En la primera foto hay un hombre leyendo un periódico que tiene muchas caricaturas en color. Mucho color. Dos manos, una a cada lado de las dos páginas, que son tan grandes que tapan la cara del que lee, y casi toda la foto, salvo dos pedazos de la cama y la pared.
En la última imagen, en cambio, y después de 116, hay un pañuelo blanco –también puede ser un trapo blanco–, al que le quedó el recuerdo de una mano que se limpió con él, casi con las huellas perfectas de cuatro dedos. Lo demás es negro.
Jens Hoffmann, el curador de la exposición Cámara de maravillas, que se abre este miércoles a las 6:00 de la tarde en el Museo de Arte Moderno de Medellín, eligió la primera foto, no sabe por qué, pero con la seguridad de que esa era la primera para empezar un recorrido de imágenes que se conectan por algún detalle, más grande o más pequeño.
Si la primera tiene dos manos sosteniendo el periódico, la conexión con la que sigue es que pueden ser las manos de los dos hombres que están en la foto dos. Jens dice que si se mira en detalle, con mucho cuidado la primera, las dos manos no son de un mismo alguien, sino de dos alguien, los de la foto que sigue, que miran de frente, posan, sonríen y tienen la misma camisa.
Las conexiones siguen, en la interpretación del curador: la tercera imagen tiene dos personas que se besan, que pueden ser los hombres que están leyendo el periódico en la foto uno y en el portarretratos de la dos. Y así, hasta llegar a la última. A veces la conexión es solo un color, una forma, pero todas se conectan, aunque son diferentes y tienen distintos temas. La 76 es un inodoro en primer plano, que hace link con la de antes y la de después porque tiene forma de pierna, y hay piernas en la página 75 y en la 77.
Las interpretaciones, por supuesto, son libres cuando se mira. Jens sabe que no es posible limitar la mirada, que las personas van a encontrar otras conexiones, otras historias en esas fotografías que se exponen. Está bien.
La idea es expandir las posibilidades. Cada artista del que se muestra su trabajo trata con sus imágenes de responder, a su manera, sobre quiénes somos, de qué se trata todo esto, expresa Jens. Son sus respuestas, aunque tampoco se puede responder todo. Entonces la exposición tiene una invitación: observar los métodos de cifrar eso que se mira y redescubrir la capacidad de observar.
La Cámara de maravillas está en las salas A, B y Sala de fundiciones del Mamm. Casi todo Talleres Robledo está hecho imágenes por estos días.
El origen
Las cámaras de maravillas (Camera of wonders o Camera of curiosities) existieron en Europa durante el siglo XVI. Coleccionistas, viajeros sobre todo, reunían objetos curiosos que exponían en salones –cámaras–. La gente, explica Jens Hoffman, iba a esos pequeños lugares a mirar y a escuchar historias.
“En los años que circundan el cambio al siglo XVI, un doctor danés de nombre Olao Wormio –describió él en el texto curatorial– tomó la Tierra y la insertó en una sola habitación de su casa. El espacio rebosaba de cosas de interés científico, dispuestas de manera caprichosa. Especímenes naturales colgaban desde las vigas y se posaban sobre estantes. Huesos y minerales se mezclaban con autómatas mecanizados y con muestras botánicas. Las pieles de mamíferos extranjeros se posaban al lado de los colmillos y cuernos de criaturas supuestamente mitológicas”.
Era una cámara de maravillas científica. Porque si algo tienen las cámaras es que son un macrocosmos, casi como tener un pedazo de mundo en ese salón.
La exposición que se exhibe en el Mamm es, a su manera moderna, una cámara de maravillas hecha con fotografías de importantes artistas, fotógrafos, del mundo.
Jens hizo un paralelo entre la cámara original, con fotografías que tienen objetos, lugares, incluso personas, algunas de ahora, otras de antes. Son fotos de maravillas, para quedarse a mirar y encontrar las conexiones.
Al final, dice el curador, quizá todas esas imágenes que siguen a la primera es todo eso que el señor está leyendo en ese periódico abierto que ocupa casi toda la imagen. Puede ser.
“Cuando miras a la cámara de curiosidades –explica Jens mientras mira una foto de una de hace mucho tiempo–, ves cómo está organizada. Los elementos están relacionados entre sí. Es como un poema visual, una forma, un color. Eso me gusta. No tiene que ver con consideraciones históricas, que es como los museos tradicionales conectan sus increíbles exposiciones. En esta exhibición, un poco lo que quise hacer con todas las fotos” es conectar como un poema visual, una forma, un color. Por eso las conexiones.
Las cámaras de antes estaban hechas principalmente por gente que viajaba alrededor del mundo. El curador explica que ahora no se tiene que viajar, que alguien puede tomar una foto en la Antártida y exhibirla y se puede ver cómo es la Antártida. Para él, el siguiente paso es pensar que internet es en la actualidad otra forma de la cámara de curiosidades.
La del Museo de Arte, en la que participan artistas como Berenice Abbott, Manuel Álvarez Bravo, Paul Horst, Andreas Gursky y Diane Arbus –en total son 78– es por tanto una propuesta para quedarse a observar a la manera de cada uno. Las fotografías no están en la pared, sino en módulos en la mitad de la sala, que parecen un laberinto en el que el espectador no se pierde en el espacio, sino en la imagen.
Las fotografías reúnen las fotos de la colección de Coppel (Ciac- Colección Isabel y Agustín Coppel) y la de Kadist Art Foundation. La idea empezó hace tres años, cuando Jens estaba trabajando con la colección Coppel en una gran exhibición sobre cine, y le preguntaron si se le ocurría alguna idea sobre fotografía. A él se le ocurrió unir las dos colecciones y hacer la muestra en el museo de fotografía de México, Centro de la imagen, que lo iban a abrir después de seis años de renovación.
Después pensó que podrían también ir a Colombia o a Panamá o a Ecuador, y ahora la exhibición está en Medellín por el museo y también porque le dijeron que acá hay ahora una comunidad importante de fotógrafos.
Jens tuvo más de cinco veces las imágenes que escogió, y durante días se sentó a mirar y a decidir cuál iba y cuál no, como si armara un rompecabezas. Entonces llegó a las 116. Su favorita puede ser –tiene igual otras– la 54: una mujer se mira al espejo, mientras el sol se refleja en él, y la ilumin.a
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