responsables del sector para coordinar las medidas de emergencia. A partir de ese momento, EPM tuvo que diseñar e implementar un plan de racionamiento sin precedentes.

Una de las primeras decisiones, relató Moreno, fue asumir una política de transparencia total frente a la ciudadanía. La empresa realizó más de 160 reuniones con juntas de acción comunal, gremios, hospitales, instituciones educativas, medios de comunicación y distintos sectores de la sociedad para explicar las causas de la crisis y las medidas adoptadas para enfrentarla.

“Decidimos darle la cara a la gente. Había que explicar qué estaba pasando, por qué estaba ocurriendo y cómo íbamos a manejar la situación”, señaló.

La aplicación de los cortes de energía también estuvo guiada por criterios de equidad. Moreno recuerda que impartió una instrucción simbólica pero contundente: el primer sector en ser desconectado debía ser el barrio donde él mismo residía.

“Si había que apagar la energía, el primer barrio tenía que ser donde yo vivía. No quería que nadie pensara que existían privilegios”, afirmó.

Sin embargo, la ejecución técnica del racionamiento resultó mucho más compleja que simplemente desconectar zonas enteras de la ciudad. La red eléctrica tuvo que ser intervenida para garantizar la continuidad de servicios considerados esenciales.

De acuerdo con Moreno, los equipos de distribución realizaron numerosas modificaciones operativas para aislar hospitales, instalaciones de seguridad, centros educativos y otros servicios básicos de los circuitos sometidos a cortes.

“Había sectores donde era necesario suspender el servicio, pero dentro de ellos funcionaban hospitales. Tocó hacer derivaciones y ajustes en la red para mantener esos puntos conectados mientras el resto del circuito era desconectado”, explicó.

La prioridad fue proteger el aparato productivo y los servicios indispensables para la población. Por ello, las restricciones se diseñaron buscando evitar afectaciones mayores a la atención médica, la seguridad ciudadana y la actividad económica.

Al mismo tiempo, EPM tuvo que enfrentar otro desafío técnico: la gestión de los embalses. Moreno explicó que no toda el agua almacenada podía utilizarse libremente, pues las centrales hidroeléctricas cuentan con niveles mínimos operativos que no pueden sobrepasarse sin comprometer su funcionamiento.

A medida que descendían los niveles de los embalses, la crisis dejó de ser únicamente un problema de disponibilidad de energía y se convirtió también en una limitación de potencia. Es decir, no solo faltaba agua para generar electricidad durante largos periodos, sino también para atender los picos de consumo diarios.

Para Moreno, la experiencia demostró que el país llegó al apagón como resultado de varios factores simultáneos: una sequía extraordinaria, retrasos en proyectos de generación, deficiencias operativas en distintas empresas del sector y fallas en la información reportada sobre la disponibilidad real de algunas plantas térmicas.

En medio de ese panorama, sostuvo que el principal reto de EPM fue administrar la emergencia con criterios técnicos, proteger los servicios esenciales y mantener informada a la ciudadanía mientras el sistema eléctrico atravesaba una de las crisis más severas de su historia.

En opinión del exgerente de EPM, el país hoy no ha entrado en un apagón porque tiene “todavía una agüita ahí guardada en los embalses”, pero técnicamente ya está en apagón.

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