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La inteligencia del corazón

Presentamos un adelanto del libro El pelaíto que no duró nada, de Víctor Gaviria. Publicado con autorización de Editorial Planeta - sello Seix Barral, todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total y parcial.

  • FOTOs CIP - mario valencia
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Por Víctor Gaviria | Publicado el 24 de mayo de 2022

Hay historias que alguien debería contar. Desembarazarse de toda complacencia para narrarlas. Con un lenguaje corroído por la más increíble desconfianza hacia las palabras amistosas de los parientes, de los transeúntes, hacia sí mismo.

En el colegio de los jesuitas casi todos tenían un diario. El diario era un padre de letra temblorosa y azul que escribía en las noches con nuestra propia mano. Cierta tarde de niño obediente en un bazar, alumnos menores jugaron durante una hora a esconderle la mercancía de su cajón de ventas, riendo de su notoria confusión. Sólo quería golpearlos y hacerlos rodar a patadas y a estrujones por las tribunas de cemento, pero aquella noche escribió orgulloso en el diario: “Me contuve”.

El modelo a seguir durante aquellos años, ya que no mi padre, arruinado por motivos inexplicables, para mí y para mis otros hermanos, era nuestro hermano mayor. Esto no está escrito contra él, sino contra los que lo rodearon, contra nosotros.

Desde los primeros años de colegio, mi hermano había ganado las medallas de fin de curso, y era para mi madre, reconcentrado, oscuro en las cejas y en el pelo ordenado y vivo, sobre el idílico escenario con el pecho manchado de brillos intangibles, todo un orgullo. Así hasta cuando apareció un alumno nuevo, menudo y de anchas gafas de carey, intensamente blanco y de un rostro pulido, genial, práctico, haciendo sonar su nombre antes que todos en las lecturas de notas de finales de mes.

Durante las horas de recreo ambos permanecían paseándose por los corredores superiores con un libro abierto en las manos, y pateaban sin darse cuenta el brillo de las baldosas, nostalgia de la luz al aire libre. En tanto, sus vecinos de pupitre, con las miradas amarillentas y saltonas de quienes desean a sus compañeros sin saberlo, escribían sin vergüenza en el diario: “Yo quiero ser mi propio Napoleón: dominarme con él dominó a Europa”.

Vinieron los dolores de cabeza, el injusto insomnio a los 17 años, las preocupaciones de familia, los mareos en la capilla como una jovencita. Era una guerra ambiciosa en la que uno de los dos moría lentamente. Luego llegó la meningitis y mi hermano tuvo meses tranquilos, de flotantes lecturas de joven frívolo, de largos paseos por calles vacía de estudiantes.

Al fin pudo continuar su último año y fue de nuevo el primero. El ciclo inicial de la ambición había sido cerrado. La inteligencia era de nuevo el padre de la casa; el verdadero padre. Cuando así pasa, no se sospecha cuántas cosas quedan por fuera. Cómo asciende la vida inútilmente ante los ojos como un vapor de asfalto mojado que recién se calienta. Y la pendiente subía. Al segundo año de universidad le fue concedida una beca. Al terminar el curso de inglés en Ohio, sus altas notas le permitieron ser asignado, entre muchos, a Harvard. Su trayectoria era brillante como el bisel de un auto. Otros continúan así, distraídos. Y su fría inteligencia es impune.

Pero para él volvía la meningitis, el insomnio que deambula por la casa vacía y mira a través de las ventanas fragmentos imposibles de calles rociadas de lámparas. El ruido de un auto distante, el silbato del celador, la tos indiferente de un hermano desde su habitación, espantan como la nostalgia de algo remoto. A la mañana siguiente se anda entre hombres, livianamente hombres, pero ya cualquier gesto es molestamente humano.

El corazón educado en el vacío durante años por una galería interminable de maestros y parientes, ahora se ensancha y se enamora del vacío. Como una película familiar que nuestro padre devuelve en la penumbra, las cosas marchan hacia atrás, el muchacho lanzado al suelo asciende al muero, las cosas marchan negándose, repudiándose una a una. Así mi hermano, de cejas reconcentradas y pelo vivo, volvió a casa a pasar diez años sin amigos en una casi noche de ánimo indiferente hacia los demás y estrictas cuentas para consigo.

El resplandor de su inteligencia permanece intacto en la familia, en espera del día en que despierte. Pero ahora es inútil. La experiencia del niño lobo arrojado al bosque se repite, los parientes disfrutan los ásperos gruñidos que se escuchan desde el jardín.

Las historias de colegio de hace quince o veinte años no son alegres. Ningún objeto permanece en la memoria -el aliento de un profesor, un pasamanos de madera con costras de barniz, los tejados ondulados vistos desde una ventana, “las huellas del auto del directos inscritas en la tierra”- que no merezca repudio.

La exaltación de la ambiciosa inteligencia de nada sirve al cabo de los años. A los treinta y cuatro años quieres detenerte para verlo todo

“sin rencor, sin malicia”

Y ya marchas veloz hacia atrás.

He discutido con mi hermano menor sobre “otra” inteligencia. No he podido explicarle gran cosa. Le he hablado al fin de nuestros viajes en pick-up, en la noche, hacia la costa. O de mis viajes en bus, a media noche, pegado al enorme y bello parabrisas, cerca al chofer: las luces bajas iluminan la franja blanca de cemento, y a ambos lados matorrales, maleza, la tierra mojada, tajada. De pronto un cambio las alarga y se ve lo que antes quedaba en la sombra, se ve la línea de la carretera y pastos y arbustos, y los matorrales acompañados de otros matorrales festivos, que suben una leve pendiente, hacia su reino. Este cambio de luces es la poesía. Pero no; es más que eso. Es únicamente eso: las luces bajas y las luces altas


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