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Jorge Drexler revela los secretos de Taracá: “Componer es estar frustrado con mucho de la vida”

El cantante uruguayo, ganador del Óscar y del Grammy Latino, se presentará este viernes 4 de septiembre en City Hall El Rodeo, en el marco de su gira Taracá. EL COLOMBIANO habló con él.

  • Jorge Drexler nació en Montevideo, Uruguay. Actualmente es considerado uno de los artistas más relevantes de la música iberoamericana contemporánea. FOTO: Cortesía.
    Jorge Drexler nació en Montevideo, Uruguay. Actualmente es considerado uno de los artistas más relevantes de la música iberoamericana contemporánea. FOTO: Cortesía.
hace 2 horas
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Frente a su computadora y sosteniendo una taza de café, Jorge Drexler se queda un par de segundos pensando sobre la duda. No una precisa, específica, un “¿qué te inspiró?” o “¿cómo escribiste esto?”, sino acerca del interrogante en sí mismo, ese que a veces le nubla la mente, que en la noche lo hace girar en la cama y le roba minutos de sueño.

Desde marzo, mes en el que estrenó Taracá —cuyo título es un juego lingüístico de “estar acá”—, su decimoquinto álbum de estudio, no ha dejado de ser interrogado —y, por ende, de responder— por su origen uruguayo, su ascendencia polaca, su nacionalidad española y su condición migrante.

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Eso se debe al puente transnacional y generacional que es el disco, en el que, solo por poner un ejemplo, el candombe tiene una línea especial en las partituras, ese género musical profundamente uruguayo que llegó al país sudamericano en los barcos que traían a los africanos esclavizados.

Pero los meses tras el lanzamiento es poco lo que ha dicho Drexler, médico de profesión, sobre los interrogantes de este trabajo musical, que tiene una tercera parte de canciones tituladas por preguntas, una decena más ocultas entre letras y que es el producto de más de dos décadas de carrera, en los que la duda y la certeza han sido cruciales porque, como dice él mismo, más que cantar y componer, su verdadero trabajo es pensar.

A Taracá lo atraviesa completamente la duda y, al mismo tiempo, una serie de convicciones frente a la vida. ¿Cómo llegó a ese concepto?

“No me había detenido a ver el rol que cumple eso en este disco. La duda, en realidad, es un motor para mí. Me gusta mucho cuestionarme las cosas que sé y cuestionar las que la gente cree aprendidas. Hacerte preguntas acerca de ti mismo también implica poner en duda tus certezas. Y eso implica tener la capacidad de acercarte a las certezas de los otros y cuestionar también los absolutos. Siempre me gustó mucho hacer eso, viene desde que era chico.

Tengo un origen familiar fraccionado, como en dos partes. La familia de mi madre y la familia de mi padre eran familias opuestas, con visiones, nacionalidades, religiones, inclinaciones políticas, gastronomías y culturas diferentes.

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Soy el hijo mayor y por eso tuve que adaptarme enseguida a que toda cuestión que se tratara en mi casa tuviera dos visiones, a veces contrapuestas. Tuve que aprender a ponerme en el lugar del otro, a encontrar un puente entre dos visiones del mundo que podían ser ciertas a la vez. Lo cual es muy desconcertante para un niño, y sobre todo para un niño que es el hermano mayor y que tiene que dilucidar el mundo sin que se lo explique otro.

Entonces, siempre tuve dos versiones de las cosas. Y vas a ver que esa dicotomía aparece mucho en las canciones que hago. Muchas veces hay dos protagonistas como en La milonga del moro judío o en Guitarra y voz, que dice: ‘Que viva la ciencia, que viva la poesía’.

Siempre tuve esa división entre Uruguay y el exterior, Uruguay y España; entre la pertenencia al país y la distancia de este; entre la canción de autor y la contemporánea; entre la parte artística y la científica de las dos mitades que me conforman”.

¿Y hay alguna pregunta o alguna dicotomía que lo atraviese de manera particular actualmente?

“En este momento hay una que está muy presente, que es la dicotomía de la pertenencia a la música uruguaya. En este disco está muy presente y parece, de alguna manera, resolverse en dirección a la identidad uruguaya, porque este debe ser de los discos más uruguayos que he hecho. Lo fui a grabar allá, tiene un montón de presencia de Uruguay, el candombe vertebra el disco.

En el álbum está presente esa discusión de la identidad uruguaya y lo cosmopolita que, de alguna manera, la intenté resolver con el equipo que está conformado por las dos partes. Dos de los productores que trabajaron conmigo eran uruguayos, uno de ellos residente en España; el otro, uruguayo. Y los otros dos productores eran puertorriqueños.

Otra dicotomía que también enfrento en este momento es la de la edad. En el equipo estoy yo, que tengo 61 años y que últimamente soy el mayor en todos lados. Cada vez puedo ser más el padre de todas las personas que me rodean. Es una cosa que te pasa cuando tienes la suerte de seguir cumpliendo años. Y también está integrado por los productores, que el menor tenía 21 años cuando empezó a hacer el álbum. Esa cuestión de la edad estuvo presente todo el tiempo entre un mundo basado en la experiencia y otro mundo basado en la vitalidad de la juventud”.

Qué interesante que diga eso, porque en los últimos años hemos visto que ha colaborado con artistas cada vez más jóvenes. En este álbum está Te llevo tatuada, con Young Miko; también se ha subido a cantar al escenario con Rawayana y hasta lo hemos visto hacer un cover de Bad Bunny. ¿Por qué considera que se ha dado esa buena relación entre usted y artistas de generaciones más jóvenes?

“La verdad es que solo te puedo explicar cómo veo yo esa conexión, pero no puedo negar que me gustaría saber qué es lo que ven en mí. Puedo suponer, aunque uno nunca significa para los demás lo que uno cree.

Desde mi lado, me interesa muchísimo la sensación de la esperanza del ser humano porque eso implica pensar que todavía hay cosas para ofrecer y que no ha pasado lo mejor. Odio la expresión de ‘la música buena era la de nuestra generación y ahora todo tiene dos acordes’. Eso es algo con lo que nunca he podido.

Me llevo muy mal con la neofobia, que es la fobia a lo nuevo. En general, me llevo mal con todas las discriminaciones. Solo que, por suerte, ya sabemos reconocer muchísimas que, hace 40 años, cuando yo tenía la edad de mis productores, estaban toleradas más o menos por la sociedad y que después, por suerte, han ido quedando fuera de lo tolerable.

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Es decir, la sociedad ha aprendido, se ha expandido. Por lo pronto, la revolución más importante que ha habido en los últimos 50 años claramente es la incorporación de la mujer. La mitad de la humanidad estaba relegada a un rol que no le permitía tener acceso a determinados ámbitos de poder, de poder económico, de poder cultural y de poder mediático.

Eso ha crecido enormemente. Pero yo me crié en un país en los años 80 en el que la gente decía: ‘Ah, mira cómo conduce, tiene que ser mujer’. Ese tipo de discriminación, por suerte, fue quedando fuera de eso, ¿no? Después, claro, aparecen las estadísticas de que tienen más accidentes de tráfico los hombres que las mujeres, entonces te das cuenta de lo ridículo de todas las discriminaciones.

Sin embargo, hay una discriminación contra la que no ha caído el peso de la sociedad, que se sigue practicando libremente, y es la discriminación etaria.

Todavía hay mucha gente que ves de mi generación que entra en las redes y dice: ‘Los jóvenes no saben lo que es la música’. Lo hacen de una manera como pensando que están haciendo un bien, pero decir que un colectivo entero no tiene idea de lo que está haciendo es tener un preconcepto acerca de un conjunto sin tener en cuenta la individualidad de cada uno, sin acercarse y ver qué es lo que está pasando. Es un tipo de discriminación y no es menos grave que otras discriminaciones.

Yo quiero creer que estoy trabajando con seres humanos que tienen diferentes géneros, diferentes opciones sexuales y diferentes edades muchas veces. Y eso a mí me enriquece muchísimo mi visión de lo que pasa”.

¿De qué manera?

“Yo estoy girando ahora con la banda que vamos a ir a tocar a Colombia, por ejemplo, que está conformada por cuatro mujeres y tres hombres. Ya hace dos o tres giras que vengo trabajando con compañeras y ha cambiado mucho la música que hago y la situación escénica.

La representación demográfica que tiene mi escenario rima con la representación demográfica del teatro. Y es que no te imaginas la alegría que eso me da y lo que me produce. El tipo de música no es el mismo, es diferente, y son nuevos experimentos. Estoy muy, muy feliz. Da una sensación de libertad y de estar abriendo puertas que me pone muy contento.

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La última vez que fuimos a tocar a Colombia invitamos a un colectivo de mujeres percusionistas al Movistar Arena. Me acuerdo de que ellas me decían que era la primera vez que se juntaban como colectivo de mujeres, que eso no era habitual en Colombia: colectivos de percusionistas mujeres tocando. Y yo lo estaba haciendo en todos los países a los que iba: Uruguay; España; Puerto Rico, donde llevé un grupo de mujeres de bomba y de plena, y Colombia, con un colectivo que tocaba sobre todo champeta.

Las ganas que encuentro y la musicalidad que encuentro son muy diferentes. Todo el mundo se da cuenta de que eso es positivo, pero no todo el mundo se da cuenta de que trabajar con gente joven también es una necesidad de expansión de libertades y de territorios”.

Al hablar de esa neofobia se me viene a la cabeza ¿Hay alguien A.I.?, una de sus canciones de este álbum que habla sobre la inteligencia artificial. ¿Qué piensa sobre el uso de esta tecnología en procesos creativos como la música?

“El rol que tiene la inteligencia artificial en mis procesos no está en las áreas creativas sino en las informativas. Por ejemplo, hay una canción que se llama Ante la duda, baila, donde hay un recuento de cinco períodos históricos en los cuales se prohibe la danza por alguna razón. Y tuve que hacer esa investigación y, sí, ahí me serví de la IA para preguntarle cuándo se prohibió el tango, en qué términos, si se emitió alguna ley al respecto.

Y es muy curioso porque, a cada país al que estoy yendo a tocar ahora –me pasó en Brasil, me pasó en Argentina, me pasó en Chile–, voy encontrando que hubo un género musical que se prohibió y lo incluyo en la canción cuando la canto. Cuando vaya a Colombia continuaré con esa investigación y probablemente la haga con algún chatbot.

No sé cómo explicarte, pero la IA rasca y rasca muy bien y rasca fuerte, pero rasca donde no pica. Escuché esa frase hace un tiempo, dicha por alguien, y me encantó.

Solo quien no tiene un trabajo creativo tiene esa fantasía de que componer canciones es sentarse y decirle a ella: ‘Quiero una canción así’, y que te la den hecha. Eso no es. Te digo, es rascar mucho y bien, pero ahí no pica el ser humano. Es decir, escribir una canción es un proceso de transformación que ocurre en el acto de escribir la canción.

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Si eso no ocurre no es ilegal, no está mal, pero es un jingle. Es como el resumen de lo que la sociedad quiere de ti y que tú se lo das sin involucrar tus aspectos personales, sin mojarte en eso y sin crecer personalmente.

En todo caso, no son mis enemigos los que escriben canciones de manera automática. Mis enemigos son los fabricantes de minas antipersona, los genocidas, los asesinos. No son los otros compañeros que hacen eso, pero a mí no me gusta ese trabajo.

Yo tengo el tesoro invaluable de escribir una canción, que es como entrar en un túnel del horror y del éxtasis y salir por el otro lado, perdedor o victorioso, porque nunca sabes. Pero todo el rato que estás adentro del túnel estás a oscuras y estás encontrándote con cosas que no sabías que te ibas a encontrar, sorprendiéndote y atemorizándote y, sobre todo, frustrándote.

La frustración es una cosa que hay que aprender. Hay que aprender a quedarse quieto, frustrado, atarse al mástil de la composición y no desesperar, porque componer es estar frustrado, básicamente, con mucho de la vida. Entonces, hay que saber aguantar y tener el valor de no venirte abajo cuando te frustras.

He experimentado mucho con la IA intentando escribir décimas, versos, sonetos en decasílabos, pero lo que pasa es que es un generador de palabras promediales porque eso es lo que debe hacer: buscar un promedio y después de esta palabra se pregunta cuál es la correcta que debe seguir. Circula exactamente en la dirección opuesta de lo que para mí es la composición. Es lo no promedial, es buscar la sorpresa.

Hay una definición de Allen Ginsberg que dice que la poesía es palabra empoderada. Y todos los resultados que le he pedido han sido excelentes desde el punto de vista semántico, ortográfico y sintáctico, pero no ha habido nunca palabra empoderada. Sí, ha tenido una intención poética, pero al final ha resultado en realmente mala poesía”.

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