En una mecedora momposina el tiempo va lento y silencioso como las aguas del río Magdalena, que pasan en su viaje hacia el norte al frente de Santa Cruz de Mompox. El pueblo y el río están paralelos y las casas de techos de tejas pequeñas y anaranjadas con puertas de colores contrastan con las aguas cafés. La belleza de Mompox está en esas casas y en ese Magdalena que de noche pierde el color y se ve solo cuando los ojos se acostumbran a la falta de luz, y entonces los árboles se vuelven sombras.
Pareciera que cada momposino tuviera en su casa al menos una mecedora, aunque una es muy poco, dice Hernán Cortés, que tiene seis en su casa, en la que viven cinco personas. Trabaja en un taller de mecedoras, sigue mientras se acaba el café del descanso...