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Un acto cargado de simbolismos: crónica de la posesión de De la Espriella en el batallón Pichincha de Cali

Rodeado por helicópteros y blindados de combate en el campo de paradas, el Presidente proclamó que “el que está de rodillas ante Dios jamás será encido”. En horas posteriores se realizaron operativos, uno contra la Segunda Marquetalia.

  • El presidente De la Espriella junto al ministro de Defensa, Jorge Eduardo Mora, en un vehículo militar en el Cantón Nápoles, sur de Cali. FOTO: FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA
    El presidente De la Espriella junto al ministro de Defensa, Jorge Eduardo Mora, en un vehículo militar en el Cantón Nápoles, sur de Cali. FOTO: FUERZAS MILITARES DE COLOMBIA
  • El mensaje de Aberlardo de la Espriella fue contundente en que no hará concesiones a los grupos ilegales. FOTO: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA
    El mensaje de Aberlardo de la Espriella fue contundente en que no hará concesiones a los grupos ilegales. FOTO: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA
hace 2 horas
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El sol de la tarde caía pesado sobre el sur de Cali. En el campo de paradas del Cantón Militar Nápoles (más conocido por los caleños como batallón Pichincha), sede de la Tercera Brigada del Ejército y uno de los más antiguos del país, la ceremonia de honores a Abelardo de la Espriella había comenzado a adquirir una atmósfera distinta a la de una tradicional transmisión de mando.

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La solemnidad castrense convivía con una inusual efervescencia popular. Entre los asistentes este 7 de agosto había invitados con camisetas de la Selección Colombia, familiares de cadetes y decenas de periodistas que se agolpaban en las graderías dispuestas en un costado del campo de paradas.

Al fondo la tarima presidencial, con una bandera de Colombia corriendo en sin fin por una pantalla horizontal, y seis piezas de la mejor maquinaria militar dominaban el paisaje. A un lado del césped, un helicóptero Black Hawk, en el otro lado otra aeronave igual. Al otro costado, un vehículo blindado de guerra de última generación y otros tres más. Eran parte del lenguaje visual de la ceremonia militar.

Antes de que el nuevo presidente pronunciara una sola palabra de su discurso, el escenario ya hablaba de fuerza, seguridad, territorio y capacidad de respuesta. La escena tenía además un componente histórico.

La decisión de realizar la posesión en Cali rompía con la tradición de concentrar este tipo de ceremonias en Bogotá y trasladaba el centro simbólico del poder nacional hacia el suroccidente colombiano, epicentro de las Fuerzas Militares que combaten las disidencias de Iván Mordisco, el ELN y otros grupos más en Nariño, Cauca y Valle. Pero no se trataba simplemente de cambiar de ciudad.

La elección del Cantón Nápoles situaba la investidura presidencial en el corazón de una institución militar en una región marcada durante décadas por el conflicto armado, el narcotráfico, la minería ilegal y la disputa territorial.

El mensaje visual era difícil de ignorar: el nuevo gobierno quería comenzar su historia de poder desde el territorio donde la seguridad constituye una de las principales preocupaciones del Estado.

La llegada del mandatario estuvo atravesada por esa lógica. Faltaban pocos minutos para las cinco de la tarde cuando entre los periodistas comenzó a circular la información de que el recién juramentado presidente, Abelardo de la Espriella, llegaría en helicóptero tras asumir el cargo en el auditorio Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, ante el presidente del Senado, Honorio Henríquez.

En ese lugar, De la Espriella estuvo sentado en una silla que, según el maestro de ceremonias, perteneció al prócer Joaquín de Cayzedo y Cuero, quien en el suroccidente colombiano encarnó el sacrificio regional por la independencia del país.

La llegada veloz al batallón

Terminada la juramentación, el presidente De la Espriella desapareció del auditorio. Mientras tanto, en el batallón, los ojos estaban puestos en el cielo: se esperaba la llegada del helicóptero presidencial. Pero la aeronave nunca apareció.

La comitiva presidencial arribó finalmente por tierra. El mandatario apareció, como comentaban algunos periodistas en la tribuna, “de fantasma”. “Ni sonó ni nada”, se escuchó entre quienes esperaban el aterrizaje. Una caravana de vehículos, fuertemente custodiada, ingresó a gran velocidad por la zona posterior de la tarima principal y después de dejar al nuevo presidente desapareció de la vista del público.

La maniobra podía explicarse desde la seguridad operacional: reducir la exposición, controlar el perímetro y evitar que los movimientos presidenciales fueran previsibles.

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La reserva, el invitado especial

El papel de la reserva activa en la ceremonia militar no fue un elemento decorativo, sino una de las piezas centrales del mensaje de legitimación moral que el nuevo gobierno buscó proyectar.

La presencia de los veteranos, en una gradería especial, permitió ponerle rostro, trayectoria y memoria a un discurso de campaña que mantuvo en su primer acto de gobierno Abelardo de la Espriella, que reivindicaba la autoridad, el orden y el respaldo a la Fuerza Pública.

Ese relato de dignidad y servicio encontró una de sus expresiones más contundentes en el testimonio del mayor veterano José Alexander Pinto Bernal, oficial de Infantería y egresado de la Escuela Militar en 1995, quien habló con EL COLOMBIANO, y cuya trayectoria resume buena parte de la geografía del conflicto armado colombiano.

Con más de dos décadas de servicio en escenarios de alta complejidad operacional, Pinto Bernal estuvo desplegado en Urabá y Tolima, participó en la recuperación de la zona de distensión del Caguán, en Guaviare, y culminó su carrera militar después de permanecer durante tres años en Arauca.

Su hoja de vida no era, por tanto, un simple antecedente profesional: en la ceremonia funcionaba como una representación concreta de la generación de militares que pasó buena parte de su vida en los territorios donde el Estado libró algunas de sus batallas más difíciles contra las organizaciones armadas y el narcotráfico.

Para el mayor Pinto Bernal, la invitación formal del presidente Abelardo de la Espriella tenía un significado que trascendía el protocolo.

En su testimonio, sostuvo que el nuevo mandatario “había sido uno de los pocos presidentes que realmente había tenido en cuenta a los veteranos y que esa convocatoria representaba para ellos una recuperación del lugar de respeto y honor que consideran merecer después de décadas de servicio”. La percepción de reconocimiento también estaba vinculada con la llegada del general en retiro Jorge Eduardo Mora al Ministerio de Defensa.

La convocatoria, además, tenía una dimensión nacional. Pinto Bernal había viajado desde Casanare, mientras que otros veteranos habían llegado desde lugares tan distantes como Vaupés, Mitú y Leticia.

Los honores militares al Jefe de Estado, con presencia de antiguos integrantes de la Fuerza Pública, provenientes de diferentes extremos del territorio, acompañaron el comienzo de un gobierno que convirtió la seguridad y la recuperación del control territorial en uno de sus principales ejes políticos.

Todos, más o menos unos 200, estaban en una gradería especialmente dispuesta a un lado del atril del Presidente y la cúpula militar, y a un lado de máquinas de guerra como los helicópteros y tanques. Otros cuatro veteranos, que hablaron con este diario coincidieron con el mayor retirado y agregaron que les parecían unos honores al Presidente muy importantes “por la seguridad del país, que con Abelardo esperamos regrese porque este país lo necesita”.

Dios y fuerza

A juicio de analistas consultados, el discurso presidencial de De la Espriella, desde una unidad militar, se presentó como una pieza de marketing político cuidadosamente construida, en la que la rigidez doctrinaria convivió con una intensa carga emocional, histórica y religiosa. Agregaron que más que una simple exposición programática, la ceremonia buscó instalar una identidad de gobierno: un poder fuerte, moralmente regenerador, dispuesto a combatir el crimen sin ambigüedades y revestido, además, de una dimensión casi providencial.

La metáfora que mejor condensó el espíritu del discurso fue: “El tigre ha llegado y sabrán lo duro que muerde cuando se trata de defender al pueblo colombiano”.

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La imagen no funciona simplemente como recurso retórico. “Construye una identidad presidencial asociada con la fuerza, la ferocidad y la capacidad de responder sin titubeos frente al crimen y la corrupción”, dijo un analista.

A esa imagen de fuerza se suma una operación de mayor calado histórico: la recuperación de Rafael Núñez y de su célebre dilema, “Regeneración o catástrofe”. De la Espriella retomó esa tradición para plantear una nueva regeneración, según él, esta vez articulada en cuatro dimensiones: moral, institucional, administrativa y económica.

La referencia a Núñez no es meramente ornamental. Permite al Presidente inscribirse dentro de una genealogía política específica y presentarse como continuador de una empresa histórica de reconstrucción nacional.

“El relato sugiere que la república atraviesa nuevamente un momento de deterioro que exige autoridad, disciplina y transformación institucional. En esa narrativa, el Estado debe recuperar capacidad de mando y centralidad, aunque acompañado de una administración regional más ágil”, relata el experto consultado.

La fórmula combina, así, una concepción fuerte del poder nacional con la promesa de eficiencia territorial. La misma lógica aparece en el tratamiento de las instituciones. De la Espriella afirmó su respeto por la separación de poderes, pero estableció desde el comienzo las condiciones bajo las cuales estaría dispuesto a relacionarse con el Congreso: diálogo público, sin “acuerdos personales ni negociaciones” tras bambalinas.

Ese énfasis resulta significativo porque intenta diferenciar la negociación política de la transacción política. El Congreso puede ser un interlocutor, pero no un espacio para pactos privados.

De igual manera, el Presidente descartó una constituyente y cualquier intento de prolongación del mandato: “Gobernaré durante los 4 años... ni un día más”.

La frase funciona como una señal simultánea de autoridad y límite: un gobierno fuerte, pero circunscrito al periodo constitucional que le corresponde.

Contra el crimen

La declaración de guerra contra el “narcoterrorismo” fue presentada como un eje fundacional del nuevo gobierno: “La opción del diálogo está completamente agotada... en la era del tigre el Estado será contundente y certero contra el crimen”. A partir de allí, el mensaje adquirió una dimensión eminentemente operativa que deja clara en sus palabras: fumigación con herbicidas de última generación, construcción de megacárceles y blindaje jurídico para la Fuerza Pública.

El mensaje de Aberlardo de la Espriella fue contundente en que no hará concesiones a los grupos ilegales. FOTO: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA
El mensaje de Aberlardo de la Espriella fue contundente en que no hará concesiones a los grupos ilegales. FOTO: PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

El Cantón Nápoles funcionó también como un escenario de demostración de fuerza y guerra. Helicópteros Black Hawk, vehículos acorazados de transporte táctico Titan y vehículos Gladiator 8x8, así como dos aviones Kfir sobrevolando Cali al menos dos veces, acompañaron una parada militar en la que participaron más de 500 integrantes de las cuatro fuerzas —Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Policía—, organizados en bloques simétricos.

En esa misma lógica se inscribió el anuncio del “Escudo de las Américas”, presentado como la primera iniciativa del nuevo gobierno y concebido como una alianza internacional de inteligencia y persecución de las finanzas criminales, liderada por el presidente Donald Trump.

La seguridad y la doctrina castrense se mantuvo, incluso, hasta el cierre del día cuando el Presidente posesionó en un salón del batallón a sus 18 ministros, al director del Dapre y a la consejera para las regiones. Además, en la Sala de guerra de esa misma unidad militar, adelantó un consejo de seguridad con las autoridades del Valle, Cauca y Nariño.

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De allí salió la orden a las FF. MM., según conoció EL COLOMBIANO, de reactivar las aspersiones aéreas y mantener las operaciones contra las principales disidencias de las Farc, incluyendo a alias ‘Iván Mordisco’ y ‘Calarcá’. El mandatario, por pedido de la gobernadora del Valle del Cauca, Dilian Francisca Toro, dijo que se avanzará en la creación de un nuevo batallón de alta montaña en Jamundí.

BLOQUE DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS

¿Dónde se posesionó Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia?
Abelardo de la Espriella se posesionó en Cali, en el auditorio Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, y posteriormente se trasladó al Cantón Militar Nápoles, sede de la Tercera Brigada del Ejército, donde realizó la ceremonia de honores y otros actos de gobierno.
¿Por qué Abelardo de la Espriella decidió realizar su posesión presidencial en Cali?
La decisión buscó trasladar el centro simbólico del poder hacia el suroccidente colombiano, una región marcada por el conflicto armado y donde las Fuerzas Militares enfrentan a grupos como las disidencias de las Farc y el ELN. La ceremonia en el Cantón Nápoles reforzó el mensaje de que la seguridad y el control territorial serían prioridades del nuevo gobierno.
¿Qué medidas anunció Abelardo de la Espriella contra el narcotráfico y los grupos armados?
El Presidente anunció una política de confrontación directa contra el denominado “narcoterrorismo”, que incluye la reactivación de las aspersiones aéreas, operaciones contra las principales disidencias de las Farc, construcción de megacárceles y medidas de protección jurídica para la Fuerza Pública.

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