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Cuando la historia es protagonista en las tablas

Las artes escénicas también construyen documentos para revisar el pasado, que pueden ser escenarios para el debate.

  • La casa grande, basada en la obra homónima de Álvaro Cepeda Samudio, es el más reciente estreno del Teatro Matacandelas. El arte escénico para contar el país. Foto Donaldo Zuluaga
    La casa grande, basada en la obra homónima de Álvaro Cepeda Samudio, es el más reciente estreno del Teatro Matacandelas. El arte escénico para contar el país. Foto Donaldo Zuluaga
19 de enero de 2018
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J ean Paul Sartre decía que uno va a teatro a recuperar el ciudadano. Su función trasciende el entretenimiento y, de tanto en tanto, algunas obras relatan un país: la historia en las tablas.

Decía Aristóteles que la catarsis era esa facultad de redimir o purificar al espectador de sus debilidades cuando se ven reflejadas en las obras. Ir a teatro era un tipo de expiación del delito: ver en escena los castigos que no se recibirían en vida.

“Descubrieron los griegos que había que hablar sus guerras, las viudas, la orfandad, el dolor. Como ahora, el público acudía al teatro para reconocerse. Por eso se dice que todo teatro es político, incluso si no se menciona a la política”, comenta Cristóbal Peláez, director del Matacandelas de Medellín, cuyo más reciente montaje fue La casa grande, basado en la obra homónima de Álvaro Cepeda Samudio.

De hecho, Gabriel García Márquez puso en boca de Aureliano Buendía en Cien años de Soledad que los muertos en la masacre de las bananeras “debían ser como tres mil”. Este dato estimularía la hoguera de la incertidumbre histórica.

Al contar un solo lado de la historia pasa lo que en los juicios: las inequidades e injusticias sobresalen. La literatura es un instrumento a través del cual se pueden ver múltiples miradas al pasado.

La deuda histórica no es la misma que una literaria. Para Cristóbal Peláez, “más allá de la variada y controvertida documentación de testigos e investigadores, de víctimas y victimarios, sobre la masacre de los trabajadores de las bananeras, ocurrida en Ciénaga (Magdalena) el 6 de diciembre de 1928, la novela La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio, se constituye en una provocadora puesta en escena a partir de sus elementos poéticos, que trascienden el alegato jurídico y su valor documental”. La importancia de la novela de Cepeda Samudio, según Peláez, es que junta, como ninguna otra, la épica, la lírica y el drama.

Investigación teatral

Carlos José Reyes, historiador de artes dramáticas, dedica el último tomo de su libro Teatro y violencia en dos siglos de historia de Colombia, a una revisión de la segunda mitad del siglo XX y a una mirada a la muerte como personaje principal de gran parte de la producción teatral de este período. En esa línea están las obras Agonía del difunto y Siempreviva, ambas adaptadas luego al cine gracias a su éxito en salas.

Anota Peláez que existen dos líneas en el teatro contemporáneo. La primera, conocida como posdramático, y una segunda que es un género relacionado con el documental (lo que antes era un teatro panfletario o de crítica). “Colectivos y grupos ahora arman una documentación. Ya no es un teatro ficcional sino una investigación histórica”.

Para el profesor de literatura Óscar Jairo González, “no se trata de contar historias sino de cómo se hace relato de ellas”.

Después de haber presentado más de 2.000 funciones de Guadalupe, años sin cuenta, una de las autoras y actrices de la pieza original, Patricia Ariza, hizo una adaptación con el grupo Tramaluma Teatro. A mediados de 2017 dijo que era oportuno hacerla “porque necesitamos saber los antecedentes del conflicto para poder llegar al día de nunca jamás, a la no repetición”.

Evidentemente, para hacer este tipo de obras se necesitan esfuerzos en los procesos de investigación. La Candelaria entrevistó en su momento a muchos guerrilleros y políticos para hacer su Guadalupe.

Incluso se habla ahora de teatro del posconflicto. De hecho, Labio de liebre, de Fabio Rubiano, reflexiona sobre los dilemas del conflicto armado cuando llega la paz: ¿hasta dónde estamos dispuestos a perdonar? Esta obra se le ha comparado con otro clásico de La Candelaria, El paso, que puso en tela de juicio la realidad del narcotráfico, en boga en los años 80 en la época de los carteles.

Para el profesor González, el teatro tiene que ser más que testimonio, crónica o relato. Desde la tragedia griega, el género ha tenido esa pulsión social en la que cada espectador hace catarsis y reconoce sus pecados.

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