Los últimos 15 días de julio pasado Jairo Chaverra* anduvo las calles de Cartagena con tres escoltas, seis pistolas al cinto y una sentencia sobre su espalda: o pagaba a “sus socios” los 820 kilos de cocaína que le incautó la Policía, o su esposa lo iría a visitar a cualquier cementerio de la costa colombiana.
El cargamento “se cayó” porque la soldadura del piso del contenedor en el que sacarían “la merca” quedó mal hecha y los agentes descubrieron el engaño. Eran 440 kilos de cocaína que terminarían en uno de los puertos de Europa, inundando de polvo blanco las calles de las ciudades adictas al químico mortal.
“El resto de la encomienda estaba en lo que llamamos ‘la guardería’, que es una vivienda cercana a los puertos, pero con la caída...