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Recuerdos en primera persona de Aníbal Gil

El maestro Aníbal Gil narra en primera persona el camino hasta convertirse en artista profesional y sus coincidencias con Botero, su contemporáneo.

  • Aníbal GilFoto Edwin Bustamante
    Aníbal Gil
    Foto Edwin Bustamante
María Antonia Giraldo | Publicado el 18 de abril de 2022

“Empecé a estudiar el bachillerato en Medellín, pero tenía problemas con las matemáticas y no quise insistir, lo mío era la pintura. Trabajé unos dos años en una empresa y aproveché el tiempo, porque el trabajo se prestaba. Tenía que ir a cobrar facturas e iba por la calle caminando y dibujando. Me sentaba de pronto en un cafecito y dibujaba. Así estuve como dos años.

En eso dije ‘voy a estudiar pintura, en serio’. Averigüé por un profesor y me dieron el nombre de Rafael Sáenz, que era la única persona en aquel entonces que enseñaba pintura, hablé con él y me recibió. Tenía un grupo de personas, cuatro o cinco, que estudiaban con él en un local que le prestaba la Universidad de Antioquia en la plazuela de San Ignacio.

Ahí llegué yo, el día que él me dijo, a la hora que él me dijo. Subí las escalas y recuerdo eso con una satisfacción impresionante, cosas que iban a marcar mi vida definitivamente. El profesor me dijo ‘dibuje aquel barrio’, se veía como Buenos Aires, y estuve ahí dibujando por primera vez en un caballete. Ahí conocí a Augusto Rendón, Argemiro Gómez y Carlos Martínez.

Fernando Botero también iba donde Rafael, pero no a clase, sino que llevaba algunas acuarelas, Rafael las criticaba y él se iba. A los 15 días volvía, pero nunca recibía clase. Él se fue para Europa primero que yo, para España, pero no éramos amigos, era distante y siempre estaba en sus cosas.

La necesidad de viajar

En ellas murió mi papá y me dejó una herencia, dinero que quería aprovechar para mi educación artística. Entonces tenía la idea de viajar a Europa. Había oído a Pedro Nel Gómez, que había estado allá. Nos hablaba de Florencia y me enfoqué en ese sentido.

En ese entonces era muy fácil y muy difícil. Fácil porque el dólar estaba a la par del peso y Europa había acabado de pasar la guerra, estaban en una pobreza increíble, entonces cualquier dólar ayudaba mucho. Era difícil porque no se viajaba en avión, solo se podía ir en barco, un viaje de 25 días. El barco salía de Chile, subía por todo Sudamérica, pasaba el canal y llegaba a Cartagena, para pasar por Venezuela, Trinidad y las Canarias, hasta llegar a España.

Organicé el viaje, compré el pasaje y me fui. Sabía que la plata se me acababa y dejé todo para que me mandaran mensualmente cheques, por medio de cartas. Llegué a vivir con el mínimo que podía vivir una persona, para prolongar mi estadía en Italia.

Llegué a Italia y allá me encontré con un hijo de Pedro Nel Gómez, Ítalo, que estaba estudiando violonchelo. Me ayudó a instalarme y me matriculé con la idea de estudiar fresco, las técnicas murales, porque Pedro Nel había hecho mucho mural y hablaba mucho del Renacimiento, que usaba el fresco como técnica.

Me matriculé en Decoración, que era pintura al fresco, estuco, vitral, todo lo que tuviera que ver con paredes y superficies grandes.

Descubrir el mundo

En los veranos viajaba mucho por Italia. Todo me impactaba, porque al llegar entendí la historia. No tenía un concepto de la historia, todo era nuevo en Medellín. Entonces llegué allá a ver cosas antiguas de los romanos, del medioevo. A través del arte, uno podía leer la historia y eso me impactó.

Allá estaban Ítalo Gómez y Fernando Botero, que tenía una moto, una Vespa. Me acuerdo que la primera vez que monté en su moto sentí una sensación horrible, el pavor más aterrador del mundo, porque no tenía la idea de la velocidad, del vértigo.

Botero estaba matriculado en la misma parte que yo, pero no iba a clase. Era lo mismo: iba, llevaba trabajos, de pronto hacía alguna cosa y se iba. Volvía a los 8 días, nunca recibió clases porque tenía un sentido muy autodidacta, tenía un concepto de lo que él hacía, tal vez muy claro, entonces, le gustaba que le dijeran cosas sobre su trabajo, pero no recibía instrucciones. Iba a recibir la crítica.

Era muy autodidacta, pero sobre los cuadros del Renacimiento, sí se pegaba y los copiaba y los estudiaba, que era algo que hacíamos todos. Uno no recibía clase todo el día, tenía tiempo de ir a los museos y dibujar, mirar y estudiar, que es una cosa que se podía hacer en Florencia porque estaba la materia prima. Botero aprovechaba mucho ese aspecto.

No fuimos amigos, porque no es fácil ser amigo de él. Es escurridizo y no se compromete con nadie. Lo conocíamos, íbamos a fiestas, hacíamos reuniones, pero no había una amistad, él es muy complicado. Coincidimos poco, porque ya estaba antes de yo llegar y luego continuó su viaje.

Hacíamos viajes, fuimos a Venecia, Padua, en moto, correrías por el norte de Italia por varios días, conociendo toda la región hasta Roma. Terminé comprando la Vespa de Fernando. Recuerdo especialmente la primavera, lo agradable que era el olor de las flores, uno cree que eso es como poesía, pero es una realidad. Después del invierno, salir al campo es fantástico, encontrarse con el aire y el espacio.

También hice viajes solo en tren, a Londres, París. En un verano, se organizó un viaje para el Medio Oriente desde Italia, un mes con estudiantes. Vendí un cuadro a un caleño al que le serví como guía turístico en Florencia. Viajé con Enrique Grau e Ítalo Gómez.

El fin de la aventura

Aprovechaba muy bien el tiempo, algunas veces me invitaban a jugar billar y no iba. Tampoco Botero, que también era muy buen estudiante, pero le gustaba la parranda, decía: Ragazzi, facciamo una festa! Era muy entusiasta, explosivo.

Nos juntábamos con los colombianos que estaban allá. Había varios estudiando arquitectura, pintura y otras cosas. Nos conocíamos en la “mensa universitaria”, un comedor para estudiantes.

Me matriculé en dos clases, modelado y grabado, no participé con mucha asiduidad en el modelado, pero el grabador me gustó mucho. Iba a prácticamente todas las tardes un rato, hacía mis grabados, el profesor fue buen amigo y buen profesor. Me gané un concurso de estudiantes de grabado en Turín y un premio por un fresco, con eso me fui a París.

En aquella época subió Rojas Pinilla al poder, el dólar sufrió unos cambios y ya no era a la par, sino que había que pagar más. Se me acabó la plata. No pude estar los cinco años del curso, sino cuatro y volví a Colombia.

Con Botero, nos volvimos a encontrar en Bogotá, él ya se había casado con Gloria Zea y tenía un puesto oficial en un tema cultural. Le conté que quería hacer una exposición en la ciudad y me dijo que me ayudaba. Fue la primera exposición que hice en Colombia, en la Biblioteca Nacional, y ofrecieron una recepción en su casa. Estuve unos 15 días allá, lo máximo que me he demorado en Bogotá.

En Medellín fui profesor en la Universidad Nacional, de teoría del color y dibujo para arquitectos. Aunque empecé en la pintura y también hice mural, me dediqué 16 años al grabado, que se vendían bien. Como no eran precios muy altos, la gente podía comprar.

Participé en muchas bienales internacionales con mucho éxito y seguí de profesor muchos años, hasta la época de los 80, que hubo esas trifulcas estudiantiles. Una vez llegué a clase, en la facultad de arquitectura y me dijeron que les diera las notas, que no querían clase. Me fui y no volví. No quería perder más mi tiempo”.

Si quiere más información:

María Antonia Giraldo Rojas

Periodista cultural del área de Tendencias de EL COLOMBIANO.


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